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Full text of "Juanita la Larga"

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liust. de ALCALÁ G ALLANO 





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JUANITA LA LARGA 



Juan Valera . 


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JUANITA LA LARGA 



MADRID 

LIBREBÍA DE FERNANDO FÉ 
Oaneía de Bao Jeróalmo, a 


ES PROPIEDAD DEL AUTOR.— DERECHOS llESERVADOS 




te W W b 


Madrid: Imprenta de Ricardo Fé, calle del Olmo, niám. 4. — Teléf. 1.1x4 


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AL EXOMÜ. tlE^Oll 

MARQUÉS DE LA VEGA DE ARMIJO 


MI querido amigo: uo sé si, este libro es novela ó no. 
Le he escrito con poquisTmo arte, lombinando 
recuerdos de mi primera mocedad y aun de mi niñee, 
pasada en tal ó cual lugar de la provincia de Córdoba. 
A fin de tener libre campo en que fingir una acción, Tío 
determino el lugar efií que la acción pa¡,a i invento uno 
dándole nombre supitesto, pero yo creo que los usos y 
costumbres , los caracteres , las pasiones y hasta los 
lances de m¿ reíalo, lutn podido suceder naturalmente y 
tal vee kan sucedido, siendo yo, en cierto modo, más 
bien historiador fiel y veras que novelista rico de imagi- 
nación y de inventiva. Si no fuese porgue ahora está 
muy en moda este género de novelas, copia exacta de la 
realidad y no creación del espíritu poético, yo darla 
poquísimo valer d mi obra. Na le tiene tampoco porque 
eleve el alma á superiores esferas , ni porque trate de 
demostrar una tesis metafísica, psicológica, social, 
política á religiosa. Juanita la Lauga no propende á 


VI DEDICATORIA 

demostrar ni demuestra cosa alguna. Su mérito, si le 
tuviere, ha de estar en que divierta. Yo me he divertido 
mucho escribiéndola, pero no se infiere de ahi que se 
diviertan también los que la lean, Al contrario, es muy 
^posible que haya agotado yo toda la diversión al escri- 
birla y se la entregue al público, monda y lironda, como 
quien se come la carne y tira el hueso. 

Había pensado yo, desde un principio, dedicar á usted 
esta novela, llamémosla asi; pero las anteriores conside- 
raciones me han hecho vacilar y me han tenido d punto 
de no hacer la dedicatoria. Si no enseño nada porqus en 
la novela no hay tesis y porque no gusto de la poesía 
docente, y si no divierto tampoco porque todo el jugo de 
la diversión que en la novela había me le he sorbido al 
componerla ¿qué es lo que voy á dedicar que merezca ser 
dedicado? 

A pesar de lo dicho, he persistido después en hacer la 
dedicatoria y la hago, fundado en dos razones. 

Es la primara la persuasión en que estoy de que usted 
acogerá este libro, con benévola indulgencia, prescindiendo 
de su corto mérito, por ser muestra de mi constante 
amistad y de la gratitud qu£ le debo, ya por antiguos 
favores, ya por otros recientes, citando haoe poco fué de 
nuevo jefe mío, Y es la segunda que mi libro puede 
considerarse como espejo ó reproducción fotográfica de 
hombres y de cosa^ de la provincia en que yo he nacido y 
en qv^ usted es uno de los mds ilustres m^agnates. Aunque 
las pinturas ó retratos que yo hago carezcan de gracia, 
entiendo qv^ en ellos resplandece el amor con que los he 
hecho, lo cvM no puede menos de prestarles agrado y de 
atraerles la simpatía de usted y del público. Por donde 
me inclino á esperar que u^fed ha de gustar de mi libro 


DEDICATORIA 


vil 


y que también el piMico ha de gustar de ély si no tanto 
como usted y lo bastante para perdonar ó disimular las 
muchas faltas que en él note. 

SupUco d usted, puss, que acepte mi pobre ofrenda por 
la busna y cariñosa intención con que se la dedico y que 
me crea siempre su afectísimo amigo y 


q, 1. b. I, m.y 
Juan Valera 



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CIERTO amigo mío, diputado novel, cuyo nom- 
bre no pongo aquí porque no viene al caso, 
estaba eutusiasmadlsimo con su distrito y singular- 
mente con el lugar donde tenia su mayor fuerza, 
lugar que nosotros designaremos con el nombre de 
"Villalegre. Esta rica, aunque pequeña población de 
Andalucía, estaba muy floreciente entonces, por- 
que sus fértiles viñedos, que aiin no había destruido 
la filoxera, pro'ducliin exquisitos vinos, que iban á 
venderse á Jerez para convertirse en jerezanos. 

No era Villalegre la cabeza del partido judicial, 
ni oficialmente la población más importante del 
distrito electoral de nuestro amigo, pero cuantos 
allí tenían voto estaban tan subordinados á un 
grande elector, que todos votaban unánimes y, 




2 JUANITA LA LARGA \ 

según suele decirse, volcaban el TOctero en favor 
de la persona que el gran elector design^a.**Ya se 
comprende que esta unanimidad daba á VÍllalegre, 
en todas las elecciones, la más extraordinaria pre- 
ponderancia. 
^ Agrasdecido nuestro amigo al cacique de Villale- 
y gr®> ^^® se llamaba don Andrés Eubio, le ponía por 
las nubes y nos le citaba como prueba y ejemplo 
de que la fortuna no es ciega y de que concede su 
favor á quien es digno de él, pero con cierta limi- 
tación, ó sea sin salir del círculo en que vive y 
muestra su valer la persona afortunada. 

Sin duda, don Andrés Rubio, si hubiera vivido en 
Eoma en los primeros siglos de la Era Cristiana, 
hubiera sido un Marco Aurelio ó un Trajano; pero 
como vivía en Villalegre, y en nuestra edad, se 
contentó y se aquietó con ser el cacique, ó más 
bien el César ó el emperador de Villalegre, donde 
ejercía me»o y mixto imperio y donde le acataban 
todos obedeciéndole gustosos. ^ . ' 

El diputado novel, no obstante, ensalzaba más 
á otro sujeto del distrito, porque sin él no se mos- 
traba la omnipotencia bienhechora de don Andrés 
Eubio. Así como Felipe II, Luis XIV, el Papa 
León X y casi todos los grandes soberanos, han 
tenido un ministro favorito y constante, sin el cual 
tal vez no hubieran desplegado su maravillosa ac- 
tividad ni hubieran obtenido la hegemonía para su 
patria, don Andrés Rubio tenía también su ministro, 
que, dentro del pequeño círculo donde funcionaba, 
era un Bismark ó un Cavour. Se llamaba este 
personaje don Francisco López, y era secretario del 


JUANITA LA LARGA 3 

Ayuntamiento; pero nadie le llamaba sino don Paco. 
Aunque había cumplido ya cincuenta y tres 
años, estaba tan bien conservado, que parecía mu- 
"Cho más joven. Era alto, enjuto de carnes, ágil y 
recio; con poquísimas canas aún; atusados y negros 
los bigotes y la barba; muy atildado y pulcro en 
toda su persona y traje ; y con ojos zarcos, expre- 
sivos y grandes. No le faltaba ni muela ni diente, 
que los tenía sanos, firmes y muy blancos é iguales. 
Pasaba don Paco por hombro de ^ amenísima y 
-^gocíj^da conversación/sWicadi ái chistes, con 
que hkcía reir sin ofender mucho ni lastimar al 
prójimo, y por hábil narrador de historias, porque 
conocía perfectamente la vida y milagros, los lances 
de amor y fortuna, y la riqueza y la pobreza de 
<5uantos seres humanos respiraban y vivían en 
Villalegre y en veinte legras á la redonda. 

Esto en lo tocante al agrado. Para lo útil don 
Paco valía más: era un verdadero factótum. Como 
^n el pueblo, si bien había dos licenciados y tres 
doctores en Derecho, eran abogados Peperris, ó sea 
de secano, todos acudían á don Paco, que, rábula y 
jurisperito, sabía más leyes que el que las inventó, 
y les ayudaba á componer ó componía cualquier 
pediment9 ó alegato sobre negocio litigioso de 
algún éínpfeño y cuantíia. 

El escribano era un zoquete, que había heredado 
la escribanía de su padre y que sin las luces y la 
■colaboración de don Paco apenas se atrevía á redac- 
tar ni testamento, ni contrato matrimonial, de 
arrendamiento ó de compra-venta, ni escritura de 
particiones. 


4 JUANITA LA LARGA 

El alcalde y los concejales, rústicos labradores 
por lo común, á quienes don Andrés Bubio hacia- 
elegir ó nombrar, le estaban sometidos y devotos,. 
y como no entendían de reglamentos ni de disposi* 
ciones legales sobre administración y hacienda,, 
don Paco era quien repartía las contribuciones y lo- 
disponía todo. Cuidaba al mismo tiempo de la lim- 
pieza de la villa, de la conservación de las Casas. 
Consistoriales yjdemás edificios públicos y del buen 
orden y abastecimiento de la carnicería y de Ios- 
mercados de granos, legumbres y frutas; y era tan 
campechano y dicharachero, que alcanzaba envi- 
diable favor entre los hortelanos y verduleras,, 
quienes solían enviar á su casa, para su regalo,, 
según la estación, ya higos almibarados, ya tiernas- 
lechugas, ya exquisitas ciruelas Claudias ó ya los. 
melones más aromáticos y dulces. 

El carnicero estaba con don Paco á partir un 
piñón, y de seguro que, si alguna' becerrita se per- 
niquebraba y había que matarla, lo que es los sesos,. 
la lengua y lo mejorcito del lomo no se presentaba- 
en otra mesa sino en la de don Paco, á no ser en la- 
de su hija, de quien hablaremos después. 

Asombrosa era la actividad de don Paco, pero- 
distaba mucho de ser estéril. Con tantos oficios- 
florecía él y medraba que era una bendición del 
cielo, y aunque había empezado en su mocedad 
por no poseer más que el día y la noche, había- 
acabado por ser propietario de buenas fincas. Po- 
seía dos hazas en el ruedo, de tres fanegas la una. 
La otra sólo tenia una fanega y cinco celemines; 
pero como allá en lo antiguo había estado el cemen- 


JUANITA LA LARGA 5 

terio en aquel sitio, la tierra era muy generosa y 
producía los garbanzos más mantecosos y más 
gordos y tiernos que se comían en toda la provin- 
cia, y en cuya comparación eran balines los cele- 
brados garbanzos de Alfarnate. Poseía también 
-don Paco quince aranzadas de olivar, cuyos olivos 
no eran ningunos cantacucos, sino muy frondosos 
y que llevaban casi todos los años abundante 
cosecha de aceitiinas, siendo famosas las gordales, 
que él hacía aliñar muy bien, y que, según los 
peritos en esta materia, sobrepujaban á las más 
sabrosas aceitunas de Córdoba, tan celebradas ya 
en la Gatomaquia por el Fénix de los Ingenios, 
Lope de Vega. 

Por último, poseía don Paco la casa en que vivía, 
donde no faltaban bodega con diez tinajas de las 
mejores de Lucena, un pequeño lagar, y una can- 
diotera con más de veinte pipas, entre chicas y 
grandes. Para llenar las pipas y las tinajas era 
don Paco dueño de un hermoso majuelo, que casi 
tenía seis fanegas de extensión; y, aunque su pro- 
ducto no bastaba, solía él comprar mosto en tiempo 
de la vendimia, ó más bien comprar uva, que pisaba 
en el lagar de su casa. 

Era ésta de las buenas del pueblo, con corral, 
donde había muchas gallinas, y con patio enlosado 
y lleno de macetas de ^albahaca, brusco, evónimo, 
miramelindos, don-pedros y otras flores. 

Claro está que para las faenas rústicas del lagar, 
del trasiego del vino y de la confección del aceite, 
hombres y bestias entraban por una puertecilla 
falsa que había en el corral. En suma, la casa era 


6 JUANITA LA LARGA 

tal y tan cómoda y señoril, que si la hubiera 
alquilado don Paco, en vez de vivirla, no hubiese 
faltado quien le diese por ella 400 reales al año,, 
limpios de polvo y paja, esto es, pagando la contri- 
bución el inquilino. 

Menester es confesar que todo este florecimiento 
tenia una terrible contra: la dependencia de don 
Andrés Eubio, dependencia de que era imposible ó 
por lo menos difícilísimo zafarse. 

Por útiles y habilidosos que los hombres sean, 
y por muy aptos para todo, no se me negará que 
rara vez llegan á ser de todo punto necesarios, 
singularmente cuando hay por ci^a de ellos un 
hombre de voluntad enérgica y de incontrastable 
poderío á quien sirven y de cuyo capricho y merced 
están como colgados, don Andrés Bubio había, 
digámoslo así, hecho á don Paco; y así como le 
había hecho, podía deshacerle. No le faltarían para 
ello persona ó personas que reemplazasen á don 
Paco, repartiéndose sus empleos, si una sola no 
era bastante á desempeñarlos todos con igual efica- 
cia y tino. 

Don Paco tenía plena conciencia de loque debía y 
de lo que podía esperar y temer aún de don Andrés; 
de suerte que, tanto por gratitud, cuanto por pru- 
dencia previsora, le servía con la mayor lealtad y 
celo y procuraba complacerle siempre. 

Don Paco, sin embargo, no recelaba mucho perder 
su elevada posición y su envidiable privanza. Ade- 
más de contar con su rarísimo mérito, estaba 
agarrado á muy buenas aldabas. 



II 


VIUDO hacía ya más de veinte añoe, tenía una 
hija de veintiocho, que habla sido la más 
real moza de todo el lugar, y que era entonces la 
Beñora más elegante, empingorotada y guapa que 
en ¿1 había, culminando y resplandeciendo por su 
edad, por bu belleza y por su aristocrática posición, 
como el aol en el meridiano. 

Hacía ya diez años que ella había logrado cauti- 
var la voluntad del más ilustre caballero del pueblo, 
del mayorazgo don Alvaro Roldan, con quien se 
había casado y de quien habla tenido la friolera de 
siete robustos y florecientes vastagos, entre hijos 
é hijas. 

El tal don Alvaro vivía aún con todo el aparato y 
la pompa que suelen desplegar los nobles lugareños. 


6 JUANITA LA LARGA 

Su casa era la mejor que habla en Villalegre, con 
una puerta principal adornada, é, un lado y i otro, 
de magniñcas columnas de piedra berroqueña, es- 
triadas y con capiteles corintios. Sobre la puerta 
eataba el escudo de armas, de piedra también, 
, , ,^_.. donde ñguraban leo- 
nes y perros, calde- 
ras, barcos y 
castillos y 
multitud de 
monstruos y 
lie otros objetos 
íiimbóIicoB que 
para los versados 
i'ii la útilísima 
ciencia del blasón 
'laban claro testi- 
monio de la anti- 
^'üedad y sublimi- 
dad de su prosapia. 
Decfan las malas 
lenguas, y en los lugares nunca faltan, que don Al- 
varo estaba atrasado, 'que tenía hipotecadas algu- 
nas de sus mejores Sucas y que debía bastante 
dinero; pero yo las supongo hablillas calumniosas, 
porque él vivía como si nada debiese. Le servían 
muchos criados, constantes unos y entrantes y sa- 
lientes otros; y como era aficionadísimo ¿ la caza, 
no le faltaban una jauría de galgos, podencos y 
pachones, y dos hábiles cazadores ó escopetas ne- 
gras que solían acompañarle. 

En la casa habla jardín, y además un desmesu- 



JUANITA LA LARGA g 

rado corralón, donde, para mayor recreo y gala, no 
se encerraban sólo gaÜinaa y pavos, sino, en apar- 
tados recintos, venados y corzos traídos vivos de 
Sierra Morena, y por último , amarrado á íaerte 
cadena de hierro, por temor & sus travesuras y 



ferocidades, un enorme mono que habla enviado 
de 'Marruecos un capitán de infantería, primo del 


^Do 


Doña Inés, que asi se llamaba la hija de don Paco, 
vanerada esposa de don Alvaro Boidán, tenia tam- 
bién muchos costosos caprichos de varios géneros. 
Se vestía con lujo y elegancia no comunes en los 


lo JUANITA LA LARGA 

lugares; sustentaba canarios, loros y cotorras; era 
golosísima y delicada de paladar y los mejores pla- 
tos de carne y los almibares más apetitosos se 
comían en su mesa. El chocolate, que se elaboraba 
en su casa, dos veces al año, gozaba de nombradla» 
en toda la comarca. 

Como don Alvaro Boldán estaba ausente más de 
la mitad del tiempo, ya cazando conejos, perdices. 
y liebres, ya en distantes monterías, ya en las ferias 
más concurridas de los cuatro reinos andaluces,, 
doña Inés se quedaba sola, pero tenía para dis> 
traerse varios recursos, además del de la lectura de 
libros serios. 

Su criada favorita, llamada Serafina, era una 
verdadera joya: lo que se llama un estuche. Sabía 
tocar la guitarra rasgueando y de punteo; cantaba 
como una calandria, así las melancólicas playeras» 
como el regocijado fandango. Su memoria era rico 
arsenal ó archivo de coplas, tiernas ó picantes, en 
que la casta musa popular no siempre merecía el 
mencionado calificativo con que algunos ladesignan. 

No se entienda por esto que doña Inés gustase 
de conversaciones libres y escabrosas. Cuanto no 
era lícito y puro, en el pensamiento y en la palabra» 
ofendía sus oídos de austera matrona; pero en un 
lugar hay que sufrir tales libertades ó hay que apa- 
rentar que no se oyen. El propio don Alvaro no era 
nada mirado en el hablar, ni menos aún lo eran 
las personas que le rodeaban. Valga para ejemplo 
cierto mozo, de unos quince años de edad, hijo del 
aperador y favorito de don Alvaro, que éste tenía 
siempre en casa para que entretuviese á los niños. 


JUANITA LA LARGA ii 

Como el aperador era Calvo de apellido, al mozo le 
apellidaban Calvete. Y para que se vea lo mucho 
que hubo de sufrir en ocasiones la pulcritud de 
doña Inés, he dje citar aquí un caso que de Calvete 
me han referido. 

Antes de que cumpliese dos años el primogénito 
de los Roldanes, logró Calvete enseñarle á pronun- 
ciar con la mayor perfección cierto vocablo de tres 
sílabas, en que hay una aspiración muy fuerte. 
Encantado con su triunfo pedagógico, corrió por 
toda la casa gritando como un loco: 

— ¡Señor don Alvaro! ¡Ya lo dice claro! ¡El seño- 
rito lo dice claro! 

Doña Inés se disgustó y rabió, pero don Alvaro 
quedó más encantado que Calvete y le dio en albri- 
cias un doblón de á cuatro duros, después que el 
niño dijo delante de él la palabreja y él admiró el 
aprovechamiento y la precocidad del discípulo y la 
virtud didáctica del maestro. 

Amigas tenía pocas doña Inés porque casi todas 
las hidalguillas y labradoras de la población esta- 
ban muy por bajo de ella en entendimiejito, ilus- 
traci ón, finura y riq ueza. 

"^uíeici más acompaiiaba, por consiguiente, en su 
soledad á la señora doña Inés, era el cacique don 
Andrés Rubio, embobado con el afable trato de ella 
y cautivo de su discreción y de su hermosura. 

Daba esto ocasión á que los maldicientes supu- 
siesen y dijesen mil picardías. Pero ¿quién en este 
mundo está libre de una mala lengua y de un tes- 
tigo falso? ¿Cómo la gente grosera de un lugar ha 
de comprender la amistad refinada y platónica de 


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/ 


12 JUANITA LA LARGA 

dos espíritus selectos? El señor cura párroco era de 
los pocos que verdaderamente la comprendían, y 
así encontraba muy bien aquella amistad y acaso 
daba gracias á. Dios de que existiese, porque redun- 
daba en bien de los pobres y de la iglesia, á quienes 
doña Inés y don Andrés, puestos de acuerdo, hacían 
muchos presentes y limosnas. 

Era el cura párroco un fraile exclaustrado de 
Santo Domingo, muy severo en su moral, muy 
religioso y muy amigo del orden, de la disciplina y 
del respeto á la jerarquía social. Casi siempre en 
sus pláticas, en sus conversaciones particulares y 
en los sermones que predicaba con frecuencia, por- 
que era excelente predicador, clamaba mucho con- 
tra la falta de religión y contra la impiedad que va 
cundiendo por todas partes, con lo cual los ricos 
pierden la caridad y los pobres la resignación y la 
paciencia, y en unos y en otros germinan y fermen- 
tan los vicios, las malas pasiones y las peores cos- 
tumbres. 

El padre Anselmo, que así se llamaba el cura 
párroco, admiraba de buena fe á la señora doña 
Inés como á \m modelo de profunda fe religiosa y 
de distinción aristocrática. Era el tipo ideal reali- 
zado de la gran señora, tal como él se la imagina- 
ba. Ni siquiera le faltaban á doña Inés ocasiones 
en que ejercitar las raras virtudes del prudente disi- 
mulo para no dar escándalos, de la santa conformi- 
dad con la voluntad de Dios y de la longanimidad 
benigna para perdonar las ofensas. Bien sabía toda 
la gente del lugar los malos pasos en que don Alvaro 
Eoldán solía andar metido. A menudo sobre todo 


JUANITA LA LARGA 13 

en las ferias, jugaba al monte y hasta al cañé; y, 
lo que es peor, era tan desgraciado ó tan torpe que 
casi siempre perdía. Para consolarse apelaba á un 
lastimoso recurso: gustaba de empinar el codo, y 
aunque tenía un vino regocijado y manso, siempre 
era grandísimo tormento para una dama tan en sus 
puntos tener á su lado y como compañero á un 
borracho. Por último, aquel empecatado de don Al- 
varo, aunque tenía tan egregia y bella esposa, se 
dejaba llevar á menudo de las más villanas inclina- 
ciones, y en una ó en otra de sus dos magníficas 
caserías alojaba con mal disimulado recato á algu- 
na daifa, por .lo común forastera, que había conoci- 
do y con quien había simpatizado, ya en esta feria, 
ya en la otra. 

Como se ve, don Alvaro distaba mucho de ser un 
modelo de perfección. El padre Anselmo no ignora- 
ba sus extravíos, contribuyendo esto á hacer más 
respetable á sus ojos á la prudente y sufrida señora. 

Era tal la distinción aristocrática de doña Inés 
que, sin poder remediarlo, hasta en su padre en- 
contraba cierta vulgar ordinariez que la afligía no 
poco; pero como doña Inés tenía muy presentes los 
mandamientos de la Ley de Dios y los observaba 
con exactitud rigurosa, nuúca dejaba de honrar á 
su padre como debía, si bien procuraba honrarle 
desde lejos y no verle con frecuencia, á fin de no 
perder las ilusiones. 

En suma, don Andrés el cacique era la única per- 
sona que por naturaleza estaba á la altura de doña 
Inés y era capaz de comprenderla y admirarla. Y 
digo por naturaleza porque el padre Anselmo, aun- 


14 JUANITA LA LARGA 

que por naturaleza era entendido, estaba además 
tan ayudado y tan ilustrado cod la gracia de Dioa, 
que comprendía como nadie el valor y las excelen* 
cias de doña Inés, y era muy digno de su trato 
familiar, teniendo con ella piadosísimos coloquios, 
en los cuales se desataba contra la abominable 
corrupción de nuestro siglo y contra la blasfema 
incredulidad que prevalece en el día y que se va 
apoderando de todos los espíritus. 




SIN el menor artificio he presentado ya á mis 
lectores á varios de los personajes principales 
que han de figurar en la presente historia; pero ine 
quedan dos todavía, de los cuales conviene dar 
previamente alguna noticia. 

Don Paco, según hemos dicho, era nn hombre 
enciclopédico, de variadas aptitudes y habilidades; 
la mano derecha del cacique y la subordinada 
inteligencia que hacia que en el lugar la soberana 
voluntad de! cacique se respetase y cumpliese. 

Había, sin embargo, en Villalegre otra persona, 
que en más pequeña esfera y en más reducidos 
términos, si no competía, se acercaba mucho al 
mérito de don Paco por la multitud de sus conoci- 
mientos y habilidades y por lo hacendosa y lista 
que era. 

Hablo aquí de la famosísima Juana la Larga, 


x6 JUANITA LA LARGA 

Imposible parece que esta mujer atinase á hacer 
bien tantas cosas diversas. Ella trabajaba mucho, 
pero no se ha de negar que con fruto. Tenia casa 
propia, sin lagar y sin bodega, pero en lo restante 
casi tan buena como la de don Paco. Carecia de 
olivares y dé viñas, pero había hecho algunos abo- 
rrillos que, según la voz pública, pasaban de 12.000 
reales, y que iban creciendo como la espuma, por- 
que los tenia dados á rédito á personas muy de fiar, 
y al 10 por 100 al año, porque como era mujer muy 
temerosa de Dios, de muy estrecha conciencia y 
muy caritativa, no quería pasar por usurera. 

En sus diferentes oficios, Juana la Larga ganaba, 
por término medio y según los cálculos más juicio- 
sos, sobre ocho reales al día ó dígase cerca de 3.000 
cada año. Y esto sin contar las adehalas, propinas, 
regalos y obsequios que recibía á menudo. Bien es 
verdad que todo y más se lo merecía ella. 

Nadie era más á propósito para dirigir una ma- 
tanza de cerdos. Salaba los jamones con singular 
habilidad. El adobo con que preparaba los lomos 
antes de freirlos en manteca, era sabroso y deUca- 
dísimo, y teñía la manteca de un rojo dorado que 
hechizaba la vista, daba delicado perfume y des- 
pertaba el apetito de la persona más desganada 
cuando entraba por sus narices y por sus ojos. Sus 
longanizas, morcillas, morcones y embuchados 
dejaban muy atrás á lo mejor que en este género 
se condimenta en Extremadura. Y tenía tan hábil 
mano para todo, que hasta cuando derretía las 
mantecas sacaba los más saladitos y crujientes 
chicharrones que se han comido nunca. Así es que 


JUANITA LA LARGA 17 

los labradores ricos y otras personas desahogadas 
y de buen gusto se disputaban á Juana la Larga 
para que fuese á la casa de ellos á hacer la matanza. 

En lo tocante á repostería no era nada inferior; 
y casi todo el año, y particularmente en tres solem- 
nes épocas, no sabía ella cómo acudir á las mil 
partes á donde la llamaban: antes de Pásciía de 
Navidad, á fin de confeccionar las chucherías y 
delicadezas que las personas pudientes y sibaríticas 
suelen entonces mandar hacer para su regalo : por 
ejemplo, los hojaldres y las célebres empanadas 
con boquerones y picadillo de tomate y cebolla que 
se toman por allí con §1 chocolate. Hacía, también 
como nadie, tortillas de azúcar y polvorones que 
se dejaban muy atrás á los tan encomiados de 
Morón; roscos de huevo y de vino y mucha variedad 
de bizcochos y de almíbares. 

Si Juana no hubiera sabido tanto de otras cosas, 
se hubiera podido asegurar que era una especia- 
lidad maravillosa para las frutas de sartén; de modo 
que en los días que preceden á la Semana Santa no 
daba paz á la mano ni á la mente, acudiendo á las 
casas de los Hermanos Mayores de las cofradías, 
para hacer las esponjosas hojuelas, los gajorros y 
los exquisitos pestiños, que se deshacían en la boca, 
y con los cuales se regalaban los apóstoles, los 
nazarenos, el santo rey David y todos los demás 
profetas y personajes gloriosos del Antiguo y del 
Nuevo Testamento que figuraban en las deliciosas 
procesiones que por allí se estilan. 

No estaba ociosa Juana ni carecía de conveniente 
habilidad para* emplearla en la estación de la ven- 

2 



i8 JUANITA LA LARGA 

dimití. Saa arropes do tenían rival en toda aquella 
provincia, y lo mismo puede decirse de sus exce- 
lentes gachas de mosto. En otoño, por Ber cuando 
Be dan los mejores frutos, se castran las colmenas 
y esti fresca la miel, se 
empleaba Juana en hti- 
cer carne de membrillo 
y de manzana, gran va- 
riedad de turrones y li- 
Rerisimo y esponjado pi- 
ñonate, cuyos gruesos y 
dorados granos que- 
daban ligados con la olorosa miel bien batida. 
Fuera de esto, Juana se pintaba sola para dis- 
poner cualquier pipiripao ó banquete que debía ó 
quería dar algún señor del pueblo, ya con ocasión 
de boda ó bautizo, ya para obsequiar al diputado, 
al señor gobernador ó al propio obispo si venia i 
, visitar la villa. 

Y no se crea que Juana sabia sólo hacer los 
guisos locales, sino que también había importado 
y añadido á la cocina indígena no pocos platos 
forasteros de más ó menos remotos países, entre 
los cuales platos ó manjares descollaban ios cele- 
bérrimos bizcochos de yema, que sólo hacían unas 
monjas de Ecija, de cuyo secreto tradicional no se 
comprende por qué arte ó maña prodigiosa ella 
había sabido apoderarse. Confeccionaba, por último, 
varios platos de origen francés, cuyos nombres 
enrevesados habían venido á modificarse ponién- 
dose de acuerdo con la pronunciación española. Asi, 
por ejemplo, chuletas á la balsámela, lenguados 


JUANITA LA LARGA ig 

ingratines y anguilas fritas con salmorejo tártaro. 

No era todo esto lo más admirable. Lo más 
admirable era que Juana, sobre ser la más sabia 
cocinera y repostera del 
lugar, era también bu 
primera modista. 

Casi simpre tenia una 
ó dos oücialas que cosían 
para eUa, y ella cortaba 
vestidos, con tanto arte 
y primor, como Worth ó 
la Doucet en la capital 
de Francia. 

Las señoras y señori- 
tas más pudientes y afi- 
cionadas al lujo acudían, 
pues, á Juana para sus 
trajes de empeño, cuando 
habla que lucirlos, ya en 
una boda, ya en una íeria 
ó ya en el baile que solía 

darse en las Casas Consistoriales el día del Santo 
Patrono. 

Juana, por último, no era sólo sabia y operosa 
en las artes del deleite, sino que ejercía también, 
aunque no estaba examinada ni tenía título, un 
menester ó profesión de la más alta importancia 
social. 

Sra peritísima y agilísima para ayudar á cnal- 
quier mujer en los más duros trances de Lucina, y 
muchas se confiaban y sq entregaban á ella porque 
jamás se le había desgraciado ninguna criaturita, y 



ao JUANITA LA LARGA 

porque la madre, como no fuese muy enclenque, á 
los seis ó siete días de salir de su cuidado estaba ya 
de pie, y á menudo iba á misa, y si se presentaba 
la ocasión, bailaba el bolero. 

Con todas estas habilidades y excelencias, Juana 
la Larga no podía menos de ser querida y estimada 
en Villalegre, consiguiendo que su severa y más 
alta sociedad ó hiffh Ufe le hubiese perdonado un 
desliz ó tropiezo que tuvo en sus mocedades. 




EN el momento en que va á empezar la acción 
de esta verdadera historia, Juana tendrfa cua- 
renta años muy cumijlidos, bí bien conservaba aún 
restos de su antigua belleza, que babia sido notable 
«uando ella tenia veinte años; pero como entonces 
era mny pobre y no había descubierto ni mostrado 
sus grandes habilidades, no encontró, á pesar de su 
mérito, novio que le acomodase y tuvo que perma- 
necer soltera. 

A lo que se cuenta, cierto oñcial de caballería 
que vino por aquellos lugares á comprar caballos 
para la remonta, y que era guapísimo y muy gra- 
cioso y divertido, se enamoró de Juana y logró 
enamorarla. No se sabe si le dio palabra de casa- 
miento ó no se la dio; pero lo cierto es que el bueao 
del oficial tuvo que irse á la guerra civil, que ardía 
en las Provincias Vascongadas, y allí le mató una 
bala carlista que le agujereó el cráneo y se le entró 
en los sesos. 


22 JUANITA LA larga: 

Juana quedó, pues, semi-viuda. Postuma ó no 
postuma, tuvo una niña preciosa á quien dieron en 
la pila bautismal el mismo nombre que á su madre. 
El vulgo añadió después al nombre el mismo epí- 
teto, por donde esta niña, que será la principal 
heroína de nuestra historia, vino á ser apellidada. 
Juanita la Larga. 

Su madre la crió con gran cariño y esmero, sin 
recatarse y sin disimular que ella era su hija, lo* 
cual hubiera sido en aquel lugar, donde todo s& 
sabía, el más inútil de los disimulos. Juana crió,, 
pues, á sus pechos á Juanita; siempre la llamaba 
hija, y Juanita, desde que empezó á hablar, llamaba, 
á Juana madre á boca llena. 

Esto era considerado como una gran desver- 
güenza entre las personas severas del lugar, que 
clamaban contra el escándalo y mal ejemplo; pero,, 
poco á poco, todos se fueron acostumbrando, y al 
cabo de algunos años nada parecía más natural ni 
más justo sino que Juanita fuese hija de Juana, á. 
la cual no faltaron tampoco defensores, ya razona- 
bles, ya fervorosos, que alababan el cariño y la- 
devoción maternal de la madre á la hija, y que, 
cuando eran algo maldicientes, no dejaban de 
comparar á Juana con otras que pasaban por 
honradísimas y que hasta tenían la insolencia de 
presumir de casi santas. De ellas se murmuraba,, 
con más ó menos fundamento, que habían tenido- 
también fruto, y no de bendición, del cual se habían 
desprendido, ó enviándole á la inclusa ó sabe Dios- 
ó el diablo de qué otra manera. 

El epíteto de Larga dado á Juanita no era sólo- 


JUANITA LA LARGA 23 

por herencia, sino que era también por conquista. 

Juanita, á los diecisiete años, había espigado 
tanto, que era la moza más alta y más esbelta que 
había en el lugar. Algo de la sangre belicosa del 
oficial de caballería se había infundido en ella, y 
la crianza libre y hombruna que había recibido, 
había desarrollado su agilidad y sus bríos. Cuando 
andaba tenía un aire marcial á par que gracioso; 
corría como un gamo; tiraba pedradas con tanto 
tino que mataba los gorriones, y de un brinco se 
plantaba sobre el lomo del mulo más resabiado ó 
del potro más cerril. Y no á horcajadas, porque 
esto no lo consentían su decoro y su estética natural 
é inconsciente, sino sentada, lo cual es más difícil, 
hacía trgtar y galopar á la bestia, espoleándola con 
los talones ó azotándola con el extremo del ronzal 
ó de la jáquima, cuando la tenía y no iba en pelo 
sin brida ni rienda de ninguna clase. 

Los primeros años de la mocedad de Juanita 
habían sido algo dificultosos, porque su madre no 
había alcanzado aún la extraordinaria reputación 
de que después gozaba, ni tenía el bienestar y la 
riqueza de que ya hemos hablado. 

Juanita no fué nunca á la miga, pero su madre 
le enseñó á coser yá bordar primorosamente; y el 
maestro de escuela, que le tomó mucho cariño, le 
enseñó á leer, y á escribir gratis en sus ratos de 
ocio. 

Desde que tuvo nueve años, Juanita fué de 
grande auxilio á su madre, que hasta mucho más 
tarde no se dio el lujo de tener una sirvienta. 

Juanita barría y aljofifaba, fregaba los platos, 


í4 JUANITA LA LARGA 

enjalbegaba algunos cuartOB y la fachada de la 
casa, que era la más blanca y la más limpia de la 
población, y hasta agarraba bq caotanllo é iba por 
agua & la milagrosa fuente del ejido, cuyo caño 
vertía un chorro tan grueso como el brazo de ud 
hombre robusto, siendo tal 
la abundancia del agua que 


/' 



con ella se regaban machi- 


huertas y se hacían 
frondosos, amenos y deleita- 
bles los alrededores de Vi- 
llalegre, contribuyendo no 
poco & que la villa merecie- 
se este nombre. El agua ade- 
más era exquisita, por su 
transparenciay pureza, como 
nitrada por entre rocas de 
los cercanos cerros, y tenia 
muy grato sabor y muy sa- 
ludables condiciones. Lagen- 
te del pueblo le atribula, por 
último, algunas prodigiosas 
cualidades, calificándola de 
muy rinayrera y de muy tri- 
<jaera. Quería significar con esto que el arriero que 
compraba en Villalegre vinagre de yema, por lo 
común muy fuerte, llenaba sólo dos tercios de la 
cavidad de la corambre, y la acababa de llenar por 
la mañanita temprano, antes de emprender su viaje, 
mitigando y suavizando con el agua de la fuente 
la fortaleza y acritud del liquido, y ganándose así 
desde luego un treinta y tres por ciento, aunque 


JUANITA LA LARGA as 

vendiese el vinagre al mismo precio en que le habia 
comprado. 

Era taínbién triyuera el agua de la fuente, porque 
sus raras cualidades consentían, aunque era difícil 
operación y que debía hacerse con gran sigilo, que, 
valiéndose de una escoba de palma enana, se rociase 
con ella el trigo que se iba á vender, dejándole 
expuesto luego al sol para que se secase. Asi el 
trigo recibía mejor sabor, y aunque por fuera 



quedaba seco, guardaba por dentro algo del liquido, 
y se esponjaba y crecía en peso y en volumen. 

Todavía esta fuente tenía otro mérito y prestaba 
otro notable servicio, porque además de un gran 
pilar en que iban á beber y bebían todas las befttias 
de carga y de labor y los toros, vacas y bueyes, y 
además de otro pilar bajo, que solía ser abrevadero 
del ganado lanar y de cerda, llenaba con sus cris- 
talinas ondas un espacioso albercón cercado de 
muros que le ocultaban á la vista de los transeúntes, 
donde iban las mujeres á lavar la- ropa, remangadas 
l^s enaguas hasta los muslos y metidas en el agua 
hasta la rodilla, como por alli es uso, aun en el 


26 JUANITA LA LARGA 

rigor del invierno. Frondosos y gigantescos álamo» 
negros y pinos y mimbreras circundan la fuente y 
hacen aquel sitio umbrío y deleitoso. Al .pie de lo& 
mejores árboles hay poyos hechos de piedra y de 
barro y cubiertos de losas, en los cuales suelen 
sentarse los caballeros y las señoras que salen de 
•paseo. Casi todas las tardes se arma allí tertulia y 
grata conversación, siendo los más constantes el 
escribano, el boticario, nuestro don Paco y el señor 
cura quien, al toque de oraciones, recita el Angelas 
Domini, al que responden todos quitándose el som- 
brero y santiguándose y persignándose. 

En torno del pilar charlan las mozas que vienen 
por agua, cada cual con ^u can t arillo, y suelen 
hacer el papel de Rebecas con cuantos arrieros 
Eliaceres acuden allí para que beban, si no sus. 
camellos, sus muías y sus borricos. También, al 
lado y dentro del albercón y á poca distancia de él, 
donde hay un vallado ó seto vivo de zarzamoras,, 
granados y madreselvas, que limita y defiende las. 
huertas, y sobre el cual seto se pone á secar la ropa, 
lavada, se extiende y dilata la tertulia democrática 
y popular con mucha charla, risotadas, jaleos y 
retozos, pues no faltan nunca zagalones y hasta- 
hombres ya maduros que acuden por allí atraídos, 
por las muchachas , como acuden los gorriones al 
trigo. 


JUANA la Larga, según queda indicado, gracias á 
su constante actividad, buen orden y economía, 
en todo lo cual su hija le ayudaba con inteligencia 
y celo, había mejorado de posición y de fortuna. 
Tenía una criada muy trabajadora, que barría y 
fregaba, y bajo la dirección de las señoras guisaba 
también, dejando á éstas el tiempo libre para ejercer 
sus lucrativos oficios. El oficio principal de Juanita 
era coser y bordar, para lo cual había desplegado 
aptitud superior á la de su madre. 

Juanita no tenía que emplearse en más bajas 
ocupaciones. Sin embargo, ora fuese por candorosa 
coquetería, ó sea por deseo de lucir la gallardía de 
su persona, deseo de que no se daba cuenta, ora 
porque Juanita necesitase del ejercicio corporal y 
de mostrar y desplegar la energía de su sana natu- 
raleza, Juanita, aun cumplidos ya los diecisiete 
años, gustaba de ir por agua á la fuente del ejido, 
allanándose á veces, á pesar de la desahogada 


28 JUANITA LA LARGA 

pofiicióñ de SU madre y de ella, á ir al albercón ¿ 
lavar alguna ropa, cuando la ropa era fina y temía 
ella, ó aparentaba temer, que manos más rudas que 
las suyas la estropeasen. 

La verdad era que esto de ir al albercón y á la 
fuente, más que fatiga era recreo y solaz para 
Juanita, la cual divertía á las otras muchachas con 
sus agudos dichos y felices ocurrencias, las hacia 
reir á casquillo quitado y gozaba de popularidad y 
favor entre ellas. 

Era ya Juanita una guapa moza en toda la ex- 
tensión de la palabra. Las faenas caseras no habían 
estropeado sus lindas y bien torneadas manos, y ni 
el sol ni el aire habían bronceado su tez trigueña. 
Su pelo negro, con reflejos azules, estaba bien 
cuidado y limpio. No ponía en él ni aceite de al- 
mendras dulces ni blandurilla de ninguna clase, 
sino agua sola con alguna infusión de hierbas 
olorosas para lavarle mejor. Le llevaba recogido, 
muy alto, sobre el colodrillo, en trenza que, atada 
luego, formaba un moño en figura de dos triángulos 
equiláteros que se tocaban en uno de los vértices. 
Como Juanita decía que cabeza loca no quiere toca, 
casi siempre iba á la fuente sin pañuelo en la 
cabeza , luciendo así el primor y la pulcritud de su 
peinado y dejando ver lo bien plantada que estaba 
la cabeza sobre su airoso cuello, sólo sombreado 
por algunos ricillos menudos, que se sustraían á la 
cautividad en que tenía el moño los más largos 
cabellos. Por delante, recogido el pelo, dejaba ver 
la tersa frente, recta y chiquita, y sobre las sieijes 
tenía grandes rizos sostenidos con horquillas, que 


JUANITA LA LARGA 29 

llaman por allí caracoles^ por bajo de los cuales 
había una suave patillita, que no fijaba ella contra 
la cara con zaragatona ó pepitas de membrillo, 
como hacen otras muchachas, sino que dejaba 
flotar libremente en vagas sortijillas ó más bien 
alcayatas donde colgar corazones. 

La misma libertad en que se había criado, y el 
constante ejercicio corporal, ya en útiles faenas, ya 
en juegos más de muchacho que de niña, habían 
hecho que Juanita, aunque no tenía la santa 
ignorancia, ni había vivido con el recogimiento que 
recomiendan y procuran otras madres celosas, no 
había pensado todavía en cosas de amor. Era 
buscada, requebrada y solicitada por no pocos 
mozos, pero, brava y arisca, sabía despedir hués- 
pedes, imponer respeto y tener á raya á los más 
atrevidos. 

Sólo se le conocía una inclinación que, desde lá 
niñez, persistía en ella con constancia; pero esta 
inclinación, al menos por su parte, más que de 
afecto amoroso, tenía trazas de fraternal cariño. 
Quien le inspiraba, compartiéndole sin duda por 
menos inocente estilo, era Antoñuelo, el hijo del 
maestro herrador, y sobrino del cacique, quien 
tenía en el lagar muy humilde parentela. 

Antoñuelo era un mocetón gentil y robusto, muy 
simpático, aunque de cortos alcances, y decidido 
para todo, y singularmente para admirar á Juanita, 
á quien consideraba y respetaba, sometiendo á ella 
toda su voluntad, como por virtud de fascinación ó 
de hechizos. 



ENTREGADO don Paco á aus constantes y diversos 
quehaceres no sólo no habla pensado en ca- 
sarse por segunda vez, sino que nunca había tenido 
amoríos, ó al menos, si algunos habla tenido, 
habían sido con tan maravilloso recato, que nadie 
se había enterado de ellos en Villalegre, lo cual es 
una inverosimilitud extraordinaria, porque en aquel 
lugar apenas había persona, y menos aún si era de 
tanta importancia y viso como don Paco, que pudiera 
hacer ó decir cosa alguna que no se supiese. Hasta 
los mismos pensamientos se adivinaban allí, se 
divulgaban y se comentaban, como el pensador no 
pensase con mucho disimulo y muy para dentro. 
Debemos, pues, creer que don Paco no había tenido 
. amoríos, & no ser muy efímeros y livianos, y que 
ni siquiera, durante su larga viudez, había pensado 
en semejante cosa. 

Tenía, sin embargo, notable aptitud y tino para 
conocer y admirar la belleza femenina, y hacía ya 


32 JUANITA LA LARGA 

meses que, casi sin reparar en ello y muy involun- 
tariamente, cuando estaba de tertulia con el escri- 
bano y el boticario y con otros señores, en los poyos 
que había junto ¿ la fuente, sus ojos se fijaban con 
morosa delectación en Juanita la Larga, que aún 
solía venir á llenar su cántaro y á estar allí de 
charla con las otras muchachas mientras que le 
llegaba su turno. 

Indudablemente don Paco había empezado á 
sentir hacia Juanita viva inclinación, que era difícil 
de dominar; pero se le pasó bastante tiempo sin 
dar muestra exterior de que la sentía, anhelando 
acaso ocultársela á sí mismo por razones que él se 
daba. 

Fundado en la propia modestia, que le hacía 
formar un pobre concepto de su persona, hallaba 
que con sus cincuenta y tres años, treinta y seis 
más que Juanita, no podía ya enamorar á la mu- 
chacha, la cual ó desdeñaría su cariño ó sólo por 
interés se movería á corresponderle. Pensaba luego 
que Juanita, aunque en aparente libertad, estaba 
muy vigilada por su madre, y como madre é hija 
vivían con cierto desahogo, no era de presumir que, 
si él tuviese intenciones pecaminosas, ellas cediesen, 
sino que en todo caso cederían in facie Eclesioe y 
llevando al cura por delante. 

La idea de casamiento aterrorizaba á don Paco, 
y no porque en absoluto le repugnase el estar 
casado, sino porque su hija, la señora doña Inés, le 
inspiraba un entrañable cariño, mezclado de terror, 
y porque ella era tan imperiosa como brava, y sin 
duda se pondría hecha una furia del Averno si su 


JUANITA LA LARGA 33 

padre le diese madrastra, sobre todo de tan ruin 
posición, y si á los siete nietos que ella le había 
dado, y á los que calculaba que podrían venir 
todavía, persistiendo ella en su actividad productora, 
quitase él la esperanza de heredar el majuelo, el 
olivar y la casa, y de gozar, en vida suya, de no 
poco de lo que él fuese granjeando con sus variadas 
artes. 

Temblaba don Paco de incurrir en el enojo de 
su hija, y aunque temblaba principalmente por el 
mismo enojo, no dejaba de recelar sus malas con- 
secuencias. 

Bien conocía él que no había en el lugar una 
persona ni varias juntas que pudieran reemplazarle 
con éxito en sus diferentes empleos; pero el mundo 
no estaba yermo ni falto de hombres de Estado 
rústicos, los cuales podrían buscarse y traerse de 
fuera del lugar para que á él le reemplazaran. Y 
bien conocía también que su hija era punto menos 
que omnipotente, porque tsnía subyugadas ambas 
potestades, la temporal y la espiritual. 

El padre Anselmo la tenía por una santa, y por 
una doctora, y cuanto ella decía era para él, sin 
poderlo remediar, un legítimo corolario de los 
Evangelios y de las Epístolas. El padre Anselmo 
sería capaz de excomulgar á quien ella le mandase. 
Y e» lo tocante al brazo secular, era evidentísimo 
que doña Inés le tenía sujeto á sus caprichos y que 
aplastaría con todo su peso á quien ella quisiese. 

Don Paco, en esta disposición de ánimo, razona- 
blemente motivada, aunque no hemos de negar que 
él era dulce, pacífico y algo débil de carácter, ade- 


j4 JUANITA LA LARGA 

lantaba en su imaginación los casos futuros, y 
presuponiéndose ya prendado de Juanita, declarado 
y aceptado, veia un tropel de males que salían del 
corazón enfurecido de doña Inés como de nueva 
caja de Pandora. 

Pesaban tanto en su espíritu estas considera- 
ciones, que, notando que su afición oculta iba 
creciendo, procuraba ó más bien se proponía huir 
de la vista de Juanita, no pasar por su calle para 
no verla en el portal ó asomada á la ventana; y no 
ir á la tertulia de los poyetes, bajo los álamos, para 
no tener que admirarla cuando charlaba con las 
demás zagalonas ó con los mozos en la fuente del 
ejido, ó cuando subía ó bajaba gallardamente, con 
el cántaro apoyado en la cadera, por la cuestecilla 
que se extiende desde la fuente hasta el lugar. 

A pesar de sus prudentes propósitos de retrai- 
miento, una fuerza, al parecer superior á su volun- 
tad, le llevaba á veces á pasar por delante de la 
casa de Juanita más de lo que era necesario; á ir á 
la iglesia cuando él sabía que iba ella con su 
madre, á misa ó á sus devociones; y á acudir á la 
tertulia de los poyetes casi todas las tardes. 

Para Juanita, que se había pasado todo el día 
cosiendo y bordando en casa, era pretexto de solaz 
ó de paseo el ir casi al anochecer á la fuente por 
agua. Su madre encontraba que, en la posición 
algo señoril, desahogada y decorosa en que ya 
imaginaba hallarse, y atendido el desenvolvimiento 
físico de Juanita, que había llegado á transformarser 
de muchachuela en una magnífica y real moza, nó 
estaba bien, y era darse poquísimo tono el ir por 


JUANITA LA LARGA 35 

agua á la fuente como la más plebeya y humilde 
pelaíustana. 

Pero á Juanita le divertía este ejercicio, y tenia 
una voluntad indómita. A las observaciones que su 
madre le hacia daba oídos de mercader; acariciaba 
á su madre para vencer su oposición y disipar su 
disgusto, y seguía yendo á la fuente á pesar de 
todas las observaciones. 




VII 


UNA tarde del mes de Mayo Juanita se entretuvo 
en la fuente en larga y alegre conversación 
con otras muchachas. 

Ya anochecido, subía con su cántaro lleno por la 
cuesta, que en aquel momento estaba sola. 

La tertulia de los poyetes solía, en primavera y 
en verano, durar hasta las ánimas, hora en que los 
tertulianos se retiraban para cenar y acostarse. 

Aquel día don Paco había estado haciendo esfuer- 
zos, ó como si dijéramos, gimnasia con su voluntad 
para no ir á la tertulia y ver á Juanita. La lucha 
entre su voluntad razonable y su inclinación había 
durado bastante. Al fin, la voluntad sometida llevó, 
aunque tarde, á la tertulia de los poyetes á toda la 
persona de don Paco. 

La picara casualidad hizo que, al bajar don Paco, 
subiese Juanita, según hemos dicho. 

Era ya de noche. El cielo estaba despejado, pero 


38 JUANITA LA LARGA] 

sin lana. Las estrellas, si resplandecían en el étet 
infínito, vertían muy débil luz sobre la tierra. 
Acrecentaba la obscuridad, en el punto en que 
ambos se encontraron, algunos frondosos árboles 
que allf habta y el alto vallado de zarzamoras y de 
otros arbustos que se extendía á uti lado y i, otro 
por casi todo el camino. 

Juanita era muy distraída é iba además pensando 



en sus travesuras de muchacha. Don Paco era tam- 
bién distraído. Él mismo no sabía en qué estaba 
pensando. Era, además, algo corto de vista. Lo 
cierto es que no repararon uno en otro al venir en 
opuestas direcciones, ni oyeron el ruido de los 
pasos. Chocaron, pues, y se dieron un buen em- 
pellón. 

— Caramba, hombre —dijo Juanita — mire usted 
por dónde va y no camine á ciegas; por poco me 
tira el cántaro. 

Don Paco, que conoció á Juanita por la voz, 
contestó con mucha dulzura: 


JUANITA LA LARGA 39 

— ¡Perdona, hija mía. ¿Te he hecho daño? 

Ella, que también conoció á don Paco en seguida, 
replicó riendo: 

—¿Qué daño me ha de haber hecho usted? Pues 
qué, ¿soy yo acaso de alfeñique? 

— No, hija. Bien sólida y firme me pareces. Si 
en algo eres de alfeñique no es por lo quebradiza, 
sino por lo dulce. 

— Entonces seré turrón de Alicante, dulce pero 
duro. 

— Y vaya si me ha parecido duro. 

— Si advirtió usted su dureza hablará sólo de su 
dulzura por adivinanza. 

— Pues qué, ¿no podría yo probarla? 

— ^Ya está usted viejo, don Paco, y no podría 
meterle el diente. 

— ^Pues te equivocas, que yo no estoy tan viejo, 
y tengo los dientes tan cabales y tan fuertes que, 
si se tratase de mordiscos, hasta en una piedra los 
daría. Pero yo no quiero emplear contigo sino más 
blandas y amorosas demostraciones. 

— ¡Ea, quite usted allá, señor don Paco! ¿Qué de- 
mostraciones ha de hacer usted, si puede ser mi 
abuelo? 

Y como don Paco seguía plantado delante, ata- 
jándole el camino, Juanita continuó: 

— Vamos, déjeme usted pasar. Si parece usted 
un espantajo. ¿Qué dirá la gente si le ve y le oye 
hablar aquí y requebrar en la obscuridad á una 
mocita? Capaz será de decir que ha perdido usted 
la chaveta y que ya no sirve para secretario del 
Ayuntamiento y consejero de don Andrés. 


40 JUANITA LA LARGA 

Don Paco 86 apartó entonces y dejó pausar á Jua- 
nita, pero en vez de dirigirse hacía la fuente, se 
volvió, siguiéndola, hacia el lugar. 

— ¿Qué hace usted, señor? ¿Por qué no va ¿ au 
tertulia? Todavía están en los poyetes el señor cura, 
el boticario y el escribano. Vayase usted á hablar 
con ellos. 

— Ya es tarde, pronto se volverán y desisto de 
ir hasta allí. Prefiero volvenne charlando contigo. 
— ¿Y de qué hemos de charlar nosotros? Yo no 
sé decir sino tonterías. No 
he leído los libros y papeles 
que usted lee, y como no le 
hable de los guisos que mi 
madre hace ó de mis bor- 
dados y costuras, no sé de 
qué hablar á su merced. 

■ — Habíame de lo que ha- 
blas á Antoñuelo cuando es- 
tás con él de palique. 

— Yo no sé lo que es pali- 
que, ni sé si estoy ó no estoy á veces de pahque 
con Antoñuelo. Lo que sé ea que yo no puedo decir 
á su merced las cosas que á él le digo. 
■ — ^¿Y qué le dices? 

— Pues no quiere usted saber peco. Ni el padre 
Anselmo, que es mi confesor, pregunta tanto. 

— Algo de muy interesante y misterioso tendrá 
lo que dices á Antoñuelo, cuando ni al padre 
Anselmo se lo confiesas. 

— No se lo confieso porque no es pecado, que si 
fuera pecado se lo confesaría. Y no se lo cuento 



JUANITA LA LARGA 


41 


tampoco, porque á él no le importa nada, y á usted 
debe importarle menos que á él. 

A todo esto, como iban á buen paso ambos inter- 
locutores, habían ya subido la cuesta y se hallaban 
en el altozano, á la entrada del lugar, donde están 
la iglesia parroquial y las primeras casas. 

— Déjeme su merced ahora — dijo Juanita, — y 
no venga, con perjuicio de su autoridad, acompa- 
ñando á una chicuela que lleva un cántaro. ¡Pues 
no se enojaría poco la señora doña Inés, que tiene 
tantos humos, si viese á su señor padre sirviendo 
de escolta, no á una princesa como ella, sino á una 
pobrecita trabajadora! 

— ¿Qué había de decir? Diría que yo te estaba 
encomendando algún trabajo. 

— -No es esta hora ni ocasión para eso. Y por 
otra parte, no es á mí, sino á mi madre, á quien 
los trabajos se encargan. Acuda usted á ella si algo 
quiere encargar. 

Y diciendo esto, apresuró el paso, hizo á don Paco 
un gesto imperativo, marcándole la calle por donde 
debía irse, y ella se fué por otra que formaba án- 
gulo recto con la que don Paco debía seguir. 


MUCHO caviló don Paco sobre aquel diálogo, 
midiendo é interpretando las palabras de 
Juanita. 

Le habla llamado abuelo, pero con amable risa. 
Todos los hombres, abuelos y nietos, solemos pro- 
metérnoslas felices y casi siempre nos inclinamos 
á dar la más favorable interpretación á caaiito - 
dicen las mujeres que pretendemos. ¿ 

No se podía dudar, por ser cues- 
tión de una ciencia tan exacta comii 
la aritmética, que él hubiera podido 
ser el abuelo de Juanita. Don Paco 
hacia este cálculo. 

Yo tengo cincuenta y tres años. Jio 
diecisiete á cincuenta y tres van trein- 
ta y seis; á los diecinueve años bien 
pude yo haber tenido una hija, y 
esta hija bien pudo haberse casado 
y tener á Juanita á los diecisiete. 

Después sumaba don Paco: 



44 JUANITA LA LARGA 

— Diecinueve más diecisiete, más otros diecisiete 
que tiene Juanita ahora, son cincuenta y tres, que 
es mi edad: luego, muy descansadamente, pudiera 
yo ser el abuelo de esa picara muchacha. 

E pur si muove — ^proseguía, pues era hombre 
erudito hasta cierto punto, sabía un poco de italiano, 
porque habla oído cantar muchas óperas, y conocía 
las palabras que se atribuyen á Galileo, así como 
varias otras sentencias expresadas en la lengua del 
Dante, verbi gracia: C/ii va piano, va sano, e va 
lontano. 

La primera sentencia aplicada á su situación 
quería significar que él, á pesar de poder ser el 
abuelo de Juanita, quería y podía ser otra cosa 
muy diferente; y la segunda sentencia, que también 
recordaba don Paco, quería significar que él debía 
ir con tiento, con pies de plomo y sin precipitarse, 
porque no se ganó Zamora en una hora, y porque 
la muchacha no era muy arisca en el fondo, ni 
probablemente tan firme y dura de entrañas como, 
merced al encontrón que había tenido con ella, le 
constaba que era firme y dura en su juvenil super- 
ficie. Además, las esperanzas, lejos de desvanecerse, 
crecían en su pecho, hallándose más inverosímil 
abuelo que inverosímil amante. Para corroborar 
esta lisonjera afirmación, se contemplaba don Paco 
en el espejo en que solía afeitarse, el cual, aunque 
era pequeño, no lo era tanto que no reflejase casi 
toda su persona. El exclamaba al verla, como el 
pastor Coridón de Virgilio ó como el Marramaquiz 
de Lope: 

¡Pues no soy yo tan feo! 


JUANITA LA LARGA 45 

Y verdaderamente, no era feo don Paco, ni pa- 
recía viejo tampoco. 

A las últimas palabras de Juanita dio don Paco 
una interpretación lisonjera, pero acaso más com- 
prometida de lo que él deseaba. 

Al indicarle la muchacha que hablase con su 
madre y que le encargase la obra de costura que 
ella debía hacer, ¿no estaba claro que Juanita se 
mostraba propicia á entrar en cierto género de 
relaciones, aunque no á hurto, sino á sabiendas y 
con beneplácito de la autoridad materna? 

Como quiera que fuese, don Paco, sintiéndose 
prendado de Juanita, se allanaba á pasar por todo; 
pero se propuso, como hombre prudente, no aven- 
turarse más de lo necesario y no soltar prenda por 
lo pronto. 

A que él entrase en relaciones serias con Juanita 
y conducentes á la buena fin^ se oponían dos consi- 
deraciones: era la primera la excesiva, sospechosa 
é íntima familiaridad que tenía Juanita con Anto- 
ñuelo, el hijo del herrador; y era la segunda la casi 
seguridad del furioso enojo de doña Inés cuando 
llegase á saber que él tenía un compromiso serio 
con Juanita. Doña Inés inspiraba á su padre terror 
pánico y siempre trataba de huir de su enojo como 
de una espada desnuda. 

Su decidida afición á la muchacha saltaba, no 
obstante, por cima de los obstáculos, como un corcel 
generoso salta la valla que se le ha puesto para 
atajar su carrera. 

En resolución, combatido don Paco por harto 
contrarios sentimientos, aunque se propuso no 


46 JUANITA LA LARGA 

desistir de la empresa que había foriiiado de manera 
muy vaga, se propuso también proceder con la 
mayor cautela y ser lo más ladino que pudiese, 
aunque en estos negocios no le sucedía como en los 
negocios del municipio, y el ser ladino no era su 
fuerte. 

Así discurriendo, pasó don Paco revista á su ropa 
blanca. Yió que sólo tenia media docena de camisas 
bastante estropeadas y con muchos zurcidos. Y 
como esto era muy poco para él, persona de extre- 
mado aseo, que ¡cosa rara en un pequeño lugar! se 
ponía ropa limpia tres veces á la semana, decidió 
que estaba justificadísimo el mandar que le hicieran 
media docena de camisas nuevas, que le hacían 
muchísima falta. ¿Y quién había de hacerlas mejor 
que Juanita, que era la costurera más hábil de 
Villalegre? ¿Y quién había de cortarlas mejor que 
su madre, la cual, lo mismo que con el mango de 
la sartén en la izquierda y la paleta en la diestra, 
era una mujer inspirada con las tijeras en la mano 
y con cualquiera tela extendida sobre la mesa y 
marcada ya artísticamente con lápiz ó con jaboncillo 
de sastre? 

Al día siguiente, decidido ya don Paco, acudió 
muy de mañana á casa de Juana la Larga y le 
mandó hacer seis hermosas camisas de madapolán 
con puños y pecheras de hilo, ajustándolas á treinta 
reales cada una. Para ganarse la voluntad y excitar 
el celo de ambas Juanas, les llevó don Paco, envuelto 
en un pañuelo, y sin que los profanos viesen lo que 
llevaba, un cestillo lleno de fresas, fruta muy rara 
en el lugar; y para mayor esplendidez, sacó además 


" fUA^lITA LA LARGA 47 

del bolsillo del holgado chaquetón que solía vestir 
de diario, nada menos que tres bollos del exquisito 
chocolate, que solía hacer doña Inés en su casa, y 
del cual había regalado á su padre una docena de 
bollos de á cuatro onzas cada uno. 

Juana la Larga, que era muy golosa y muy 
aficionada á que la obsequiasen, aceptó el presente 
con gratitud y complacencia, pero como no era 
larga solamente de cuerpo, sino que lo era también 
de previsión, y si vale decirlo asi, de olfato mental, 
al. punto olió y caló las intenciones que don Paco 
traía y sobre las cuales había ya sospechado algo. 



REZA el refrán que honra y provecho 
no caben en un saco; pero Juana 
la Larga, sobre ser honrada, rayando 
su honradez en austeridad para que se 
borrase la mala impresión de bus desli- 
ces juveniles, era además una matrona 
llena de discreción y de juicio, y sabía 
que el mencionado refrán s 
equivoca muy á me- 


t 



50 JUANITA LA LARGA 

nado. Para ella, en el caso que se le acababa de 
presentar, en vez de no caber en un saco, el prove- 
cho no podía ser sin la honra y la honra tenía que 
producir naturalmente el provecho. 

Sí Juanita se dejaba camelar á tontas y á locas, 
se exponía á dar al traste con su reputación y á ser 
el blanco de las más feroces murmuraciones y á 
perder para siempre la esperanza de hallar un buen 
marido. Y todo ello por unas cuantas chucherías y 
regalillos de mala muerte. Mientras que si Juanita 
acertaba á ser rígida sin disgustar y ahuyentar al 
pretendiente, pero sin otorgarle tampoco el menor 
favor de importancia antes de que el cura diese en 
la iglesia el pasaporte para los favores, convirtién- 
dolos en actos de deber y cargas de justicia, harto 
posible era que don Paco se emberrenchinase hasta 
tal punto, que entrase por el aro rompiendo todo 
el tejido de dificultades que al aro pusiesen doña 
Inés y otras personas, y elevando á Juanita á ser 
legítimamente la señora del personaje más im- 
portante del lugar después de don Andrés Eubio, 
el cacique. 

Con tales pensamientos en la mente, á par que 
con notable destreza y desarrollando la cinta que 
estaba enrollada en una carretilla, tomó Juana á 
don Paco las medidas convenientes. Estuvo con él 
más dulce que una arropía, y, aunque le dijo que 
no tenía que venir á su casa para probarse la 
primera camisa, porque cuando estuviese medio 
hecha ó hilvanada se la enviaría para la prueba, le 
convidó á que algunas noches, de nueve á once, 
cuando no tuviese nada mejor que hacer, viniese. 


JUANITA LA LARGA 51 

si quería, un rato de tertulia á su casa, porque ni 
ella ni Juanita gustaban de acostarse temprano, y 
aunque estaban casi siempre solas, velaban hasta 
las doce. Juanita cosía ó bordaba; pero como esto 
se hace con las manos, su lengua quedaba expedita 
y charlaba más que una cotorra. 

— ^Yo — añadía Juana la Larga — no coso ni bordo 
de noche porque tengo perdida la vista, y así es que 
estoy mano sobre mano ó paso las cuentas de mi 
rosario y rezo. Si alguna vez está usted de humor, 
podemos echar juntos cuatro ó cinco manos de tute, 
que yo sé que á usted le agrada. A mí me agrada 
también, pero mi mala suerte y mis cortos medios 
no me permiten jugarle más que á real cada juego. 
Y aun así si le da á una muy mal, bien puede 
perder veinte ó treinta reales en una noche, como 
quien no quiere la cosa. 

Ya se comprende que don Paco aceptó el convite 
y fué de tertulia á casa de Juana: al principio de 
vez en cuando; al cabo de poco tiempo, todas las 
noches. Casi siempre jugaba al tute y perdía. Sus 
pérdidas podían evaluarse, una noche con otra, en 
una peseta diaria. Todo, no obstante, lo daba don 
Paco por bien empleado. 

Las camisas estuvieron pronto concluidas y don 
Paco quedó muy satisfecho. En la vida se había 
puesto otras que mejor le sentasen. 

No las hubiera hecho más lindas el camisero más 
acreditado de París. Las lustrosas pecheras no 
hacían una arruga; los cuellos eran derechos, á la 
diplomática, y los puños muy bonitos y para los 
botones que en el día se estilan, Juana le regaló,. 


ja JUANITA LA LARCA 

en compensación de los muchoe regalos gae de él 
recibía, an par de botones preciosoa de plata sobre- 
dorada que mercó en la tienda del Murciano, tienda 
bien abastecida, y donde, segiio dicen por allí, 
habla de cuanto Dios crió y de cuanto puede 
imaginar, forjar, tejer y confeccionar la industria 
humana: naipes, fósforos, telas de seda, lana y 
algodón, especiería, quesos, garlmnzos y habichue- 
las, ajonjolí, matalauva y otras semillas. Casi eran 



los únicos artículos que allí faltaban las carnes de 
va^a y de camero y toda la pasmosa variedad de 
sabrosos productos que resultan de la matanza y 
sacriñcio de los cerdos. 

Ya estuviesen hablando don Paco y Juana, ya 
estuviesen jugando al tute, Juanita rara vez sus- 
pendía BU costura ó su bordado; pero, sin suspen- 
derlos, solía tomar parte en la conversación del 
modo más agradable. Nadie venia á interrumpir 
esta tertulia de los tres, salvo Antoñuelo, que 


JUANITA LA LARGA 53 

escamaba mucho á don Paco y le llenaba de sobre- 
salto y mal humor. 

Crecía éste de punto, porque, mientras que don 
Paco estaba jugando al tute y Juana le acusaba las 
cuarenta, Antoñuelo se sentaba muy cerca de 
Juanita, en el otro extremo de la sala donde ella 
cosía, y ambos cuchicheaban con mucha animación 
y en voz tan baja, que don Paco no podía pescar ni 
palabra de lo que decían. Con esto se ponía como 
sobre ascuas y muy alborotado y triste, sin que 
para ocultarlo le valiese el disimulo. Entonces don 
Paco jugaba peor: solía tener rey y caballo del 
mismo palo y se le olvidaba acusar veinte, ó bien, si 
Juana le jugaba un oro y él tenía el as ó el tres, se 
le guardada y no le echaba. Así es que las noches 
en que venía Antoñuelo á la tertulia, sobre la de- 
sazón que daba á don Paco, le hacía perder un par 
de pesetas y hasta tres á veces. 

Viniese ó no viniese Antoñuelo á la tertulia, 
Juana la Larga estaba siempre presente. Don Paco 
no hallaba modo de hablar á solas con Juanita, ni 
de abandonar á la madre é imitar á Antoñuelo, 
enredándose en cuchicheos con la hija. 

Alguna vez que lo intentó, hablando bajo á 
Juanita, ésta le contestó alto, haciendo la conver- 
sación general y despojándola de todo misterio. 

Bien hubiera querido don Paco, cuando Antoñuelo 
venía, rodear las cosas de suerte que le obligase á 
entretener á la madre, hablando ó jugando al tute 
con ella; pero Antoñuelo aseguraba que no sabía 
jugar al tute y daba á entender que nada tenía que 
decir á Juana. 


54 JUANITA LA LARGA 

Con {recuencia salía don Paco tan cargado de esta 
tertulia que se proponía y casi resolvía no volver ¿ 
ella ó al menos ir poco á poco retirándose. Pero ya 
había tomado la maldita costumbre de ir, y todas 
las noches, si lo retardaba algo, empezaban al toque 
de ánimas á hormiguearle y bullirle los pies, y elloa 
mismos, pronunciándose y rebelándose contra sa 
voluntad, le llevaban á escape y como por encanto 
en casa de ambas Juanas. 





X 


PRONTO notaron todos los vecinos, cundiendo la 
la noticia por el resto de la población, las 
constantes visitas nocturnas de don Paco; pero como 
Antoñuelo solía ir también, y entre don Paco y 
Juanita había tan grande desproporción de edad, la 
gente murmuradora lo explicó todo suponiendo que 
Antoñuelo era novio de Juanita y que don Paco 
tenía ó trataba de tener relaciones amorosas con la 
madre, la cual, á pesar de sus cuarenta y cinco 
años y de los muchos trabajos y disgustos que había 
pasado en esta vida, apenas tenía canas, y estaba 
ágil, esbelta, y aunque de pocas, de bien puestas, 
frescas, apretadas y al parecer jugosas carnes. 

La austeridad esquiva de Juana la Larga, du- 
rante muchos años, desde que tuvo su juvenil 
tropiezo, no pudo en esta ocasión eximirla de la 
maledicencia. La gente decía que al fin se había 
dejado tentar y lo daba todo por hecho. Cuando 
veía la gente que Antoñuelo y don Paco iban á las 
nueve á la casa y permanecían allí hasta cerca de 


5S JUANITA LA LARGA 

entendimiento de amor y de hermosura, se quedaba 
extasiado contemplando el andar de la moza, que 
no tenia el liviano, provocativo y sucio movimiento 
de caderas, y los pasitos menudos que suelen tener 
las chulas, sino que era un andar sereno, á grandes 
pasos, noble y lleno de gracia, como sin duda debía 
de andar Diana Cazadora, ó la misma Venus, al 
revelarse al hijo de Anquises en las selvas que 
rodeaban á Cartago. 

En Villalegre se gastaban corsés y hasta era 
Juana la Larga quien mejor los hacía; pero la indó- 
mita Juanita nunca quiso meterse en semejante 
apretura ni llevar aquel cilicio que para nada nece- 
sitaba ella, y que entendía que hubiera desfigurado 
su cuerpo. Sólo llevaba, entre el Ugero vestido de 
percal y sobre la camisa y enaguas blancas, un 
justillo ó corpino, sin hierros ni ballenas; zona que 
bastaba á ceñir la estrecha y virginal cintura, de- 
jando libre lo o^más, que derecho y firme no había 
menester de sostén ni apoyo. 

En el espíritu de don Paco pudo, ^ embargo, 
más que el deleite.de ver á Juanita en la fuente ó 
volviendo del albercón, la idea de que, estando ya 
muy remotos los siglos de oro, no era posible imitar 
á la princesa Nausicaá sin rebajarse ó avillanarse 
demasiado; y así, aconsejó y amonestó tantas veces 
y con tan discretas razones á Juanita para que no 
fuese á la fuente, apoyándole siempre la madre de 
ella, que Juanita cedió al cabo y dejó de ir á la 
fuente y al albercón, retrayéndose además de otros 
varios ejercicios y faenas que no son propios de una 
señorita. 



JUANITA LA LARGA] 57 

y amonestaciones, los cuales eran el asunto de los 
cuchicheos. 

Don Paco aparentaba aquietarse al oir tal expli- 
cación, pero en reahdad no se aquietaba; y mos- 
trando el verdadero interés que el buen nombre de 
Juanita le inspiraba, insinua- 
ba que, aunque todo fuese mo- 
ral é inocentísimo, convenía, 
á fin de evitar el qué dirán, 
no recibir i Antoñuelo con 
tanta frecuencia. 

Los sermones que predica- 
■ba don Paco, más que mora- 
les, conducentes á conservar 
el decoro de Juanita, no se 
puede decir que fueron predicados en desierto. 
Poco á poco dejaron de menudear las visitas de 
-Antoñuelo; sus cuchicheos con Juanita se acorta- 
ron, y al fin cuchicheos y visitas vinieron á ser raros. 

Esto dio ánimo á don Paco. Creyó notar que se 
prestaba dócil oído á sus cariñosas reprimendas, y 
Be atrevió á predicar también sobre otro punto. 

En extremo gustaba él de ver á Juanita charlar 
en la fuente ó subir la cuesta con el cantarillo en 
la cadera ó con la ropa ya lavada sobre la gentil 
cabeza, más airosa y gallarda que una ninfa del 
verde bosque, y más majestuosa que la propia 
princesa Nausicaá, que también lavaba la ropa 
cuando, sin desconcharse ni echar las ínfulas por 
el suelo, solían hacerlo las princesas, allá en los 
siglos de oro. 

Don Paco, que tenía, según hemos apuntado ya, 


6o JUANITA LA LARGA 

ya SUS solitarias meditacionee, ya sas lectnras, ya 
BUS intereBantes coloquios con el padre Anselmo, 
con el cacique ó con alguna otra persona de fuste 
que viniese á vÍBÍtarla. 

A las nueve de la noche en verano y é> las ocho 
ó anteB en invierno, mandaba acostar i los niños, 
y desde entoncBB hasta laB once y 6, veces hasta más 
tarde, tenía tertulia, en la cual se discre- 
teaba, y á la cual rara vez asistía el se- 
ñor Boldán, que no presumía ni podía 
presumir de discreto, y á 
lien las discreciones de 
su mujer pasmaban y 
enorgullecían, pero al 
mismo tiempo le exci- 
taban al sueño. 

En las horas que 
le dejaban libres los 
afanes y cuidados de 
la casa y aun de la 
administración de la hacienda, de la qne suave- 
mente había despojado á su marido, por no consi- 
derarle capaz, doña Inés solfa ocuparse en lecturas 
que adornaban y levantaban su espíritu. Kara vez 
perdía su tiempo en leer novelas, condenándolas 
' por insípidas ó inmorales y libidinosas. De la poesía 
no era muy partidaria tampoco, y sin plagiar á 
Platón, porque no sabía que Platón lo hubiese 
preceptuado, desterraba de su casa y familia á casi 
todos los poetas, como corruptores de las buenas 
costumbres y enemigos de la verdadera religión y 
de la paz que debe reinar en las bien concertadas 



JUANITA LA LARGA 6i 

repúblicas; pero en cambio doña Inés leía historia 
de España y de otros países, y sobre todo muchos 
libros de devoción. El cura la admiraba tanto, al 
oiría hablar de teología, que mentalmente adornaba 
sus espaldas con 
la muceta y su 
cabeza con el bo- 
nete y la borla. 

Era tan grande 
la actividad de 
doña Inés, que á 
pesar de tan va- 
rias ocupaciones, 
aún le quedaba 
tiempo para sa- 
tisfacer su anhelo 
de enterarse á 
fondo de la histo- 
ria contemporánea y local, que tenía para ella más 
atractivos que la historia univeraal ó de épocas y 
países remotos. 

Para conocer bien esta historia contemporánea 
y local y ejercer sobre los hechos la más severa 
crítica, se valía doña Inés de diferentes medios, 
siendo el más importante una criada antigua, que 
hacia recados, que entraba y salía por todas partes 
y que se llamaba Crispina, émula en su favor y 
privanza de Serafina, la doncella. 

Gracias á Crispina, estaba ai corriente doña Inés 
de los noviazgos que había en el pueblo, de las 
pendencias y de los amores, de las amistades y 
enemistades, de lo que se gastaba en vestir en cada 



62 JUANITA LA LARGA 

casa, de lo que éste debía y de lo que aquél había 
dado á premio, y hasta de lo que comía ó gastaba 
en comer cada familia. A los que comían bien, 
doña Inés los censuraba por su glotonería y despil- 
farro, y á los que comían poco y mal, los caUfícaba 
de miserables, de hambrones y de pereciendos. 

No tardó, por consiguiente, doña Inés en tener 
noticia de las aficiones de su padre y de sus visitas 
ó tertulia en casa de ambas Juanas. Muchísimo la 
molestó esta grosera bellaquería, que tan duramente 
la apellidaba; pero disimuló y se reportó durante 
muchos días, sin decir nada á su padre. Doña Inés 
estaba muy adelantada en sus concebidas esperan- 
zas de octavo vastago, y en tan delicada situación 
se cuidaba mucho y procuraba no alterarse por 
ningún motivo, para que las dichas esperanzas no 
se frustraran ó se torcieran ruinmente, realizándose 
de un modo prematuro, con deterioro y quebranto 
de su salud. Pero aunque doña Inés no dijo por lo 
pronto nada á don Paco, se la tenía guardada, y 
seguía observando y averiguando por medio de 
Crispina, en la creencia de que era á Juana y no á 
Juanita á quien su padre pretendía ó cortejaba. 

Esta creencia mitigaba no poco el disgusto de 
doña Inés, porque no podía entrar en su cabeza que 
su padre intentase jamás contraer segundas nupcias 
con Juana la Larga. Así es que lo que censuraba 
en éste muy ásperamente era la inmoralidad y el 
escándalo de unas relaciones amorosas contraídas 
por hombre que tenía más de medio siglo y que iba 
á ser pronto por octava vez abuelo. La enojaba 
también la condición harto plebeya del objeto de 


JUANITA LA LARGA 63 

los amores de su padre, los cuales, si no dignos de 
aplauso, le hubieran parecido dignos de disculpa á 
haber sido con alguna hidalga recatada y de supo- 
sición, como había dos ó tres en el lugar, que, según 
pensaba doña Inés, hubieran visto el cielo abierto, 
y aun se le hubieran abierto á don Paco, si él hu- 
biera llamado á la puerta de ellas pidiendo entrada. 
No se cansaba, pues, doña Inés de censurar las 
ruines inclinaciones de su padre. Le dolía asimismo 
que su padre gastase tatito en obsequiar á Juana la 
Larga, suponiendo, según las noticias que le trajo 
Crispina, que gastaba mucho más de lo que gastaba. 

— ^¿Conque juega al tute con ella? 

— Sí, señora — contestaba Crispina. — ^Y ya por 
echarla de fino, ya porque está embobado y embe- 
lesado mirando á Juana con ojos de carnero á medio 
morir y sin atender al juego, lo cierto es que Juana 
le pela, ganándole diez ó doce reales cada noche. 
Además los regalos de don Paco llueven sin des- 
campar sobre aquella casa; ya envía un pavo, ya 
una docena de morcillas, ya fruta, ya parte del 
chocolate que le regala su merced, hecho por el 
hombre que viene expresamente desde Córdoba á 
hacerle en esta casa. 

Lo de que don Paco hubiese regalado también 
parte de su chocolate irritó ferozmente á doña Inés: 
lo consideró una verdadera profanación y casi le 
hizo perder los estribos; pero al fin pensó en la 
situación en que se encontraba, ya fuera de cuenta, 
y logró reportarse. Su moderación y sus cuidados 
no fueron inútiles. 

El 29 de Junio, día de San Pedro apóstol, sintió 


64 JUANITA LA LARGA 

doña Inés desde muy de mañana los primeros do- 
lores, y con gran facilidad y felicidad dio á luz en 
aquel mismo día, á un hermoso niño. La madre y 
el señor Boldán decidieron que había de llamarse 
Pedro, en honor del príncipe de los apóstoles en 
cuyo día había nacido y del que eran muy devotos. 
El señor don Andrés Rubio prometió tener al in- 
fante en sus brazos en la pila bautismal. Y como 
el infante fuese robustísimo, y el médico asegurase 
que no corría peligro su vida, retardaron su bau- 
tismo hasta mediados del mes de Julio, así porque 
ya estaría levantada la señora doña Inés y podría 
asistir á las fiestas que se hiciesen, como porque 
para entonces se realizaría la anunciada visita del 
señor obispo, el cual, á más de confirmar á todos 
los muchachos que no lo estuviesen, les haría la 
honra de bautizar al futuro Periquito. 

El obispo sería hospedado en casa de los señores 
de Eoldán los tres ó cuatro días que estuviese en 
Villalegre. Doña Inés, por lo tanto, pensando en los 
preparativos y en todos los medios que había de 
emplear para hacer con lucimiento recepción tan 
honrosa, perseveró en refrenar su ira contra Juana 
la Larga, á quien imaginaba seductora de su padre. 
Y disimulando el odio que le había tomado, no 
quiso dejar de valerse de ella en ocasión de tanto 
empeño. 

Ya la había llamado el día del alumbramiento, 
porque bien sabía por experiencia que no había, 
en el mundo conocido, más hábil comadre que 
Juana. 

Y como tampoco había por allí mujer más dis- 


JUANITA LA LARCA 65 

puesta, para preparar y dirigir los festines, con 
tiempo comprometió á Juana á fin de que, desde 
dos dias antes de la llegada del obispo, se viniese ¿ 
su casa, sin volver á la casa propia sino para 
dormir, y lo preparase y dirigiese todo. Juana pro- 
metió hacerlo así y lo cumplió muy ^ 




LA víspera de la llegada del obispo, que fué el 15 
de Julio, víspera también de la Virgen del 
■Carmen, Juana había ti^abajado ya mucbo, sudando 
■el quilo para condimentar los manjares y las golo- 
sinas, y hasta para disponer el aparato y la magnifi- 
cencia que habían de desplegarse en la recepción y 
■en el hospedaje de su señoría ilustrísima, y en el 
refresco y ambigú que había de darse en aquella 
■casa á todo lo más granado é ilustre de la villa, 
■después de terminadas las cristianas ceremonias de 
la confirmación y del bautismo. En ellas, doña Inés 
iba á dar al señor obispo más trabajo que nadie, 
pues tenía siete chiquillos no confirmados aún, y 
uno todavía moi-o, como apellidan en Andalucía á 
■todo ser bumano antes de recibir el agua sacra- 
mental que le trae al gremio de la Iglesia. 

La noche del 15 de Julio hacía muchísimo calor. 
A eso de las nueve, don Paco, segün costumbre, 
se fué de tertulia á casa de Juana la Larga; pero 


68 JUANITA LA LARGA 

Juana seguía trabajando aún en la de los señora» 
de Boldán, y Juanita estaba sola con la criada^ 
tomando el fresco en la reja de su sala baja. 

La vio don Paco, y llegó á hablarle antes de 
dirigirse á la puerta. Juanita, después de los saludos- 
de costumbre, dijo á don Paco, que pretendía que le 
abriese: 

— Mi madre no ha vuelto aún. No sé cuándo 
volverá. Estando yo sola no me atrevo á abrir á. 
usted la puerta y á dejarle entrar. La gente mur- 
mura ya contra nosotros, y murmuraría mil veces 
más si yo tal cosa hiciera. Vayase usted, pues, y 
perdóneme que no le reciba. 

Ninguna objeción acertó á poner don Paco, con- 
vencido de lo puesta en razón que estaba Juanita. 
Solamente le dijo: 

— Ya que no me recibes, no te vayas de la reja.^ 
y habla conmigo un rato. Aunque la gente nos vea^ 
¿qué podrán decir? 

— Podrán decir que usted no viene á rezar el 
rosario conmigo: podrán creer que yo interesada- 
mente alboroto á usted y le levanto de cascos; y 
podrán censurar que pudiendo ser yo nietecita de 
usted tire á ser su novia y tal vez su amiga. Con 
esta suposición me sacarán todos el pellejo á túr-^ 
digas; y si llega á oídos de su hija de usted, mi 
señora doña Inés López de Eoldán y otras hierbas,, 
que usted y yo estamos aquí pelando la pava, será, 
capaz de venir, aunque se halla delicada y conva- 
leciente, y nos pelará ó nos desollará á ambos, ya 
que no envíe por aquí al señor cura acompañado- 
del monaguillo, con el caldero y el hisopo del agua. 


JUANITA LA LARGA 69 

l^endita, no para que nos case, sino para que nos 
rocíe y refresque con ellg,, sacándonos los demonios 
-del cuerpo. 

— ^Vamos, Juanita, no seas mala ni digas dispa- 
rates. No es tan fiero el león como le pintan. Y si 
tú gustases un poquito de mí, y mi conversación te 
divirtiese en vez de fastidiarte, no tendrías tanto 
miedo de lá maledicencia, ni de los furores de mi 
hija, ni de los exorcismos del cura. 

—¿Y de dónde saca usted que yo no guste de 
tener con usted un rato de palique? Pocas cosas 
•encuentro yo más divertidas que la conversación 
de usted, y además siempre aprendo algo y gano 
oyéndole hablar. Yo soy ignorante, casi cerril; pero, 
si el amor propio no me engaña, me parece que no 
soy tonta. Comprendo, pues, y aprecio el agrado y 
«el valor que tienen sus palabras. 

— Entonces, ¿cómo es que no me quieres? 

— Entendámonos. ¿De qué suerte de quereres 
se trata? 

— De amor. 

— ^Ya esa es harina de otro costal. Si el amor es 
como el que tiene el padre Anselmo á su breviario, 
<5omo el que tiene' doña Inés á sus libros devotos, ó 
como el que tiene usted á las leyes ó á los regla- 
mentos que estudia, mi amor es evidente y yo le 
quiero á usted como ustedes quieren á esos libros, 
íío menos que ustedes se deleitan en leerlos me 
deleito yo en oir á usted cuando habla. 

— Pero, traidora Juanita, tú me lisonjeas y me 
matas á la vez. Yo no quiero instruirte, sino enamo- 
rarte. No aspiro á ser'tu libro, sino tu novio. 


70 JUANITA LA LARGA 

— Jesús, María y José. ¿Está usted loco, do» 
Paco? ¿En qué vendría á parar, qué fin que no fuera, 
desastroso podría tener ese noviazgo? ¿No le tiem- 
blan á usted las carnes al figurarse la estrepitosa 
cencerrada que nos darían si nos casáramos? Y si 
el noviazgo no terminase en casamiento, ¿dónde- 
iría yo á ocultar mi vergüenza, arrojada de este 
pueblo por seductora de señores ancianos? 

Lo de la ancianidad, tantas veces repetido, ofen- 
dió mucho á don Paco en aquella ocasión, y muy 
picado, y con tono desabrido, exclamó haciendo' 
demostración de retirarse: 

— ^Veo que presientes graves peligros. No quiero- 
que te expongas á ellos por mi culpa. Adiós Juanita. 

— Deténgase usted, don Paco: no se vaya usted 
enojado contra mí. ¿No conoce usted muy á las 
claras que yo le quiero de corazón y que mi mayor 
placer es verle y hablarle? Como soy franca y leal, 
procuro no retener á usted con esperanzas vanas. 
Mucho me pesaría de que usted me acusase un día. 
de que yo le engañaba. Por esto digo á usted que de 
amor no le quiero y me parece que no le querré 
nunca. Pero lo que es por la amistad, debe usted 
contar conmigo hasta la pared de enfrente. ¿Por 
qué no se contenta usted con esta amistad? ¿Por 
qué me pide usted lo que no puedo ni debo darle? No- 
serla flojo el alboroto que se armaría en el pueblo si 
usted y yo fuésemos novios y si el noviazgo se supiese. 

Don Paco se atrevió á decir entonces en mala 
hora y con poco acierto: 

— ^¿Pues qué necesidad hay de que nuestro no- 
viazgo se sepa? 


JUANITA LA LARGA 


71 


— Y usted ¿por quién me toma para insinuar ese 
sigilo, dado que se.a posible? Sólo se oculta lo poco 
decente, y por lo tanto, yo no he de ocultar nada 
aunque pueda. Si me decidiese yo á ser novia de 
usted sería por considerarlo bueno y honrado, y en 
vez de ocultarlo como fea mancha, lo pregonarla y 
lo dejaría ver á todos con más orgullo que si ense- 
ñase una joya, jactándome de ello, en vez de andar 
con tapujos. Ya sabe usted mi modo de pensar. 
Nada más tenemos que decirnos. Ahora, lo repito, 
vayase usted y déjeme tranquila. Malo es siempre 
dar que hablar, pero dar que hablar sin motivo es 
malo y tonto. 

Don Paco depuso el enojo, no acertó á responder 
á Juanita con ninguna frase concertada y se fué, 
despidiéndose de ella, resignado y triste. 




PASARON días y vino el obispo, como se esperaba. 
Su señoría iluatrlsima bautizó á los niños 
moi'09 que aguardaban au venida como loa padres 
del Limbo el aanto advenimiento, y confirmó á los 
no confirmados, que ae contaban á centenares, 
entre ellos no pocos harto talludos. 

Doña Inéa ae lució dando hoapedaje al aeñor 
obispo, y éste se fué del lugar muy maravillado y 
gozoso de la magnificencia y primor con que allí se 
vivía. 

Libre ya doña Inés de tanta extraordinaria faena, 
ae consagró con mayor atención al eatudio de la 
historia contemporánea, y al cabo, auxihada por los 
datoa que le suministraba Crispina, y valiéndose de 
6U rara sagacidad, vino á comprender que no era á 
la madre, sino á la hija, á quien cortejaba don Paco. 
Su furor fué entonces muy grande, pero por lo 


74 JUANITA LA LARGA 

mismo se calló aún y no atormentó á su padre con 
insinuaciones ni con bromas. El asunto no se pres- 
taba á bromas ni á medios términos. La ira de doña 
Inés había de estallar y de manifestarse de una 
manera más sería, cuando estuviese completamente 
convencida de la locura de su padre, pues de tal la 
calificaba. . 

Don Paco, entre tanto, si bien daba ya menos 
pretexto á la murmuración, se sentía más enamo- 
rado que nunca de Juanita. Pensaba en sus dulces 
desdenes, recapacitaba sobre ellos, hacía doloroso 
examen de conciencia y miraba y cataba la herida 
de su corazón, como un enfermo contempla con 
amargo deleite la llaga ó el cáncer que le lastima y 
en el que prevé la causa de su muerte. 

Toda la vida había sido don Paco el hombre más 
positivo y menos romántico que puede imaginarse. 
Aquel imprevisto sentimentalismo que se le había 
metido en las entrañas y se las abrasaba, le parecía 
tan ridículo, que, á par que le afectaba dolorosa- 
mente, le hacía reir, cuando estaba á solas, con 
risa descompuesta y que solía terminar en algo á 
modo de ataque de nervios. 

Don Paco dejó, pues, de ir todas las noches en 
casa de ambas Juanas; ya no veía á Juanita en la 
fuente y sola, porque él mismo había predicado para 
que no fuese, y sin embargo, no acertaba á sus- 
traerse á la obsesión que Juanita le causaba de 
continuo, presente siempre á los perspicaces ojos 
de su espíritu, así en la vigilia como en el sueño. 

Por dicha, no le atormentaban los celos. Juanita 
zapeaba, donosa ó duramente, á cuantos mozos la 


JUANITA LA LARGA 


75 


pretendían, y lo que es Antoñuelo iba ya con menos 
frecuencia á casa de Juanita. Según en el lugar se 
sonaba, andaba él muy extraviado frecuentando las 
tabernas en harto malas compañías, y pasando 
muchas noches en francachelas y jaranas. Villale- 
gre no era el único teatro de sus proezas, sino que, 
á pesar de las amonestaciones y reprensiones de su 
padre, á menudo muy duras, se solía ir de parranda 
al campo ó á algunos lugares cercanos, y en dos ó 
tres días no parecía por su casa.' 

Don Paco no tenía, pues, rivales. Parecía com- 
pletamente dueño del campo; pero el campo estaba 
tan bien atrincherado, que don Paco no lograba 
entrar en él y se quedaba fuera como los otros. 

'No desistió por eso de ir por la noche en casa de 
ambas Juanas, aunque no de diario. 

Como de costumbre, jugaba al tute con la madre; 
como de costumbre, hablaba con Juanita en con- 
versación general y Juanita hablaba igualmente y 
le oía muy atenta, manifestándose finísima amiga 
suya y hasta su admiradora; pero como de costum- 
bre^ también, las miradas ardientes y los mal 
reprimidos suspiros de don Paco, ó pasaban sin ser 
notados y eran machacar en hierro frío, ó hacían 
un efecto muy contrario al que don Paco deseaba, 
poniendo á Juanita seria y de mal humor, turbando 
su franca alegría y refrenando sus expansiones 
amistosas. 

De esta suerte, poco venturosa y triunfante para 
don Paco, se pasaron algunos días y llegaron los 
últimos del mes de Julio. 

Hacía un calor insufrible. Durante el día los 


75 JUANITA LA LARGA 

pajaritos se asaban en el aire cuando no hallaban 
sombra en qué guarecerse. Durante la noche, re- 
frescaba bastante. En el claro y sereno cielo res- 
plandecían la luna y multitud de estrellas que, en 
vez de envolverle en un manto negro, le teñían de 
azul con luminosos rasgos de plata y refulgentes 
bordados de oro. 

Ambas Juanas no recibían á don Paco en la sala, 
sino en el patio, donde se gozaba de mucha frescura 
y olla á los dompedros, que dan su mis rico olor 
por la noche; á la albahaca 
y ¿ la hierbaluisa, que había 
en no pocos arriates y ma- 
cetas , y á los jazmines y á 
las rosas de enredadera, que 
en Andalucía llaman de ^ííí- 
min'' , y que trepaban por las 
paredes y formaban verde 
cortina, enredándose á las 
rejas de las ventanas, en los 
cuartos del primer piso, 
donde dormían Juanita y su 
madre. 

En aquel sitio, tan encan- 
tador como modesto, era re- 
cibido don Paco. Todavía 
allí, á la luz de im bruñido 
velón de Lucena, de reful- 
gente azófar, se jugaba al 
tute en una mesilla portátil, 
pero no con la persistencia que bajo techado. Otras 
distracciones, casi siempre gastronómicas, suplían la> 




JUANITA LA LARGA 77 

falta del juego. Juana, que era tan industriosa, solfa 
hacer helado en una pequeña cantimplora que tenía; 
pero con más frecuen- 
cia se entretenían La- 
miendo ora piñouus, 
ora allnen- 
dras y gar- 
banzos tos- 
tados, ora 
flores de 
maíz, que 
Juanita tenf a 
1 a habilidad 
de hacer saltar muy bien en la sartén, y ora altra- 
muces y A veces hasta palmitos, cuando los arrieros 
■ los traían de la provincia de Málaga, porque en la 
de Córdoba no se crían. 

Estas rústicas semicenas, dignas de ser celebra- 
das por don Francisco Gregorio de Salas en su 
famoso Observatorio, deleitaban más á don Paco 
que hubieran podido deleitarle las antiguas cenas 
de Trimalción ó de Apicio y las modernas de la 
Maison Dorée ó del Cafe Inglés en París, pare- 
ciéndole mejor aquellos groseros alimentos que la 
ambrosía que comen las deidades del Olimpo, ya 
que Juanita, comiéndolos, les comunicaba cierta 
celestial ú olímpica naturaleza. Dichas chucherías, 
apéndices de la verdadera cena que cada uno habla 
tomado ya en su casa antes de empezar la tertulia, 
probaban además, cuando las dos Juanas y don 
Paco se las comían sin el menor susto y sin ninguna 
mala resulta, que nuestros tres héroes poseían tres 


78 JUANITA LA LARGA 

estómagos de los más sanos, eficaces y potentes que 
hay en el mundo. 

Una noche en que estaban aquellas señoras muy 
familiares, conversables y benignas con don Paco, 
se atrevió éste á ofrecer algo que pensaba en ofrecer 
tiempo hacia, sin acabar de decidirse por t^mor de 
que no aceptasen su obsequio. 

Desechado el temor, dijo al cabo: 

— De hoy en ocho días, el 4 de Agosto, habrá 
grandes fiestas en este pueblo. Habrá procesión, 
feria, velada, función de iglesia y sermón, que 
predicará el padre Anselmo, contando y celebrando 
la vida y milagros del glorioso Santo Domingo de 
Guzmán , nuestro patrono y abogado en el cielo. 
Tengo yo una pieza de tela de seda, flexible y rica, 
por el estilo de la de estos mantones que llaman de 
espumilla ó de Manila. Carece de bordados y es de 
color verde oscuro. Me la envió meses há de regalo 
mi sobrino Jacintico, que está en Filipinas empleado 
en Hacienda. Tiempo hay todavía de hacer con esta 
tela un precioso vestido de mujer. ¿Y quién le lle- 
varía con más garbo y lucimiento que Juanita si 
aceptase mi presente? La tela es pintiparada para 
hacer el traje, y si ustedes quieren darse prisa, aún 
tienen tiempo de sobra. 

Madre é hija dieron mil gracias á don Paco por 
su buena intención, mostrando repugnancia en 
aceptar por el quí' dirán y sosteniendo que cuando 
viesen á Juanita con traje tan lujoso todo el lugar 
se alborotaría, adivinaría que la seda era regalo de 
don Paco y él y ellas darían una estruendosa 
campanada. 





JUANITA LA LARGA 79 

Nada contestó don Paco á tan juiciosos razona- 
mientos; pero hizo algo más elocuente y persuasivo. 
Tomó de una silla un paquete que había traído 
recatadamente envuelto en un pañuelo, y desdo- 
blándole mostró la tela á la luz del velón. 

Ambas mujeres admiraron aquella hermosura; 
la calificaron de divina. Los ojos y el alma se les 
iban en pos de la tela. En suma, no pudieron 
resistir y aceptaron el obsequio. Juana quiso mos- 
trarse más difícil y Juanita tuvo que» ceder y que 
aceptar antes que ella. 

No bien se fué don Paco, á eso de las doce, 
Juanita dijo á su madre: 

— ^Yo no he sabido resistir. La tela es encanta- 
dora. Lo que más me agrada en ella es su flexibi- 
lidad, porque no tiene tiesura como otras sedas. Se 
ceñirá muy bien al cuerpo y se podrá dar mucho 
vuelo á las faldas, que formarán pliegues muy 
graciosos. Vamos... he caído en la tentación. ¿Qué 
no van á murmurar y á morder las envidiosas 
cuando me vean tan peripuesta y tan guapa ir á la 
función de iglesia el día de Santo Domingo? Porque 
tú, mamá, irás con tu mantilla de tul bordado, y 
me emprestarás ó me regalarás la otra que tienes, 
de madroños, que me está como pintada. Varias 
veces la he sacado del fondo del arca y me la he 
probado, mirándome al espejo. Mucho van á rabiar 
cuando me vean tan maja las hijas del escribano, 
que gastan tanta fantasía como si fueran dos mar- 
quesas, aunque son dos esperpentos y van siempre 
mal pergeñadas. 

— Sí, hija; pues si la menor está tan escuchimi- 


N 


•\ 


8o JUANITA LA LARGA 

zada que parece una lombriz de caño sucio, y la 
otra es tan pequeñuela y tan gorda como una 
bolita. Si llega á casarse, á tener hijos y á engordar 
más, perderá la forma de mujer y se convertirá en 
cochinilla de San Antón. Pero dejando esto á un 
lado, yo no las tengo todas conmigo. Despertaremos 
la más tremenda envidia y nos pondrán como un 
regalado trapo. 

— Pecho al agua y preparémonos para la lucha. 
¿Qué podrán decir de mi? ¿Que don Paco me viste? 
Pues yo voy á vestir á don Paco... y patas. Mira, 
con mis ahorrillos iré mañana á la tienda del 
Murciano y compraré paño de Tarrasa ó del mejor 
que tenga. Calcula tú cuántas varas se necesitan. 
Él tiene gabina, castora ó como se llame; pero su 
levita, aunque no se la pone más que diez ó doce 
veces al año, está ya desvergonzada de puro raída. 
Sin chistar, con mucho sigilo, vamos tú y yo á 
hacerle una levita nueva, según el último figurín 
de La Moda Elegante ó Ilustrada que recibiste de 
Madrid el otro día. Como tú tienes las medidas de 
don Paco y eres muy hábil, la levita, sin probársela 
ni nada, le caerá muy bien, y ya verás con qué 
majestad y con qué chiste la luce en la procesión, 
cuando marche en ella entre los demás señores del 
Ayuntamiento. Así no seré yo sola, sino él también 
quien estrene prenda en tan solemne día. 

— Pero, muchacha, eso que dices no es apagar el 
fuego, sino echarle leña para que arda más. Si han 
de murmurar como uno al verte con el vestido 
nuevo, murmurarán como dos al ver con levita 
nueva á don Paco. 


JUANITA LA LARGA 8i 

^Pues que murmuren. Lo que yo me propongo 
al regalar la levita, además de la satisfacción que 
me cause el obsequiar á don Paco, es que nadie me 
acuse, y sobre todo que no me acuse yo misma de 
tener el vestido sin dar en pago algo equivalente. 

Decididas asi las cosas, al otro día se compró el 
paño. Juana cortó con segura destreza la levita y 
el traje de mujer, y madre é hija y dos oñcialas 
trabajaron con tal ahinco que el 3 de Agosto, 
víspera del día del santo, levita y vestido de mujer 
estaban terminados. 






CUANDO aquella noche vino don Paco de tertulia 
ie dieron la sorpresa de enseñarle la levita. 

Él casi se enojó y hasta se le saltaron las lágrimas 
de puro agradecido. 

En el patio mismo se probó la levita; le hicieron 
dar con ella cnatro ó cinco paseos y ambas mujeres 
encontraron que con la levita estaba don Paco muy 
airoso; y eso que no se vela todo el efecto porque no 
habia trafdo la gabina Bino el hongo como de cos- 
tumbre, y la levita y el hongo no armonizan bien. 

Animados ya los tres y de buen humor, dijo don 
Paco. 

—No comprendo por qué gustan ustedes tanto 
de la soledad y están tan retraídas. La plaza, esta 
noche, estará animadísima. Todo el mundo habrá 
acudido á la verbena y á ver los fuegos, que dicen 


84 JUANITA LA LARGA 

que serán magníficos. Empezarán en punto de las 
once, y como habrá muchos cohetes y dos ó tres 
soles ó ruedas, y á lo último un gran castillo que 
terminará con un espantoso trueno gordo, durará 
la fiesta hasta después de media noche. La gente 
quiere que el trueno gordo estalle en el momento 
mismo que empiece el día del santo, y espera que 
el santo le oiga desde el cielo y se alegre de que sus 
patrocinados le saluden y feliciten. ¿Por qué no se 
animan ustedes y van á gozar de todo esto? Iremos 
juntos. Yo las acompañaré. 

— Bien quisiera yo ir — contestó Juana, — ^pero- 
temo que nos pongan como chupa de dómine 
cuando nos vean reunidos. 

— Pues, mira, mamá, deja que nos pongan coma 
les dé la gana; á mí me sale de adentro el ir, y no- 
quiero andar con repulgos. Vamos allá y arda. 
Troya. Como estamos vamos bien; sin nada en la 
cabeza; no tenemos más que echar á andar. 

Sin hacer más reparos, los tres se fueron en 
seguida á la velada y feria que había en la plaza, 
la cual, con los muchos farolillos y candilejas que 
la iluminaban, parecía un ascua de oro; y por el 
bullicio y por la muchedumbre de gente que casi la 
llenaba, era un hormiguero de seres humanos. 

En los balcones, en las ventanas y en las puertas- 
de las casas, las personas de más edad y fuste 
estaban sentadas en sillas. 

Las jóvenes se paseaban ó se paraban á contem- 
plar las tiendas de mercaderes ambulantes que se^ 
extendían por la plaza y por dos ó tres calles de la& 
que en la plaza desembocan. 


JUANITA LA LARGA 85 

Las tiendas á las que se agolpaba más gente eran 
las de juguetes y muñecos. Apenas habla chicuelo 
que no fuese obsequiado por sus padres ó por los 
amigos de sus padres con un pito, con una trompeta 
¿ con un tambor, Y como casi todos desplegaban 
en seguida su capacidad musical en los instrumentos 
que les habían mercado, el aire resonaba con mar- 
cial y alegre, aunque 
Mliscüfdante ai-niu- 



nla, Ni faltaban 
en Jas tiendas de muñe- 
cos trompas merinas, siempre -tiesos, sables y fusi- 
les de madera y de latón, y especialmente Santos 
Domingos de diversos tamaños, todos de barro 
cocido y pintado de vivísimos colores. Estas imá- 
genes eran las que más se vendían, porque el santo 
inspiraba en el pueblo devoción fervorosa. 

El ambiente estaba embalsamado por el aroma 
del aceite frito de más de quince buñolerías donde 
gitanas viejas y mozas freían y despachaban de 
continuo esponjados buñuelos, que unas personas 
se comían allí mismo con aguardiente ó con choco- 


86 JUANITA LA LARGA 

late, y otras se los llevaban á su casa ensartado» 
todos en un largo, flexible y verde junco. 

Ni faltaban allí tampoco puestos de exquisitas- 
frutas; pero los que más atraían la atención de los 
chicuelos, eran los de almecinas, ya que, ademán 
del gusto de comérselas, proporcionaban la diver- 
sión de ejercitar la puntería tirando al blanco. Cada 
muchacho que compraba almecinas, compraba 
también un canuto de caña, cerbatana por donde^ 
después de haberse comido la poca y negra carne 
de la fruta, disparaba soplando el huesecillo redondo 
y duro. Estos proyectiles corrían silbando por el 
aire como las balas en una reñida batalla^ salvo que 
eran mucho más inocentes, pues apenas hacían 
daño, si por una maldita y rara casualidad no 
acertaban á darle á alguien en un ojo, pues enton- 
ces bien podían dejarle tuerto. Caso tan lastimoso» 
sin embargo, rara vez ocurre, y por consiguiente, 
la muchedumbre se paseaba tranquila en medio de 
aquel feroz tiroteo. 

Había, por último, en la feria nocturna siete ú 
ocho mesillas de turrón y hasta tres confiterías, 
donde lo que con más abundancia se despachaba 
eran las yemas, los roscos de huevo y las batatas 
enconfitadas. 

Se cuenta que cuando algún galán campesino, 
que presume de muy rumboso, quiere obsequiar á 
su novia ó á la muchacha á quien va acompañando» 
se dirige al confitero y le pide yemas ó batatas. 

— ¿Cuánto quiere usted? — dice el confitero po- 
niendo en uno de los platillos del peso la pesa de 
cuarterón. 


JUANITA LA LARGA 87 

— Eche usted fierro — responde el galán. 
El confitero pone la pesa de inedia libra, 
— Eche usted m.Áajierro — repite varias veces el 
galán, y el confitero va echando casi todas las pesas: 
pero siempre la muchacha, llena de exquisita deli- 
cadeza, y con los más modestos remilgos, alega la 
diñcultad que hay en trasladar ¿ casa tanta balum- 
ba y pesadumbre de confites y asegura que no se 
los podrá comer en una ó dos semanas y que se 



pondrán agrios, secos ó rancios. En ñn, ella está 
tftn elocuente, que el galán, aunque al principio se 
resiste llamando á la muchacha dama de la media 
almendra, al cabo se deja convencer, pero no de 
repente; sino poquito á poco; y según va entrando 
el convencimiento en bu ánimo y ella sigue hablan- 
do, él la interrumpe á trechos diciendo al confitero: 

— -Quite TistedjieiTo. 

Y de esta suerte acaba por no quedar en el pla- 
tillo de las pesas más que la de cuarterón y á veces 
la de dos onzas. 

Para que no careciese la velada de ningún atrac- 
tivo, hubo en ella también una banda de música 


88 JUANITA LA LARGA 

militar, que se había conservado desde la época en 
que hubo milicianos nacionales, gracias á los des- 
velos y esfuerzos de don Andrés Eubio, que había 
sido comandante de la milicia. Los ocho músicos 
de que constaba la banda vestían aún, cuando iban 
á tocar de ceremonia, el antiguo uniforme de la 
extinguida institución defensora de nuestras liber- 
tades. Eran los músicos menestrales ó jornaleros 
de los más listos; no tocaban mal, y siempre el 
Municipio les pagaba un buen estipendio: seis y 
hasta ocho reales á cada uno. De este modo se 
libertaba Villalegre del tributo á que estaba some- 
tida en lo antiguo, haciendo venir de la ciudad 
vecina, siempre que había función, á los músicos, 
á quienes apellidaban en el lugar traga-lentejas. 

Don Paco paseó á sus amigas por toda la feria, 
dando no poco que murmurar, según habían pre- 
visto. 

Como ellas eran más finas que los jornaleros, 
ninguno se acercaba á hablarles, y como estaban 
en más humilde posición que las ricas labradoras, 
propietarias é hidalgas, la aristocracia las desdeña- 
ba. El nacimiento ilegítimo de Juanita hacía mayor 
este aislamiento. Juanita no tenía ya una amiga. 
Entre los mozos, como había desdeñado á muchos, 
los pobres no se le acercaban por ofendidos ó por 
tímidos, y los ricachos, que si ella hubiera sido 
fácil hubieran porfiado por visitarla en su casa, 
temían desconcharse ó rebajarse acompañándola 
en público. Antoñuelo era el único galán que aún 
se complacía en acompañar á Juanita; pero Anto- 
ñuelo andaba entonces muy extraviado y se hallaba 


JUANITA LA LARGA Sg 

ausente en una de sus correrlas por los lugares 
cercanos. 

Las mozas que soliau ir por agua á ¡a fuente del 
ejido, y los arrieros, pastores y porquerizos que 
acudían á dar agua, ai ganado, considerando que 
desde que Juanita dejó de ir allí se daba tono de 
eeñora, no se atrevían ya ni á saludarla. 

Toda la noche, ó sea hasta que los fuegos termi- 
naron, que fué ya cerca de la ana, madre é hija per- 
manecieron en la plaza, y hubieran estado sin otro 
acompañante que don Paco, si don Pascual, el maes- 
tro de escuela, no se hubiera unido también á ellas. 

Era don Pascual un solterón de más de sesenta 
años, delicado de salud, flaco y pequeño de cuerpo, 
pero inteligente y dulce de carácter. 

Desde que Juanita tuvo seis años don Pascual, 
prendado de su despejo y de su viveza, se había 
esmerado en enseñarle á leer y escribir, algo de 
cuentas y otros conocimientos elementales. 

Juanita había tenido en el maestro de escuela un 
admirador constante y útil, porque había sido para 
ella, á falta de aya, ayo gratuito y celosísimo. 

Ella, en cambio, bacía mucho honor á su maes- 
tro, pues tomando sus lecciones en horas de asueto 
y cuando la escuela estaba desierta de muchachos, 
salió discípula tan aventajada, que avergonzaba á 
casi todos los que á la escuela asistían. 

Nadie sabía mejor que ella el Catecismo de Ri- 
palda y el Epitome de la gramática. Nadie conocía 
mejor las cuatro reglas. 

Había aprendido tambiéu Juanita algo de geogia- 
üa y de historia; y ya, cuando apenas tenía nueve 


90 JUANITA LA LARGA 

años, recitaba con mucha gracia varios antiguos 
romances y no pocas fábulas de Samaniego. 

Tiempo hacía que don Pascual no visitaba ¿ 
Juanita ni á su madre. 

Primero las frecuentes visitas de Antoñuelo le 
habían espantado. Después le retrajo más de ir en 
casa de las dos Juanas el saber que tanto las fre- 
cuentaba don Paco. Tal vez supuso el bueno del 
maestro que Antoñuelo y don Paco bastaban en 
aquella casa, y que si él iba estaría de non y sería 
un estorbo. 

Aquella noche pasó por acaso don Pascual cerca 
de Juanita, y ésta se dirigió á él diciéndole: 

— Buenas noches, maestro. ¿Qué le hemos hecho 
á usted, que tan caro se vende y que nos tiene tan 
olvidadas? 

Fueron tantas las cordiales zalamerías de la mu- 
chacha, que la preocupación de que él pudiera ser 
estorbo se le borró por completo del magín, y 
acompañó á ambas mujeres durante toda la velada, 
siendo el cuarto personaje del grupo. 

Ya paseaban los cuatro, ya se sentaban en los 
bancos de piedra que hay en la plaza. Siempre es- 
taban ó iban en medio las dos mujeres, y alternando, 
á un lado y á otro, ambos galanes. 

Ellos quisieron obsequiarlas con confites, pero 
ninguna de las dos consintió tamaño despilfarro. 
Para que don Paco no lo tomase á desaire, dejó 
Juana que le comprase un buen puñado de cacahue- 
tes y cotufas que se echó en el bolsillo y que se iba 
comiendo. Juanita, que gustaba mucho de las cas- 
tañas, como la Amarilis de Virgilio, se avino á que 


JUANITA LA LARCA 91 

doQ Pascnal le comprase un cuarterón de pilongas, 
que también ee iba comiendo sin el menor melindre. 

A don Pascual le bastó con una que ella le dio 
como fineza, porque, como don Pascual no tenía 
dientes, no la podía roer ni mascar y la tuvo hora y 
media en la boca, tratando en balde de ablandarla, 
y recordando que sin duda por eso, así como por su 
baratura, se llaman las castañas pilongas, carame- 
los de cadete. 

Agradablemente pasaron, pues, la velada, y fue- 
ron de los que más gozaron en ella, sin perdonar 
los fuegos, con los que la velada terminó, y que 
estuvieron espléndidos. 

Loa galanes ya cerca de la una, acompañaron ¿ 
ambas Juanas hasta la puerta de su casa. 

Cada mochuelo á su olivo; como suele decirse. 
Todos en el lugar se retiraron á dormir y trataron 
de dormir profundamente y deprisa, á fin de estar 
listos y bien apercibidos, desde muy temprano, 
para las magnificas fiestas que había de haber el 
día siguiente. 



XV 


DESDE el amanecer empezó 
á solemnizarse el 4 de 
Agosto de manera estruendosa: 
con repique general de cam- 
panas. 

Multitud de gente, así de la 
villa como de no pocos lugares 
cercanos, circulaba por la vía 
pública; acudía ¿, la plaza, donde 
seguía la feria como en la noche 
antes, ó se agolpaba en la ca- 
rrera por donde había de ir la 
procesión, saliendo de la iglesia 
de Santo Domingo, que era la 
parroquia, y volviendo ¿ entrar 
en ella después de haber dado 
gentil paseo por las calles prin- 


94 JUANITA LA LARGA 

cipales. Estas habían sido bien barridas y alfom- 
bradas luego de juncia y gayomba. Aguardando ver 
pasar la procesión se hallaban muchas personas en 
las puertas, ventanas y balcones, pendientes de 
cuyas rejas y barandas lucían vistosas colgaduras 
de damasco encamado, verde y amarillo, ó de colchas 
de algodón estampado con enormes floripondios y 
orladas de rizados y candidos faralaes. 

La población toda estaba de gala. Los hombres, 
bien afeitados, pues la víspera quedaron abiertas 
las barberías y afeita que afeita hasta muy dadas 
las doce. Los señores más importantes y ricos, 
cuantos recibían el tratamiento de don, estaban de 
levita y castora, y hasta con frac dos ó tres, el 
escribano entre ellos. Los jornaleros, de camisa 
limpia y con sus mejores ropas, si eran jóvenes, 
iban en cuerpo, pero con chivata ó larga vara de 
membrillo, oliva ó fresno; y si eran ya mayores de 
edad, con capa, para el conveniente decoro, por ser 
por allí la capa el traje de etiqueta, del que no se 
puede prescindir aunque se achicharre ó derrita el 
humano linaje, como era entonces el caso, porque 
el sol hacía chiri vitas. 

Las mujeres de todas las clases sociales habían 
sacado sus trapitos de cristianar para adornarse 
aquel día. Ninguna iba con la cabeza descubierta. 
Todas, si no tenían mantilla, llevaban mantones de 
lana ligera, ó bien pañuelos que denominan allí 
sedticoSj ó sea de percal lustrosísimo, que imita la 
seda. Las damas pudientes, ya provectas, vestían 
trajes negros ú oscuros de tafetán, de sarga mala- 
gueña ó de alepín ó de cúbica; y las señoritas, sus 


JUANITA LA LARGA 95 

hijas, iban con trajes de muselina ó de otras telas 
aéreas y vaporosas, pero ninguna sin mantilla, ora 
de tul bordado, ora de blonda catalana ó manchega. 
Sobre la pulidez y el aseo del peinado, y como ma- 
torral al pie de enhiesta torre, relucían, junto á las 
peinetas de carey, las moñas de jazmines, la alba- 
haca y otras yerbas de olor, y las rosas y los claveles 
rojos, amarillos, blancos y disciplinados. 

Las flores abundaban en Villalegre, gracias á la 
fuente del ejido, cuyas milagrosas propiedades ya 
hemos elogiado, y gracias también á otros caudalo- 
sos veneros, que brotan entre rocas al pie de la 
inmediata sierra, y á varias norias y' á no pocos 
pozos de agua dulce, con los cuales se riegan 
huertos, macetas y arriates. 

Por entre los hierros de las cancelas que habla 
en las mejores casas se veían los floridos patios, en 
algunos de* los cuales los naranjos y las acacias 
prestaban grata sombra. Las plantas enredaderas 
trepaban por las paredes y formaban tupido corti- 
naje en las ventanas del primer piso. 

En el centro del patio, ó refrescaba el ambiente 
un surtidor que caía en roja taza de bruñido jaspe 
ó se levantaba gran pirámide de tiestos, formando 
compacta masa de flores y verdura. 

Las libélulas y las inquietas mariposas revolo- 
teaban en torno y las avispas y las abejas zumba- 
ban buscando miel. 

El territorio ó término de Villalegre confina con 
la campiña, donde todas son tierras de pan llevar ó 
baldíos incultos, sin huertas, ni olivares, ni viñedos. 
Si algo verdea por aquellos campos es tal cual me- 


g6 JUANITA LA LARGA 

lonar en las hondonadas. Todo lo demás es en 
aquella estación pajizo, ya sembrado, ya barbecho, 
ya rastrojos, los cuales arden como yesca y suelen 
quemarse para fecundar el suelo. Las plantas que 
se elevan más por alH y dan mayor sombra son las 
pitas. 8on las más leñosas y arborescentes los car- 
dos y los girasoles. Asi es que en los hogares se 
guisa con cierto producto animal, que no sólo da 
calor, sino perfume, salvando por el aire una ó dos 
leguas de distancia, de suerte que las poblaciones 
se huelen mucho antes de llegar á ellas, y aun de 
columbrarse en el horizonte sus campanarios. 
Los gorriones, los jilgueros, las golondrinas y 
ntvas cien especies de pintados y 
¡ili'i^'res pajarillos salen á la cam- 
piña con el alba, á coger semillas, 
(.•¡garrones y otros bichos con que 
iil i mentarse: pero todos anidan en 
el término de Villalegre, y vuelven 
á él, después de sus excursiones, 
piíra guarecerse en sus sotos y um- 
l-rías, para beber en sus cristali- 
nnH arroyos y acequias, y para 
regocijar aquel oasis con sus 
chirridos, trinos y gorjeos. 

Aquel día, que era en ex- 
tremo caloroso, ó no habían 
salido las aves ¿ merodear ó 
habían vuelto tempranito, y 
trinando y piando, mientras 
que arrullaban tórtolas y pa- 
lomas, hacían salva y música 




JUANITA LA LARGA 99 

la Santo Patrono, así en los alrededores como den- 
tro de la misma villa. 

Para mayor ornato y esplendor se habían eri- 
^do en ella seis triunfales arcos de lozano y verde 
follaje. 

La procesión salió en buen orden déla iglesia á las 
ocho en punto de la mañana. Eompían la marcha el 
•sacristán y los monaguillos que llevaban el estandar- 
i;e, la manga de la parroquia y dos cruces de plata, á 
uno y otro lado de la manga. Después, muchísima 
•cera, esto es, multitud de hombres con velas encen- 
didas caminaban en dos hileras. A trechos aparecían 
•conducidas en andas hasta seis imágenes de santos, 
todas policromas, de barro ó de madera. La quinta 
imagen era la de Santo Domingo. Su cara, severa 
y hermosa. Sobre su inspirada frente relucía una 
■estrella de plata sobredorada. Con su mano derecha 
•echaba el Santo bendiciones. A sus pies había un 
perro, muy bien figurado, que llevaba entre los 
•dientes una antorcha, al parecer encendida, con la 
cual, según el sueño de Santa Juana de Asas, 
abrasaba é ilustraba el mundo en amor y en cono- 
cimiento de Dios. Continuaban luego las dos filas 
de hombres con velas ardiendo, y por último, 
venía una bella efigie de la Virgen, que estaba 
sobre los cuernos de la luna, la cual luna era de 
plata, lo mismo q'ue la corona que llevaba la Santí- 
sima y Celestial Señora. 

Era su manto de raso azul celeste, todo él bor- 
dado también de plata, y que había costado un 
dineral. Tenía la Virgen en el brazo izquierdo, 
apoyado contra el corazón, á un precioso niño Je- 


lOo JUANITA LA LARGA 

SUS, con la bola del mundo, que ostentaba la cruz 
en lo más alto. En la mano derecha llevaba la^ 
Virgen el escapulario del Carmen. 

Iban delante de la Virgen con dalmáticas é 
incensarios dos diáconos que por allí llaman ju- 
meones. 

En mitad de los jumeones descollaba el hermano' 
mayor de la cofradía con túnica de seda azul sobre 
el frac, y empuñando larga pértiga de plata. Este 
hermano mayor era nada menos que el marido de 
doña Inés y yerno de don Paco, el ilustre don 
Alvaro Koldán, uno de cuyos antepasados había- 
costeado la imagen de la Virgen, así como la de 
Santo Domingo, obras ambas de Montañés, según 
se jactaban de ello los naturales de Villalegre. 

En pos de la Virgen, revestido de riquísima capa, 
pluvial, aparecía el padre Anselmo, y en torno de 
él varios capellanes, así indígenas como forasteros ^ 
con roquetes y sobrepellices, sueltos algunos de 
ellos, y otros seis sosteniendo los argentinos vara- 
les del magnífico palio, debajo del cual se conto- 
neaba con la debida prosopopeya el ya mencionado 
cura párroco. 

Inmediatamente marchaban los individuos del 
Ayuntamiento, con el alcalde á la cabeza, el cual 
llevaba bengala con puño y borlas de oro. El secre- 
tario don Paco estaba al lado del alcalde, con su 
levita nueva, elegantísimo, y excitando, la envidia, 
de otros señores, cuyas levitas ó fraques eran viejos, 
fuera de moda y algunos muy pelados, y ya que na 
con remiendos y rasgones, con picaduras de polilla^ 
zurzidos chapuceros y tal cual lamparón ó mancha. 


JUANITA LA LARGA loi 

de pringue ó aceite, no menos conspicua que las 
que notó y censuró el Cid en el hábito del monje 
don Bermudo. 

El cacique, don Andrés Rubio, brillaba en la 
procesión por su ausencia. 

Cercado de una caterva de muchachos, se mos- 
traba luego el hombre más forzudo del lugar, con 
la bandera del Santo, cuya asta era larguísima. La 
baüdera estaba hecha de retazos cuadrados de 
tafetán de diversos y vivísimos colores. Y era la 
gala que aquel jayán, cuando había para ello espa- 
cio bastante, porque el paño de la bandera tenía lo 
menos cuatro varas en cuadro, revolotease la ban- 
dera girándola en torno, paralela al suelo, de modo 
que, agachándose los muchachos y hasta algunos 
hombres y mujeres, eran ppr ella cobijados y ben- 
ditos. Esta operación del revoloteo y del cobijo iba 
siempre acompañada de un precipitado redoble de 
tambor, tocado por un tamborilero hasta cierto 
punto eclesiástico y consagrado á aquel menester. 

No cerraba la procesión ninguna tropa de veras, 
porque en el pueblo, desde que se había extinguido 
la milicia nacional, no había soldados. Sólo había 
dos guardias civiles. Sin embargo, en lugar de los 
traga-lentejas, que solían venir en lo antiguo de 
una ciudad cercana, iban los músicos municipales 
casi siempre tocando, y vistiendo aún el uniforme 
de la extinguida milicia. ^ 

No contentos con esto los del lugar, y conside- 
rando y sabiendo, más ó menos confusamente, que 
el santo patrono había tenido algo de guerrero, 
quisieron que aquella pompa fuese más militar, y 


lOi JUANITA LA LARGA 

tuvieron una felicísima idea. A los soldados roma- 
nos que salen allí en las procesiones de Semana 
Santa, les pusieron en el pecho cruces de terciopelo 
carmesí, y los convirtieron de perseguidores de 
Cristo en perseguidores de herejes y de judíos^ 
enemigos de Cristo; y á los judíos que salen también 
en Semana Santa, los dejaron judíos aunque de 
otra época, ó bien los trasformaron en herejes de 
los que los amigos del santo habían metido en cos- 
tura. Los soldados romanos estaban vestidos con 
mucha propiedad, porque en el pueblo había un 
santo nacido en él, el cual santo perteneció á la 
Legión Tebana; y como en compañía de una de sus 
canillas, hallada en las catacumbas, vino de Eom& 
su imagen, el traje que llevaba sirvió de modelo 
para hacer los de los soldados romanos. 

En cuanto al traje de los judíos, era tan fantás- 
tico que podía valer para cualquier época, si bien 
tenía el inconveniente de ser tan rico y primoroso, 
que sólo los señoritos más acaudalados del pueblo 
le podían costear; así es que había pocos judíos, 
muchos menos que soldados romanos; mas no por 
eso se sometían del todo, sino que de vez en cuando 
se enredaban á trancazos con los cruzados, arman- 
do muy graciosas escaramuzas ó simulacros de 
pelea, con los cuales el pueblo se reía y era como 
el sainete ó parte cómica de la procesión. 

Debemos advertir que estos judíos ó herejes, tan 
elegantes en el vestir, gastaban ciertas espantosas 
carátulas, con enormes narices, á veces como be- 
rengenas, amoratadas y llenas de berrugas, porque 
los judíos de los tiempos antiguos eran más feos 


JUANITA LA LARGA 103 

que los de ahora, si bien entonces tenían la mar de 
dinero cuando se vestían con tanto lujo. 

La devota muchedumbre no vela pasar la proce- 
cesión en reverente y mustio silencio, sino con 
alborozo y algazara, prorrumpiendo en nutridos y 
sonoros vivas, entre los cuales se oían á veces 
proposiciones candorosamente heterodoxas y aun 
un poco blasfemas de puro entusiastas, como por 
ejemplo: ¡Viva nuestro glorioso Patriarca, que joro- 
ba á todos los demonios! ¡Viva nuestro Santo 
Patrono, que achica á todos los otros santos! 

Para colmo de devoción y muestras de júbilo, 
varios mozos tenían escopetas y trabucos, y dispa- 
raban tiros sin hala ni perdigones, pero con mucha 
pólvora y muy apretada por el taco, á fin de que 
retumbase más el tronido. 

En suma, la procesión no dejó nada que desear, 
El público quedó muy satisfecho. 




Alas diez se cantó la misa mayor con órgano, 
que le hay allí muy bueno, y no sucede lo que 
en Tocina y en otros lugares de la Andalucía Baja, 
donde dicen que á falta de órgano tocan la gui- 
tarra en la iglesia. De esto no respondemos. Puede 
que sea calumnia. Lo contamos porque lo hemos 
oído contar. 

La Virgen estaha ya de nuevo ocupando su cama- 
rín en el altar mayor, cuyo retablo, todo de madera 
tallada y dorada, subía hasta la cumbre del ábside, 
y era caprichoso y atrevido desate del estilo churri- 
gueresco: complicado laberinto de retorcidos tallos, 
colosal hojarasca, frutas, armas, monstruos simbó- 
licos y rosetones, por los cuales asomaban sus in- 
fantiles y aladas cabezas los ángeles y los serafínes. 

A la derecha y sobre otro altar, estaba ya también 
,en su nicho el Santo Patrono. 

Ambos altares resplandecían con muchísimas 


io6 JUANITA LA LARGA 

velas y hachones ardiendo; y ramilletes de flores y 
festones y guirnaldas de arrayán, laurel y limonero 
loa engalanaban. 

Las paredes del templo, si bien blanqueaban sin 
mácula por el reciente enjalbiego, se veían en parte 
cubiertas de rojo damasco, aunque el damasco era 
poco, y era más el filipichín que le remeda. 

A ambos lados del altar 
de Santo Domingo admi- 
raban los fieles multitud 
,„^ de ex-votos, cla- 
ro testimonio de 
la potencia mi- 
lagrosa de 8u 
celestial aboga- 
do. Allí piernas, 
ojos, brazos y 
hasta niños 
completos, y 
bastantes tabli- 
tas pintadas al 
óleo, donde el 
, y por medio de an largo 
letrero escrito al pie quedaba explicado. 

La multitud llenaba el templo. En el centro las 
mujeres, de rodillas ó sentadas en el suelo, se aba- 
nicaban casi todas. El movimiento de los abanicos 
de diversos colores alegraba la vista. Alrededor 
estaban los hombres de pie. Sólo ocupaban algunos 
escaños de nogal los señores del Ayuntamiento y 
el cacique don Andrés, que vino á la iglesia, aun- 
que no á la procesión. 



JUANITA LA LARGA 107 

Las miradas de los asistentes se fijabaa con 
pasmo en el pecho del cacique, donde aquel día 
brillaba por vez primera la placa de oro, diamantes 
y rubíes, y la lustrosa banda de una gran cruz que 
el gobierno acababa de concederle en premio de sus 
' eminentes servicios. 

Ambas Juanas, que tampoco habían estado en la 
procesión, porque la ha- 
bían visto pasar por du- 
lante de su casa, 
sita en la carrera, 
aparecieron en la 
iglesia cuando ya 
empezaba la misa. 
Involuntario y generu,) 
murmullo de admiración 
se escapó entonces del pecho de los hombres. Las 
mujeres refunfuñaron de cólera y envidia. La madre 
iba delante abriéndose paso con los codos. Detrás 
venía la hija; hecha un sol, con bu lindo vestido de 
seda chinesca, su mantilla de madroños, su alta pei- 
neta de concha y un montón de claveles junto á la 
peineta. Como el vestido era alto, Juanita no llevaba 
pañuelo y mostraba toda la gallardía y esbeltez de 
su talle. Parecía la señora principal, la reina de 
aquella función, y apenas podían comprender sus 
compatricios que fuese ella la misma moza que 
hacia poco iba con un cántaro por agua á la fuente. 
Era marcial y decidido su paso, pero al mismo 
tiempo, majestuoso y modesto. 

En la mano, que en vez de emplearse en humil- 
des y rudos trabajos domésticos, se diria que había 



io8 JUANITA LA LARGA 

estado conservada entre algodones, como delicada 
joya, tenia un pericón que manejaba con mucha 
gracia. 

El asombro que causó su entrada en la iglesia 
bien se puede decir que durante tres ó cuatro mi- 
nutos turbó el orden y la tranquilidad que allí 
reinaban. El maestro de escuela, hombre leído y 
que sabía de memoria el romancero, recordó á este 
propósito, hablando á la oreja á un concejal, el 
efecto que hizo entrada semejante, en la ermita de 
San Simón, de cierta niña sevillana, alborotando 
hasta á los monagos y á los sacristanes, quienes, 

en vez de decir amén, 
decían, amor, amor. 

Tan disparatado triunfo no cogió de susto á doña 
Inés. Ya tenía ella averiguada la transformación de 
Juanita de zagalona rústica en algo que presumía 
de dama, y ya sabía, merced á las investigaciones 
de Crispina, que Juanita iba á lucir aquel día un 
maravilloso traje de lo más á la moda y señoril que 
se había visto nunca en aquel lugar y en muchas 
leguas á la redonda. El éxito sobrepujó, no obstante, 
todos los presentimientos y temores de doña Inés. 
Aunque todavía estaba guapa, á pesar de los ocho 
vastagos que había tenido, se sintió en el fondo del 
alma muy inferior á Juanita en hermosura; no dejó 
de notar, con profunda mortificación, que Juanita 
estaba vestida con mejor gusto que ella; y hasta en 
la distinción, aunque doña Inés se preciaba de muy 
distinguida, tuvo recelos de que Juanita le llevase 
ventaja. Apenas se daba cuenta la señora de Koldán 


JUANITA LA LARGA 109 

del arte ó de la adivinación con que una chicuela 
que se había criado entre pillería andrajosa y casi 
en medio de la calle, como vaca sin cencerro, se 
habla hecho sujeto capaz de tan repentina elegancia. 

Como Juana la Larga iba tan engreída y tan 
ufana con el asombroso esplendor y con la rara 
belleza de su niña, no buscó para ponerse con ella 
de rodillas un sitio muy apartado, sino el mejor y 
más visible. Ambas mujeres fueron á plantificarse 
en un pequeño claro, inmediato á los escaños en 
que estaban el Ayuntamiento y don Paco y don 
Andrés; claro que el respeto y la humildad de otras 
mujeres habían contribuido á formar, y en cuyo 
límite, no distante, se hallaba doña Inés López de 
Roldan, la cual tomó aquella intrusión por desafo- 
rado atrevimiento, y ardió en sed de imponerle 
pronto y severo castigo. 

Al efecto, había ya prevenido al padre Anselmo, 
y le tenía muy sobrexcitado contra Juanita y contra 
su madre. 

El padre Anselmo distaba mucho de ser malo 
y de ser ignorante. Sabía no poco de teología dog- 
mática y de moral; y poseía notable despejo y 
prodigiosa facundia; pero era terco, persistente en 
las opiniones que una vez aceptaba, y desconocedor 
de los asuntos mundanos. Doña Inés además le 
tenía sorbidos los sesos. Doña Inés le infundía una 
veneración y un cariño alambicadamente espiritua- 
les, que la convertían para él en oráculo. Era el 
devoto afecto que se filtra y se cuela á menudo en 
el virtuoso corazón de los ancianos: amor sin deseo 
y sin vicio; lo que hasta llamándose platonismo 


no JUANITA LA LARGA 

escandalizaría, al mismo que lo siente; lo que es 
tan sutil, tan etéreo y tan limpio como aquel 
semi-divino sentir que describe y pinta con rasgos 
luminosos el conde Baltasar Castiglione en las 
últimas áureas páginas de su Cortesano. 

El padre Anselmo jamás había leído este libro y 
no había caído ni podía caer en que sentía inclina- 
ción tan dulce; pero, sin tener conciencia de ello, 
reverenciaba á doña Inés como si fuera ángel ó 
santa. Estaba ciego para todos los defectos y peca- 
dos de ella, y no veía ó no creía ver en ella sino 
virtudes: la prudencia, la caridad, el recogimiento 
y la piedad religiosa. Para el padre Anselmo era 
doña Inés modelo de casadas y de madres de fami- 
lia y dechado ejemplar de señoras distinguidas y 
doctas. 

En todo cuanto le dijo acerca de Juanita no 
advirtió otro intento que el de evitar ó reprimir el 
escándalo y el mal ejemplo que en el lugar se 
estaban ya dando. 

Influido por estas ideas, habla preparado el 
sermón que predicó aquel día y que versaba, con 
aplicación á las circunstancias, sobre el mismo 
tema que él gustaba de tratar siempre: sobre la 
corrupción de nuestro siglo y sobre sus síntomas 
ominosos , que son alternativamente efectos y cau- 
sas. Porque la falta de religión hace que se hunda 
la moralidad, como edificio cuyos cimientos se 
socavan, mientras que el excesivo regalo y el 
esmerado atildamiento del cuerpo apartan á las 
almas de toda seria meditación y las distraen de los 
bienes eternos, moviéndolas diabólicamente hacia 


JUANITA LA LARGA iii 

lo temporal y caduco y abrasándolas en el infernal 
apetito de poseerlo y de gozarlo. De aquí la ambi- 
ción, la codicia y la lascivia, red que Satanás nos 
tiende, cebo con que nos atrae y anzuelo con que 
nos pesca y nos lleva consigo para devorarnos. La 
incredulidad y la heregla nacen de la molicie y del 
lujo, y por la ambición y la codicia cunden, se 
propagan y lo inficionan todo. 

El padre ilustró su doctrina con citas históricas. 
Los albigenses, á quienes convirtió Santo Domingo 
con ayuda de Simón de Monfort, hablan caído en 
abominable heregía, porque se entregaban á los 
festines, elegancias y malas pasiones. Una picara 
mujer que sedujo á Martín Lutero tuvo la culpa 
de que se hiciese protestante media Europa. Y la 
perversa Ana Bolena fué el medio de que se valió 
el diablo para apoderarse de los ingleses, que eran 
antes fervorosos católicos. La codicia había sido, 
sin embargo, peor que la lascivia, ya que, si bien 
toda revolución herética ó impía empezaba con 
deportes, amoríos y relajación de costumbres, siem- 
pre era la codicia la que lograba que triunfase, con- 
virtiendo la revolución en cucaña en cuyo extremo 
superior se ponían los bienes de la Iglesia. 

— Tal vez — añadía el padre- las personas hon- 
radas y pacíficas andarán ahora muy confiadas, 
imaginando que ya acabó la era de las revoluciones, 
porque la Iglesia es pobre y no tiene bienes que le 
quiten; pero, ¡ay, cuan lastimosamente se equivo- 
can! A falta de bienes de la Iglesia se pondrán ó se 
ponen ya en lo alto de la cucaña los bienes de los 
particulares ricos. Y aun habrá menos escrúpulos 


112 JUANITA LA LARGA 

para incautarse de ellos, como ahora dicen, porque 
la incautación (socorrida palabra para no emplear 
otra muy dura que cuadraría mejor), no será 
sacrilega. 

Entonces habló el padre del socialismo, refután- 
dole y procurando demostrar que cada una de sus 
utopias es sueño y delirio insano. Según él, siempre 
habrá pobres y ricos, y figurándose ya la revolución 
social triunfante, dio por ineludible resultado que 
los que ahora son ricos queden pobres; que algunos 
de los pobres más listos y audaces se hagan ricos y 
que la muchedumbre de los pobres se aumente en 
número y padezca mayor miseria, porque gran 
porción de la riqueza se habrá consumido ó des- 
truido con las huelgas, alborotos y guerras civiles. 
En cambio, si el orden establecido se conserva y si 
se cuida de que nadie se haga rico burlando el 
Código penal, todos trabajarán y se ingeniarán 
decentemente, por donde crecerán la riqueza y el 
bienestar; y los ricos serán más ricos y serán más; 
y los pobres serán menos pobres y menesterosos; y 
llegará día, allá en lo porvenir, en que los pobres 
estén mejor tratados que los ricos de ahora. Pero 
ahora y entonces habrá clases y jerarquías sociales, 
y será justo que se respeten porque las hay hasta 
en el cielo. 

Aquí declamó mucho el padre contra el feroz 
empeño que muestran hoy tantas personas por salir 
de su clase y elevarse sin mérito suficiente: el 
tendero, sólo porque se enriquece, pretende ser 
marqués; el usurero, duque; el sargento, general, 
sin ir á la guerra; y las mozuelas desvergonzadas, 


JUANITA LA LARGA 113 

damas y grandes señoras. Contra todos estos abusos 
disertó con vehemencia ó más bien lanzó centellas 
y rayos, discurriendo más por extenso sobre el 
lujo femenino y encareciendo los males que de él 
proceden. 

Al cuerpecito de una niña presumida y muy 
ataviada le llamó colmena de Lucifer, cuya miel 
endulza el veneno y de donde salen las abejas y los 
zánganos de punzantes aguijones, ó sea un maldito 
enjambre de vicios, pecados y sandeces. 

Además de escandalizar con aquel lujo y de pro- 
vocar á los hombres hasta en los lugares sagrados, 
turbando el sosiego de los espíritus é impidiendo 
su elevación, se gasta para sustentar dicho lujo más 
de lo que honradamente se gana; se aceptan regalos 
de los pretendientes y se les sonsaca el dinero. De- 
jándose ir, pues, por pendiente tan resbaladiza, las 
muchachas pobres que se ponen muy majas, dan 
con faciUdad en busconas. Bien lo comprendió así, 
dijo el padre, la sabia y gloriosa reina doña Isabel 
la Católica, cuando se indignó al ver, en unas fies- 
tas que hubo en Segovia, á ciertas aventureras 
vestidas de seda, y prohibió el uso de la seda á las 
que no fuesen hidalgas y ricas-hembras , lo cual 
fué providencia discretísima y moralizadora. 

En suma, el padre Anselmo estuvo muy bien 
aquel día: censuró el vicio sin censurar al vicioso, 
y no designó ni aludió á nadie. 

De esto se encargó la maliciosa envidia de las 
mujeres, excitada con disimulo por doña Inés. 
Todas hicieron á la emperegilada Juanita blanco 
de sus insolentes miradas. La consideración del 


I 


/ 


8 


114 JUANITA LA LARGA 

origen ilegítimo de la muchacha vino á corroborar 
la creencia de que era pecadora. Cada cual recordó, 
allá en sus adentros, alguna de las varias sentencias 
vulgares que sostienen como verdad la trasmisión 
de la culpa por medio de la sangre: de tal palo, tal 
astilla; la cabra tira al monte; quien lo hereda, no 
lo hurta; de casta le viene al galgo el ser rabilargo, 
y asi la madre, asi la hija y así la manta que las 
cobija. 

No pecaban las dos Juanas por encogidas ni por 
medrosas, pero apenas pudieron resistir la muda y 
formidable tempestad que descargó sobre ellas. 
Aparentemente estaba más conmovida la madre. 
Juanita no mostró perder la serenidad y el reposo. 
Su orgullo y el convencimiento de que no había 
incurrido en grave falta la sostuvieron. El dolor, 
no obstante, y la cólera por la inmerecida afrenta 
bañaron sus mejillas en más encendido carmín. Y 
bajando ella la vista, veló con los párpados y las 
rizadas y largas pestañas la luz de sus ojos, que 
dos mal reprimidas lágrimas humedecieron. 

Al terminar la función acertaron madre é hija á 
escabullirse sin ser muy notadas y á volver preci- 
pitadamente á su casa. 


XVII 


JUANITA se dejó caer desmadejada en un sillón 
de brazos. Juana paseaba, yendo y volviendo á 
largos pasos en su salita, como leona en su jaula. 
— ¡Habráse visto — exclamaba — mayor descoco! 
4 Vaya .. las mantesonas, las pu...ercas! Pues si 
durase aún la prohibición de la seda, ¿cuál de ellas 
la llevarla sin contrabando? Mejores hidalgas y 
xicas-hembras nos dé Dios. De seda y muy de seda 
iban las dos hijas del escribano, pero «aunque la 
mona se vista de seda, mona se queda». Son más 
feas que noche de truenos. ¿Y de dónde han sacado 
su hidalguía? Quizás no sabremos que son hijas de 
la Frasquita, á quien Dios haya perdonado. Era 
viuda del cagarrache del molino de don Andrés 
cuando la pretendió y la tomó por mujer el escri- 
bano. Y ¿por qué la tomó por mujer? Para reme- 
diarse, porque ella había allegado bastante dinero, 
con un gran corral de gallinas, y más aún, con su 
habilidad para aviar pollos. Aunque iba á la chita 


ii6 JUANITA LA LARGA 

callando y no gastaba pito, la llamaban la gabacha. 
¡Qué tacto en aquellos dedos verdugos! A escape 
entrecogía, ella como con alicates lo que andaba 
buscando á tientas en los pobres animalitos, y los ' 
dejaba aviados por docenas, sin que se le desgraciase 
ninguno en la operación. Luego los cebaba y ponía 
gordísimos y los vendía muy caros. Yo preguntaría 
al padre Anselmo si oficio tan cruel es propio de 
las ricas hembras. 

Juanita se recobró pronto de su momentáneo 
abatimiento, y dijo: 

— Mira, mamá, no me hables de las hijas del 
escribano. No las quiero mal. Si me miraban con 
descaro y con susto, fué de puro tontas. 

— Pues, hija mía, no sé de qué habían de asus- 
tarse. En la menor no se reparaba, porque es tan 
chiquituela y consumida que parece un guzarapo; 
pero la mayor bien llamativa estaba. Vestida de 
colorado y tan gorda, parecía un tomate enorme 
con patas. Y luego, ¡qué desvergüenza! Durante 
toda la misa estuvo su novio á la vera de ella^ 
todavía de judío, como había figurado en la proce- 
sión. ¡Buena hidalguía está la de Pepito, el hijo del 
albardonero! En vez de mercarle traje tan costoso,. 
su padre debió hacerle una albarda, que no le 
vendría mal. Aunque ha vuelto de Granada licen- 
ciado en leyes, sigue tan burro como se fué, salvo 
que rebuzna en latín y larga las coces ajustadas ¿ 
derecho. Pero, en fin, tú tienes razón. No debemos 
quejarnos de ellos. Debemos despreciarlos. El 
arrastrado del padre Anselmo tiene la culpa de todo. 

— No maldigas del padre — replicó Juanita — ^Eft- 


JUANITA LA LARGA 117 

un bendito espejo de santidad. Mucho de lo que 
dijo en el sermón era juicioso. Y si incurrió en 
exageraciones, bien sé yo por qué. La Beina Cató- 
lica prohibiría sin duda la seda, porque en su 
tiempo se entenderían las cosas de muy otra ma- 
nera que en el día, y además porque la seda costaría 
entonces un ojo de la cara y arruinaría al país. En 
fin, yo no sé por qué prohibió la Beina la seda. 
Acaso no sea verdad que la prohibiese. Pero si lo 
es ó no lo es, ¿á mí que me importa? Yo no me 
quejo de la Reina ni del cura. De quien me quejo 
es de aquella embustera gazmoña de doña Inés, 
que es la que ha armado contra mí todo este gatu- 
perio. Ella me las pagará. ¡Voto á Cristo que me 
las pagará! 

Y levantándose entonces de la silla, se dirigió 
hacia su madre con los ojos echando chispas; y 
haciendo la cruz como para persignarse, dijo solem- 
nemente: 

— Por esta cruz lo juro: yo me vengaré. Ella se 
acordará de mí durante toda su asquerosa vida, ó 
me han de borrar el nombre que tengo. 

— Sí, hija mía — repuso Juana; véngate, véngate. 
Nada más natural y razonable, pero sin hacer nin- 
guna barrabasada. Y sobre todo no jures, que es 
pecado mortal. Véngate sin juramento: con cachaza 
y mala intención. 

— Pierde cuidado. No me faltará cachaza. He de 
disimular más y he de ser más hipocritona que esa 
indina. Mala intención es lo que no tengo: mi 
intención siempre será buena. 

Al llegar á este punto de su interesante diálogo. 


ii8 JUANITA LA LARGA 

ambas interlocutoras oyeron en la calle terrible 
estruendo de voces, silbidos y carreras. Se asoma- 
ron á la ventana y miraron por la celosía. Apena» 
tuvieron tiempo de ver pasar atropellada muche- 
dumbre de gente, y una vaca brava, atada á una. 
larga y recia soga, de la que tiraban catorce ó 
quince mozos de los más robustos y ágiles. Otros 
mozos aguijoneaban y enfurecían la vaca, apaleán- 
dola con las chivatas y punzándola por detrás con 
pitacos ó bohordos de pita. 

No siguieron mirando las Juanas lo que ocurría 
en la calle, porque más conmovedor espectáculo se 
ofreció de repente á sus ojos dentro de la sala 
misma. Apareció don Paco, á quien la criada habísu 
abierto la puerta, con una gran pelota colorada 
entre los brazos. Pronto reconocieron en aquella 
pelota á la hija mayor del escribano, que venía, 
desmayada y con acardenalado y gordo chichón en 
la frente. Las mejillas y las narices las traía emba- 
durnadas en una sustancia amarilla y pegajosa, ¿ 
la que las moscas acudían. Al pronto dio no poco 
que sospechar la tal sustancia, pero luego se supo 
que eran yemas despachurradas. 

En un cucurucho, que le había feriado el novio, 
las llevaba doña Nicolasita, y no se rompió las 
narices porque al caer dio con ellas sobre las yemas. 

Embelesada con la conversación de su novio que 
iba á su lado, con la carátula en la cabeza como 
montera y casi tan majo como ella, y seguida de su 
padre y de su hermanita, habían estado todos en 
la plaza donde Pepito se había despilfarrado fe- 
riando los dulces. Allí se habían olvidado por com- 


JUANITA LA LARCA 119 

pleto de que formaba parte del programa de loa 
regocijos y festejos con que se celebraba el día del 
Santo, un toro de cuerda, que entonces fué vaca, 
como hemos dicho. 

Al pasar en grupo por la calle donde ambas Jua- 
nas vivían, oyeron de repente el alboroto y vieron 
el tropel de tos que huían de la vaca, y hasta 
entonces no recordaron el peli- 
gro á que se habían expuesto. 
El escribano, sin pensar en 
aUB hijas, con frac y todo, se 
subió por los hierros de una 
reja y logró ponerse en salvo. 
La hermanita menor, que era. 
muy ligera, tal vez por ser tan 
ruin y enjuta de carnes, se su- 
bió también á otra reja, donde 
parecía un mico. 

El novio estuvo muy caba- 
lleroso y quiso imitar á Edgardo, 
ti héroe de la novela de Walter Scott, 
I.HCÍa de Lammermoor, que él había 
leído; pero la vaca no entendía de 
heroicidades y le derribó ai suelo, dán- 
dole un empellón con el testuz. Por fortuna la 
vaca no le hizo daño ni caso, porque sólo llamaba 
su atención y la atraía poderosamente aquella 
masa redonda y colorada que corría delante de ella 
agitando mucho las faldas. Como la calle estaba 
cubierta de gayomba y de juncia y con muchas 
gotas de cera que habían caído al pasar la proce- 
sión, el piso se resbalaba demasiado. No es, pues. 



120 JUANITA LA LARGA 

de extrañar que resbalase doña Nicolasíta y diese 
en el suelo de hocicos. Gracias á las dos libras 
de yemas que se interpusieron entre su cara y las 
piedras, no se despampanó la pobre. Sólo se hizo 
en la frente el chichón ya mencionado. Su terror 
fué inmenso y causa de su desmayo. Allá, en su 
fantasia febricitante, creyó sentir el cuerno que 
penetraba traidoramente en sus delicadísimas car- 
nes, ya por un lado, ya por otro; y como con el 
terror, y antes de que sobreviniese el soponcio, le 
dio la pataleta, agitaba la falda roja y llamaba más 
al toro, ó digamos á la vaca, que se le venia encima. 

La fuerza de los mozos que la detuvieron tirando 
de la cuerda impidió que hubiese aquel día un 
desastre y que la función acabase en tragedia. 

Don Paco, que venia por allí para visitar á sus 
amigas, al ver desmayada á doña Nicolasita, la 
levantó en sus brazos y se refugió en casa de ellas. 

Cuando ambas se enteraron de lo sucedido, olvi- 
dado el enojo, cumplieron piadosamente con las 
leyes de la hospitalidad. Hicieron volver de su des- 
mayo á la víctima de la vaca, aplicando á sus 
narices vinagre muy fuerte; con el mismo vinagre 
aguado le pusieron compresas en el chichón y se le 
vendaron con un pañuelo blanco, de suerte que 
doña Nicolasita parecía un Cupido. Y, por último, 
le lavaron la cara y le quitaron la costra y churretes 
de yemas. 

Don Paco auxilió en todo esto á las dos carita- 
tivas mujeres. 

El escribano, Pepito y la hermana menor, reco- 
brados ya del susto, vinieron á la puerta á llamar 



JUANITA LA LARGA 123 

á doña Nicolasita, la cual, restablecida también, 
salió en busca de ellos, sin dar ocasión ni tiempo á 
que entrasen. 

Tal vez pudo creerse que esta precipitación en 
la partida y el no entrar en la casa los otros, había 
sido de puro avergonzados; pero como doña Nico- 
lasita no dio las gracias sino de un modo muy seco, 
y Juana y Juanita estaban escamadas, ainbas lo 
atribuyeron á desdén y á estúpido recelo de reba- 
jarse y contaminarse con el trato de ellas. 

Más amostazada entonces que nunca Juana la 
Larga, aprovechándose de un momento en que 
Juanita había subido á su cuarto, habló á don Paco 
de esta manera: 

— Señor don Paco, de sobra habrá visto usted la 
afrenta que nos han hecho hoy. Su hija de usted, 
mi señora doña Inés, tiene la culpa de todo. Se le 
figura que le tenemos á usted encantusado, y que 
le queremos chupar y le chupamos los parneses. 
Harto sabe usted que eso no es verdad. Mi niña 
aceptó el corte de vestido y algún que otro regalo; 
pero los hemos pagado, si no con creces, en lo justo. 
La levita que lleva usted puesta bien va^le la seda 
que mi hija ha lucido hoy, y que tanto jaleo ha 
causado. Nosotras queremos mucho á usted, como 
buenas amigas, pero no le queremos tanto para 
que por usted nos sacrifiquemos; si seguimos reci- 
biéndole, nos tendrán por unas perdidas, y hasta 
serán capaces de echarnos del lugar. A Juanita le 
divierte mucho la conversación de usted, pero yo 
no quiero conversación que á nada conduce y que 
nos puede salir muy cara. Con que, con pena lo 


124 JUANITA LA LARGA 

digo, y sin pensamiento de ofenderle; trasponga 
usted, y no vuelva á parecer por esta casa, al menos 
hasta que cambien las circunstancias, si es que 
cambian algún día, y si no cambian, no parezca 
usted nunca. 

Don Paco se compungió y se aturdió al oir este 
discurso y no acertó á dar contestación. Algo tar- 
tamudeaba; pero la resuelta Juana no le dejaba 
decir palabra. Le empujó hacia la puerta y le echó 
á la calle antes de que volviese su hija. 


XVIII 


ATOLONDRADO don Paco con los sucesos de aquel 
día, y más aún con la expulsión de que aca- 
baba de ser objeto, no sabía qué camino tomar ni 
á qué carta quedarse, y maquinalmente se fué á 
su casa á meditar y á hacer examen de conciencia. 
Lo primero que notó fué que la tenía muy limpia. 
No era ningún delito, aunque pudiese pasar por 
extravagancia, el que estuviese él enamorado de 
aquella muchacha que podía ser su nieta. El haber 
ido á su casa todas las noches durante algunas 
semanas apenas le parecía imprudente y digno de 
censura. De Juanita formaba sucesiva y á veces 
simultáneamente, distintos conceptos, como si en 
el fondo del ser de ella hubiese algo de misterioso 
é indescifrable. De sobra reconocía él que Juanita, 
si no le había dado calabazas, era porque él no se 
había declarado en regla, pero con sus bromas de 
llamarle abuelo y con la maña que ella empleaba 
para que él no le hablase al oído y para esquivar el 


126 JUANITA LA LARGA 

estar á solas . con él , harto claro se veía que no 
quería admitirle por novio ni por amante. Sin 
embargo, ¿sería esto cálculo ó ladino instinto de 
mujer para cautivarle mejor ó para entretenerle con 
esperanzas vagas? También recordaba don Paco los 
cuchicheos de Juanita con Antoñuelo y se ponía 
celoso. 

¿Si estaría ella prendada de Antoñuelo, y consi- 
derando que como novio no le convenía, pensaría 
en plantarle y en decidirse al fin por don Paco, como 
mejor partido y conveniencia? ¿Si titubearía ella 
entre su propio gusto y lo que su madre sin duda 
le aconsejaba? Como quiera que fuese, don Paco 
tenía estampada en las telas del juicio la imagen 
de Juanita, y cada vez le parecía más hermosa y 
más deseable. Harto bien notaba que ni su madre 
ni ella habían tratado jamás de medrar á su costa 
de un modo pecaminoso é ilegítimo. La madre 
acaso le deseaba para yerno. Lo que es la hija, 
hasta entonces no había mostrado desearle ni me- 
nos buscarle para amante ni para marido. Él había 
hecho todos los avances. Culpa suya era todo aquel 
furor suscitado contra las dos mujeres, del cual no 
le cabía la menor duda de que doña Inés era pro- 
movedora. Consideraba luego don Paco, y esto le 
lisonjeaba y le ponía muy orondo, que Juanita, ya 
que no le amase, se deleitaba con su conversación, 
le reía los chistes, le aplaudía las discreciones, y 
oyéndole hablar se mostraba muy atenta y como 
pendiente de sus labios. En aquella casa, de donde 
le habían echado, no había recibido sino honestos 
y amistosos favores, en pago de los cuales, y fuese 


JUANITA LA LARGA 127 

por lo que fuese, acababan de recibir ambas muje- 
res un agravio sangriento, para el cual se creía él 
obligado de hallar satisfacción. 

Exaltado por estas cavilaciones, se decidió don 
Paco á ir á ver á su hija; á explicarle con franqueza 
y lealtad lo que había pasado y á pedirle cuenta de 
su maligna conducta. 

De mucho valor tenía que revestirse para atre- 
verse á dar aquel paso. Doña Inés, con su severidad 
y su tiesura, casi le infundía miedo; pero le venció 
la vergüenza; hizo cuanto pudo para apartarle de 
sí, y se dirigió, con todos los bríos que pudo reco- 
ger y acumular en su ánimo, á casa de la señora 
doña| Inés López de Eoldán, á quien bien sabía él 
que hallaría sola á la hora de la siesta. 

En casa de doña Inés se comía entonces á las 
dos de la tarde. Don Alvaro, cuando no estaba en 
el campo, se acostaba en seguida, y como comía 
bastante^ y bebía más del exquisito vino que se cría 
por allí, y que es mejor que el de Jerez, con perdón 
sea dicho, se tendía en su cama y estaba roncando 
hasta las cuatro ó las cinco de la tarde. 

A los niños se los llevaban Serafina, el ama y 
Calvete al otro extremo de la casa, donde no moles- 
taban con su ruido. Doña Inés se quedaba entonces 
sola en su estrado ó en su despacho, ya haciendo 
cuentas, ya entregada á sus oraciones, ya leyendo 
algún libro de devoción ó de historia. 

El cacique don Andrés y otros personajes impor- 
tantes del lugar no venían de visita ó de tertulia 
sino por la noche. Las malas lenguas pueden decir 
cuanto se les antoja; los mal pensados pueden 


128 JUANITA LA LARGA 

suponer las mayores diabluras, pero lo cierto es 
que doña Inés era recatadísima y, ó bien tenia 
razón el padre Anselmo y era una Lucrecia cristia- 
na, ó bien sabía, con prodigioso artificio, practicar 
aquel famoso precepto que dice: si no eres casta sé 
cauta. De aquí que doña Inés pudiese erguir muy 
alta la frente y calificar de brutal y grosera 
calumnia la más leve insinuación que contra su 
honestidad se atreviese á hacer algún deslenguado. 

Muy entretenida se hallaba entonces leyendo la 
vida de Santo Domingo, porque á causa de la 
función de iglesia no había leído aquel día muy de 
mañana el Año Cristiano (como tenía de costum- 
bre), cuando entró Serafina á anunciar que don 
Paco llegaba á visitarla. 

Don Paco tenía entrada franca en aquella casa, 
pero Serafina le anunció para tener prevenida á su 
ama. Apenas transcurrió un minuto entre el anun- 
cio y la entrada de don Paco diciendo buenos días. 

— Buenos días dé Dios á usted, — señor padre — 
dijo doña Inés levantándose de la silla, acudiendo 
respetuosamente á su padre para besarle la mano 
y convidándole á sentarse, como se sentó, en un 
sillón frente de ella. 

— Dichosos los ojos que ven á usted — prosiguió 
doña Inés. — Hace no sé cuántas semanas que no 
pone usted los pies aquí. ¡Qué negocios le traen á 
usted tan ocupado? ¿Qué le ha caído á usted que 
hacer que no le deja siquiera una hora ó dos libres 
por la noche para venir á mi tertulia, verme y 
darme el gusto de que yo le vea, echar algunas 
manos de tresillo ó tener un rato de agradable 


JUANITA LA LARGA 129 

conversación con el padre Anselmo y con los demás 
señores que honran mi casa con su presencia? 

Estas cariñosas quejas parecían dadas sin inten- 
ción y como nacidas del filial afecto, pero, al mismo 
tiempo, eran un cruel interrogatorio, que turbó á 
don Paco y al que tuvo que hacer un esfuerzo para 
contestar. De nada valía el disimulo. Era menester 
contestar con franqueza, y don Paco, armándose 
de valor, contestó de esta suerte: 

—Tienes razón en quejarte, hija mía. Hace tiem- 
po que no vengo á tu tertulia, ¿qué quieres? acaso 
han sido chocheces, extravagancias de viejo; pero 
yo había tomado la maña de ir á otra tertuHa 
más modesta y menos elegante que la tuya, y que 
sin embargo, lo confieso, tenía para mí singular 
atractivo. 

— ¡Válgame Dios, señor padre; lo había oído decir, 
pero no lo había querido creer hasta que lo oigo de 
su boca. Extraño me parece que una persona de la 
posición, de la gravedad y de los conocimientos de 
usted, se deleite rebajándose y dando conversación, 
durante horas enteras, á dos mujeres tan ordinarias 
y tan poco edificantes como las Juanas; pero más 
extraño es todavía que no sea la conversación de 
usted y su tertulia con ellas solas, sino que haya 
usted tenido casi siempre por contertuliano á Anto- 
ñuelo, el hijo del herrador, el más pillete y el más 
zafio de todos los mozos de este lugar. ¡Singular 
tertulia! ¡Buen par de parejas estaban ustedes! La 
verdad... yo no sabía qué decir cuando me hablaban 
de esto. Aseguraban unos que Antoñuelo es el novio 
ó sabe Dios qué de la Juanita y le endosaban á 

g 


t30 JUANITA LA LARGA 

nsted á la Juana. Otros afirmaban que usted 
pretendía á Juanita, ¿pero entonces en qué se em- 
pleaba, qué papel hacía el celebérrimo Antofluelo? 
¿Eran ustedes rivales? Confiese usted que ha sido 
ana locura, un disparate, lo que ha estado usted 
haciendo. No niego yo que la Juanita es guapa, 
aunque más que de honrada 
mocita , tiene trazas de des- 
aforado marimacho, ó de 
desenfrenada potranca. Pero 
aunque fuese Juanita la pro- 
pia diosa Venus, debía usted, 
(perdóneme, señor padre, si 
se lo digo, por el interés y 
el amor que me inspira) de- 
bía usted no avillanarse 
yendo de diario ¿ su casa. 
Pecado y vicio seria ir allí 
solo, y como favorecido ven- 
cedor; pero el ir en compe- 
tencia con Antoñuelo, fran- 
camente, yo no acierto á 
calificarlo. Lo mejor que se 
puede decir es que ha sido un delirio. Vuelva 
usted en su juicio: deje de visitar á esas mujeres y 
todos trataremos en el pueblo de hacer olvidar que 
usted las ha visitado pretendiendo á una de ellas, 
hasta ahora tal vez en balde. Si ha pecado sólo con 
la intención, no por eso es menor el pecado. Al 
contrario, ya que no para las personas piadosas y 
timoratas, para la gente vulgar y profana es pecado 
más feo. No se ofenda usted si me atrevo á decía- 



JUANITA LA LARGA 131 

xarlo, con harto dolor lo declaro, la rídicalez le 
acompaña. 

Casi todo el valor de qae se habla armado don 
Paco á fin de hablar á su hija y de quejarse de bu 
conducta, cayó derribado á los pies de la señora de 
Boldán. Sus contundentes razones abrumaban á su 
padre como una lluvia de acicalados chuzos, cuyas 
yantas se le clavaban en el corazón. Mirado todo 



por el lado poético, se explicaba satisfactoriamente. 
Juanita era el recato, la virtud, el talento y la 
modestia en persona. Era además hermosa como 
una ideal virgen espartana, como la propia Diana 
Cazadora, rica en salud y gallardía; esbelta, fuerte 
y ágil; con todos los atractivos de la más casta, 
limpia y juvenil hermosura. Si Antoñuelo, que era 
un perdido, iba allí y trataba con la mayor familia- 
ridad á Juanita, esto consistía en que Antoñuelo 
se habla criado con ella desde la infancia; en que 
ella le miraba y candorosamente le quería como 


132 JUANITA LA LARGA 

á un hermano y en que procuraba evitar que se 
extraviase y cayese en el precipicio. 

La propia madre de Juanita, aunque había tenido 
en su mocedad lo que llaman en aquellos lugares 
un tropiezo, estaba ya purificada por la vida ejem- 
plar que había hecho después y por el honroso 
trabajo con que había logrado sustentarse y criar 
y conservar el fruto de sus desventurados amores. 
Todo esto y más podía valer como respuesta á la& 
observaciones de doña Inés. Pero lo cierto era que 
despojado el caso de este tinte poético, y tal 
como el prosaico vulgo podía entenderle, doña Iné& 
tenía razón que le sobraba. Para la generalidad de 
los habitantes de Villalegre, Juanita no era má& 
que la mozuela del cántaro, la hija ilegítima de 
Juana la Larga, la chica que había corrido y jugado- 
con los pilletes en medio de las calles hasta la edad 
de nueve ó diez años, y la que después había, 
conservado una sospechosa é íntima amistad con 
Antoñuelo, el cual pasaba entre todos por un 
tunante de la peor especie. 

De aquí el desairado y mal papel que una persona- 
de los años, de la seriedad y de la importancia de 
don Paco, no podía menos de hacer en apariencia^ 
ó bien siendo rival de Antoñuelo ó bien de acuerdo 
con él para cortejar á la madre el uno y á la hija el 
otro. Reponiéndose, no obstante, de la consterna- 
ción que el tremendo discurso de doña Inés le había- 
causado, y por lo mismo que ella con su feroz aco- 
metida le acorralaba, y como suele decirse le ponía, 
entre la espada y la pared, don Paco habló al fin 
con energía, y dijo de esta suerte: 


JUANITA LA LARGA 133 

— ^La gente podrá decir lo que le dé la gana. Yo 
me río de la gente porque lo que dice es injusto. 
Tal vez me acusen las apariencias. En realidad no 
hay culpa, ni falta ni desdoro en lo que he hecho. 
Mi yerno será un señor muy noble, pero yo no lo 
soy, y al tratarme con los plebeyos me trato con 
mis iguales. Sólo se puede exigir de mí que sean 
decentes las personas que trato, y no hay el menor 
motivo para afirmar que las Juanas no lo sean. La 
vista y la conversación de Juanita me deleitaban, 
y por eso he estado yendo en casa de Juanita todas 
las noches. Soy mayor que tú en edad, saber y 
gobierno. Sé lo que me hago. No necesito de guía. 
No quiero ni debo aguantar tus sermones. Me basta 
con aguantar el que nos ha echado hoy el padre 
Anselmo, inocente tal vez, pero que tú y otras 
mujeres envidiosas habéis envenenado con vuestra 
mahcia. 

— ¡Dios mío! — interrumpió doña Inés. — ¡Esto 
sólo me faltaba: que llegue la ceguedad de usted 
hasta suponer que yo envidio á esa hija... de su 
madre! Lo ocurrido es muy natural, la desvergon- 
zada mozuela se ha encajado en la iglesia, no ves- 
tida humildemente, según su clase, sino con el lujo 
escandaloso de las mujeres cortesanas que bullen 
en las grandes ciudades y que son la perdición de los 
hombres. ¿De dónde ha salido el traje que llevaba 
puesto? Aquí nadie lo ignora. Era regalo de usted. 

— No he de negar yo que era regalo mío. Ella le 
aceptó por no desairarme, pero como me ha dado 
en cambio prenda de más valor, nadie puede decir 
que se viste á mi costa. Juanita se viste bien ó mal 


134 JUANITA LA LARGA 

con lo que gana trabajando de modo honrado y 
lícito, y no estando vigentes en el día la pragmática, 
contra la seda ni ningunas otras leyes suntuarias, 
no sólo de seda sino de oro y de perlas puede ves- 
tirse Juanita si tiene dinero para comprar el vestido- 
y si se le antoja engalanarse con él. 

— Si el respeto que á usted debo no anudase mi 
lengua — replicó doña Inés — me atrevería á decir 
que está usted loco de atar. ¿Cómo defender el 
escándalo, la campanada que ha dado esa chica^ 
transformada de repente en princesa, como en los- 
cuentos de hadas? Tiene chiste el que le haya dado- 
á usted la levita. Ya se la cobrará con usura. 
Las puntadas de ella y las morcillas y longanizas, 
que sabe hacer su madre, no bastan para costear 
levitas á los caballeros, y para seguir emperegilán- 
dose con ricos trajes y mantillas de madroños como 
dicen que en Madrid van á los toros las damas- 
de alto copete y las majas de rumbo. El día menos, 
pensado, no sólo para ir tan pomposas, sino para 
comer, faltará dinero á las Juanas, y entonces, 
acudirán á usted y á otros á fin de tenerle, y coma 
no podrán dar en cambio levitas, harto sabe el 
diablo lo que darán, si ya no lo han dado. 

— Ni han dado, ni darán lo que no debe darse — 
exclamó don Paco perdiendo ya los estribos. Lo 
que yo te aseguro es que si Juanita quiere darme 
su mano, yo la aceptaré gustoso, y tú tendrás que 
respetarla como madre. 

— ¡Jesús, María y José! respetar yo á ese arra- 
piezo... Se me caería la cara de vergüenza si hiciera 
usted semejante disparate. 


JUANITA LA LARGA 135 

— Pues sólo de Juanita depende que no le haga. 
Y como no es posible, sin que nos peleemos, con- 
tinuar esta conversación, me voy y te dejo. Adiós, 
hija. 

— Señor padre, vaya usted con Dios y El le ilu- 
mine, para que no continúe usted desatinando tan 
lastimosamente . 

Don Paco salió con precipitación y muy enojado 
de casa de su hija, y no quedó ella menos furiosa. 



^ T"^^ sermón del padre An- 
^A ij selmo se comentó y se 

lt,lf interpretó por todo el lugar 
' I <>n perjuicio de ambas Jua- 
nas. Nadie sacó la cara por 
i'll^s, salvo el maestro de 
escuela, aquella noche, en la 
(.'asilla. 

La Casilla era y es todavía 
(■ü algunos lugares el Casino 
>■ el Ateneo primitivos y 
rastizoa. 

Por lo general, y asi suce- 
'lla en Villalegre, la Casilla 
'staba en una sala relativa- 
^mente cómoda y espacio- 
sa, detrás de la botica. 
! se leían los periódicos, se 
se charlaba y se jugaba á la 




138 JUANITA LA LARGA 

malilla, al tresillo, al truquiflor y al tute, y tal vez 
al ajedrez, al dominó y á las damas. 

Don Policarpo, el boticario de Villalegre, hacía 
muy bien los honores del establecimiento, en donde 
concurrían casi todos los personajes del lugar, á 
despecho de las mujeres, que eran devotas y que 
abominaban del boticario, porque, lejos de estar en 
olor de santidad, alcanzaba la poco envidiable fama 
de descreído y materialista. Siempre había perma- 
necido soltero; tenía una lengua como un hacha, 
con la que destrozaba las reputaciones; y en su 
maligno rostro, en sus ojos vivarachos y algo bizcos, 
en su nariz aguileña y en su boca sumida y burlona, 
se revelaba cierta diabólica y punzante travesura. 

En el pueblo se referían estupendas singulari- 
dades sobre sus doctrinas y facultades científicas, 
sosteniendo muchos que no todo lo que él hacía y 
decía era natural, sino en gran parte por inspiración 
y con auxilio del demonio; por lo cual, al hablar de 
sí propio, declaraba él que, si hubiese Inquisición 
aún, ya no viviría, porque le hubieran quemado 
vivo. Era dogma suyo que todas las cosas son lo 
mismo y que la diferencia de ellas es más aparente 
que real y más somera que profunda. Produce la 
diferencia de las cosas una fuerza que vive y se 
agita en ellas, ocultando la raíz de su ser, y que, 
según sus varios efectos y operaciones, ya se llama 
calor, ya luz, ya electricidad, ya magnetismo; de 
donde transformaciones y mudanzas y vida y 
muerte. Esta fuerza era el Dios de don Policarpo. 
Por él se jactaba de estar poseído y de ser ener- 
gúmeno. 


JUANITA LA LARCA 139 

Para hacer milagros por su medio y en su nom- 
bre, no tenia don Policarpo vara de virtudes; pero, 
en cambio, tenia una recia, puntiaguda y larguísima 
uña en el dedo meñique de la mano derecha, la cual 
uña le servía de ordinario como mondadientes. Las 
damas ee llenaban de terror cuando la velan como 
si viesen la de Satanás en persona. Se decía que 
el boticario, ya magnetizaba, adormecía y sujetaba 



á su voluntad á las gentes, despidiendo por dicha 
uña fluido magnético, ya se electrizaba todo, res- 
tregando con rapidez sus pies contra una piel de 
lobo, y lanzaba por dicha uña un chorro ó penacho 
de chispas azuladas y luminosas, Y no faltaba quien 
añadiese, jurando haberlo visto, que sólo con acer- 
car la uña, cuando estaba él bien cargado y saturado 
de electricidad, encendía un candil ó disparaba un 
cañoncito muy cuco que usaba para esta expe- 
riencia. 

Yo no respondo de que hubiese ó no algo de 


140 JUANITA LA LARGA 

exagerado en tales afirmaciones; pero, como quiera 
que fuese, el boticario, aunque aborrecido de las 
damas, á lo que debía de contribuir su fealdad nada 
común, era persona divertida y hospitalaria. 

Ninguna noche faltaban en la tertulia de su casa 
ocho ó diez tertulianos. No iba el cura, por culpa 
de la impiedad con que allí se hablaba, pero iban 
el médico, dos ó tres concejales, el propio señor 
alcalde, varios de los mayores contribuyentes y don 
Pascual, el maestro de escuela. 

Don Policarpo comentó el sermón de aquel día 
con maliciosa agudeza, sosteniendo irónicamente 
que el padre tenía razón. 

— Sí, señores — dijo; — ya no hay bienes de la 
Iglesia que repartir. El reparto se ha hecho mal 
y entre pocas personas que se han enriquecido. La 
futura revolución tendrá, pues, por objeto apode- 
rarse de otros bienes y repartirlos con mayor equi- 
dad entre todos los pobres. 

El maestro de escuela, que era liberal é indivi- 
dualista, respondió de este modo: 

— No es exacto que la revolución haya despojado 
inicuamente de sus bienes á la Iglesia. Si se los ha 
expropiado, bien la indemniza. El Estado puede 
expropiar, indemnizando, para utilidad pública. Sin 
embargo, aunque no hubiera tal indemnización, el 
caso no es idéntico. Ninguna asociación tiene por 
sí los derechos radicales é imprescriptibles de los 
individuos que la componen. El Estado es asocia- 
ción suprema, á la cual están sometidas las otras, 
sin que puedan existir en contra suya. Y si el Estado 
es arbitro de la vida de ellas, ¿cómo no ha de serlo 


s 


JUANITA LA LARGA 141 

de lo que poseen? Lejos de caminar hacia el so- 
cialismo, yo creo que la civilización propende á 
extender y afirmar más cada día los derechos 
individuales. ¿Quién se atreverá á decir hoy, si no 
está loco rematado, que el Gobierno ó el Eey, por 
respetado y poderoso que sea, es señor de vidas y 
haciendas? 

— No nos venga usted con sofismas — interrum- 
pió el boticario. — Si cada uno de los individuos que 
se asocian tienen singularmente derechos impres- 
criptibles, incluso el de asociarse, y si no hay Eey 
ni Eoque que pueda despojar á nadie á su antojo de 
la hacienda y de la vida, ¿cómo se explica que no 
persista en la suma lo que preexistía aisladamente 
en cada uno de los sumandos? 

Apuradillo se vio el maestro de escuela para 
impugnar el nuevo argumento del boticario; pero le 
impugnó al fin con razones, si no juiciosas, agudas. 

Por dicha, los que estaban allí presentes eran 
propietarios más ó menos ricos, y varios de ellos 
habían comprado bienes de la Iglesia. Todos, por 
consiguiente, hallaron que don Pascual discurría 
mejor que Solón y que Licurgo; se pusieron de su 
lado, dejaron al boticario solo y trataron de sofocar 
su voz y de aturdirle á fuerza de gritos. 

Don Policarpo no se dejaba convencer ni intimi- 
dar fácilmente; pero todos se cansaron de chillar y 
se pusieron roncos, terminando por cansancio una 
disputa en que los extremos se habían tocado y en 
que la impiedad atea había estado de acuerdo con 
el más fervoroso catolicismo. Hubo un entreacto: 
un rato no corto de sosiego. Después recayó de 


142 JUANITA LA LARGA 

nuevo la conversación sobre el sermón de aquel 
día, sobre el desenfrenado lujo de las mujeres y 
sobre las elegancias de Juanita la Larga. 

En este punto, el maestro de escuela impugnó 
igualmente el sermón y defendió con más calor, 
ahinco y acierto á Juanita. 

— ^Es — decía — una muchacha discreta, honrada 
y trabajadora. Dios la ha hecho hermosísima y casi 
estoy por decir que no sólo tiene derecho, sino que 
tiene el deber de acicalarse y de realzar y mostrar 
la hermosura que Dios le ha dado. Lo contrario 
sería ingratitud para con Dios y desdeñar lo que 
enseña la parábola de los cinco talentos. Y extraño 
mucho que ustedes, que han estado conmigo defen- 
diendo la propiedad individual, se vuelvan ahora 
contra mí y se pongan del lado de don Policarpo 
para impugnar dicha propiedad. Pues qué, si Jua- 
nita tiene dinero, ¿por qué no ha de gastarle en 
cuanto se le antoje y vestirse como una reina? 
¿Y qué le falta á ella para ser reina ó para ser 
emperatriz? 

Movido el boticario por su espíritu mahcioso, é 
impulsados los demás por el odio y envidia de sus 
mujeres, respondían, si no con buen discurso, con 
desvergüenzas y con burlas á cuanto don Pascual 
alegaba. 

Juana la Larga fué declarada una lagartona de 
primera fuerza; Juanita, una moza extraviada que 
estaba ya pervirtiendo y corrompiendo las buenas 
costumbres; y don Paco, un viejo chinadísimo, á 
quien hija y madre ponían en ridículo é iban á 
chupar cuanto poseía. 


■i 


JUANITA LA LARGA 143 

En lo más recio de esta disputa, acertó á entrar 
en la botica el señor don Paco, y antes de llegar á 
la trastienda tuvo el disgusto de oir y de compren- 
der los horrores que allí se propalaban. 

Todos se callaron, porque cara á cara no querían 
ofenderle. La herida, con todo, estaba ya hecha. 
Se dio otro giro á la conversación. Se habló de 
cosas distintas. Y don Paco halló lo más prudente 
no dar á entender que había oído y no traer de 
nuevo la conversación á tema para él tan enojoso. 

A fin de disimular, trató de aparecer sereno y 
alegre; habló de las novedades políticas; se congra- 
tuló de que don Andrés Eubio acabase de obtener 
una gran cruz y fuese ya excelentísimo; y por 
último, echó unas cuantas manos de tute con el 
maestro de escuela. 

Embromó al boticario diciéndole que no creía en 
la fuerza electrizadora de su uña; y el boticario, á 
fin de convencerle, le prometió que el día menos 
pensado, cuando estuviese él bien dispuesto, le 
llamaría, y haría delante de él la experiencia de 
encender el candil y de disparar el cañonazo. 

Don Paco se había reportado, disimulando su 
pena y su enojo; pero no bien volvió á su casa, la 
pena le arrancó lágrimas y el enojo le hizo crispar 
los puños como si tuviese delante algún enemigo á 
quien dar de puñadas. 

No podía, sin embargo, reñir con la población en- 
tera. Su hija era la más culpada, y él la había sufrido. 

Por más que cavilaba, no veía otro modo de 
vengarse, de castigar á su hija y de adquirir el 
derecho é imponerse el deber de defender á Juanita 


144 JUANITA LA LARGA 

contra todos, que el de ofrecerle su mano y casarse 
con ella. 

¡Ay de aquel que se atreviese entonces á decir 
nada ofensivo contra Juanita, aunque ella estrenase 
cada día otro vestido de seda! 

Pensó bien en todo, interrogó bu corazón, y su 
corazón le respondió que estaba perdidamente 
enamorado de la muchacha. 

Entonces no se paró don Paco en más reflexiones; 
fué á su bufete y escribió á la señora doña Juana 
Gutiérrez (suprimiendo el alias de/aLar^oJunagra- 
ve epístola pidiendo en forma la mano de su hija. 

Llamó en seguida al alguacil y pregonero, que 
le servía al mismo tiempo de criado y ayuda de 
cámara, y le encargó que, al día siguiente, y muy 
de mañana, llevase aquel pliego cerrado á Juana la 
Larga y se le entregase en mano propia. 

Hecho esto, se acostó y durmió con alguna 
tranquilidad, como quien ha cumplido un deber, y 
con alguna satisfacción, como quien ha puesto una 
pica en Flandes. 




JUANA la Larga se llenó de júbilo cuando, á las 
siete de la mañana, recibió la carta y la deletreó 
con no poca fatiga, porque, si bien sabía leer, no 
leía de corrido y le estorbaba lo negro. 

No era Juana muy reflexiva ni previsora y no 
pensó en las dificultades: sólo pensó en e! triunfo 
que ella y su hija, en su sentir, habían alcanzado. 
Acudió, pues, á la sala baja, donde Juanita estaba 
cosiendo, y con el mayor alborozo le dio parte de 
lo qne ocurría. 

Como comentario, la madre no sabía sino ex- 
clamar: 

— ¡Qué victoria! Todas esas perras, cochinas, 
van Á reventar cuando lo sepan. 

— Pues oye, mamá — contestó Juanita con el 


146 JUANITA LA LARGA 

mayor reposo: — yo no quiero que nadie reviente: 
lo mejor es que no lo sepa nadie. 

— ¿Qué quieres decir con eso, muchacha? 

— Lo que quiero decir es que nosotros, tú, él y 
yo, seriamos los reventados si hiciésemos tal desa- 
tino. No lo sufrirla doña Inés; y el cura y el cacique, 
la Iglesia y el Estado, lo temporal y lo eterno, 
caerian sobre nosotros y nos aplastarían. Nos echa- 
rian del lugar á patadas. Y ¿quién sabe si en otro 
lugar lograríamos y cuánto tiempo tardaríamos en 
lograr, tú la reputación y clientela qne aquí tienes, 
yo tanta costura, y don Paco el poder que aquí 
alcanza y su mangoneo provechoso, debido en mu- 
cha parte á su capacidad, pero no menos aún á la 
sombra y al apoyo de don Andrés, con quien priva. 

— ¿Y de dónde sacas tú esos agüeros tan angus- 
tiosos? 

— No es menester ser profeta ni adivino para 
sacarlos. Y además, ni yo estoy enamorada de don 
Paco, ni él quizás está enamorado de mí. ¿Para 
qué el casorio? ¿Qué vamos ganando en ello? ¿No 
comprendes que si me pide es por un extremo de 
dehcadeza? Yo se lo agradezco; me lisonjea mucho 
la prueba de aprecio que me da; pero no paso de 
agradecida y de lisonjeada. Porque ha venido á casa 
de tertulia, y porque me ha regalado el traje y 
porque las malas lenguas murmuran, piensa él 
remediar el mal casándose conmigo. Pues entonces 
la misma razón hay para que contigo se case, por- 
que también de él y de tí dijeron, ó para que me 
case yo con el hijo del herrador, ya que más y peor 
han hablado de mis relaciones con él que de mis 


JUANITA LA LARGA 147 

relaciones con don Paco. Nada, mamá, todo eso es 
una tontería, ó una prueba, si quieres, de que el 
bueno de don Paco es un caballero muy cabal, 
aunque no tenga los leones, los pajarracos y 
los otros chirimbolos que tiene su yerno en el 
escudo. 

— ^Y si tú, hija mía, reconoces y confiesas que 
don Paco es todo un caballero, ¿por qué no le tomas 
por marido? 

— Porque no quiero casarme por cálculo; porque, 
aunque quisiese casarme por cálculo, este cálculo 
de ahora estaría muy mal hecho, y sobre todo, 
porque yo por nada del mundo he de aprovecharme 
de la caballerosidad generosa de ese hombre para 
cogerle la palabra y satisfacer mi vanidad y mi 
ambición, ya que amor no le tengo. Su trato me 
deleita; celebro su discreción; le oigo hablar con 
gusto; pero desde esto á desear ser suya y á casarme 
con él hay todavía mucha distancia. No quiero 
«alvarla de un brinco. Aquí, para entre nosotras, 
algunas veces he sentido inclinación á ir por esa 
senda, á andar ese camino, y sabe Dios si le hubiera 
andado sin estos tropezones que ha habido; pero, 
en fin, aún no le he andado. 

— ^¡Ay, niña, con qué tiquis miquis y sutilezas 
te me descuelgas! ¡Cómo se conoce el saber de que 
don Pascual te ha atiborrado la mollera! Si parece 
cuanto dices tomado de esos libros que don Pascual 
te da á leer. Pero, en fin, ¿qué contestamos á la 
carta de don Paco? Yo haré lo que tú desees, porque 
el asunto más importa á tí que á mí y porque tú 
sabes más que Lepe. 


148 JUANITA LA LARGA 

— ¿Pues qué hemos de contestar sino darle la» 
gracias y decirle que nones? 

— ¿Y á quién le toca escribir eso? Creo que debo 
escribirlo yo... y dorar la pildora. Yo no lograré- 
poner el oro con mi pluma. Tú le pondrás. Tú irás, 
diciendo y yo iré escribiendo, aunque hago letras- 
que parecen garrapatos. ¡Ay! y más en el día^ 
porque mi escribir ha caído en desuso. Desde que 
murió tu padre en la guerra contra los carlistas, yo 
no escribo sino las cuentas. 

— Con buena ó con mala letra, es menester que- 
usted escriba la carta: yo se la iré dictando. 

— Hoy todavía no. ¿Es acaso puñalada de picaro?* 
¿Quién nos corre? Antes de dar un paso tan impor- 
tante conviene que lo medites y consultes con la. 
almohada. No es mucho veinticuatro horas de: 
término. Hoy no escribo. Mañana, si te aferras en 
la opinión que ahora tienes, escribiré, aunque me 
pese, lo que tú me digas. 

Juanita estaba segura de que no había de variar 
su resolución por mucho que lo meditase. Tuvo,, 
no obstante, que ceder á los ruegos de Juana y 
aguardó hasta el día siguiente, en el cual, dividién- 
dose el trabajo, según queda dicho, fabricaron entre- 
ambas la carta que, por su transcendencia é influja 
en los ulteriores sucesos de esta sencilla y verdadera, 
historia, hemos de consignar aquí. 

La carta decía como sigue: 

« Señor don Paco: Muy ufanas estamos mi hija. 
y yo de la honra que usted nos hace en la carta, 
que acabo de recibir. Se lo agradecemos con toda- 
el alma. La niña le quiere á usted mucho y le estima. 




JUANITA LA LARGA 149 

más; pero declara que no puede ni debe aceptar lo 
•que usted propone. Cree ella que fué una impru- 
•dencia de su parte ir al sermón vestida como una 
princesa, para azuzar más en contra suya á la 
gente, que ya deseaba morderla. Todo el lugar está 
Ahora sublevado. Mal remedio sería la boda. Aumen- 
taría la sublevación y el motín. Su hija de usted 
se pondría á la cabeza. Nosotros no podríamos 
resistir. Los tres tendríamos que irnos con la 
música á otra parte. En fin, don Paco, Juanita 
«ostiene que sería la boda una locura. Dice, por 
último, que ella no manda en su corazón; que la 
-diferencia de edad es grande entre ustedes y que 
no quiere á usted de amor, aunque le profesa la 
amistad más fina.- Sería, pues, muy feo, de parte 
-de ella, abusar de la generosidad de usted para 
satisfacer su ambición ó su vanidad casándose por 
-cálculo, y también sería muy tonto porque el cálculo 
•estaría mal hecho. Lo mejor y lo más discreto es 
-que ustedes no se casen y que nadie sepa que ha 
dado usted este paso. Doña Inés nos odiaría si 
aceptásemos la proposición de usted; pero también 
nos odiará y nos declarará más la guerra si averigua 
que no aceptamos, apareciendo como que desde- 
:ñamos á su padre con infundada soberbia. Importa, 
pues, ocultar todo esto. Ahí devuelvo á usted su 
carta. Eásguela y rasgue la mía, á fin de que no 
quede prueba escrita de lo ocurrido; y conserve 
usted en su memoria grato recuerdo de nosotras. 
Crea en nuestra profunda gratitud y mande á su 
afectísima amiga y constante servidora, q. b. s. m., 

Juana Gutiérrez.» 



DON Paco se BÍntió lastimado y encantado & la 
vez con la lectura de la carta, que calificó de 
muy discreta y que miró como dictada por Juanita. 

Si ella le hubiera aceptado por marido, el con- 
tento de don Paco hubiera sido grande, pero menor 
su estimación del valer de Juanita que el que era 
entonces al recibir las calabazas. Acaso una vaga 
sospecha de que Juanita aprovechaba la ocasión, 
hubiera aguado el contento de ver que ella le acep- 
taba. Si en extremo le dolía que ella declarase que 
no le amaba, no podia menos de aplaudir la lealtad 
de la declaración. Don Paco estaba conforme en lo 
tocante al aprecio de las circunstancias que se opo- 
nían á la boda, y que la hacían aparecer á toda jui- 
ciosa previsión como fuente de disgustos y de males. 

De aquí que sus sentimientos al leer la carta 
íuesen de dolor y de mortificación de amor propio 


isa JUANITA LA LARGA 

por el desamor de Juanita; de admiración y aplauso 
por la prudente conducta de la muchacha, y de 
mayor cariño hacia ella, asi por la noble franqueza 
con que exponía las causas que justificaban su 
desdén, como por las amistosas dulzuras con que 
procuraba suavizarle. 

Conoció también don Paco que importaba mucho 
que su petición y la subsiguiente repulsa no llega- 
ran á saberse, y, aunque no tuvo valor para rasgar 
ó quemar lo que él escribió y ia contestación de 
Juana, guardó ambos documentos en el más secreto 
escondite de su escritorio. 

Trató, además, de hacerse superior á su pena y 
de ver si olvidaba á Juanita, ó al menos si seguía 
queriéndola con calma y con cierta tibieza, á fin de 
esperar sin impacientarse que Dios mejorase las 
horas, ya que la esperanza es lo último que se 
pierde en esta vida. 

Y por lo pronto, ó bien para conseguir el olvido 
ó bien para enfriar ó entibiar su fervorosa pasión, 
resolvió no volver á poner los pies en casa de Juanita 
y evitar su encuentro en la iglesia, en las calles y 
en la plaza. 

Juanita, entretanto, como era poco amiga de la 
soledad y gustaba mucho de la conversación de don 
Paco, se afligía del aislamiento y deploraba el 
sacrificio que había tenido que hacer. Allá, en el 
fondo de su alma, cuando estaba á solas con su 
conciencia, y con el notabilísimo despejo y la sere- 
nidad imparcial con que ella lo miraba todo, hacía, 
repetidas veces, las sutiles reflexiones que tratare- 
mos de expresar aquí en el siguiente soliloquio: — 


I 


yUANITA LA LARGA 153 

Me lo tengo bien merecido. He vivido hasta el día 
desgobernada y muy á tontas y á locas. Mi madre. 
Dios me perdone si la ofendo, tiene poco juicio, 
aunque bien puede ser que le pierda por el entra- 
ñable amor que me tiene. Lo cierto es que entre 
las dos bemos becbo una inñnidad de tonterías. 
Justo es qne las paguemos. No debo quejarme. En 
primer lugar, siendo yo una mocita casadera, y, si 
no ocupando cierta posición, aspirando á ocuparla, 
debí dejar de ir por agua 
á la fuente y ¿ lavar al 
albercón. Debí darme más 
tono. Y ya que no me le 
di, aún fué mayor dispa- 
rate el querer de repente 
trasformarme en dama y 
ecbpsar y aturdir y excitar 
la envidia y la rabia del 
señorío mujeril de este 
lugar. Todavía mi súbita 
transformación hubiera 
podido tener buen éxito 
si atino á ganarme antes 

la buena voluntad de la muy poderosa é ilustre 
señora doña Inés López de Roldan. Pero, lejos de 
eso, lo que hice fué provocar su enojo. Si el trato 
de don Paco me agradaba y me divertía, jamás he 
pensado yo en casarme con él, y aquí viene bien 
que yo lamente otra locura mía, otra completísima 
falta de cautela en mi madre y en mí. ¿A qué ñn 
recibir de tertuba todas las noches é. don Paco, solo 
¿ veces y á veces en compañía de Antoñuelo, lo que 



T.^-*-^ 


154 JUANITA LA LARGA 

es casi peor? Lo hacíamos porque nos daba la real 
gana, sin atender á que somos pobres y á que la gana 
de los pobres no es real, sino subdita que necesita, 
someterse y hasta morir sin hallar satisfacción, ¿ 
fin de no exponerse á muy crueles castigos. Nuestra 
tertulia era muy inocente; bien puedo sostener que 
más inocente que la de doña Inés. ¿Cómo evitar, 
no obstante, que doña Inés supiese y hasta creyese 
de buena fe mil abominaciones, excitada por esa 
chismosa de Crispina que todo lo huele y cuando 
no lo huele lo inventa? Ella sin duda le diría primera 
que Antoñuelo era mi amigo y don Paco el de 
mamá, y después que yo me había apoderado de los 
dos, del uno para el gusto y del otro para el gasto, 
y que yo me estaba comiendo las mil chucherías, 
que él me traía de regalo y hasta el exquisito y sin 
par chocolate que se fabrica en casa de ella. Com- 
prendo lo furiosa que doña Inés se pondría y más 
aún al sospechar que don Paco pudiera casarse 
conmigo: porque doña Inés quiere heredar ó que 
hereden sus hijos los ahorros y las finquillas que 
don Paco va reuniendo, para lo cual importa que 
don Paco no se case, ó bien que se case con una 
hidalga viuda que yo me sé y que le daría cierto 
lustre aristocrático, y de seguro no le daría hijos 
porque está ya pasada y huera y el caso de Abra- 
ham y de Sara no se repite. 

Así, y si no en los términos de que me valgo, en 
términos muy parecidos, discurría Juanita á sus 
solas. Luego continuaba: 

— Es indispensable que yo me enmiende y que 
ajuste mi conducta á la razón y á la conveniencia. 


JUANITA LA LARGA 155 

Debo tener doble juicio por mi madre y por mí. Y 
ya que (esto no puede negarse) soy candida como 
la paloma, no está bien que me olvide de la otra 
mitad de la sentencia evangélica que he oído decir 
tantas veces al padre Anselmo en sus sermones. 
Por lo tanto, en lo sucesivo me propongo ser astuta 
y prudente como la serpiente. La vida de zagalona 
rústica no hay que pensar en hacerla de nuevo. Dios 
me libre también de recaer en la mala tentación de 
presumir de princesa. Nada de volver con la cabeza 
al aire y con el cántaro por esos andurriales; y nada 
tampoco de ponerme el magnífico vestido de seda 
mientras no gane posición, autoridad y título dura- 
dero, suficiente y legítimo, para tamaña audacia. 
Ahora me conviene seguir por un justo término 
medio: salir poco de casa, coser y bordar mucho, 
é ir con frecuencia á la iglesia, á misa y á mis 
devociones, muy humilde, con vestidito de percal 
y cobijada con un mantón modesto y oscuro. Ya 
veremos si logro así borrar la mala impresión que 
necia ó inocentemente he causado, y hasta llegar á 
adquirir reputación de santa. 

Aquí no podía menos de sonreirse Juanita, 
á pesar de lo fastidiada que estaba, y luego pro- 
seguía: 

— Cierto que yo no soy mala y que amo á Dios 
sobre todas las cosas y que me complazco en darle 
adoración y culto; pero también ¡qué diantres! ¿por 
qué no confesarlo? también me amo y me doy culto 
á mí misma. Quizás será pecado, pero es un peca- 
dillo tan natural, que casi no es pecado. Lo que 
debo hacer es que este segundo culto, para no 


156 JUANITA LA LARGA 

escandalizar á nadie, no sea público, sino misterioso. 
En lo exterior he de parecer como una beata pobre; 
¿mas por qué he de privarme del placer de cuidar, de 
asear y de pulir con el mayor esmero este cuerpecito 
que Dios me ha dado? Sin que nadie lo sospeche 
he de cuidarle y he de lavarle como si fuera el de 
una infanta de España. ¡Qué horror, cielos santos! 
Si llegase á saberlo, por ejemplo, Julián el arriero. 
Yo le oí contar en la fuente mientras daba agua á 
sus mulos, y haciéndose cruces, la indignación que 
le causó, cuando servia en Córdoba á una marquesa^ 
el averiguar, estando él en la cocina, que llevaban 
á dicha señora un enorme lebrillo y dos grandes 
jarros de agua á su cuarto. ¿Qué barias tú — ^le pre- 
guntó una chica — si tu mujer emplease también un 
lebrillo por el estilo? — Pues yo — contestó él — aga- 
rraría una vara y la pondría negra á varazos, por 
indecente y por mantesona. Necesario es que ya 
haga un misterio de mi limpieza, si no quiero que 
me excomulge Julián y la mayoría de mis compa- 
tricios que discurren como él. Mas no por eso he de 
dejar de ser limpia. Además, quiero ser cuidadosa 
y muy regalada en mi ropa blanca interior. En los 
ratos de ocio, con mis ahorrillos y cuando no cosa 
para la calle, he de hacerme camisas finas y enaguas 
bordadas como no las use mejores una archiduquesa 
de Austria. Tapado todo ello con el mezquino traje 
exterior, me pareceré á la violeta, que escondida 
entre las verdes hojas y tal vez entre feos yerbajos, 
no deja conocer que existe como no sea al que tenga 
la nariz muy fina y por su delicado olor la descubra. 
Seré como aquel personaje de cierto romance, que 


JUANITA LA LARGA 157 

recita don Pascual, el cual personaje vestía de 
peregrino y llevaba una esclavina 

que non valía un reale; 
debajo llevaba otra 
que vaHa una ciudade. 

Juanita, al citar estos versos y al aplicárselos, se 
olvidaba de sus melancolías y soltaba una carcajada. 

— ¿De qué te ríes, niña? — le dijo una vez su 
madre. — Pues no es cosa de risa lo que nos está» 
sucediendo. 

— Sí, mamá; es cosa de risa. Mejor es reir que 
rabiar. Cuando las cosas se toman á risa las penas 
que causan se mitigan ó se consuelan. 

Juanita no se contentó con pensar y con propo- 
nerse cuanto queda dicho, sino que lo cumplió todo 
con la mayor exactitud y perseverancia. 

Pasaron muchos meses. 

El cambio de Juanita empezó á notarse y á 
celebrarse entre las personas más devotas del lugar. 
El padre Anselmo, singularmente y sin poderlo 
remediar, á despecho de su humildad cristiana y 
del menosprecio de sí mismo, sintió un noble orgullo 
y se dio á entender que había hecho la más repen- 
tina y milagrosa conversión, deteniendo á aquella 
joven y simpática pecadora al borde del abismo en 
que iba ya á precipitarse. 



Su rehabilitación costó á Juanita largo tiempo 
y además no pocos sacriñcios, trabajos y es- 
fuerzos de voluntad. 

Fué lo más duro para ella el tener que vivir, 
sobre todo al principio, en soledad completa. 

Se abnrria y á menudo recelaba que iba á enfer- 
mar de ictericia. 

No podía ni quería retroceder y charlar de nuevo 
y reanudar amistades con las mozuelas que antes 
habfa tratado, las cuales, ofendidas ya, le darían 
acaso mil sofiones: ni menos podía intimar, aun- 
que lo desease, con las hidalgas y con las hijas de 
los labradores ricos, que se preciaban de señoritas 
y que huirían de ella, asi por la humilde posición 
de su madre, como por su ilegitimo nacimiento y 
por la mala fama que le hablan dado en el lugar y 
que entre todos sus habitantes cundía. 


i6o yVANITA LA LARGA 

Juanita tuvo que perder hasta la. amistad y el 
trato de Antoñuelo, Y esto, no sólo para no seguir 
dando pábulo á la maledicencia, sino también por- 
que Antoñuelo estuvo muy tonto y ella se vio en la 
precisión de despedirle con cajas destempladas y 
para siempre. 

Dos días después de haber predicado el padre 
Anselmo su famoso ser- 
món. Antnfnieln vnlvii'i i 



sus correrías. Entonces no se hablaba en el lugar 
sino del escándalo que Juanita habla dado y de la 
severa y merecida lección que del padre Anselmo 
habla recibido. 

Ya en la plaza, ya á la sombra de algunos álamos 
que están en el altozano, cerca de la iglesia, y 
donde se reúne y platica la gente moza, varios 
amigos y conocidos embromaron pesadamente á 
Antoñuelo, por el papel desairado y ridiculo que 
suponían que habla hecho, reverenciando, sirviendo 


JUANITA LA LARGA i6i 

y adorando casi como deidad á una mozuela que 
le desdeñaba y que aceptaba, quién sabe hasta qué 
punto, los regalos y el amor de un rival dichoso. 

Las relaciones entre Juanita y Antoñuelo tal vez 
parecerán inverosímiles á quien piense somera- 
mente en ello; pero yo creo que son más naturales 
y frecuentes de lo que se imagina. 

Desde la infancia habían vivido en la mayor inti- 
midad Antoñuelo y Juanita. Con cortísima dife- 
rencia tenían la misma edad, y podía asegurarse 
que se habían criado juntos. El era zafia, mal edu- 
cado, travieso y atrevido; tenía pocos alcances y 
una voluntad tan realenga que ni á su padre se 
sometía; pero en estos mismos defectos se fundaba 
la amistad de Juanita hacia él. Juanita había 
adquirido y conservaba tal imperio sobre aquel 
muchacho, que lograba que la respetase, la temiese 
y la obedeciese como un perro á su amo. 

A ella no le pasó jamás por la imaginación el 
querer á Antoñuelo como una mujer quiere á un 
hombre. Y él, como por una parte la tenía por un 
ser superior, y por otra parte sus instintos amo- 
rosos eran vulgarísimos, procuraba emplearlos y 
satisfacerlos en más fáciles objetos, y sin darse 
cuenta de ello, é ignorando su esencia y su nombre, 
consagraba á Juanita un afecto puro, ideal y plató- 
nico. Sentimientos tales, si bien se recapacita, no 
son extraños al alma de los más vulgares sujetos. 
Todos ó casi todos los hombres tienen sed, tienen 
necesidad de venerar y de adorar algo. El espiritual, 
el sabio, el discreto, comprende oo¡a facilidad y 
adora á una entidad metafísica: á Dios, á la virtud 

11 


x62 JUANITA LA LARGA 

Ó á la ciencia. Pero el rudo, el que apenas sabe sino 
confusamente lo que es ciencia, lo que es virtud y 
lo que es Dios, consagra sin reflexionar ese afecto, 
en él casi instintivo, á un ídolo visible, corpóreo, 
de bulto. 

Juanita era este ídolo para Antoñuelo. Juanita 
era también su oráculo. El oía con religioso respeto 
sus advertencias y amonestaciones, y de buena fe 
se prometía y prometía al pronto tomarlas para 
pauta de su conducta. Siempre que Antoñuelo se 
hallaba en la presencia de Juanita se sentía avasa- 
llado por su influjo, deslumhrado por su superior 
inteligencia y ligado á la voluntad de ella. Por des- 
gracia, no bien Antoñuelo se hallaba ausente de 
Juanita, el influjo bienhechor desaparecía, y los 
instintos brutales y las malas pasiones acudían en 
tropel y desataban ó rompían las ligaduras y arro- 
jaban al olvido los buenos consejos y preceptos que 
Juanita había dado. Antoñuelo, lejos de la fascina- 
ción y del encanto que casi milagrosamente le 
habían conservado como ser racional, se convertía 
en un estúpido y en un perdido. 

Á pesar de la ineficacia, por falta de duración, de 
su poder purificante sobre el alma de Antoñuelo, 
Juanita le quería, se interesaba por él y sentía 
halagado su orgullo al dominarle, aunque fuera 
momentáneamente. 

Para dar una idea exacta de la inclinación de 
Juanita hacia aquel mozo, diré que se parecía á la 
que yo he visto que tienen ciertas grandes señoras, 
ya por un alano, ya por un mastín corpulento y 
poderoso, que hay en casa de ellas, que inspira 


fUANITA LA LARGA 


163 


terror á las visitas, que parece capaz de derribar á 
un hombre de un manotazo y de destrozarle de un 
mordisco, y que, sin embargo, se echa con la mayor 
humildad á las plantas de su ama, y siente inex- 
plicable placer si ella con su blanca mano le toca 
la cabeza ó con el pie le sacude ó le pisa. 

En la ocasión de que vamos hablando, las feroces 
burlas de sus camaradas habian traneíor- , 
mado & Antoñuelo; su domestici- 
dad y su mansedumbríi habínn 
desaparecido; ya no era perro, 
sino lobo. 

Traía muy estudiado ol dis- 
curso, si puede llamaiüo 
discurso lo que iba 
á decir; y á ñn de 
que no se le borrara 
de la memoria ó e 
le enmarañara í'n 1 
caletre, deseaba des- 
cargarse de él como '*'- ^ 
quien suelta un peso 
y decirle sin preámbulos. La ocasión f 
propicia á su deseo. 

Juana estaba en la cocina, y Antoñuelo halló 
sola á Juanita cosiendo en la sala. 

Venia él con el entrecejo fruncido y con marca- 
das señales en toda la cara de muy terrible enojo. 

Apenas se saludaron él y ella, Antoñuelo dijo: 

— Vengo á quejarme de tf; á decirte que me has 
engañado. Por culpa tuya he estado haciendo el 
tonto, y no quiero hacerlo más. 



! presentó 


t64 JUANITA LA LARGA 

— Pues, hijo mío — dijo ella riendo, — yo no sé 
como te las compondrás para no seguir haciendo el 
tonto. Lo que yo sé es que no tengo la culpa de 
que lo hayas sido hasta ahora, y menos sé aún en 
qué y cuando te he engañado. 

— Me has engañado fingiéndote santa, para que 
yo, embaucado, te adorase, cuando no eres santa, 
sino una mala mujer. Por toJo el lugar no se habla 
de otra cosa sino de tus relaciones con don Paco, y 
de que te mantiene y te viste. 

— ^¿Y has creído tú esas calumnias? ¿Y en vez de 
defenderme y de enfurecerte contra los calumnia- 
dores te enfureces contra mí? 

Juanita dejó escapar irreflexivamente estas últi- 
mas frases. Luego se reprimió y procuró enmen- 
darlas. Creía bruto á Antoñuelo, pero no lo creía 
cobarde. 

Si dejó de defenderla fué, no por cobardía, sino 
por maliciosa necedad que acepta lo malo como 
cierto. De todos modos, más valía así. Mucho 
hubiera contrariado á Juanita que por sacar la cara 
por ella hubiera reñido Antoñuelo, resultando tal 
vez de la riña heridas ó mayores desgracias, que 
hubieran empeorado la situación. 

Juanita añadió entonces: 

— Bien pensado, hiciste bien en no defenderme. 
He sido imprudentísima. Los que no me conocen 
tienen algún fundamento para acusarme. Las apa- 
riencias me condenan. Yo me resigno y perdono á 
los que me acusan. Perdónalos tú también, pero 
no los creas. Tú que me conoces de toda la vida, 
tú que sabes con qué pureza de afecto, con qué 


t 

\ 


JUANITA LA LARGA 165 

ternura de hermana te he querido y te quiero aún, 
no debes, no puedes creer esas infamias; pues que, 
¿no comprendes que yo soy capaz de querer á don 
Paco por el mismo estilo que á tí te quiero? 

— Esa es grilla, esa es grilla — replicó Anto- 
:ñuelo. — Tú, con tus sutilezas y mentiras, quieres 
volverme tarumba; pero no lo conseguirás. Te 
burlas de mí porque me crees bobo. No quiero 
callar. Aunque me pongas el dedo en la boca, te 
morderé y no me callaré. En adelante no quiero 
ser tu juguete. Quien te conozca que te compre. 
Me han abierto los ojos. Ya te conozco. Eres una 
tramoyana y una perdida. Y tu madre es peor 
que tú. 

La última frase la decía Antoñuelo para desafiar 
también la cólera de Juana, que entraba en la 
sala de vuelta de la cocina. 

— ¡Ay, niña, niña! — dijo Juana — ¿Qué paciencia 
es la tuya? ¿Por qué aguantas los insultos de este 
animal de bellota, las coces de este mulo resabiado? 

— Señora — replicó Antoñuelo — mire usted lo que 
dice y no se desvergüence conmigo, si no quiere 
que me olvide yo de que es mujer y le ponga las 
peras á cuarto, ó la emplume, como merece. 

Al oir esto Juana, ya no contestó palabra, pero 
se precipitó sobre el que tan atrozmente la ofendía. 
Juanita se interpuso entre su madre y el mozo, á 
fin de evitar la lucha. 

— Vete, vete al punto de esta casa y no vuelvas 
más en tu vida. Para mí has muerto. Quiero olvidar 
hasta el santo de tu nombre. No tengo que darte 
cuenta de mi conducta. Nada me importa ni me 


i66 JUANITA LA LARGA 

aflige el ruin concepto que formes de mí. Vete. 
Y diciendo y haciendo, interpuesta siempre entre 
su madre y el mozo, recelosa de que se empeñasen 
en un comb^ite tragi-cómico, fué empujando con 
suavidad á Antoñuelo hasta la puerta de la calle. 
Ella misma levantó el picaporte, abrió la puerta y 
echó de su casa al amigo de toda la vida. Al hacer 
esto, en el rostro de Juanita se mostraba más bien 
la tristeza que la cólera; y Antoñuelo, al mirarla 
tan digna, amainó en su furor, no persistió en sus- 
improperios y se fué cabizbajo y silencioso. 


— ^H 


XXIII 


Aii disgusto de vivir aisladas ambas Juanas se 
añadía otro no menor y más positivo. 
Al principio se difundió tanto la idea de que 
Juana había llevado su complacencia inmoral hasta 
ser tercera de su hija, que la llamaban menos para 
trabajar en las casas principales por el temor de 
que fuese ella la propia Celestina resucitada y tra 
tara de pervertir á las Melibeas de dichas casas. 
No obstante, y como ya he dicho, aquella malísima 
situación se fué poco á poco suavizando. Además, 
eran tan notorios y tan irreemplazables el arte y la 
inspiración de Juana, para dirigir una matanza, 
para hacer arrope, piñonate, empanadas y tortas, 
y para preparar festines, que las personas de gusto 
y de medios desecharon los recelosos escrúpulos, y 
poniéndoles el correctivo de estar á la mira y ojo 
avizor para que Juana no ejerciese sus presuntas 
artes proxenéticas, siguieron llamándola á trabajar 
en sus casas; y los ingresos y rentas de Juana, que 


i68 JUANITA LA LARGA 

habían disminuido, volvieron á su estado normal, 
aunque no se aumentaron. 

El recogimiento y la austeridad de Juana al fin 
surtieron efecto. La idea que el padre Anselmo 
concibió de que había logrado convertir á aquella 
pecadora incipiente y de atraer al aprisco á la ove- 
jita descarriada antes de que cayese entre las uñas 
y la boca del lobo, fué adquiriendo resonancia y 
eco entre el vulgo. Juanita fué, pues, mirada, si no 
como paloma sin mancilla, como Magdalena arre- 
pentida y penitente, no de la culpa, sino del conato. 

Transcurrió más de un año antes de que Juanita, 
á fuerza de ingenio y de fatigas, lograse resultado 
tan brillante. 

La rígida doña Inés era la más difícil de ablan- 
dar. No quería creer en la virtud de la muchacha, 
y sospechaba que era todo hipocresía. 

Cuando llegaban á oídos de Juanita noticias de 
la terca incredulidad de doña Inés y de que la sos- 
pechaba de hipócrita, Juanita decía para sí: no es 
mal sastre el que conoce el paño; y sin arredrarse 
seguía por el camino que se había trazado. 

Llegó en esto el invierno, y doña Inés quiso 
vestir á todos sus niños con buena ropa de abrigo. 
Juanita alcanzaba ya alta reputación de costurera. 
Todo lo que pudiesen hacer Serafina y otras del 
lugar era una chapucería cursi, si se comparaba 
con las confecciones de nuestra heroína, que estaba 
al corriente de las últimas modas de París, que 
recibía los figurines, y que, ajustándose á ellos, sin 
encadenar servilmente su fantasía á una imitación 
minuciosa, ideaba, trazaba, cortaba y hacía trajes 


JUANITA LA LARCA 169 

para las mujeres dignos de ñgurar en los salones de 
la corte y de ser descritos por Montecristo ó por 
Asmodeo, y para los niños y niñas, no iníerii 
su gracia y por su cAi 
de un milord opulen- 
to ó de un banquero 
inglés se engalana. 

Buego al lector 
que me dé entero 
crédito y que no 
iiu agine que son 
ponderaciones an- 
daluzas ó que mis 
simpatías hacia 
Juanita me ciegan. 
Lo que digo es la 
verdad exacta, pura 
y no exagerada. Yo 
he estado én Villa- 
legre; he visto algu- 
nos trajes hechos por 
Juanita, y rae he que 
dado estupefacto. 
Y cuenta que yo ten- 
go buen gusto. Todo 
el mando lo sabe. 

En fín, doña Inés se dio ¿ pensar y á repensar 
en lo muy preciosos que estarían bus niños con los 
trajes que Juanita les hiciese; venció la repugnancia 
que sentía contra ella, la llamó á su casa y le enco- 
mendó trajes para todos, según la edad y sexo de 
cada uno. 



xyo JUANITA LA LARGA 

Fué Juanita en casa de doña Inés tan pobre y 
modestamente vestida como si saliese de un beate- 
río, y tan modosita en el habla, en la voz y en los 
modales, que parecía, sin visos ni asomos de afec- 
tación, una criatura seranea. 

Esto, sin duda, hubo ya de entreabrirle ó de 
ponerle entornadas las puertas del corazón de doña 
Inés, la cual sabia mucho y pensaría y diría en su 
interior: 

— Si no lo finge, en verdad que es muy buena 
esta muchacha; y si lo finge, sabe más que Car- 
dona: es admirable su fingimiento. 

Así doña Inés se predispuso ya favorable- 
mente. 

Su favor valía mucho, y doña Inés acertó á co- 
brársele por instinto. También hay su poco de 
gorronería en los grandes y poderosos de la tierra. 
Viene á propósito esta sentencia, porque doña Inés 
pagó el trabajo de Juanita en la tercera parte de lo 
que valía, aun en aquel lugar donde se trabaja 
barato, y pagó las otras dos terceras partes en el 
favor tan deseado y apetecido que empezó desde 
entonces á alcanzar la linda costurera. 

Los niños, con los trajes hechos por Juanita, 
salieron tan bien vestidos el primero de Noviembre, 
día de todos los Santos, que daba gloria verlos, y la 
gente los admiraba y los seguía en la calle. La 
vanidad maternal de doña Inés quedó muy satisfe- 
cha. Ni la propia Cornelia se ufanó más cuando 
enseñaba á sus Gracos. Pero doña Inés fué más 
allá de Cornelia: no se contentó con lucir á sus 
hijos, sino que se propuso competir con ellos y aun 


JUANITA LA LARGA lyt 

superarlos en indumentaria, y decidió que Juanita 
también la vistiese. 

Juanita se prestó á todo con el mejor talante y 
prodigioso acierto é hizo á doña Inés corsés y varios 
trajes. 

Nacieron de aquí la confianza y alguna familia- 
ridad, hasta donde es licito y decoroso que la fami- 
liaridad se entable entre una dama principal y una 
trabajadora plebeya; pero al fin, como doña Inés 
tenia que mostrarse á Juanita en paños menores 
para probarse corsés y vestidos, ¿qué mucho que la 
confianza naciese y creciese? 

Juanita supo después, con lentitud y por sus 
pasos contados, darse tal maña, que doña Inés que 
ya le había confiado su cuerpo para que le vistiese^ 
empezó á confiarle también y á descubrirle su 
espíritu, aunque sólo hasta cierto punto, porque el 
espíritu de doña Inés, según pensaba Juanita, acaso 
con malicia sobrada, tenía más conchas que un 
galápago, y jamás se desnudaba y se descubría por 
completo. 

Juanita tenía una voz melodiosa y clara y sabía 
leer muy bien, lo cual es bastante raro, dando á lo 
que leía entonación y sentido. Pronto atinó ¿ 
mostrar á doña Inés que ella poseía habilidad tan 
útil, y no tardó doña Inés, que se fatigaba algo 
leyendo, en tomar á Juanita para lectora. 

Claro está que doña Inés, que era mística, muy 
elevada en sus pensamientos y un tanto cuanto 
asceta, aunque más en lo especulativo que en lo 
práctico, hacía que Juanita le leyese vidas de santos 
y libros devotos y morales como Monte Calvario^ 


17* yUANITA LA LARGA 

Gracias de la gracia. Gritón del infierno. Espejo de 
religiosos. Casos raros de viciosy virtudes y Estragos 
de la lujuria. 

Era doña Inés aficionadlBima á disertar y ¿ 
convencer á sus oyentes y contradictores cuando 
disertaba. Si por algo se dolía de haber nacido 
mujer era por no poder transformarse en predicador 
i) en catedrático. 

Juanita supo con tanto pulso seguirle el humor. 



que no se callaba ni lo aceptaba todo desde luego, 
sino que impugnaba algo sus tesis y discursos para 
darle ocasión de que hablase más y desplegase su 
elocuencia, á. la cual acababa por ceder, reconocién- 
dose vencida. De esta suerte se alegraba y se 
exaltaba el ánimo de doña Inés, corroborando la 
creencia que ella tenia en su virtud persuasiva y en 
en saber y talento, y haciéndole creer además que 
después de ella, aunque á muy razonable distancia, 
no habla en toda Villalegre, salvo quizás el padre 


JUANITA LA LARGA 173 

Anselmo, persona más talentosa ni más sabia que 
Juanita. 

La privanza de ésta con doña Inés llegó al fin á 
su colmo. 

En presencia de cualquiera persona, Juanita 
seguía atendiéndola con el mayor respeto y dándole 
el tratamiento de su merced, pero en momentos de 
expansión, una vez que Juanita la oyó atentí sima- 
mente, impugnó sus razones y terminó por ceder á 
ellas, doña Inés, entusiasmada, se allanó hasta el 
extremo de mandarle que cuando estuviesen las doa 
sólitas la tutease. 

Estas prodigiosas conquistas de la paciente y 
despejada muchacha le prestaron desde luego con- 
fianza en sí misma, y pudieron darle mucha honra^ 
si ella entendiese que la necesitaba , mas apenas le 
dieron material provecho, que era de lo que más 
necesidad tenía. 

Pensaba doña Inés que no había mejor ni má& 
espléndida paga que su afecto. Suponía tal la eleva- 
ción de alma de Juanita, que hubiera sido injuriarla 
ofrecerle dinero. Un ochavo más que doña Inés le 
hubiese dado sobre el jornal que de ordinario ganaba, 
hubiera parecido una limosna. No era delicado 
socorrer á Juanita como á una pordiosera. 

Y después de estos razonamientos tan juiciosos,, 
como doña Inés no pagaba á Juanita sino lo que 
cosía, y no le pagaba, para no humillarla, ni las 
horas que empleaba leyéndole libros, ni el tiempo 
que perdía escuchando sus disertaciones, resultaba 
que doña Inés, por obra y gracia de lo mirada que era 
tenía lectora y auditorio y acompañanta de balde. 


( 



LA gloriosa servidumbre en que Juanita había 
llegado & ponerse, si no era útil, era molesta 
en extremo, porque la amistad de doña Inés no 
podia ser más exigente ni más imperativa. Y mien- 
tras más rebosaba en entusiasmo y en ternura, más 
se recrudecía también en exigencia y en imperio. 

Había días en gne no le quedaba á Juanita ni 
hora libre ni momento de sosiego. Doña Inés la 
llamaba y se valia de ella para todo. 

£n los lugares, al menos hace algunos años, pues 
no sé si habrán variado las costumbres, nunca salía 
una señora principal de visita ó de paseo sin llevar 
á mía acompañanta. Juanita tuvo, por consiguien- 
\e, á más de leer y de escuchar disertaciones, que 
acompañar á doña Inés en sus visitas y en sus 


176 JUANITA LA LARGA 

paseos. Y cuando á ésta se le antojaba de súbito 
visitar ó pasear, y no tenía á Juanita en casa, iba 
á buscarla á la suya, haciéndose acompañar hasta 
allí por Serafina. 

En los paseos rara vez leía ó hacía leer doña 
Inés, pero, convertida en filósofa peripatética, | 

disertaba de lo lindo, y siempre sobre religión, 
moral, menosprecio del mundo, alabanza del reco- 
gimiento y de la conversación interior, y aspira- 
ciones á lo sobrenatural y divino. 

Conviene que se sepa que doña Inés tenia un 
carácter tan dominante, que no se aquietaba ni se 
satisfacía como no decidiese y gobernase cuanto 
hay que decidir y gobernar. 

Ella designaba el nombre que había de recibir 
en la pila bautismal cada villalegrino que naciese; 
ella decretaba, después de estudiar aptitudes, capa- 
cidades y recursos, el oficio que cada cual había 
de aprender y ejercer; y ella escogía marido para 
cuantas niñas casaderas vivían en el pueblo y per- 
tenecían á familias merecedoras por algiin título 
de su atención y cuidado. 

El concepto que formaba doña Inés del universo 
visible y de cuantas cosas hay en él y en él se sus- 
tentan, era concepto más pesimista que el del pro- 
pio Schopenhauer; pero el de doña Inés estaba 
dulcificado por dos potencias benéficas y fecundas 
que había en su alma. Ella podría ser, ó era más ó 
menos pecadora. Yo no he llegado á ponerlo bien 
en claro, de suerte que al ir escribiendo esta histo- 
ria lo probable es que lo deje turbio ó nebuloso. De 
cualquier modo que fuese, y sin escudriñar los 


JUANITA LA LARGA 177 

secretos de doña Inés en lo tocante á la conducta, 
aseguro con evidencia que ella, en lo teórico, sin 
afectación ni mentira, tenia la más acendrada fe 
religiosa. Con esta fe, y con las otras dos consola- 
doras y divinas virtudes que de ella nacen, doña 
Inés iluminaba el mundo, hermoseándole con celes- 
tiales resplandores. 

Toda deformidad moral, todo vicio, toda dolen- 
cia, la fealdad física, las enfermedades, la miseria, 
el dolor y la muerte, se despojaban en su pensa- 
miento de horror y de amargura al considerar que 
deben sufrirse por el amor de Dios, y desvanecerse 
y disiparse, como la obscuridad de la noche cuando 
aparece la aurora, ante la esperanza de lo trans- 
cendente y ultramundano. Para doña Inés este 
mundo en que vivimos era un valle de lágrimas y 
un transitorio lugar de prueba, indispensable ca- 
mino para otra vida mejor. La presente, pues, 
aunque fuese muy mala, no era nunca mala, ya 
que en ella, si se padecía con resignación, mientras 
más se padeciese, mejor y más abundante cosecha 
se recogía y se atesoraba de frutos que no se 
corrompen y jie riquezas que nadie roba. Y como 
doña Inés no gustaba de quedarse atrás en nada, 
sino de adelantarse en todo, y ser también impor- 
tante cosechera de los mencionados frutos y rique- 
zas, muy candorosamente estaba persuadida de que 
padecía ó había padecido mucho, ejercitando y 
luciendo su paciencia, compitiendo un poquito con 
Job y granjeándose los medios de ir al cielo dere- 
cha, sin tropezar en rama, ya se entiende que 
contando con la misericordia de Dios, que le per- 

12 


lyS JUANITA LA LARGA 

donaría sus pecados, sí los tenia, pues, según ya he 
dicho, no lo sabemos. 

La otra potencia de que se valía doña Inés, sin 
estudio, espontánea y sencillamente, para blaur 
quear y hasta para dorar la tenebrosa negrura de 
su concepto schopenhauerino del mundo, era el sen- 
timiento vivísimo y atinado, fuente inexhausta de 
puros deleites, con que percibía su alma toda be- 
lleza, tanto espiritual cuanto corpórea. Llamar á 
esto buen gusto me parece poco. El buen gusto, 
por lo general, es pasivo y estéril. En doña Liés 
alcanzaba actividad creadora. La visión de la be- 
lleza, concebida por doña Inés, relucía en las 
profundidades de su alma y creaba allí otro uni- 
verso ideal, semejante al exterior universo, salvo 
que de él todo mal y toda mengua habían sido 
expulsados. 

Como se ve, no era doña Inés mujer adocenada, 
sino persona memorable, ó dígase digna de la his- 
toria, por lo cual me complazco yo en ponerla en 
la mía. 

Doña Inés, y perdone el pío lector si me repito, 
á pesar de sus ocho vastagos, estaba aún muy 
guapa; en lo mejor de su edad, bien cuidada, ali- 
mentada y vestida. 

El asomo de rivalidad que brotó en su alma el 
día de la intempestiva y pomposa aparición de 
Juanita en la iglesia, había desaparecido entera- 
mente, merced á la humildad de la muchacha y á 
la sumisión con que la acataba y servía. Desecha- 
dos así los celos, la mente y el corazón de doña 
Inés dieron entrada franca al afecto y á la admira- 


JUANITA LA LARGA 179 

ción de la bondad, del talento y de la hermosura 
de que Juanita estaba dotada. 

No había primor en Juanita que doña Inés no 
advirtiese, celebrase y ponderase. Llegó á notar, á 
pesar del pobre pañolito con que se cubría la chica 
espalda y pecho, la admirable perfección de toda 
aquella sana y virginal estructura. De su rostro 
no quiero ni puedo decir más sino que le parecía el 
de un ángel. Y por último, ponía en Juanita casi 
casi tanta discreción, ingenio y bondad como en ella 
misma. En suma, doña Inés miraba y estudiaba á 
Juanita como el sabio crítico, buen gramático y 
mejor estético, mira y estudia un bello poema, ó 
como el gran conocedor y perito en las artes plásti- 
cas mira y estudia una obra maestra de escultura. 

Cualquiera imaginará que, llegadas las cosas á 
este punto, Juanita podría apoderarse de la volun- 
tad de doña Inés y hacer de ella lo que le diese la 
gana; pero sucedió lo contrario. Frecuentemente 
recelaba Juanita que se le iba á acabar la paciencia 
y allá en sus adentros decía: peor está que estaba. 
A fin de que se comprenda el fundamento que tenía 
Juanita para decir que estaba peor, pondré aquí uno 
de los discursos que doña Inés con frecuencia le 
dirigía: 

— Hija mía — exclamaba, — hay en las condiciones 
y circunstancias que han de influir en tu destino 
cierta contradicción que puede ser causa de mil 
desventuras. Por tu belleza, por tu talento y por la 
elevación moral de tu alma mereces casarte con un 
príncipe, dechado de todas las perfecciones. Por tu 
desventurado nacimiento, por la clase humilde i 


i8o JUANITA LA LARGA 

que perteneces y por la pobreza que te obliga á. 
residir en este lugar, tendrás que quedarte soltera, 
ó tendrás que casarte con un labrador rudo y zafio. 
Si te quedas soltera, de continuo te verás expuesta- 
á los tiros de la envidia y á las emponzoñadas 
mordeduras de la calumnia, y te rodearán además 
groseras seducciones, á alguna de las cuales quién 
sabe si cederás en un momento de flaqueza, porque 
todas somos débiles y ninguna puede estar segura 
de no tropezar y de no caer si en un solo momento- 
la deja Dios de su mano y no la sostiene con su 
gracia. Pues no digo nada si movida por la vanidad 
ó por pasiones más tiernas y propias de tus verdes- 
años y cegada por ellas hasta desconocer la ruindad 
del sujeto que te enamore, te casas al fin con un 
hombre de tu clase, con algún palurdo de esta tierra. 
¡Qué desgracia la tuya entonces! ¡Pronto llegaría- 
el desengaño! Vaya... me horrorizo de pensar en 
ello. Sería una profanación. Sería un sacrilegia 
nefando. ¿Cómo entregar tanto tesoro á quien sería 
incapaz de comprenderle y de saber lo que vale? 
En mi sentir, sería locura semejante á la de echar 
ramilletes de flores en vez de paja y cebada en el 
pesebre del mulo ó á la de derramar perlas en la. 
pocilga del marrano en vez de un celemín de 
bellotas. Por otra parte, hija mía, ¿cuántos disgustos,, 
desvelos y cuidados no vendrían sobre tí con el 
matrimonio? Quiero prescindir de que tu marida 
acaso sería pobre; y si era también torpe y holgazán, 
tendrías que matarte trabajando para mantenerle; 
y quiero prescindir de los sobresaltos y penas que 
te darían tus hijos si los tenías. Lo más espantoso... 


JUANITA LA LARGA i8i 

ttunque no lo sé por experiencia, me horripilo de 
imaginarlo... es si descubrías en tu consorte vicios 
y miserias que te le hiciesen aborrecido y que hasta 
asco te causasen. Acudiría entonces á tu espíritu, 
¡obsesión diabólica! un pensamiento pertinaz que 
puede conducir á los mayores pecados. Figúrate tú 
que pensase y discurriese como ser racional y filan- 
trópico la turquesa en que se forman las balas, 
¡qué desesperación no tendría de que la empleasen 
tan en perjuicio de la humanidad! Pues no es menor 
la rabia de la esposa que, cuando va á ser madre, 
recela que ha de dar al mundo copias exactas de la 
ruindad ó de la perversidad de su marido. Tan 
horrible pensamiento la inclinará á ser infiel ó la 
arrastrará á la locura. 

Esto, con adornos y variantes, era lo que decía 
doña Inés casi de diario á su amiga y acompañanta, 
sentando premisas; pero sin sacar por lo pronto 
consecuencia ninguna. 

Otras veces le describía con viveza y con sombríos 
colores la corrupción de nuestro siglo, el bajo nivel 
en que estaban las almas, las mezquindades y 
maldades del mundo y lo agradable y lo conveniente 
que sería retirarse de él, en vista de que no puede 
satisfacer ninguna de nuestras nobles aspira- 
ciones. 

Afirmaba doña Inés que ella había deseado y 
deseaba siempre buscar un santo retiro; pero que 
ya no podía ser por las mil obligaciones que había 
contraído y que le era indispensable cumplir, por 
enojosas que fuesen; porque tenía hijos que criar y 
educar, marido de que cuidar y hacienda que ir con- 


i8a JUANITA LA LARGA 

servando y mejorando, á fin de trasmitirla á los que 
habían de heredar un nombre ilustre, que deslus- 
trarían al quedar huérfanos y abatidos por la villana 
pobreza* 

En resolución, doña Inés quiso persuadir i 
Juanita, y me parece que hasta logró persuadirse 
ella misma, de que deseaba ser monja, de que por 
imposibilidad no lo era y de que hacía un sacrificio 
en no serlo. 

De todo ello acabó por deducir y por declarar, 
como lógica solución, que Juanita debía huir de los 
peligros, miserias y adversidades de esta sociedad 
corrompida, la cual no merecía gozar de su presen- 
cia, y que debía refugiarse en el claustro mientras 
permaneciese en la tierra, ya que la tierra no la 
merecía y ya que por su valer para el cielo sin duda 
estaba predestinada. 

A pesar de las vehementes y sabias exhortaciones 
de doña Inés, Juanita distaba más cada día de hallar 
peligroso el mundo (maldito el miedo que le tenía 
ella), y no lograba persuadirse de que la sociedad 
fuese tan viciosa y tan mala ni de que el enamorarse 
y el casarse pudiera acarrear tamañas desventuras. 
De aquí que no tuviese la menor inclinación ni 
vocación á la vida monástica. Pero como á doña 
Inés se le había puesto en la cabeza que ella fuese 
monja, y cuando formaba un plan era punto menos 
que imposible hacerla desistir, la pobre Juanita se 
veía muy apurada. 

A cada momento sentía el conato de echarlo 
todo á rodar y de declarar á doña Inés que Dios 
no la llamaba por el camino por donde ella quería 


JUANITA LA LARGA 183 

que fuese. Se contenía, no obstante á fin de no 
armar la de Dios es Cristo, de no perder en un 
minuto cuanto había conseguido trabajando más 
de un año y de no verse de nuevo en guerra con 
los poderes constituidos y con toda la población 
que respetaba y obedecía á dichos poderes. 

Juanita no dijo que sí: no aceptó lo del monjío, 
pero no dijo que no; pronunció frases vagas ó se 
calló y bajó la cabeza. 

Tomando doña Inés para regla de interpretación 
el refrán de quien calla otorga j dio por sentado que 
Juanita estaba decidida á entrar en un convento, 
y ya, en su fantasía entusiasta, se la representaba 
santa, cuya vida se intercalaría en las ediciones 
futuras del Año Cristiano. Doña Inés dio parte de 
este triunfo al padre Anselmo, quien se llenó de 
piadoso júbilo y aun se sintió lisonjeado al prever 
que él figuraría en la vida de la nueva santa como 
el instrumento de que se valía el cielo para conver- 
tirla y glorificarla. 


I 



XXV 


POB dicha DO se apresuraba doña Inés para qne 
el plan del monjío de. Juanita se realizase, y 
así le daba tiempo de apercibirse á la rebelión con 
fuerza bastante para sacudir el yugo sin menoscabo 
de sus intereses y proyectos. Si bien doña Inés 
sentía y confesaba que iba á hacer un inmenso 
sacrificio al desprenderse de Juanita, única mnjer 
que la comprendía en el mundo y que podía ser su 
compañera, en manera alguna quería prescindir de 
este sacriñcio que le daría honra entre los mortales, 
y que Dios le tendría en cuenta para pagársele en 
el cielo. Persistía, pues, con firmeza en su plan, 
pero le retardaba, y mientras le retardaba le iba 
completando en sus pormenores, consultándolo todo 
con el padre Anselmo. J ^ 

Decidió doña Inés pagar ella el dote de Juanita. 
Sobre lo que vacilaba aún era sobre el convento en 


i86 JUANITA LA LARGA 

que debía ponerla. Después de haber desechado 
muchos, pensó en uno que hay en Écija, con cuya 
abadesa se carteaba, porque era alli donde se hacían 
los célebres bizcochos de yema imitados por Juana 
la Larga. Afirmaba doña Inés que toda persona 
que tenía buen paladar reconocía al punto la imi- 
tación de Juana, porque carecía del quid divinum 
que hay en los legítimos, prestándoles tan soberano 
sabor, que, si con grosero y material supuesto 
pudiésemos imaginar que los querubines, cuando 
bajan á la tierra con algún mensaje de arriba, 
tienen el capricho ó se allanan á comer algo, sin 
duda que no comerían otra cosa que los tales 
bizcochos de yema hechos por las mencionadas 
monjas. 

A despecho de tan importantes motivos, no sabe- 
mos por qué doña Inés desistió de que Juanita 
fuera al convento de Ecija y hubo de fijarse al fin 
en las Comendadoras de Santiago, en Granada, 
donde, si no se hacen aquellos peregrinos é inimi- 
tables bizcochos, se hacen los mejores almíbares 
de toda Andalucía. 

Mientras trazaba y preparaba doña Inés todo 
esto en favor de Juanita, de quien se había decla- 
rado protectora y directora, su cariño hacia la 
protegida y la discípula iba creciendo más y más, 
dando de sí raras muestras y combinándose en él 
lo sagrado y lo profano. 

Un día estuvo doña Inés tan sentimental, que 
deshizo el peinado de Juanita, admiró su abun- 
dante, undosa y suave mata de pelo, la besó varias 
veces, calificó de horrible desacato el que las manos 


JUANITA LA LARGA 187 

rudas é impuras de un campesino lograsen tocarla 
y enredar los dedos en ella, y se la figuró ya como 
cortada al pie del altar el día en que Juanita profe- 
sase, rogándole que para entonces se la legase á 
ella porque ella la conservaría como reliquia del 
más subido precio. 

Juanita agradeció mucho esta lisonjera petición 
de doña Inés, y, casi con lágrimas de gratitud en 
los ojos, prometió á doña Inés que la mata de pelo 
sería suya cuando ella se la cortase. 

Merced á tantas entrevistas y confidencias de 
las dos amigas, Juanita estaba casi todas las tardes 
en casa de doña Inés, no yéndose de su lado ó de 
su casa hasta pasada la hora en que solían venir 
los señores de la tertulia. 

Algunos de éstos veían á Juanita en la antesala, 
y como allí estaba ella ein cubrirse la cabeza y sin 
ocultar y dar sombra á la cara con el mantón muy 
echado hacia adelante según el recato y el beaterío 
lo exigen, Juanita, sin poderlo evitar, no les parecía 
saco de paja y á ^menudo la miraban poi; estilo 
pecaminoso. 

Quien más se adelantó en esto fué el propio amo 
de la casa, el señor don Alvaro Eoldán, que era muy 
tentado de la risa. En varías ocasiones, hallando á 
Juanita sola, la requebró con más fervor que chiste 
y finura, y Juanita, que veía en aquel caballero 
sujeto á propósito para descargar su mal humor, le 
respondía siempre con feroz desabrimiento ó con 
sangríenta burla. Y como don Alvaro ni por esas 
se desengañase y se atreviese un día á dar á la 
muchacha una palmadita en la cara, ella le dijo 


i88 JUANITA LA LARGA 

mirándole de arriba abajo con desprecio y enojo: 

— Las manos quietas, señor don Alvaro. Contén- 
tese usted con tocar el violón, y á mí no me toque. 
¡Pues no faltaba más! ¿Será menester que me queje 
yo á doña Inés de la insolencia de usted? ¿Para que 
una mocita decente esté tranquila en esta casa 
necesitará la señora atar á usted con una cadena 
al lado del mono? 

Don Alvaro, que era tímido, blandengue, y ave- 
zado á la servidumbre, receló que Juanita armase 
un alboroto, le cobró miedo y desistió de su amo- 
rosa empresa. 

Había al mismo tiempo, ya se entiende que en 
otras ocasiones y apartes, otro personaje más 
emprendedor y menos asustadizo. Fué éste el 
propio y respetado cacique de Villalegre: el exce- 
lentísimo señor don Andrés Eubio. 

También don Andrés, que no faltaba nunca á la 
tertulia, encontró no pocas veces á Juanita, ya en 
la antesala, ya en los corredores, ya en la escalera, 
ya en el zaguán cuando ella se ij^a. 

Don Andrés había admirado mucho á Juanita el 
día en que ella se mostró imprudentemente tan 
engalanada en la iglesia, y había conservado de ella 
muy buena impresión. No la defendió en la tertulia 
por no contradecir á doña Inés y por no censurar 
indirectamente la excesiva severidad del padre 
Anselmo contra el lujo de las mujeres; pero, allá en 
su interior, no vio nunca malicia en lo que Juanita 
había hecho, y se limitó á calificarlo de inoportuna 
ligereza, de que la madre era más culpada que la 
hija. De poco ó de nada tenía Juanita que arre- 


JUANITA LA LARGA igi 

pentirse, de suerte que don Andrés no creyó eiíN^a 
arrepentimiento. Menos creyó aún en su milagrosa, 
conversión y en su deseo de ser monja. 

Don Andrés conocía el carácter de doña Inés y 
daba por evidente que doña Inés, así como en un 
principio había hecho víctima á Juanita de su 
enojo, imaginándosela, aunque en ciernes, una 
desaforada pecadora, después, trocado el enojo en 
estimación, admiración y cariño, se proponía, con 
el mejor intento y por su manía de gobernarlo y 
de arreglarlo todo, hacer víctima á Juanita, empu- 
jándola á la santidad por un camino que ella no 
tenía gana de seguir. 

Así predispuesto, don Andrés empezó por mirar 
á Juanita con cierta benigna curiosidad cuando 
casualmente pasaba cerca de ella y la hallaba sola. 
Después, sin reflexionar en lo que hacía, don An- 
drés, y quien sabe si la muchacha misma, ya que 
hasta la más inocente suele dejarse guiar por endia- 
blados instintos, prestaron auxilio á la casualidad 
y la convirtieron en providencia, hallándose casi 
todos los días y pasando tan cerca él de ella, que 
casi tropezaban ó se tocaban. 

Era natural que Juanita no se escondiese ni 
huyese, porque ni ella era medrosa, ni don Andrés 
era el bú ni una fiera. 

Don Andrés era un caballero muy bien educado, 
pulcro y finísimo, soltero, que no había cumplido 
aún cuarenta años y verdadero amo y señor de 
Villalegre, donde hacía ya ocho que reinaba con lo 
que podemos cahficar de despotismo ilustrado. 

No me incumbe aprobar ni reprobar aquí el des- 




*^ / JUANITA LA LARGA 

^^smo, aunque sea con ilustración, ni mostrarme 

^partidario ó adversario del cacicazgo. Yo tomo y 

/ empleo el vocablo en cierta acepción como general- 

/ mente se emplea, aunque siento que contenga 

/T^ implícita una injuria para las poblaciones en que 

hay cacique, porque es suponerlas salvajes y no 

quiero calificar de tales á los de Villalegre. Desecho, 

pues, la suposición implícita y acepto y empleo los 

vocablos de cacique y cacicazgo como los más usados 

y adecuados para expresar la condición de don 

Andrés y el poder que en Villalegre ejercía. Él había 

heredado este poder de su padre y luego le había 

mejorado y engrandecido mucho, ayudado por la 

actividad y variadas aptitudes de don Paco y aun 

por los consejos é inspiraciones de doña Inés, quien, 

según se decía, ya con malicia, ya con sencillo 

aplauso, era la ninfa Egeria de aquel Numa. 

El, antes de retirarse al lugar después de la 
muerte de su padre para cuidar de la hacienda y 
hacer vida de labriego, desengañado y harto del 
estruendo de las grandes ciudades y de sus pompas 
vanas, había pasado mucho tiempo en Madrid, en 
cuya Universidad había hecho sus estudios, y hasta 
había viajado algo por Francia, Italia é Inglaterra. 
Era, por lo tanto, don Andrés un cacique archi- 
culto y como hay pocos. Y conviniendo yo en esto, 
con mi entusiasta amigo el diputado novel, afirmo 
que, si todos los caciques fueran como don Andrés, 
sería gran ventura que cada pueblo tuviese su 
cacique: todo en cada pueblo estaría bien aseado y 
mejor cuidado; daría gusto andar por sus paseos y 
por sus caminos, el maestro de escuela no se mo- 


^ 


1 


JUANITA LA LARGA igi 

riría de hambre, y se gozarla de tan ordenada 
libertad que el boticario podría ser impunemente, 
como D. Policarpo, brujo y ateo, sin que por eso 
se suprimiesen ni dejasen dé ser celebradas con 
devoción, entusiasmo y regocijo, hasta las más 
candorosas procesiones, aunque hubiese en ellas 
judíos, soldados romanos, Longinos con lanza y laza- 
rillo, después de quedarse ciego, paso de Abraham 
y apóstoles y profetas. 

Todas estas tradicionales, artísticas y pintorescas 
manifestaciones de la piedad religiosa encantaban 
más á don Andrés que al más sencillo y devoto de 
todos los habitantes de Villalegre, y por su gusto 
no se suprimia. nada, sino que se aumentaba y se 
mejoraba bastante. 

Tal era el cacique don Andrés Eubio, inclinado 
á admirar todo lo bello y candoroso. ¿Cómo, pues, 
no había de admirar también á Juanita, dejándose 
llevar de su irreflexiva admiración á modo de quien 
se desliza y cae sin sentir por un suave declive? 

i. 


XXVI 


ERA ya á mediados del mes de Enero, y hacía 
todo el frío que puede hacer en aquel clima 
tan benigno. 

La tertulia de doña Inés estaba más animada y 
concurrida que nunca, sobre todo los jueves, días 
de gran recepción. En la sala había una hermosa 
chimenea de campana, sobre la cual, así como en 
la puerta de la casa, relucía el escudo de armas de 
la familia. En el hogar saliente, y no empotrado en 
la pared, alegraban la vista con sus llamas y daban 
grato calor la pasta de orujo, los secos sarmientos 
y la leña de encina y de olivo. 

Abundaban allí los muebles cómodos, y nunca 
faltaba, por lo menos, una mesa de tresillo. 

De diario eran tertulianos constantes el padre 
Anselmo y don Andrés. Y lo era asimismo el médico, 
ya bastante viejo y chapado á la antigua, hombre 
de pocas palabras, pero sapientísimo tresillista, que 
solía hacer el cuarto en la mesa cuando doña Inés 


13 


194 yUANITA LA LARGA 

jugaba. A fin de tener esta satisfacción honrosa, y 
tal vez para ganar algunos reales, porque se jugaba 
á diez por cada cien tantos, y él ganaba casi siem- 
pre, se violentaba el médico hasta el extremo de 
afeitarse un día sí y otro no, y de dejar en la antesala 
la capa y el sombrero, sin entrar con la capa sobre 
los hombros, cuando no embozado y con el sombrero 
encasquetado hasta las cejas, según solía entrar en 
las demás casas donde iba de visita. ¡Tan profundo 
era el respeto que la de doña Inés le inspiraba! 

Los jueves la concurrencia era mucho mayor y 
solía haber dos y aun tres mesas de tresillo. Venían 
el alcalde, cuatro ó cinco de los mayores contribu- 
yentes, y el tendero murciano don Bamón, que era 
la persona más acaudalada del lugar después de 
don Andrés. Venían, por último, don Pascual el 
maestro de escuela y don Policarpo el boticario. 

Doña Inés había mostrado cierta repugnancia á 
que el boticario viniese, pero don Andrés había 
conseguido vencerla, no sin prometer antes leer al 
boticario la cartilla para que no se desmandase ni 
dejase escapar alguna barbaridad impía ó librepen- 
sadora. Don Andrés le dijo que él respetaba como 
nadie la libertad de conciencia y de enseñanza, 
pero que, si quería gozar de la tertulia de los 
señores de Boldán, debía ser como los catedráticos 
pagados por el gobierno, que, si son prudentes y 
juiciosos, se guardan sus impiedades para mejor 
ocasión, y en la cátedra, que es su tertulia de doña 
Inés, son muy comedidos y procuran no decir nada 
que ofenda las creencias de quien los paga ó de 
quien los recibe. 


jfüANITA LA LARGA 193 

El boticíirio, que tenía mucha gana de ir ¿ la 
tertulia, aceptó las condicioneB, y siempre que faé, 
se dejó el librepensamiento en su casa, aunque no 
pudo dejarse ni quiso cortarse su endiablada y 
taumatúrgica uña. 

Durante mucho tiempo fué doña Inés la única 
señora que en la tertulia había. Parecía aquello un 
club de caballeros con una señora presidenta. 

Hacia poco tiem- 
po, no obstante, que 
se habla introducido 
una sorprendente 
novedad. 

A la tertulia de 
los jueves primero, 
y más tarde á laa de 
diario, asistía otra 
señora. Era ésta la ^ 

noble viuda doña ^.^ 

Agustina Solis y 
Montes de Allende 

el Agua, matrona de treinta y pico de años, aun- 
que lozana, fresca, graciosa, de buenas carnes y 
mejor parecer y con veintiocho ó treinta mil reales 
de renta, sobre poco más ó menos. 

No era menester ser un lince para comprender 
que doña Inés, cuando consentía que hubiese otra 
dama en su tertulia, y aun gustaba de ello, era 
porque había decidido y decretado casarla con su 
padre don Paco. 

Doña Agustina estaba tan satisfecha de aquella 
inusitada distinción y tan agradecida y sumisa á 



jgS JUANITA LA LARGA 

doña Inés, que sin dificultad recibirla en su corazón^ 
como la blanda cera recibe el sello, el nombre, la. 
imagen y el afecto de la persona que doña Inés 
quisiese grabar en él. Y era tanto más fácil este 
grabado cuanto que don Paco, no sólo estaba muy 
de recibo, sino que tenia hermosa presencia y la 
merecida reputación de ser el hombre más entendido 
y discreto de Villalegre. Además, doña Agustina (y 
doña Inés lo sabía de buena tinta) estaba harta de 
viudez y de tener el corazón vacío ó como tabla, 
rasa y lisa, y deseaba hallar algo digno de que en él 
se grabase. 

Tal vez para buscarlo se componía y se atildaba, 
con esmero y hasta había ido á • varias ferias y 
romerías en otras poblaciones; pero todo había sido 
en balde y no había hallado hasta entonces sujeto- 
que le petara. 

Doña Inés esperaba con fundamento que le peta- 
ría don Paco. Y como necesitaba para esto que don 
Paco la viese, hablase con ella y estuviese muy fino,, 
doña Inés, que antes de concebir este proyecto de 
boda no se empeñaba mucho en que viniese su 
padre á la tertulia, le excitaba ahora y casi le 
mandaba, con el desenfado imperatorio tan propia 
de ella, que no dejase de venir ninguna noche. 

Don Paco obedecía y venía, de suerte que de 
diario Juanita le veía entrar, cuando ella estaba en 
la antesala, si bien don Paco, desdeñado y despedido^ 
no se detenía á hablar con ella y pasaba de largo,, 
limitándose á decir buenas noches. 

Juanita contestaba al saludo con fingida indife- 
rencia, pero á hurtadillas miraba á su antiguo- 


JUANITA LA LARGA 197 

pretendiente, y cada vez que le miraba le encontra- 
ba mejor. El tinte de melancolía que se mostraba 
«n su semblante le hacia parecer más digno y más 
hermoso. Juanita imaginaba, ufanándose, que el 
íimor de él, aunque mal pagado, había ennoblecido 
y hermoseado su alma y sus facciones, desterrando 
de ellas aquella vulgar expresión que solían tener 
antes, cuando él, exento de amor sublime y poco 
venturoso, lucía su ingenio diciendo chuscadas á 
menudo chocarreras. 

Así, y no muy poco á poco sino de priesa, reco- 
noció Juanita que el aprecio y la amistad que 
«iempre le había inspirado don Paco se convertían 
en amor, y que el amor aumentaba á pesar de tener 
más de medio siglo su objeto. 

Influía muchísimo en este aumento el recelo que 
Juanita tenía de perder á su desdeñado adorador, 
de que éste acabase por sanar de su pasión desgra- 
ciada y de que al fin cediese á las insinuaciones ó 
casi mandatos de su hija. 

Dice un precepto vulgar: lo que no quieras comer, 
déjalo cocer; pero apensi-s hay hembra que cumpla 
con tal precepto cuando se aplica á cosa de amores. 
Juanita no lo hubiera cumplido aunque no hubiera 
amado ya á don Paco. La consolaba y la hechizaba 
el tener aquella víctima constante y ver arder aquel 
corazón, cual perpetuo holocausto, en aras de su 
hermosura. Aun cuando ella no hubiese aceptado 
el sacrificio, se hubiese afligido mucho de que 
viniese doña Agustina y le robase el corazón sacri- 
ficado. Mayor era aún la aflicción de Juanita al 
notar que el sacrificio de don Paco le era cada día 


198 JUANITA LA LARGA 

más agradable. Tentaciones tenía á menudo de 
detener á don Paco cuando pasaba por la antesala, 
de decirle que se arrepentía de haberle escrito la 
carta despidiéndole y de encomendarle que no 
entregase á doña Agustina el corazón, porque ella 
le quería para sí y le cuidaría con más regalo y 
mimo que ninguna otra mujer de la tierra. 

Cuando Juanita veía pasar por la antesala á doña 
Agustina, que iba muy pomposa á la tertulia, la 
sangre del valiente oficial de caballería que circulaba 
en sus venas se alborotaba toda y necesitaba ella 
del dominio que tenía sobre sí para contener sus 
ímpetus y no arañar á doña Agustina. Otras veces, 
recordando ciertas mañas, usos y costumbres que 
había tenido en su venturosa y libre niñez, sentía 
el prurito de agarrar á aquella señora, y según solía 
hacer in tilo tcmpore con otras niñas de su edad y 
aun mayores, alzarle las faldas y darle una buena 
mano de azotes. 

Pero si Juanita era brava, también era discretí- 
sima: y firme en sus propósitos de ser prudente, se 
refrenaba y se vencía. Por coincidencia, y aunque 
ella no hubiese leído el soneto de Lope, concebía 
imágenes pastoriles y acaso se figuraba á doña 
Agustina como á una mayorala ó rahadana que 
llevaba ya en pos de sí, atado con un cordón, el 
manso que ella, la zagala Juanita, había cuidado 
con esmero, dándole de su sal á puñados. Y enton- 
ces se le antojaba decir á doña Agustina: suelta el 
manso, que es mío; déjale en libertad, y verás como 
viene á mí: 

«Que aún tienen sal las manos de su dueño.» 


JUANITA LA LARGA 199 

Sin embargo, Juanita se limitaba á cavilar y á 
recelar, permaneciendo inactiva. Todo lo que enton- 
ces hubiese hecho en contradicción con los dos 
proyectos de doña Inés del casamiento de su padre 
y del monjío de ella, hubiera sido la más audaz 
rebelión contra la tiranía de la reina absoluta de 
Villalegre, y á don Paco y á ella los hubiera puesto 
en peligro de tener que emigrar, como Adán y Eva, 
expulsados del Paraíso. 

Por otra parte, Juanita era tan orgullosa, que por 
más que le doliese el recelo de que doña Agustina 
le quitase á don Paco, no quería, llamándole á si, 
acudir al punto á evitarlo y quedarse con la duda 
de que él, no llamado, hubiese podido ceder y 
entregarse á otro dueño. 



COMO en el lugar en- 
tendía todo el mundo 
que cualquier decreto de 
doña Inés infaliblemente 
había de cumplirse, y 
como se divulgó que es- 
taba decretado el casa- 
miento de don paco y de 
doña Agustina, apenas 
quedó persona que no lo 
diese ya por cosa hecha. 
No sé encarecer cuan 
fieramente solevantaba 
esto y enojaba á Juanita. 
Todavía, sin embargo, 
disculpaba & don Paco recordando que ella le habla 
despedido y que él no tenía que guardarle fidelidad. 
Pensaba en que él observaba quizás un prudente 
disimulo parecido al que ella observaba; y de esta 


XXVII 



CiiMo eD el lagar en- 
teDdIa todo el mando 
que cualquier decreto d*- 
doñ% Inés inf&liblemeDt*- 
hat'ía de campline. r 
coinii se divulgó qae e»- 
tabí k-cretado el cass- 
lui.iui) de don Fmo y d*- 
(]'>ñit Agnstina, apenas 
qiit'iiú persona qae no 1<> 
>lt<.»' ya por cosa hecha. 
Ni. sé encarecer coin 
ij-.Minente solevantaba 
1^1' ^ enojaba i Jnaníta. 
!atia, sin embar^. 
ki qne ella le habfa 
guardarle fidelidad. 
juizás on pmdentf 
iisenraba; v de esta 


T. . 


I 


XXVI 


EEA ya á mediados del mes de Enero, y hacía 
todo el frío que puede hacer en aquel clima 
tan benigno. 

La tertulia de doña Inés estaba más animada y 
concurrida que nunca, sobre todo los jueves, días 
de gran recepción. En la sala había una hermosa 
chimenea de campana, sobre la cual, así como en 
la puerta de la casa, relucía el escudo de armas de 
la familia. En el hogar saliente, y no empotrado en 
la pared, alegraban la vista con sus llamas y daban 
grato calor la pasta de orujo, los secos sarmientos 
y la leña de encina y de olivo. 

Abundaban allí los muebles cómodos, y nunca 
faltaba, por lo menos, una mesa de tresillo. 

De diario eran tertulianos constantes el padre 
Anselmo y don Andrés. Y lo era asimismo el médico, 
ya bastante viejo y chapado á la antigua, hombre 
de pocas palabras, pero sapientísimo tresillista, que 
solía hacer el cuarto en la mesa cuando doña Inés 


13 


194 JUANITA LA LARGA 

jugaba. A fin de tener esta satisfacción honrosa, y 
tal vez para ganar algunos reales, porque se jugaba 
á diez por cada cien tantos, y él ganaba casi siem- 
pre, se violentaba el médico hasta el extremo de 
afeitarse un día sí y otro no, y de dejar en la antesala 
la capa y el sombrero, sin entrar con la capa sobre 
los hombros, cuando no embozado y con el sombrero 
encasquetado hasta las cejas, según solía entrar en 
las demás casas donde iba de visita. ¡Tan profundo 
era el respeto que la de doña Inés le inspiraba! 

Los jueves la concurrencia era mucho mayor y 
solía haber dos y aun tres mesas de tresillo. Venían 
el alcalde, cuatro ó cinco de los mayores contribu- 
yentes, y el tendero murciano don Eamón, que era 
la persona más acaudalada del lugar después de 
don Andrés. Venían, por último, don Pascual el 
maestro de escuela y don Policarpo el boticario. 

Doña Inés había mostrado cierta repugnancia á 
que el boticario viniese, pero don Andrés había 
conseguido vencerla, no sin prometer antes leer al 
boticario la cartilla para que no se desmandase ni 
dejase escapar alguna barbaridad impía ó librepen- 
sadora. Don Andrés le dijo que él respetaba como 
nadie la libertad de conciencia y de enseñanza, 
pero que, si quería gozar de la tertulia de los 
señores de Eoldán, debía ser como los catedráticos 
pagados por el gobierno, que, si son prudentes y 
juiciosos, se guardan sus impiedades para mejor 
ocasión, y en la cátedra, que es su tertulia de doña 
Inés, son muy comedidos y procuran no decir nada 
que ofenda las creencias de quien los paga ó de 
quien los recibe. 


JUANITA LA LAUCA 193 

El boticario, qtie tenia mocha gana de ir á la 
tertulia, aceptó las condiciones, y siempre qae faé, 
se dejó el librepensamiento en sa casa, aunqae no 
pudo dejarse ni quiso cortarse sa endiablada y 
taumatúrgica uña. 

Durante mucho tiempo fué doña Inés la única 
señora que en la tertuha había. Parecía aquello un 
club de caballeros con una señora presidenta. 

Hacia poco tiem- 
po, no obstante, que 
se habla introducido 
una sorprendente 
novedad. 

A la tertulia de 
los jueves primero, 
y m¿s tarde á las de 
diario, asistfa otra 
señora. Era ésta la 
noble viuda doña 
Agustina Solls y 
Montes de Allende 

el Agua, matrona de treinta y pico de años, aun- 
que lozana, fresca, graciosa, de buenas carnes y 
mejor parecer y con veintiocho ó treinta mil reales 
de renta, sobre poco más ó menos. 

No era menester ser un lince para comprender 
que doña Inés, cuando consentía que hubiese otra 
dama en su tertulia, y aun gustaba de ello, era 
porque habla decidido y decretado casarla con su 
padre don Paco. 

Doña Agustina estaba tan satisfecha de aquella 
inusitada distinción y tan agradecida y sumisa á 



^P=^ 


ao8 JUANITA LA LARGA 

ebrio, y faltó poco para que cayese por tierra. Poco 
antes habla entrado don Paco en la antesala , de 
snerte que, si vio el empujón, vio también los besos 
que le habían motivado. 

¿Qué había de hacer don Paco? Hizo como si 
nada hubiera visto. Y él y don Andrés entraron en 
la tertulia según costumbre. 



XXVIII 


AL día siguiente ocurrió en Villalegre un caso 
que sorprendió y dio mucho que hablar. 

Ni por el Ayuntamiento, ni por casa del alcalde, 
ni por la escribanía, ni por parte alguna pareció 
don Paco, que de diario acudía á todas para des- 
empeñar sus varias funciones. Fueron á casa de 
él y tampoco le hallaron allí. El alguacil y su mu- 
jer, que le servían y cuidaban, no sabían cómo ni 
cuándo se había ido y no daban razón de su pa- 
radero. 

Pasó todo el día sin que don Paco volviese y sin 
que se averiguase dónde estaba, y creció el asombro. 

Nadie acertaba á explicar la causa de aquella 
desaparición. 

Mucho tiempo hacía que por aquella comarca, 
merced al bienestar y prosperidad que reinaban y 
á la benemérita Guardia civil, no se hablaba de 
bandidos y secuestradores. 

¿Dónde, pues, estaba metido don Paco? 

14 


210 JUANITA LA LARGA 

La gente se lo preguntaba y no se daba contes- 
tación satisfactoria. 

Los amigos, y singularmente don Andrés Eubio, 
se mostraban inquietos. Sólo no se alteraba doña 
Inés. Su carácter estoico y su resignada y cristiana 
conformidad con la voluntad del Altísimo conser- 
vaban casi siempre inalterable la tranquilidad de 
su alma. Doña Inés, además, no veía nada alar- 
mante en el suceso, y á ella misma y á sus amigos 
don Andrés y el padre Anselmo se le explicaba del 
modo más natural. Suponía y decía con sigilo que 
su señor padre, aunque estaba sano y bueno y tenía 
más facha de mozo que de anciano, había empezado 
á envejecer, claudicar y flaquear por el meollo; 
culpa quizás de lo mucho que con él trabajaba y 
estudiaba. Ello era que, según doña Inés, su padre, 
desde hacía tiempo, daba frecuentes aunque ligeros 
indicios de extravagancia, y de chochez, prematura. 
Tal era la causa que hallaba doña Inés para la 
desaparición de don Paco. Y afirmando que, sin 
más razón que su capricho, se había ido paseando 
y tal vez vagaba por los desiertos y cercanos cerros, 
pronosticaba que cuando se cansase de vagar vol- 
vería á la población como si tal cosa. 

Ni en toda aquella noche, ni durante el día 
inmediato se cumplió, sin embargo, el pronóstico 
de doña Inés. 

Cuando volvió Juanita á su casa entre nue- 
ve y diez de la noche, don Paco aún no había 
parecido. 

Juanita, que no era estoica ni tan buena cris- 
tiana como doña Inés, estaba angustiadísima y 


JUANITA LA LAUCA aii 

llena de inquietud y de zozobra, por mis que haetft 
entonces lo habla disimulado. 

Cuando se vio á solas con su madre, no pudo 
contenerse más y le abrió el corazón buscando 
consuelo. 

^Don Paco no ha parecido^le dijo. — Mi cora- 
zón presiente mil desventaras. 


f ' f JajcIía 



— No te atormentes — -contestó la madre — -don 
Paco parecerá. ,^,Qué puede haberle sucedido? 

— ¿Qué se yo? Nada te he dicho, mamá: hasta 
hoy me lo he callado todo. Ahora necesito des- 
ahogarme y voy á confesártelo. Soy una mujer 
miserable, indigna, necia. Pude tenerle por mió y 
Je desdeñé. Ya que le pierdo, y quizás para siem- 
pre, conozco cuánto vale, y le amo: perdidamente 
le amo. Y para que veas mi indignidad y mi vileza, 
amándole le he faltado: he atravesado su corazón 
con el puñal venenoso de los celos. Yo tengo la 


212 JUANITA LA LARGA 

culpa y don Andrés está disculpado. Yo le atraje^ 
yo le provoqué, yo le trastorné el juicio, y si me 
faltó al respeto, hizo lo que yo merecía. 

— Niña, no comprendo bien lo que dices. O e& 
que no estoy en autos, ó es que tú disparatas. 

— ^No disparato ahora, pero he disparatado antes. 
Repito que he provocado á don Andrés para ven* 
garme de doña Inés y para dar picón á don Paco. 
Yo estaba celosa. Temí que él se rindiese á doña 
Agustina. No comprendí cuanto me quería él. Ahora, 
lo comprendo. Y ve tú ahí lo que son las mujeres: 
me halaga, me lisonjea creer que me ama tanto, y 
esta creencia es al mismo tiempo causa de mi pena 
y del remordimiento que me destroza el alma. Nada, 
sé de fijo; pero en mi cabeza me lo imagino todo. 
Sin duda él me espiaba, y en la obscuridad de las- 
calles me vio y me reconoció, ó me oyó charlar y 
reir con don Andrés, que me acompañó variaa 
noches. Y él, lleno de sospechas y apesadumbrado 
de creerme Uviana, siguió espiándome, y anteano- 
che, en la misma antesala de doña Inés, me sor- 
prendió cuando don Andrés me abrazaba y me 
cubría de besos la cara y hasta la boca. Yo le 
rechacé con furia; pero don Paco pudo suponer y 
de seguro supuso que mi furia era fingida porque 
él había entrado y porque yo le había visto y trataba 
de aparentar inocencia. ¿Sabes tú lo que yo temo? 
Pues temo que don Paco, juzgando una perdida á 
la mujer que era objeto de su adoración, se ha ido 
desesperado, sabe Dios dónde. 

— ^De todo eso tiene la culpa — interpuso Juana — 
esa perra de doña Inés: esa degollante, que no 


JUANITA LA LARGA • 2x3 

pagaría sino quemada viva ó frita en aceite. 

— Te aseguro, mamá, que no sé cómo la aguanto 
aún; pero si esto no para en bien y ocurre algún 
estropicio, quién la va á quemar y á freir soy yo 
•con estas manos. No; no soy manca todavía. La 
•desollaré, la mataré, la descuartizaré. No creas tú 
•que va á quedante riendo. 

Juana, al ver tan exaltada á su hija, temió la 
posibilidad de un delito, y exclamó como persona 
precavida y juiciosa: 

— Prudencia, niña, prudencia; no te aconsejaré 
yo que la perdones. Bueno es ganar el cielo, pero 
gánale por otro medio y no con el perdón de quien 
te injuria. Dios es tan misericordioso que nos abre 
mil caminos para llegar á él. Toma, pues, otro, y 
no sigas el de la mansedumbre. Conviene hacerse 
respetar y temer. Conviene que sepan quién eres. 
Lo que yo te aconsejo es que tengas mucjio cuidado 
con lo que haces, porque si tú castigas á doña Inés 
sin precaución, la justicia te empapelaría, como un 
ochavo de especias, y hasta te podría meter en la 
cárcel ó enviarte á presidio. 

— ^No pretendas asustarme. Si ocurre una des- 
gracia, yo no me paro en pelillos: la pincho como 
á una rata, la araño y le retuerzo el pescuezo. Lo 
haría yo en un arrebato de locura y no sería res- 
ponsable. 

— ^No lo serías— replicó Juana; — pero te tendrían 
por loca y te encerrarían en el vmnoscomio, mono- 
momio ó como se llame, y yo me moriría de pena 
de verte allí. 

— ¿Pues qué he de hacer, mamá, para castigar 


214 JUANITA LA LARGA 

I 

bien á doña Inés sin que tú te muefas de pena? 

— Lo que debes hacer, ya que tienes con ella 
tanta satisfacción y trato íntimo, (k cpgerla sin 
testigos y entre cuatro paredes; darte allí tus que- 
jas, leerle la sentencia y ejecutarla jfen seguida. 

— ¿Y qué quieres que ejecute? * 

— Acuérdate de tu destreza de cuando niña, de 
cuando con la cólera hervía ya en tus venas la. 
sangre belicosa de tu heroico padre; agarra á doña^ 
Inéd, descorre el telón y ármale tal solfeo en el 
nobilísimo traspontín, que se le pongas como un 
nobilísimo tomate. Ya verás cómo lo sufre, se calla 
y no acude á los tribunales. Una señorona de tantos 
dengues y de tantos pelendengues no ha de tener 
la sinvergüencería de enseñar el cuerpo del delito 
al jurado ni á los oidores. 

Al oir los sabios consejos de su mamá, Juanita 
mitigó su cólera, y á pesar del dolor que tenía no 
pudo menos de reírse, figurándose á doña Inés con 
toda su majestad y entono, azotada é inulta. Luego 
dijo: 

— Aun sin propasarme hasta el extremo de la 
azotaina, y aun sin cometer ningún crimen, he de 
castigarla, valiéndome de la lengua, que ha de 
lanzar contra ella palabras que le abrasen el pecho. 
Ha de lanzar mi lengua más rayos de fuego que la 
uña del boticario. Cada una de las palabras que yo 
le diga ha de ser como uña ponzoñosa de alacrán 
que le desgarre y envenene las entrañas. 

La iracunda exaltación de Juanita no podía sos- 
tenerse y se trocó pronto en abatimiento y descon- 
suelo. 


JUANITA LA LARGA 215 

— ¡Ay, Dios mío! — exclamó. — ¡Ay, María Santí- 
sima de mi alma! ¿Qué va á ser de mí si hace él 
alguna tontería muy gorda: se tira por un tajo ó se 
mete fraile? Entonces sí que tendré yo que meterme 
monja. Pero yo no quiero meterme monja. Yo no 
quiero cortarme el pelo y regalárselo á doña Inés. 
Un esportón de basura será lo que yo le regale. 

Y diciendo esto, rompió Juanita en el más deses- 
perado llanto. Abundantes lágrimas brotaban de 
sus ojos y corrían por su hermosa cara; parecía que 
iban á ahogarla los sollozos, y se echó por el suelo 
cubriéndose el rostro con ambas manos y exhalando 
profundos gemidos. 

La madre, que estaba acostumbrada á los furores 
de Juanita, no había tenido muy dolorosa inquietud 
al verla furiosa; pero como Juanita era muy dura 
para llorar, y como su madre no la había visto ver- 
ter una sola lágrima desde que ella tomaba, cuando 
niña, alguna que otra perrera, su llanto de entonces 
conmovió y afligió sobremanera á Juana. 

— ^No llores — ^le dijo. — ^Dios hará que parezca don 
Paco, y ni él será fraile ni tú serás monja, como no 
entréis en el mismo convento y celda. 

En suma, Juana, llorando ella también á pesar 
suyo, hizo prodigiosos esfuerzos para calmar á su 
hija, levantarla del suelo y llevarla á que se acostase 
en su cama. Al fin lo consiguió, la besó con mucho 
cariño en la frente, y dejándola bien arropada y 
acurrucada, se salió de la alcoba diciendo: Amane- 
cerá Dios y medraremos. 




XXIX 


No quiero tener por más tiempo suspenso y 
sobresaltado al lector y en incertidumbre 
sobre la suerte de don Paco. 

Nuestro héroe, en efecto, había tenido el más 
cruel desengaño al ver primero á Juanita, acompa- 
ñada por don Andrés, atravesar á oscuras las calles, 
charlando y riendo, y después al presenciar la última 
parte del coloquio de la antesala y el animadísimo 
fin que tuvo en los abrazos y en los besos. 

No quería conceder en su espíritu que Juanita 
fuese una pirujilla, y no obstante tenía que dar 
crédito á sus ojos. 

Muy triste y muy callado y taciturno estuvo toda 
aquella noche en la tertulia de su hija. Jugó al tre- 
sillo, para no tener que hablar, hizo malas jugadas 
y hasta renuncios, por lo embargado que le traían 
sus melancólicas cavilaciones; apenas jugó una vez 
sin hacer puesta ó recibir codillo y perdió quinien- 
tos tantos, equivalentes á cincuenta reales. 


\ 


2i8 JUANITA LA LARGA 

De mal humor, se volvió á su casa antes de que 
nadie se fuese. 

En balde procuró dormir. No pudo en toda la 
noche pegar los ojos. Los más negros pensamientos 
caían sobre su alma como se abate sobre un cadáver 
famélica bandada de grajos y á picotazos le destro- 
zan y le comen. 

Por lo mismo que él, durante toda la vida, había 
sido tan formal, tan sereno y tan poco apasionado, 
extrañaba y deploraba ahora el verse presa de una 
pasión vehemente y sin ventura. Se enfurecía, y 
discurriéndolo bien no hallaba á nadie contra quien 
descargar su furor con algún fundamento. Juanita 
le había despedido: no era ni su mujer, ni su querida, 
ni su novia. Bien podía hacer de su capa un sayo 
sin ofenderle. Y menos le ofendía aún don Andrés, 
el cual sospecharía acaso que él había tenido, hacía 
más de un año, relaciones con la muchacha; pero 
en aquel momento le creía, según los informes que 
le daba doña Inés, decidido pretendiente y casi 
futuro esposo de la fresca viuda doña Agustina 
Solis y Montes de Allende el Agua. 

Don Paco se consideraba obligado á echar la 
absolución á Juanita y á don Andrés. Y sin embargo, 
contra toda razón y contra toda justicia, sentía el 
prurito de buscar á Juanita, ponerla como hoja de 
perejil y darle una soba, ó bien de armar disputa á 
su valedor y protector el cacique y con un pretexto 
cualquiera romperle la crisma. 

Todo esto, según la pasión se lo iba sugiriendo y 
según iba pasando y volviendo á pasar por su cere- 
bro como un tropel de diablos que giran en danza 


JUANITA LA LARGA íig 

frenética, no consentía que lograse un instante de 
reposo. En vez de dormir se revolcaba en la cama, 
y sus nervios excitados le hacían dar brincos. 

A pesar de todo se encontraba más cómico que 

trágico, y se echaba á reir, aunque con la risa que 

apellidan sardónica, no por una hierba, sino porque 

(según hemos oído contar) entre los antiguos sardos 

se reian asi los que 

eran atormentados y 

quemados de feroz 

y sardesca manera 

en honor de los 

ídolos. 

Juanita era el 
' ídolo ante el cual el 
amor y los celos, 
sacerdotes y minis- 
i del altar de ella, ator- 
mentaban y quemaban á 
¡on Paco. 
Coion ihi podía sufrirse pensó 
" L-(iii !iis!>iLncia en matarse, y lue- 
go BUS doctrinas y sus sentimien- 
tos religiosos y morales acudían á impedirlo. Y no 
bien lo impedían, don Paco se burlaba de al mismo 
y se despreciaba, presumiendo que lo que llamaba 
él religión y moral fuese cobardía acaso. 

Después de aquel tempestuoso insomnio, que 

convirtió en siglos las horas, don Paco se levantó 

del lecho y se vistió antes de que llegase la del alba. 

Abrió la ventana de su cuarto y vio amanecer. 

Jja frescura del aire matutino entibió, á su 



220 JUANITA LA LARGA 

parecer, aquella á modo de fiebre que en sus venas 
ardía. Y como no se hallaba bien en tan estrecho 
recinto, y anhelaba ancho espacio por donde correr, 
horizonte por donde tender la mirada, y para 
techumbre toda la bóveda del cielo, determinó salir, 
no sólo de la casa, sino también de la población, é 
irse sin rumbo ni propósito, á la ventura, pero 
lejos de los hombres y por los sitios más esquivos 
y solitarios. 

Se fué sin que despertasen ni le viesen el alguacil 
y su mujer. 

Tuvo, no obstante, serenidad y calma relativa. 
No huyó como un loco, y tomó su sombrero y su 
bastón, ó más bien el garrote que de bastón le 
servía. 

Además, como se preparaba para larga peregri- 
nación, aunque sin saber adonde, y como á pesar 
de que pensaba á menudo en el suicidio, no pensó 
en que fuese por hambre, ya que en medio de sus 
mayores pesares y quebrantos nunca había perdido 
el apetito, tomó sus alforjas, colocó en ellas alguna 
ropa blanca y los víveres que pudo hallar, se las 
echó al hombro y se puso en camino, á paso redo- 
blado, casi corriendo, como si enemigos invisibles 
le persiguieran. 

Pronto recorrió algunas sendas de las que dividen 
las huertas que hay en torno de la villa. La prima» 
vera, con todas sus galas, mostraba allí entonces 
su hermosura y sus atractivos. En el borde de las 
acequias, por donde corría con grato murmullo al 
lado de la senda el agua fresca y clara, había vio- 
letas y mil silvestres y tempranas flores que daban 


JUANITA LA LARGA 221 

olor delicioso. Los manzanos y otros frutales esta- 
ban también en flor. Y la hierba nueva en el suelo 
y los tiernos renuevos en los álamos y en otros 
árboles lo esmaltaban todo de alegre y brillante 
verdura. Los pajarillos cantaban; el sol naciente 
doraba ya con vivo resplandor los más altos picos 
de los montes y un ligero vientecillo doblegaba la 
hierba y agitaba con leve susurro el alto follaje. 

Don Paco caminaba tan embebecido en sus 
malos y negros pensamientos, que en nada de esto 
reparaba. 

No tardó en salir de las huertas y en encontrarse 
entre olivares y viñedos; pero él huía de los hom- 
bres; no quería ver á nadie ni que nadie le viese, y 
tomó por las menos frecuentadas veredas, dirigién- 
dose hacia la sierra peñascosa, donde la escasez de 
capa vegetal no permite el cultivo, donde no hay 
gente y donde está pelada la tierra ó sólo cubierta 
á trechos de malezas y ásperas jaras, de amarga 
retama, de tomillo oloroso y de ruines acebnches^ 
chaparros y quejigos. 

Aunque le fatigó algo su precipitada carrera, don 
Paco no se detuvo á reposar, sentándose en una 
peña, hasta que dio por seguro que se hallaba en 
completa soledad, casi en el yermo, sin que nadie 
le viese, le oyese y le perturbase. 

Apenas se sentó, se diría que los horribles re- 
cuerdos que le habían arrojado de la villa, que 
venían persiguiéndole y que se habían quedado 
algo atrás, le dieron alcance y empezaron á picarle 
y á morderle otra vez. Recordaba con rabia la 
dependencia servil con que el interés y la gratitud 


aw JUANITA LA LARCA 

le tenían ligado al cacique, el yugo antinatural que 
le había impuesto bu hija, los desdenes que Juanita 
le había prodigado y los favores con que á don 
Andrés regalaba. Pensó después en la burla de que 
sería objeto por parte de todos sus compatncioa 
cuando se enterasen de lo que pasaba en su alma, 
y se levantó con precipitación para huir más lejos 
y á más esquivos lugares. 

Casi corriendo bajó por una cuesta muy pen- 
diente y vino á encontrarse, después de media hora 
de marcha, en una estrecha cañada que se extendía 



entre dos cerros formando declive. Iba saltando por 
él un arroyuelo y sonando al chocar en las piedras. 
El arroyuelo, al llegar á sitio llano y más hondo, 
se dilataba en remanso circundado de espadaña y 
deverdes juncos. Algunos alerces y gran abundancia 
de mimbrones daban sombra á aquel lugar y le 
hermoseaban frondosas adelfas, cubiertas de sus 
flores rojas, y no pocos espinos, escaramujos y 
rosales silvestres, llenos de blancas y encamadas 
mosquetas. 

Sitio tan apacible convidaba al reposo, y convi- 
daba á beber el agua limpia del remanso, cuya haz 
tranquila, rizándose un poco, delataba la fnansa 


JUANITA LA LARGA 223 

corriente ó que el agua no estaba estancada y sin 
renovarse. 

El sol, que se había elevado ya sobre el horizonte 
y se acercaba al cénit, difundíar mucho calor y luz 
sobre la tierra; y don Paco, buscando sombra, vino 
á sentarse en un ribazo y se puso á contemplar el 
agua antes de bebería. 

En medio de su contemplación sintió cierta an- 
gustia y escarabajeo en su estómago, porque hacía 
cerca de veinte horas que no había comido, había 
andado mucho y no había dormido nada. En suma, 
fuerza es confesarlo, don Paco tuvo hambre. 

Miró á todos lados, como si fuese á cometer un 
crimen, muy receloso de que alguien pudiera verle, 
y convencido ya de que su soledad no podía ser 
mayor, metió la mano en las alforjas, y sacó de allí / 
una blanca rosquilla y un bulto envuelto, bien 
envuelto en un antiguo número de El ImparciaL 

¿Qué había en este envoltorio? El historiador no 
debe ocultar nada. En el envoltorio, que desplegó 
don Paco, había media docena de hermosos pedazos 
de lomo de cerdo, gruesos como el puño, de los que 
Juana la Larga había adobado y frito; ^e los que 
con el aliño de orégano, pimiento molido, comino y 
qué sé yo qué otras especias, ya recalentados en la 
propia manteca entre la que se conservan en orzas, 
ya extraídos de la manteca y fiambres, seducen á 
las criaturas más desesperadas y afligidas y les 
dicen ¡comedme! 

Don Paco se preparó á obedecer el irresistible 
mandato; pero, pensando en aquel mismo instante 
en que Juana la Larga, la madre de quien causaba 


224 JUANITA LA LARGA 

SU tormento, era quien había guisado aquel lomo, 
las más tristes memorias se le recrudecieron, y con 
una magra entre los dedos, al ir ya á tirar un bo- 
cado, se le atragantaron en la garganta los dos tan 
sabidos versos de Garcilaso, que dicen: 

i Oh dulces prendas por mí mal halladas, 
dulces y alegres cuando Dios quería ! 

No quiso Dios, á pesar de todo, que don Paco las 
hallase por su mal. Aunque se le saltaron las lágri- 
mas, pudo más el apetito. Ganas tuvo también, en 
su desesperación, de que las magras se le volviesen 
veneno; pero en fin, él se comió dos y también la 
rosquilla. 

Hubo un momento en que echó de menos el vino 
. y deploró no haber traído la bota. Luego se resignó 
y bebió agua, bajando la boca hasta la superficie 
del remanso. 

Por último, como estaba molido de tanto andar, 
velar y rabiar, y sentía en lo exterior el calor 
del sol y en lo interior el calor del lomo y de la 
rosquilla, á pesar de su enorme pesadumbre, fué 
vencido por el sueño y se confortó durmiendo pro- 
fundamente la siesta, durante la cual sus desven- 
turas y sus penas se diría que se habían sumergido 
en aquel arroyo como si fuese el Leteo. 



CUANDO despertó don Paco de su prolongado 
sueño, el sol se ¡Dclinaba ya hacia el Occi- 
dente: el día estaba expirando. 

Las vacilaciones que habían atormentado á don 
Paco volvieron á atormentarle, con mayor fuerza 
mientras que más tiempo pasaba. 

Su fuga del lugar le parecía, y no sin razón, nue 
debía haber sido notada por todos y mirada con 
extrañeza. A él, que ejercía tantos o&cios, le ha- 
brían echado de menos en muchos puntos. 

Se le fíguraba que, como no habla pedido licencia 
á nadie, y como su inusitada desaparición carecía 
de causa confesada por él, todos sus compatricios 
se esforzarían por hallar esta causa y acabarían por 
suponerla un acto de desesperación ó de despecho. 


226 JUANITA LA LARGA 

Nadie dejaría de lamentar su fuga si él no volvía al 
lugar; pero si volvía, la compasión se transformaría 
inevitablemente en burla y rechifla. 

No quedaría un solo sujeto que no le preguntase 
con sorna qué había ido á hacer al yermo y por qué 
le dejaba tan pronto, arrepentido de ser anacoreta. 
Y los que sospechasen, y no dudaba él de que algu- 
nos sospecharían que había querido suicidarse, 
tomarían á risa lo del suicidio y atribuirían á miedo 
el que no se hubiese realizado. 

Imaginaba él que, vuelto al lugar, no podría 
sufrir su nueva situación, porque se le figuraría 
que se mofaban de él cuantos le mirasen á 
la cara. 

Si se fué, dirían, porque había aquí algo que no 
podía aguantar, ¿por qué vuelve ahora, se resigna 
y lo aguanta? 

Don Andrés, sobre todo, le despreciaría y le 
escarnecería, allá en sus adentros, calculando que 
la fuga había sido por lo de los besos á Juanita y 
que ahora volvía muy resignado á llevarlos con 
paciencia y hasta á verlos dar de nuevo. 

A Juanita misma se la representaba muy afligida 
por lo pronto, llena de remordimientos porque era 
ó iba á ser motivo ú ocasión de su muerte y muy 
inclinada á derramar lágrimas á la memoria de él ó 
sobre su ignorada tumba, si es que le enterraban y 
ella sabía dónde y no estaba lejos; pero si Juanita 
le veía otra vez tan campante, ya en las calles de 
Villalegre acudiendo á sus ordinarios quehaceres, 
ya en la tertulia de doña Inés haciendo la corte á 
doña Agustina, Juanita le tendría por la persona 


JUANITA LA LARGA 227 

más ruin y cuitada del orbe; Juanita se mofarla de 
él, y don Paco se estremecía al pensar sólo en la 
posibilidad de semejante vilipendio. 

Era, sin embargo, muy duro matarse sin gana, 
y sólo para que la gente tome á uno en serio, le 
compadezca y no le embrome. 

Hubo momentos en que si don Paco hubiera 
tenido un revólver, acaso en contravención de 
todos sus preceptos religiosos y de todas sus sanas 
filosofías, se hubiera pegado un tiro, pero afortuna- 
damente don Paco no gastaba armas de fuego y no 
llevaba ni pistola ni escopeta en aquella disparatada 
excursión que estaba haciendo, perseguido por los 
celos como por las Furias Orestes. Una vez se le 
ocurrió encaramarse en la cima de un escarpado 
peñasco, precipitarse desde allí de cabeza y hacerse 
una tortilla. Pero, si no quedaba muerto al punto y 
sólo se rompía un brazo, una pierna ó las dos ¿no 
le dolería mucho, y quedándose vivo añadiría los 
dolores físicos á los dolores morales de que había 
querido libertarse? 

Bumiando con amargura todo lo dicho, anduvo 
don Paco sin reparar el camino que llevaba, hasta 
que le sorprendió la noche, oscura como boca de 
lobo. Ni luna ni estrellas se veían en el cielo, 
cubierto de densas nubes. Llovía recio y relampa- 
gueaba y tronaba. 

Nuestro peregrino advirtió con pena que estaba 
hecho una sopa, y temió que la muerte, que 
anhelaba y repugnaba al mismo tiempo, pudiera 
sobrevenirle por la humedad, esgrimiendo en lugar 
de guadaña reumas y pulmonías. 


228 JUANITA LA LARGA 

A la luz de los relámpagos descubrió que había 
llegado á una extensa nava, entre las cumbres de 
dos cercanos cerros. Había en la nava mucho heno, 
grama abundante y á trechos intrincados matorrales 
en que tropezaba ó alta hierba que subía hasta sus 
muslos, porque no había senda ó porque la había 
perdido. 

De pronto oyó mujidos, y al resplandor fugaz de 
los relámpagos creyó entrever un gran tinglado ó 
cobertizo, debajo del cual se movían bultos mujido- 
res que eran sin duda toros bravos, cabestros,, 
becerros y vacas. 

— Hombre del demonio — dijo una bronca voz. — 
¿Qué viene usted á hacer por aquí á estas horas y 
con esta tormenta tan fuerte? 

Don Paco, ocultando el lugar de donde era y sin 
declarar su nombre, dijo que, yendo de camino, se 
había extraviado, no sabía dónde estaba y buscaba 
albergue en que pasar la noche. 

El boyero, que era piadoso, movido á compasión 
por la lamentable voz de don Paco, salió de debajo 
del cobertizo, vino á él, le tomó de la mano y le 
sirvió de guía. 

Así dieron ambos buen rodeo y llegaron á una 
choza bastante capaz, donde, al amor de la lumbre 
y en tomo de una gran chimenea que tenía poco 
que envidiar á la de doña Inés, aunque carecía de 
escudo de armas, había otros dos pastores, viejos 
ya, y un chiquillo de diez á doce años que debía de 
ser hijo del guía de don Paco. 

En el hogar ardía un monte de leña, con cuyo 
calor pudo don Paco secarse los vestidos, porque le 


JUANITA LA LARGA 229 

ofrecieron y el aceptó un banquillo para que se 
sentase cerca del fuego. 

Apartada de él, sobre un poco de rescoldo y en 
unas trébedes se parecía una olla, exhalando á través 
de la rota y agujereada tapadera espesos y olorosos 
vapores, con no sé qué de restaurante, lo cual 
produjo en las narices de don Paco sensación muy 
grata, porque con tanto andar se le había bajado á 
los pies el almuerzo. Era lo que había en la olla un 
guiso de habas gordas y tiernas, con lonjas de tocino 
y cornetillas picantes que habían de hacerle sucu- 
lento y sabroso. 

Los pastores, así como le habían dado techo 
amigo donde abrigarse de la lluvia y pasar la noche, 
le ofrecieron también su rústica cena. 

El rubor tiñó las mejillas de don Paco al ir á acep- 
tarla, pero no fué tan descortés ni tan abstinente que 
no*la aceptase, la agradeciese y aun se aprovechase 
de ella, compitiendo en apetito con los boyeros. 

Sin querer le avergonzaron también por otro 
estilo: con su leal franqueza. A él, que se ocultaba 
y mentía, le contaron cuanto había que contar de 
la vida de ellos y de sus lances de fortuna, y de los 
sucesos de la pequeña cortijada, no muy lejos de 
allí, de que eran naturales. Ponderaron también la 
ferocidad de los toros que ellos cuidaban, se quejaron 
de la poca reputación que tenían aún y pronostica- 
ron que al fin habían de abrirse camino hasta la 
magnífica plaza de Madrid, donde competirían con 
los de Veragua y los de Miura matando caballos á 
porrillo y metiendo en un puño los animosos cora- 
zones de Lagartijo y de Frascuelo. 


Í30 JUANITA LA LARGA 

Terminadas la cena y la conversación, todos se 
acostaron sobre sendos montones de hierba seca y 
durmieron como unos patriarcas. 

Don Paco se despertó y levantó al rayar el día, 
imitando á los que le albergaban. Supuso para salir 
del paso que iba á Córdoba, y en este supuesto los 
boyeros le indicaron el camino que debía seguir. 

Se despidió don Paco mostrándose agradecidí- 
simo, y pronto se alejó de la nava, marchando de- 
prisa por la senda que le habían indicado. 

A solas otra vez consigo mismo, los negros pen- 
samientos resurgieron de las profundidades de su 
alma y volvieron á atormentarle. 

Como él reflexionaba mucho, se estudiaba y se 
sumía en el abismo de su propia conciencia, pro- 
curó explicarse el singular fenómeno que en ella se 
estaba presentando. Entonces creyó percibir que 
él hasta muy tarde, hasta ya viejo, había emple&do 
y gastado la vida en ganarse la vida, y había care- 
cido, acaso por dicha, de desahogo y de vagar para 
fingirse primores ideales y ponérselos ante los ojos 
del alma como atractivo de su deseo. Toda aspira- 
ción suya había sido hasta entonces modesta, pro- 
saica y pacíficamente asequible; pero Juanita había 
venido en mal hora á turbar su calma y á aguijonear 
su fantasía para que remontase el vuelo á muy 
altas regiones, donde, si bien había más luz, había 
también tempestades que su alma pacífica y sólo 
acostumbrada al sosiego apenas podía sufrir. 

En resolución, don Paco vino á creer que la 
aparición tardía de lo ideal, casi muerta ya su 
juventud, y el nacimiento postumo de aspiraciones 


JUANITA LA LARGA 231 

que sólo por ella deben ser fomentadas, era lo que 
le traía tan desatinado, tan infeliz y tan loco. Volver 
al lugar en aquel estado de ánimo, con menos pre- 
texto para volverse que el que había tenido para 
irse, le haría sin duda objeto del escarnio de todos 
sus amigos y conocidos, como no hiciese la atro- 
cidad de matar á dos ó tres, y él, que era blando de 
condición, se consideraba incapaz de ello. Por otra 
parte, y mientras en Villalegre permaneciese, juz- 
gaba él que sería ya inútil para todo y que no valdría 
ni para secretario del Ayuntamiento, ni para con- 
sejero de don Andrés, ni para colaborador del 
escribano, ni para pasante de los abogados Peperris. 

En consecuencia de estos no articulados dis- 
cursos decidió algo al cabo: decidió desterrarse para 
siempre de su patria é ir á otras villas ó ciudades 
en busca de reposo y de mejor fortuna. 

Sólo así lograría curarse de su amor por la picara 
é indigna Juanita, hacer pie y caminar por lo firme, 
en vez de ir por las nubes ó de nadar por el éter, y 
sin matarse y sin matar á nadie, sino siendo útil al 
prójimo, ser de nuevo respetado y querido de las 
gentes. 

Ya que los boyeros le habían indicado el camino 
para ir hacia Córdoba, don Paco, menos alborotado 
que el día antes, siguió en aquella dirección, pues 
camino no había. Las estrechas sendas eran mu- 
chas, y él á la ventura las tomaba, sólo procurando 
huir de la vista de todo ser humano porque aún 
tenía vergüenza de que le viesen. 

Ora andando, ora parándose á reposar, se le pasó 
todo el día y llegó su segunda noche de vagabundo. 


232 JUANITA LA LARGA 

No sabia dónde se hallaba, pero creyó que se 
despertaba en él una vaga reminiscencia de aquellos 
sitios. Era una dilatada dehesa ó coto, donde había 
de haber abundancia de conejos y liebres. El terreno 
era quebrado y cubierto de matas ó monte bajo. 
Sólo á trechos descollaban algunos pinos, hayas y 
encinas. 

Pronto la obscuridad lo envolvió todo. Aunque 
no llovía, estaba muy nublado, y él distinguía con- 
fusamente los objetos. El silencio era profundo. Le 
rompía sólo, de vez en cuando, tal cual ráfaga de 
viento suave que agitaba las hojas, ó alguna liebre 
que brincaba ó atravesaba corriendo por entre las 
matas. 

No sé cómo reconoció ó creyó reconocer don 
Paco que se hallaba en aquel momento más cerca 
de Yillalegre; que se hallaba á menos de dos leguas 
de distancia, en un coto, propiedad de don Andrés 
y donde don Andrés solía venir á cazar. 

Se confirmó más en esta idea al ver de pronta 
una lucecita que á cierta distancia brillaba en las 
tinieblas, según sucede á menudo á los niños cuando 
en los cuentos de hadas se extravían en un bosque. 

Don Paco era valeroso y no propendía, sin ser 
incrédulo, á recelar frecuentes y medrosas apari- 
ciones de vestiglos, de almas del otro mundo ó de 
otros seres sobrenaturales. En aquella ocasión, sin 
embargo, tuvo su poquito de miedo, pero le venció 
y caminó resuelto y derecho hacia la luz para ver 
lo que era. 

Se había fundado su miedo en que reconoció que 
la luz salía de la casilla del viejo guarda del coto. 


JUANITA LA LA EGA 233 

el cual había muerto la víspera de la salida de don 
Paco de Villalegre, y era muy poco probable que 
don Andrés hubiere nombrado en seguida á otro 
guarda para donde apenas había cosa que guardar. 
La casilla, en opinión de D. Paco, tenía que estar 
desierta. ¿Quién había encendido luz y estaba en la 
casilla? ¿Sería el alma en pena del viejo guarda, 
que tenía fama de haber sido más que travieso en 
sus mocedades y hasta bandolero acogido á indulto? 
Don Paco se armó de valor y se dirigió á averi- 
guarlo, contento de tropezar con una aventura que 
de sus desventuras le distrajese. 



SIN hacer mido, llegó don Paco á la casilla y vio 
que la puerta estaba cerrada coa cerrojo que 
había por dentro. La luz salla por un ventanucho 
pequeño, donde, en vez de vidrios, habla estirado 
un trapo sucio para resguardo contra la lluvia y 
el frió. Con el estorbo del trapo do se podían 
ver loB objetOB de dentro; pero don Paco ee apro- 
ximó y reparó en el trapo tres ó cuatro agujeros. 
Aplicó el ojo al más cercano, que era bastante 
capaz, y lo que vio por allí, antes de reflexionar y 
de expHcárselo, le llenó de susto. Imaginó que veía 
& Lucifer en persona, aunque vestido de campesino 
andaluz, con sombrero calañas, chaquetón, zahones 
y polainas. La cara del asi vestido era casi negra, 
inmóvil, con espantosa y ancha boca y con colo- 
sales narices llenas de verrugas y en forma de pico 
de loro. Don Paco se tranquilizó, no obstante, al 


aj6 yUANITA LA LARGA 

reconocer que aquello era una carátula de laB que 
se ponen loa judíos en las procesiones de Villalegre. 
El enmascarado guardaba silencio y estaba sen- 
tado en una silla, apoyados los codos en una vieja 
y mugrienta mesa de pino. 

En otra silla estaba enfrente otra persona en 
qnien reconoció al punto don Paco á don Bamón, 
el tendero murciano de su lugar, el hombre más 
rico después de don Andrés y el más desaforado ha- 
blador que por entonces existía en nuestro planeta. 
V' Don Bamóñ era peque- 

y^ _, ñuelo, viejo y flaco, pero 

^I^^^^^B tenia mucho espíritu y 

^^^^B^^^^ agallas y no se acoquina- 

^^^^H^^^^^^^ ba por poco. 
^^^^^mm^^^Hp Notó don Paco que te- 
^^^^M^M^^^K^^ nía las manos atadas con 
VH^^y^pHl un cordel á las espaldas, 

1^ y dedujo que le habían 

llevado allí y que le retenían por violencia. Pronto 
las mismas palabras del tendero murciano, tan 
pródigo de ellas, confirmaron la deducción de don 
Paco. 

— Hombre ó demoni o ^decla, — quien quiera que 
seas, apiádate de mí y no me atormentes sin fruto. 
¿Cómo había yo de imaginar, al volver esta tarde 
desde mi casería al pueblo, que no dista más de un 
cuarto de legua, que habla de topar contigo y con 
tu compañero, emboscados entre las mitnbreras del 
arroyo del Hondón, y que me habíais de traer por 
fuerza á este lugar? Yo no sospechaba que hubiese 
secuestradores en el día, y caminaba muy seguro. 


JUANITA LA LARGA 237 

Convéncete, hombre, la ganancia que habíais de 
hacer ya la habéis hecho. No tratéis ahora de lograr 
más ganancia. La codicia rompe el saco. Á mí 
me mataréis, pero también á vosotros os darán 
garrote. 

El enmascarado persistió en su silencio, y á lo 
del garrote sólo respondió con un ronquido, especie 
de interjección que en aquella tierra se usa. Don 
Bamón continuó: 

— ^No acierto á explicarme por dónde llegasteis á 
averiguar que acababa yo de vender mi mejor vino 
á los jerezanos y que llevaba 12.000 reales en el 
bolsillo. Pero, en fin, ya tenéis los 12,000 reales. 
¿Por qué no os contentáis? Valiéndoos de ese tintero 
de cuerno que traíais preparado me habéis hecho 
escribir á mi mujer para que entregue 2.000 duros 
si no quiere que me ahorquen. 

— ^Y te ahorcaremos y te descuartizaremos como 
no los entregues — dijo el enmascarado con voz 
disimulada y extraña. 

— Pues bien podéis ahorcarme y descuartizarme 
ya, sin seguir moliéndome, porque mi mujer, ¡y 
vaya si la conozco! antes que entregar los dineros 
entregará mi vida y la de todos sus parientes, aun- 
que nos quiera y nos llore después á moco tendi- 
do. Oye, ¿has visto tú la tragedia de Guzmán el 
Bueno? 

El enmascarado no dijo que sí ni que no; se 
limitó á dar otro ronquido. Don Bamón continuó: 

— Pues Guzmán el Bueno para no entregar á 
Tarifa envió á los moros un cuchillo con que 
degollasen á su hijo muy amado. Los dineros son 


238 JUANITA LA LARGA 

la Tarifa de mi mujer y no los entregará aunque 
me degolléis. Lo que no hará tampoco, echando 
con esto la zancadilla á Guzmán el Bueno, es el 
gasto inútil de enviaros el cuchillo, aunque sea el 
peor de la cocina. Ya le tendréis vosotros, sin que 
ella le envíe, para abrirme una gatera en las tripas. 
Pero seamos razonables: ¿qué vais á conseguir con 
eso? Compadécete de mí. Mira también por tí y no 
seas imprudente. Hará ya dos horas que mi mujer 
me habrá echado de menos, y aun antes de recibir 
la carta que lleva tu compañero, y no sé cómo ni 
quién pondrá en sus manos, habrá armado ella una 
revolución en el lugar, habrá tocado á rebato, y la 
pareja de Guardia civil y muchos criados míos 
andarán ya buscándome. No tientes más á Dios. 
Ponme en libertad. Déjame ir en mi mulita, y yo 
te lo pagaré si no quieres aguardar á que Dios te 
lo pague. 

El enmascarado siguió sin contestar, aunque 
dando más ronquidos. 

— ¿No oyes que yo te lo pagaré? Sobre los doce 
mil reales que tú y tu compañero os habéis repar- 
tido, yo puedo darte hasta otros ocho mil si me 
dejas libre. 

— ¿Y cómo? — dijo entonces el enmascarado. — 
¿Dónde llevas escondidos esos ocho mil reales? 

— No seas tonto, hijo mío, no seas tonto. ¿Dónde 
quieres que los lleve? Yo no tenía más que lo que 
ya habéis tomado, pero tengo un medio seguro de 
recompensar tu buena acción. 

—¿Y cuál? 

Don Eamón titubeó entonces. El deseo de sedu- 


JUANITA LA LARGA 239 

cir al de la carátula y salir pronto de aquel mal 
paso, satisfaciendo su afán de hablar, de contarlo 
todo y aun de lucirse, porque era muy jactancioso, 
luchaba en su alma con el temor de empeorar la 
situación en que se hallaba, sobrexcitando la codicia 
del bandido. 

La manía de hablar pudo más al ñn que toda 
otra consideración juiciosa, y don Bamón explicó 
que había un ingenioso procedimiento por cuya 
virtud tenia él y ponía dinero donde le daba la gana. 
Bastaba para ello que él escribiese en un papelito 
determinada cantidad, diciendo págtiese y firmando. 
Cualquiera persona que llevase este papelito en la 
faltriquera, bien podía estar segura de que era como 
si llevase la cantidad expresada. 

Don Bamón impulsado por su locuacidad y su 
fachenda, no supo lo que se dijo... Su explicación 
de lo que era check ó Hbranza al portador entusias- 
mó al bandido, el cual le mandó al punto con 
amenazas que allí mismo, y en el acto, por valor 
de dos mil duros, le escribiese y le firmase un 
check. 

El tendero murciano conoció la tontería que 
había hecho, pero conoció igualmente que tenía 
fácil enmienda, y explicó al de la carátula que los 
papelitos que allí escribiese y firmase ningún valor 
tendrían, porque habían de ir, para que valiesen, 
en hojas dispuestas de cierto modo y arrancadas de 
un librejo que él se había dejado en casa. 

Nada le valió, con todo, para apaciguar al de la 
carátula. O por poner en duda que fuesen indispen- 
sables tales hojas ó por despecho de que se las 


240 JUANITA LA LARGA 

hubiese dejado en casa y no las trajese allí, el 
bandido, sin atender á razones, y diciendo repetidas 
veces, escríbeme el papelito, se puso á maltratar á 
pescozones al infeliz maniatado. 

Don Paco no pudo sufrir más, fué corriendo á la 
puerta de la casilla, por fortuna vieja y desvencijada, 
y descargando sobre ella con todos sus bríos, un 
diluvio de patadas, de puñetazos y garrotazos, 
consiguió en pocos segundos arrancarla de los 
goznes y derribarla por el suelo con estrepitoso 
sacudimiento que hizo retemblar las paredes. 

El bandido se sobrecogió de terror porque imaginó 
al principio que el viejo guarda, ó lleno de envidia 
por la ventura que otros iban á lograr, ó enojado 
porque le profanaban su mansión donde el día antes 
había estado todavía de cuerpo presente, venía 
ahora capitaneando una legión de demonios para 
llevársele al infierno. ¿Qué criatura mortal podía 
aparecerse á aquellas horas y en tan apartado 
sitio? 

El bandido, no obstante, se recobró del susto y 
acudió á la defensa. 

Echó mano del trabuco, que tenía en un rincón 
de la estancia, y fué al cuarto contiguo donde había 
caído la puerta y estaba la entrada. Allí apenas se 
veía, porque la única luz era la de un candil atado 
en la otra estancia á una tomiza que pendía de una 
viga del techo; pero el de la carátula vio el bulto de 
un hombre que se precipitaba sobre él, y le dijo: — 
¡Tente ó mueres! — y le apuntó con el trabuco. 

Todo ello fué con rapidez maravillosa. 

Don Paco estaba ya casi encima del bandido, y 


JUANITA LA LARGA 241 

al mismo tiempo que éste disparaba, le sacudió tan 
tremendo garrotazo en el brazo izquierdo, que le 
hizo soltar el arma y dar con ella en el suelo. 

El tiro salió antes, pero, torcida ya la dirección, 
las postas, sin tocar á don Paco, fueron á agujerear 
el muro. 

El de la carátula retrocedió para evitar nuevo 
golpe; y, aunque magullado por el que había reci- 
bido, sacó de la faja que rodeaba su cintura una 
truculenta navaja de Albacete, de las de virola y 
golpetillo, de las que llevan la inscripción 

Si esta víbora te pica 
no hay remedio en la botica, 

la abrió con el temeroso ruido que produce la rodaja 
al encajar en el muelle, y se lanzó otra vez sobre 
su adversario, pero el bandido estaba ya falto de 
serenidad y quebrantado por el dolor del primer 
golpe. No supo ser certero y en balde abanicó el 
ambiente con su mortífero instrumento. 

Don Paco, sereno y decidido, se apartó á un 
lado, brincó y salvó el bulto y sacudió otra vez tan 
fiero garrotazo en los lomos del de la carátula que 
le hizo caer en el suelo boca abajo. Tendido ya en 
el suelo el bandido, don Paco se ensañó algo, y sin 
compasión le dio cuatro ó cinco palos más. 

Como no se quejaba ni rebullía, don Paco le 
creyó muerto. Se agachó, no obstante, con precau- 
ción y le quitó de la mano la navaja. 

En seguida llegó don Paco á donde estaba don 
Bamón, que le reconoció y con viva efusión le dio 
las gracias. 

16 


242 JUANITA LA LARGA 

Don Paco desató el cordel que tenia á don Eamón 
amarrado. 

— ^Alúmbreme usted con el candil — le dijo. — ^Voy 
á ver si ha muerto ese hombre. 

Á la luz del candil se llegó don Paco al que estaba 
boca abajo tendido por el suelo y le puso boca 
arriba. La carátula se le había caído. 

Don Paco y don Bamón se quedaron absortos 
al reconocer á Antoñuelo. 



POR dicha no habla recibido ningún garrotazo 
en la cabeza; pero estaba derrengado, molido 
y lleno de contusiones. 

Seguro ya de que vivía, y por instigación del 
tendero murciano, qne no se aquietaba hasta reco- 
brar, en parte al menos, el dinero robado, don Paco 
registró á Antoñuelo y le encontró cuatro mil reales, 
que devolvió á su dueño. 

Los otros ocho mil se los habla llevado el com- 
pañero de Antoñuelo, el cual, por director y maestro 
en el arte, había tomado doble porción de botín, 
. Antoñuelo sentía agudos dolores; no formulaba 
palabra alguna, pero lanzaba gemidos lastimeros. 

Don Paco se apresuró á salir de allí, volviendo 
cuanto antes al lugar con el libertado y el vencido. 

La poderosa muta de don Eamón, aparejada aún 
<K)n mny cómoda y ancha aibarda, se hallaba en un 
corralejo ó pequeño cercado contiguo á la casilla. 


244 JUANITA LA LARGA 

Sacó don Paco la muía, hizo que montase en 
ella su dueño, y levantando después á Antoñuelo, 
que apenas se podía mover, y llevándole en peso 
con alguna dificultad, le plantó á las ancas. Él 
cargó luego con el trabuco y la navaja, trofeos de 
su victoria, y echando delante la muía y su doble 
carga, se dirigió hacia el lugar. 

Al ir caminando daba infinitas gracias á Dios 
porque le había puesto en ocasión de castigar un 
delito y de evitar otros mayores y porque le había 
proporcionado un medio de volver á la patria con 
justo motivo y sin ningún sonrojo. 

Aunque caminaron despacio, llegaron al lugar 
entre una y dos de la noche, sin hallar á nadie en 
el camino. 

Inquieto don Andrés por la suerte de don Paco, 
había enviado en balde á muchas personas para que 
le buscasen. También la tendera había enviado 
gente en busca de su marido. Todos con mal éxito 
se habían vuelto al lugar antes de media noche. 

Cuando mucho más tarde entraron en él don 
Paco y su comitiva, los villalegrinos estaban dur- 
miendo. 

Don Paco, procurando y logrando no llamar la 
atención, dejó á Antoñuelo á la puerta del herrador, 
su padre. Libre ya don Ramón del poco agradable 
socio de montura, se despidió de don Paco con 
nuevas y fervorosas manifestaciones de gratitud y 
se largó á su casa. 

Don Paco se fué á reposar á la suya. 

Como el médico estaba viejo y averiado y tenía 
no poco que hacer, don Policarpo ejercía también. 


JUANITA LA LARGA 245 

con consentimiento del médico, la medicina y la 
cirugía. El herrador le llamó al punto para que 
curase á su hijo. 

Don Policarpo le atendió muy bien y pronosticó 
que le curaría pronto, porque sus contusiones, si 
bien en extremo dolorosas, no eran de peligro ni 
daban que temer por su vida. 

Apenas amaneció, don Policarpo, sabedor de que 
don Andrés estaba inquietísimo por la suerte de su 
amigo ó como si dijéramos de su ministro, fué á 
casa del cacique, que se despertaba con el alba, y 
le pidió albricias y le dio la buena nueva de que don 
Paco había parecido. Como el boticario sólo había 
visto al magullado Antoñuelo y no sabia bien lo 
ocurrido, hizo su composición de lugar, y fantaseó 
y dijo á don Andrés que entre don Paco y Anto- 
ñuelo había habido una muy reñida pelea, sin duda 
por los bellos ojos de Juanita; que la pelea había 
sido en mitad del campo, durante la noche; que 
don Paco había quedado ileso y que el pobre Anto- 
ñuelo estaba tal, que se le podían comer con 
cuchara, pero que él, con su ciencia y sus cuidados, 
le sanaría muy pronto. 

Don Andrés holgó mucho de que hubiese vuelto 
sano y salvo el secretario del Ayuntamiento, que 
le era útilísimo y á quien profesaba más amistad 
que á nadie. 

No por eso quiso llamar á don Paco ni ir á verle 
en seguida, turbando el reposo de que sin duda 
había menester; pero no creyó en el duelo ó pen- 
dencia que don Policarpo había supuesto y contado. 

Don Andrés, aunque muy estimulado por la 


246 JUANITA LA LARGA 

curiosidad, se armó de paciencia y de calma y 
aguardó dos ó tres horas, antes de dar un paso para 
descubrir lo cierto. 

Bien sabía él que el mayor amigo y confidente 
de don Paco era el maestro de escuela, y á eso de 
las ocho, cuando ya la escuela había empezado y 
don Pascual debía de estar en ella, don Andrés le 
envió á llamar á su casa. 

El mozo que llevó el recado volvió diciendo que 
don Pascual había salido al rayar el alba, que no 
había vuelto aún, que los niños estaban dando 
lección con el ayudante, y que no bien volviese don 
Pascual y supiese que don Andrés le llamaba, iría 
¿ verle al punto. 


XXXIII 


DON Paco, después de vagar en la soledad por 
espacio de dos días y después de tantas penas, 
emociones y lances, anheló para desahogo confiarse 
por completo con alguien. ¿Y con quién mejor que 
con el maestro de escuela, hombre de bien, sigiloso 
y tan excelente y desinteresado amigo, primero de 
Juanita y de él más tarde? 

La mujer del alguacil fué, pues, á llamar á don 
Pascual de parte de don Paco. 

Don Pascual vino y don Paco se lo contó todo. 
No le dio ninguna comisión ni embajada para 
Juanita; pero don Pascual, por una benévola usur- 
pación de atribuciones y de empleo, se declaró él 
mismo y se nombró embajador, se fué á ver á 
Juanita que, desvelada y triste, se acababa de 
levantar, y le refirió con fidelidad minuciosa los 
furores y penas de don Paco, sus celos, su desespe^ 
ración, sus propósitos de suicidio ó de extrañamiento 
perpetuo, y por último el combate de la casilla, el 


248 JUANITA LA LARGA 

delito de Antoñuelo, los golpes que éste habla 
recibido y su vuelta y la de don Paco á Villalegre. 

Contó también que el tendero murciano, y su 
mujer con más impaciente furia, no se conformaban 
con callarse sin delatar á Antoñuelo y sin enviarle 
á presidio, si no se les devolvían en el término de 
tres días los ocho mil reales que no habían recobrado 
y que el cómplice de Antoñuelo se había llevado 
consigo. 

Según informes adquiridos y comunicados por 
don Paco, Antoñuelo por nada del mundo diría el 
nombre y la condición del forastero que había 
cometido con él el delito. Por otra parte, aunque 
Antoñuelo le delatase, de nada valdría esto para 
recobrar los ocho mil reales por medio de la justicia, 
sin envolver en el proceso al hijo del herrador y 
condenarle y perderle. 

El afecto profundo y extraño, como de madre ó 
como de hermana, que Juanita había sentido por 
Antoñuelo toda su vida, renació entonces con vehe- 
mencia en su corazón, olvidándose de los groseros 
agravios con que la había ofendido aquel mozo. 

Juanita se prepuso salvarle, lograr que se echase 
tierra al asunto, y evitar su deshonra y su ida á 
presidio, aunque para ello fuese menester buscar 
los ocho mil reales en el mismo infierno. 

A esta penosa agitación de Juanita se contrapo- 
nía en su alma otra agitación dulcísima, otro sentir, 
en vez de aflictivo, delicioso y beatificante, que 
aumentaba y enardecía su amor al saberle tan bien 
pagado, y que lisonjeaba su orgullo. A pesar del 
dolor y del sobresalto, que la conducta criminal de 


JUANITA LA LARGA 349 

Antoñuelo y sus consecuencias le causaban, Juanita 
se juzgó venturosa, y sin duda lo era. 

Sólo faltaba ya, y urgía y no daba un instante 
de espera, el desengañar á don Paco, el persuadirle 
de que ella era inocente y el convencerle de que 
ella le amaba. 

Ya don Pascual en su largo coloquio con don 
Paco, había hecho esfuerzos para convencerle de la 
inocencia de Juanita. Don Pascual le aseguró que 
él conocía muy bien el noble y leal carácter de ella 
y cuan virtuosa y honrada había sido siempre en 
medio de la completa libertad en que había vivido, 
sin que su madre la vigilase y la tuviese siempre á 
su lado. Su madre había tenido que ir á las casas 
á donde la llamaban á trabajar, dejando á Juanita, 
ó con una criada ó completamente sola cuando ni 
criada tenía. Juanita, además, sin que nadie la 
acompañase ni mirase por ella, había pasado de la 
niñez á la mocedad en medio de las calles y en trato 
y conversación con toda clase de personas. Nadie, 
sin embargo, se le había atrevido, porque ella sabía 
' hacerse respetar, y ni las personas más maldicientes 

habían formulado nunca contra ella una acusación 
fundada que pudiera en lo más mínimo deslustrar 
I su decoro. 

Lo que don Paco había visto, lo que había 
causado su enojo y su desesperación, no era, por 
consiguiente, culpa de Juanita, sino inmotivado 
atrevimiento de don Andrés, quien si algo logró por 
sorpresa, fué rechazado violentamente en seguida. 

Don Pascual sostenía además que Juanita no había 
provocado la audaz acometida de don Andrés, á la 


250 JUANITA LA LARGA 

que daba por única causa el engreimiento del caci- 
que y su convicción de que todo había de rendirse 
á su voluntad y ser propicio á su deseo. 

No bien se enteró Juanita de todo esto oyendo 
hablar al maestro de escuela, procuró que terminase 
la visita y que éste se fuese. 

Cuando se vio sola, sin hablar á su madre para 
no perder tiempo, tomó el pañolón, se le echó de 
cualquier modo en la cabeza y se fué á casa de don 
Paco escapada. 



XXXIV 


LLEGÓ Juanita á la casa, llamó á la puerta y 
salió á abrirle la mujer del alguacil. Juanita 
le dijo: 

— ^¿Está don Paco en casa? ¿Está levantado y 
solo? Necesito verle y hablarle sin tardanza. 

— Solo y levantado está en la sala de arriba — 
dijo la mujer del alguacil. 

Sin aguardar más contestación ni más permiso, 
Juanita apartó á un lado á su interlocutora, echó á 
correr, subió las escaleras, dejó el mantón en un 
banco de la antesahta y entró destocada en la sala 
donde estaba don Paco. 

La sorpresa y el júbilo de éste fueron indescrip- 
tibles, poí: más que estuviese receloso aún de que 
en los atrevimientos de don Andrés la coquetería 
de Juanita había entrado por algo. 

Agradecido á la visita no esperada, don Paco se 
mostró muy fino, pero disimuló su alegría y procuró 
poner el rostro lo más grave y severo que pudo. 


254 JUANITA LA LARGA 

— No estés enfurruñado conmigo — dijo Juanita 
tuteándole por primera vez. — ^Yo estaba celosa de 
doña Agustina y enojada contra ti con tan poca 
razón como tú estás ahora enojado; yo quería darte 
picón. Soy leal. Confieso mi culpa y me arrepiento 
de ella. Es cierto; provoqué á don Andrés sin refle- 
xionar lo que hacia. Perdónamelo. Me besó por 
sorpresa, pero le rechacé con furia. Te lo juro, 
créeme; te lo juro por la salvación de mi alma: no 
le rechacé porque tú entraste, y más duramente le 
hubiera rechazado yo si tú no entras. Vengo á 
decírtelo para que me perdones, porque te amo. 
Quiero que lo sepas; estoy arrepentida de haberte 
despedido, y me muero por tí y no puedo vivir 
sin tí. 

¿Qué había de hacer don Paco sino ufanarse, 
enternecerse, derretirse y perdonarlo todo al oir 
tan dulces y apasionadas frases en tan linda y 
fresca boca? No sabía, sin embargo, qué decir ni 
qué hacer, y como generalmente ocurre en tales 
ocasiones, dijo no pocas tonterías, 

— ^Apenas puedo creer — dijo,— que no repares ya 
en mi vejez, que no pienses en que puedo ser tu 
abuelo y que me quieras como aseguras. ¿Pretendes 
acaso burlarte de mí y trastornarme el juicio? ¿Te 
propones halagarme con la esperanza de una feli- 
cidad que no me atrevía ya á concebir ni en sueños, 
para matarme luego desvaneciéndola? 

— No, vida mía: yo no quiero desvanecer tu espe- 
ranza, sino realizarla. Yo quiero darte la feUcidad, 
si juzgas felicidad el que yo sea tuya. Si no me 
desprecias, si me perdonas, si no me crees indigna, 


JUANITA LA LARGA 255 

nos casaremos, aunque rabie doña Inés de que yo 
no sea monja, aunque don Andrés te retire su favor, 
aunque se nos haga imposible la permanencia en 
este pueblo, y aunque tengamos que irnos por ahí, 
acaso á vivir miserablemente. No lo dudes; si fuese 
posible que don Andrés se prendase de mí hasta el 
extremo de querer casarse conmigo, yo le despre- 
ciaría por amor tuyo aunque fueses tú mil veces 
más pobre de lo que eres: yo le cantaría la copla 
que dice: 

«Más vale un jaleo probé 
y unos pimientos asaos, 
que no tener un usía 
esaborío á su lao.i 

Don Paco, al oir esto, apenas pudo ya contener 
y ocultar su emoción. 

Un estremecimiento delicioso agitó sus venas 
como si por ellas corriesen luz y fuego en vez de 
sangre. Estuvo á punto de echarse á los pies de 
Juanita y besárselos, pero aún se reportó y dijo: 

— Quiero creer, creo en tu sinceridad de este 
momento. Mi modestia, con todo, me induce á 
temer que tal vez te alucinas, que tal vez tú misma 
te engañas, que tal vez te arrepientas del paso que 
das ahora. Eres tan hermosa que puedes ambicio- 
nar cuanto se te antoje. Y don Andrés no es un 
usía desaborido como el de la copla; es una persona 
inteligente, estimada y respetada por todos; mejor 
y mucho más joven que yo. 

— Será todo lo que tú quieras, mas para mí tú 
eres el más inteligente, el más joven y el más guapo. 


256 JUANITA LA LARGA 

Todavía, escudado por su humildad, trató dou 
Paco de ocultar que estaba ya satisfecho, que había 
depuesto su enojo y que sus recelos se habían disi- 
pado. Con menos seriedad, sonriendo y entre veras 
y burlas, dijo: 

— Me fío de tí: conozco que hablas con el cora- 
zón. No, no piensas en engañarme; pero sin duda 
tú misma te engañas. 

Y para poner más á prueba la vehemencia y la 
firmeza del amor de Juanita, añadió luego: 

— Es inverosímil que tú, si don Andrés, como 
parece evidente, está enamoradísimo de tí, le des- 
deñes y me prefieras y me ames ahora, cuando 
antes, que no tenías á don Andrés, era á mí á quien 
despreciabas. Pues qué, ¿ignoras que yo soy un 
pobre diablo, dependiente de él, y que él es pode- 
roso, rico, respetado y temido aquí, estimado y 
favorecido por el Gobierno, y caballero Gran Cruz, 
con excelencia y todo? 

— ¿Y qué me importa á mí su excelencia? A tí y 
no á él debió el Gobierno dar la Gran Cruz, ya que 
todo lo bueno que se hace en este lugar eres tú 
quien lo hace. 

Calló un momento y prosiguió con dulce risa 
como quien de súbito tiene una idea que le agrada. 

— Esta injusticia quiero remediarla yo; pero ne- 
cesito antes que tú me proclames y me jures por 
tu reina. Sé mi subdito fiel. Sométete. Júrame por 
tu reina y tu reina te premiará. Júrame. 

Don Paco se sometió- sin más resistencia. Se 
hincó de rodillas á los pies de ella y exclamó entu- 
siasmado: 


JUANITA LA LARGA J57 

— ¡Te juro! 

Juanita, impulsada irresistiblemente por la idea 
rara que habla concebido, apartó con gran rapidez 
el pañolillo que llevaba al pecho, prendido con 
al&leres, sacó sus tijeras del bolsillo del delantal y 
se desabrochó dos ó tres corchetas del vestido. 



Don Paco, siempre de hinojos, la contemplaba 
embelesado y curioso. Ella introdujo los dedos por 
bajo del vestido y desató un listoncillo de seda azul 
que le ceñía al pecho la limpia camisa. Tiró de él 
y le sacó de la jareta, calada y bordada, trabajo 
primoroso de su diestra mano. Cortó , por último, 
con las tijeras un buen pedazo del listoncillo y se 
le puso á don Paco en el ojal del chaquetón, afir- 
mándole con una lazada. 


258 JUANITA LA LARGA 

— Yo te concedo, en atención á tus altos méritos 
y servicios — dijo con solemnidad — esta bonita con- 
decoración, que vale mil veces más que la que tiene 
don Andrés, y te declaro mi caballero y Gran Cruz 
de la orden de los celos disipados. Por eso es azul 
el listoncillo como las flores del romero. 

Don Paco se levantó, sin pizca ya de celos, 
porque todo se convirtió en amor, y dijo: 

— Tú me citaste una copla: no quiero ser menos; 
voy á citar otra, aunque tenga que llamarte en ella, 
no por tu nombre, sino como se llama la madre de 
tu santo. 

Las flores del romero 
niña Isabel, 
hoy son flores azules 
mañana serán miel. 

— ^Y si han de ser miel mañana, ¿no es mejor 
que lo sean en este mismo instante? 

Don Paco se acercó á Juanita para besarla. 

Ella le separó con suavidad y se esquivó, ponién- 
dose muy seria y exclamando: 

— ^Déjame. No te llegues á mí. Respétame como 
á tu reina y como mi caballero que eres. Las flores 
del romero serán miel en su día; ahora no. Ve 
mañana á mi casa, á las diez y media de la noche. 
Allí hablaremos con mi madre. Adiós. 

Juanita se dirigió para salir hacia la puerta de la 
sala. Ya en la puerta, volvió la cara, miró á don 
Paco, se dio á escape más de treinta besos en la 
palma de la mano, sopló en ellos y se los envió á 
su amigo por el aire. 


JUANITA LA LARGA 259 

— De cerca y sin alas los quiero yo. 

— ^Ya les cortaremos las alas. En cuantito no sea 
pecado mortal los tendrás de cerca hasta que te 
hartes; y dicho esto, recogió el mantón en la ante- 
salita, bajó brincando por la escalera y se puso en 
la calle. 


XXXV 


EN medio de su alegría por haberse reconciliado 
con don Paco, por estar segura de su amor y 
resuelta á casarse con él aunque doña Inés y el 
<5acique se opusiesen y tuvieran ella, su novio y su 
madre que ser víctimas de la cólera de tan poderosos 
señores, Juanita sentía profunda pena por la suerte 
de Antoñuelo. Su delito le daba horror y no quería 
volver á verle ni hablarle en la vida, pero le amaba 
aún con cariño de hermana y presentía que ella 
acibararía con algo como remordimiento las mayo- 
res venturas que pudiera alcanzar si no evitaba que 
Antoñuelo fuese procesado, deshonrado pública- 
mente y condenado á presidio. Con egoísmo amo- 
roso, sólo del amor mutuo que don Paco y ella se 
tenían había ella hablado con don Paco. Ya en la 
•calle y separada de él , Juanita volvió á pensar en 
Antoñuelo y á cavilar en un medio de salvarle sin 
que nadie le diese auxilio y siendo ella su única 
salvadora. 


262 JUANITA LA LARGA 

Con este propósito se presentó en casa del ten- 
dero murciano, que la recibió estando con su mujer 
doña Encamación solos en la trastienda. 

No lloró Juanita, porque tenía muy hondas las. 
lágrimas y rara vez lloraba, pero con acento conmo- 
vedor y apasionado les rogó que se callasen sobre 
lo ocurrido, prometiéndoles que en el término de 
seis meses ella les daría los ocho mil reales que el 
forastero se había llevado. Contaba para esto con 
la voluntad de su madre, de la cual estaba cierta- 
de disponer como de su propia voluntad. Su madre 
tenía dado á premio dinero bastante para salir de 
aquel compromiso, y en el término marcado de los 
seis meses podía cobrar dicho dinero. Su madre 
además era propietaria de la casa en que vivían, y 
si bien la casa estaba fuertemente gravada con un 
censo, todavía podría producir, vendiéndola, muy 
cerca de los mencionados ocho mil reales. 

Doña Encarnación habló antes que su marido, y 
dijo al oir aquellas proposiciones: 

— Tú estás loca, hija mía, y yo supongo que ni tu 
locura será contagiosa ni se la pegarás á tu madre. 
Imperdonable estupidez sería que ambas os arrui- 
naseis por salvar á un pillastre. Anda, déjale que 
vaya á presidio. Aquel es su término natural ó 
inevitable. Si ahora le salvaseis, en seguida volverísu 
á hacer de las suyas y á dar nuevo motivo para que 
le apretasen el pescuezo. Vuestro sacrificio no sólo 
sería inútil, sino también perjudicial. 

— Los consejos de usted — contestó Juanita, — y 
perdone usted que se lo diga, son aquí los inútiles. 
Contra mi firme resolución no hay consejo que 


JUAWITA LA LARGA 


í63 


valga. No aon consejos sino dinero ó crédito lo que 
yo necesito. Si tuviera yo en mi arca loa ocho mil 
reales, los hubiera traído y se los hubiera dado á 
ustedes en cambio de un papel, ñrmado por ustedes, 
donde declarasen que Antoñuelo nada les debía y 
que no tenían contra él la menor queja. No tengo el 
dinero, pero estoy segura de poder reunirle antes de 



seis meses. ¿Quieten ustedes firmar el documento 
de que he hablado desistiendo de toda queja contra 
Antoñuelo y recibir en cambio otro documento en 
que yo me comprometa apagar los ocho mil reales? 
Sste es el asunto, y no hay para qué andarse por 
las ramas. Conteste usted, don Bamón, y diga que 
si ó que no. 

—Pues mira, Juanita— contestó el interpelado: — 
yo digo que no, porque no quiero ser cómplice de 
tu locura y porque un pagaré firmado por ti, que 
eres menor de edad, no vale un pitoche. 


264 JUANITA LA LARGA 

— El pagaré, aunque apenas tengo aún veinte 
años, valdría tanto como si yo tuviese treinta. Nunca 
he faltado á mi palabra hablada: menos faltaré á 
mi palabra escrita. Para cumplir el compromiso 
que contrajese, me vendería yo si no tuviese dinero. 

A don Ramón se le encandilaron algo los ojos, á 
pesar de que doña Encarnación estaba presente, y 
dejó escapar estas palabras: 

— Si tú te vendieses, aunque en el lugar son casi 
todos pobres, yo no dudo de que tendrías los ocho 
mil reales; pero yo no quiero que tú te vendas. 

— Ni yo tampoco — replicó la muchacha. — Lo 
dije por decir. Fué una ponderación. Los bienes de 
mi madre son míos: ella me quiere con toda su 
alma y hará por mí los mayores sacrificios. No 
dude usted, pues, de que dentro de seis meses 
tendrá los ocho mil reales que ahora me preste, 
sin necesidad de que yo me venda para pagárselos. 

Doña Encarnación la interrumpió entonces di- 
ciendo: 

— Juanita, nosotros tenemos tan buena opinión 
de tí, que estamos seguros de la sinceridad y de la 
firmeza con que prometes pagar; pero si dentro de 
seis meses no allegas los dineros ó porque tu madre, 
queriéndote mucho, no quiere darlos, ó porque no 
os pagan vuestros deudores y no lográis vender la 
casa, tu sinceridad y tu firmeza nada valdrán pe- 
cuniariamente, aunque moralmente valgan mucho. 
Tu misma moralidad para este asunto de los dine- 
ros, en vez de ser una garantía es un indicio claro 
del peligro que corremos, si te los prestamos, de no 
volverlos á ver nunca. 


JUANITA LA LARGA 265 

— Sí, hija mía — ^interpuso don Bamón; — si en 
-este caso me hipotecases tu inmoralidad, en vez de 
hipotecarme tu moralidad, estaría yo más seguro de 
cobrar el dinero. Sería una prenda pretoria que 
-daría ricos productos, por mal que se administrase. 

Juanita advirtió que el tendero murciano trataba 
-de tomarle el pelo, valiéndonos de una expresión 
^ue ahora se emplea en estilo chusco; y como era 
^oco sufrida, empezó á perder la paciencia y dijo 
bajando la voz, pero aguzando cada una de sus pa- 
labras como si fuese una lanceta: 

— Ea, déjese usted de bromas insolentes, tío 
marrano. Piense usted bien en mi proposición y 
verá que le tiene cuenta. Si acude á la justicia qui- 
zás tendrá el gusto de ver en presidio á Antoñuelo, 
pero de fijo que no verá nunca los ocho mil reales. 
En cambio, si los da ahora por recibidos y acepta 
•el pagaré que yo le firme, dentro de medio año ó 
Antes, y esto es tan claro como el sol que nos alum- 
bra, recuperará sus ocho mil reales y además los 
intereses que me ponga por ellos, porque yo no 
quiero que me los adelante por mi linda cara. 

— Aunque me insultes llamándome tío marrano, 
me permitirás que al menos por tu linda cara te 
perdone el insulto. También me mueve tu linda 
-cara, y no las mezquinas reflexiones que has hecho 
por mí, á prestarte los ocho mil reales si me pro- 
metes que tu madre ha de conformarse con el con- 
trato. De todos modos, ya comprenderás tú, porque 
tienes sobrado talento, aunque eres inexperta, que 
yo corro mucho peligro al hacer el préstamo; que 
^1 daño emergente no es flojo, y que, por lo tanto. 


— I 


266 JUANITA LA LARGA 

tampoco pueden ser flojos los intereses. No obstan- 
te, yo aspiro á que, en vez de llamarme marrano,, 
me llames generoso y espléndido. Asómbrate... 

Doña encarnación, que hasta entonces había, 
reprimido su cólera, sufriendo el insulto hecho al 
enclenque de su marido, por temor de andar á la 
greña con Juanita y aun de quedar vencida y apo- 
rreada, no pudo ya contenerse al ver y al oir á su 
marido tan melifluo y tan predispuesto á ser dadi- 
voso, y le interrumpió exclamando: 

— No te derritas, hombre; no te vuelvas una- 
jalea; no me obligues á que sea yo quien te llame 
tío marrano. Atiende á lo que haces, y ya que te 
expones tanto prestando los dineros, que sea con 
algún fruto. 

— Yo no me derrito, yo atiendo á lo que hago — 
contestó don Bamón; — ^pero en vez de responder á. 
las injurias con otras injurias, quiero ser magnáni- 
mo y responder con favores y beneficios. Juanita; 
yo doy por recibidos los ocho mil reales que me 
robaron con tal que tú me firmes un pagaré, que 
vencerá dentro de seis meses, por la expresada, 
cantidad, más un pequeño tanto por ciento. 

—Mil gracias, señor don Ramón — dijo Juanita. 
— Escriba usted los dos documentos. Yo me lleva- 
ré, firmado por usted, el que me asegure que Anto- 
ñuelo quedará libre, y firmaré y dejaré en poder de 
usted el que declare que le soy deudora. 

— Está bien. No hay más que hablar — dijo don 
Ramón. 

Y yendo á su escritorio, redactó los dos documen- 
tos en un periquete. En el pagaré se comprometía, 


JUANITA LA LARGA 267 

Juanita á pagar, en el término de seis meses, la 
cantidad de diez mil reales. 

— ^Ya ves mi moderación — dijo el tendero mur- 
ciano al presentar á la muchacha el documento 
para que le firmase. — Me limito á cobrarte sólo un 
25 por 100, á pesar del peligro que corro de quedar- 
me sin mi dinero, porque a despecho de todos tus 
buenos propósitos no tengas un ochavo dentro de 
los seis meses y tengamos que renovar el pagaré, lo 
cual me traería grandísimos perjuicios. 

— Ya lo creo — dijo doña Encarnación; — como 
que ahora andamos engolfados en negocios tan 
productivos, que ganamos un ciento por ciento al 
año. Créeme Juanita; prestándote los ocho>mil rea- 
les nos exponemos á quedamos sin ellos y además 
á perder otros veinticinco por ciento, ó sea otros 
dos mil reales, que hubiéramos ganado dando á los 
ocho mil más lucrativo empleo; pero en fin, ¿qué se 
ha de hacer? Mi señor esposo pierde la chabeta 
cuando ve un palmito como el tuyo. 

— Sea como sea — dijo Juanita, — yo agradezco á 
ustedes mucho el favor que me hacen. 

Y guardándose en la faltriquera el otro documen- 
to después de haberle leído y estimado que estaba 
bien, se despidió de los mercaderes y se fué á 
su casa. 


H 


XXXVI 


ARREBATADO yo por la comente de los sucesos, 
por la importancia que les doy y por la rapi- 
dez con que quiero narrarlos, he descuidado la 
cronología. Está vaga y confusa y conviene fijarla 
un poco. 

Nada más fácil. Basta decir para ello que el día 
de la fuga de don Paco acertó á ser Domingo de 
Bamos. 

Como don Paco vagó todo aquel día y el siguien- 
te, resulta que volvió á Villalegre al empezar el 
Martes Santo. 

Son tales la preocupación y el embeleso de todos 
los habitantes de Villalegre durante aquella sema- 
na, que nadie hubiera notado ni la desaparición ni 
la vuelta de don Paco si no hubiera sido él perso- 
naje tan notable, tan activo y que por lo común 
andaba siempre en todo. 

Lo que no se hubiera sabido, ni aun en tiempos 
normales, eran las causas de su ida y de su vuelta. 


270 JUANITA LA LARGA 

Los celos siguieron sepultados en el más profundo 
silencio por los que los causaron y los padecieron: 
por don Andrés, Juanita y don Paco. Y los delitos 
de Antoñuelo y los medios que don Paco empleó 
para remediar unos y frustrar otros hubo interés en 
callarlos y se logró que los callaran el tendero y su 
mujer, únicas personas á quien interesaba decirlos. 

Sólo se sabía que Antoñuelo había vuelto apa- 
leado; pero, á pesar de los comentarios que se 
hacían, nadie atinaba con el motivo y pocos sospe- 
chaban quién había sido el autor del apaleo. 

El tiempo aquel era el menos á propósito para 
que en Villalegre fijase el vulgo su atención en 
lance alguno, por extraordinario que fuese, de la 
vida real contemporánea. La atención general es- 
taba embelesada y suspensa por la pasmosa repre- 
sentación simbólico-dramática que iba á verificarse 
durante cuatro días consecutivos, teniendo por 
teatro todo el lugar, con templos, plazas y calles, 
y teniendo por actores á la mitad ó quizás á más 
de la mitad de los hombres, y por espectadores á la 
otra mitad de ellos, á todas las mujeres y niños y 
á no pocos forasteros. 

Las procesiones de Semana Santa empiezan el 
miércoles y terminan el sábado. Yo, que las he 
visto en mi niñez, en otra población donde son 
muy parecidas á las de Villalegre, conservo de ellas 
el más poético recuerdo, por donde imagino que 
las personas que las censuran carecen de facultades 
estéticas ó las tienen embotadas. Hasta la rudeza 
campesina de algunos accidentes presta á la repre- 
sentación de que hablo candoroso hechizo. 


JUANITA LA LARGA 271 

Acaso había accidentes ó episodios en dicha 
representación en que lo sagrado y lo profano, lo 
«erio y lo chistoso y lo trágico y lo cómico desen- 
tonaban algo. Celosos y discretos obispos han hecho 
sin duda muy bien en suprimir estas discordancias 
ó salidas de tono; pero lo esencial de la represen- 
tación, que consta de procesiones y de pasos, sigue 
todavía y hubiera sido lástima suprimirlo; hubiera 
8Ído un crimen de lesa poesía popular. 

A mi ver, hasta en corregir, atildar y perfec- 
cionar lo que se hace, aunque no niego que se 
presta al atildamiento y á la mejora, es menester 
andarse con tiento. Puede ocurrir, si es lícito que 
yo me valga de un símil literario, lo que ocurre 
con un escrito en verso ó prosa cuando el autor, 
por el prurito de acicalar el estilo, manosea, soba 
y marchita lo que escribió y lo deja mustio, lamido 
y sin espontaneidad ni gracia. 

Conviene además, para ver aquello con fruto y 
penetrar su hondo sentido, prescindir de refina- 
mientos y de ideas de lujo y de exactitud indumen- 
taria, adquiridas en ciudades más ricas y populosas. 
Sólo así y reflexionándolo bien se percibe lo sublime 
y lo bello de la verdad dogmática que bajo el velo 
del símbolo resplandece. 

Menester es que no se arredre por lo áspero de 
la corteza el que anhele gozar del dulce alimento 
que para el espíritu ella cela y contiene. 

La representación no se limita á ofrecer al pue- 
blo un trasunto de la pasión y muerte de Cristo 
y de la redención del mundo , sino que en cierto 
modo abarca todo el plan divino y providencial 


272 JUANITA LA LARGA 

de la historia, como el famoso discurso de Bossuet. 

Los seres humanos sin duda no se juzgan dignos 
de representar á los seres divinos ni se creen idó- 
neos para ello y temen profanar la acción interviú 
niendo en ella inmediatamente. De aquí que todos 
los momentos del alto misterio de la redención se 
figuren por medio de imágenes que se llevan en 
andas y cuyos movimientos silenciosos y solemnes^ 
va explicando un predicador desde un pulpito eri- 
gido en medio de la plaza y que la muchedumbre 
rodea. Sólo hablan los seres humanos. Los sobre^ 
humanos callan, salvo algunos ángeles, que cantan 
lo que dicen. 

Así, por ejemplo, el pregonero desde el balcón de 
las Casas Consistoriales lee en alta voz la sentencia 
que condena á Jesús á muerte afrentosa en una- 
cruz y entre dos ladrones por enemigo del César y 
por otros muchos delitos. 

El predicador exclama entonces: 

— Calla, falso pregonero; calla, viperina lengua^ 
y oye la voz del ángel, que dice... 

En seguida aparece, en otro balcón de la casa^ 
mejor que está enfrente del Ayuntamiento, el niño 
de seis ó siete años más bonito, más inteligente y 
de más dulce voz que en el lugar hay; y primoro- 
samente vestido de ángel, con tonelete de raso 
blanco bordado de estrellitas de oro, con refulgentes 
y extendidas alas y con corona de flores, canta una 
sencilla y sublime contrasentencia, que comienza 
diciendo: Esta es la justicia que manda hacer el 
Eterno Padre... 

Luego explica, con enérgica concisión que no se 


JUANITA LA LARGA 273 

opone á la claridad, los misterios de la encamación 
y de la redención, cuando en la plenitud de los 
tiempos se une el Verbo increado con la humana 
naturaleza, glorificándola y haciéndola digna del 
cielo, y padeciendo en ella y por ella, á fin de lavar 
sus culpas. 

Sólo hechos meramente naturales, en que inter- 
vienen personajes secundarios, son representados 
por hombres. 

Hay uno, no obstante, que es muy transcenden- 
tal, y que también los hombres representan. Es la 
prefiguración, el reflejo profético del sacrificio del 
Hijo por el Padre: es el sacrificio de Isaac por 
Abraham en la cumbre del monte Mória, y que 
otro ángel impide. El monte está representado en 
medio de la plaza por un tablado cubierto de 
verdura. Abraham é Isaac no hablan: sólo accionan. 
Cuando Abraham tiene ya levantada la cuchilla 
para sacrificar á su hijo, el ángel le detiene can- 
tando un romance. Isaac recibe entonces la palma 
del martirio, que ostenta en las procesiones de los 
días siguientes. Abraham sacrifica un cordero, 
según los antiguos ritos. 

Los principales personajes del Antiguo Testa- 
mento discurren en la procesión silenciosos y 
solemnes, como si la Historia Sagrada tomase 
cuerpo y apareciese ante nuestros ojos en visión 
ideal. ¿Qué daña á la mente infantil y á la rústica 
buena fe que no se ajuste con exactitud esta visión 
á la verdad arqueológica, y que en ella no se des- 
plieguen el lujo y la pompa, si la imaginación del 
vulgo los pone allí con creces? A su vista aparecen, 

18 


274 JUANITA LA LARGA 

y van pasando, Elias, Ezequiel, Daniel, Isaias, 
Amos y los demás profetas, asi como los reyes, 
jueces y principes; Melquicedec, David, Moisés, 
Salomón, y qué sé yo cuántos más. Todos llevan 
el rostro inmóvil de la carátula; y en las potencias, 
aureola ó nimbo que coronan sus cabezas, inscrito 
el nombre de cada uno. Distínguense además, por 
los atributos que en sus manos tienen: David lleva 
el arpa, Salomón un modelo del templo y Moisés 
las Tablas de la Ley. 

Como los profetas hicieron vida áspera y peni- 
tente, y no se cuidaron mucho del primor y de la 
elegancia en el vestir, se llaman los ensabanados, 
porque sus túnicas y mantos están hechos con 
sábanas. Y por el contrario, los monarcas y gran- 
des señores se engalanan con todo el lujo que 
pueden, llevando por túnicas los mejores vestidos 
de sus mujeres ó de sus novias, y por mantos las 
colchas más ricas de las camas, por lo cual se 
llaman los encolchados. 

Conforme va pasando cada procesión, que suele 
permanecer tres ó cuatro horas en la calle, se 
ejecutan pasillos, que casi siempre explica un na- 
zareno cantando una saeta. Para prevenir y llamar 
la atención del público hacia cada pasillo, otros 
dos ó tres nazarenos hacen resonar las trompetas 
con melancólico y prolongado acento. Así, pongo 
por caso, cuando los evangelistas van escribiendo 
en unas tablillas lo que pasa y unos judíos tunan- 
tes vienen por detrás haciendo muchas muecas y 
contorsiones y les roban los estilos. Los evangelis- 
tas, resignados y tristes, abren entonces los brazos 


JUANITA LA LARGA 275 

y se ponen en cruz. Las trompetas resuenan otra 
vez para dar el pasillo por terminado. 

Cosas hay de cierto primor artístico y de bien 
inspirada delicadeza. Así la cruz que llevan en 
andas, grande y negra como de ébano bruñido con 
remates primorosos de plata, sin Cristo en ella, 
que ya se supone resucitado y en el cielo, de la que 
penden siete anchas cintas verdes, blancas y rojas, 
de los tres colores de las virtudes teologales. Del 
extremo de cada cinta va asido un niño ó un grupo 
de niños, representando todos en su conjunto y 
muy lindamente los siete sacramentos de la santa 
Iglesia. 

Otros niños con vestiduras talares y con alas de 
querubines llevan en sus hombros el arca de la 
aUanza, como recuerdo de la ley antigua, anterior 
á la Buena Nueva y á la ley de gracia. 

En fin, para mi gusto todo está tan bien, que 
si no fuera por el temor de que me tildasen de 
impertinente y de extenderme demasiado en des- 
cripciones impropias de este lugar, seguiría rela- 
tando sin cansarme y con deleite artístico cuanto 
se representa en Villalegre en aquellos cuatro días. 

Baste indicar aquí que el Viernes Santo al ano- 
checer, se celebra el santo entierro, en el que no 
parecen ya las figuras simbólicas de los personajes 
de la Antigua Ley; sólo hay nazarenos, hermanos 
de Cruz, llevando cada cual á cuestas la suya y 
haciendo gala de que sea pesada y grande, y solda- 
dos romanos y no pocos judíos, convertidos ya, 
en prueba de lo cual llevan en las manos sendos 
rosarios y van rezando devotamente. Hay, por 


276 JUANITA LA LARGA 

Último, muchos hombres y niños piadosos que 
alumbran el entierro con velas. 

Pero la procesión más solemne y conmovedora 
es la que se verifica el Sábado Santo desde las 
nueve de la mañana hasta medio día. 

En ella sale únicamente la imagen de Maria< 
Santísima de la Soledad, que es como el paladión 
de la villa y que se custodia y venera en el templo- 
más antiguo que existe allí, al otro extremo de la- 
nueva parroquia, en la cumbre del cerro que domi- 
na la población, en la Acrópolis, como si dijéramos,. 
y al lado del abandonado castillo del duque, desde 
donde éste salía con su mesnada á combatir á lo& 
moros fronterizos y á entrar en algarada por las 
tierras granadinas. 

Aquella imagen es una obra maestra del arte 
cristiano en la época de su mayor florecimiento en 
España. Es cierto que se puede decir que el escul- 
tor no hizo más que la cabeza y las manos: el 
pensamiento puro y celestial y el medio por cuya, 
virtud puede convertirse en acción el pensamiento. 
Pero aquellas manos y aquel rostro son de admira- 
ble belleza. Aquel rostro parece divino, combinán- 
dose en él la expresión del dolor más profundo y la 
humilde conformidad con la voluntad del Altísimo. 
Los ojos de la Virgen son hermosos y dulces; el 
llanto los humedece. En las mejillas de la imagen 
hay dos ó tres lágrimas como el rocío en las rosas. 

En el resto de la imagen no se advierte forma ni 
dibujo de cuerpo de mujer. Todo está cubierto de 
un riquísimo y extenso manto de terciopelo bordado 
de oro. 



JUANITA LA LARGA 279 

El artista, al representar el Etej^no femenino, la 
fusión en el dolor de las dos excelencias de la 
mujer, como virgen y madre, se diría que huyó de 
lo corpóreo y sólo quiso prestar forma visible al 
espíritu. 

Sobre los adornos y bordados de la tánica de la 
Virgen se ven las empuñaduras de las siete espadas 
que le traspasan el pecho. 

En la procesión del Sábado Santo, todos los per- 
sonajes del Antiguo Testamento y los judíos y los 
soldados romanos se desvanecen y se eclipsan ante 
la divina imagen de la Virgen. Sólo la acompañan 
el clero y la muchedumbre piadosa con innumera- 
bles velas y cirios encendidos. 

Con devoción y recogimiento anda la procesión 
el camino marcado; pero apenas vuelve y entra de 
nuevo en su iglesia, todas las campanas de la villa 
tocan á gloria con estruendoso repique; un toro de 
cuerda muy bravo sale á la calle y los aficionados 
le lidian y capean; en la cárcel se da libertad á un 
preso que hace de Barrabás, y en varios sitios á 
propósito, donde hay poco peligro de matar á nadie, 
se ahorcan sendos Judas, ó sea grandes muñecos 
de trapo, rellenos de estopa y de triquitraques, 
contra los cuales disparan tiros los mozos que 
tienen escopeta, hasta que los Judas arden dando 
muchos triquitracazos y tronidos. 

De esta suerte terminan con el regocijo de la 
resurrección del Señor las interesantes fiestas de 
Semana Santa. 



"•oDO andaba revuelto 
aquel día en la parte 
1, de la casa del cacique. 
Se entregaba la gente á di- 
versos trabajos, para prepa- 
rar una gran fiesta que ha- 
bía de realizarse al otro dia. 
Miércoles Santo. La procesión, 
preámbulo de las otras , y que 
liüliia ser en dicho miércoles por la 
* •# tíinlc, era dirigida y costeada todos 

los años por el señor D. Andrés Ru- 
bio, hermano mayor de la más im- 
portante cofradía. 

Habían de salir en esta procesión tres obras 
maestras de escultura, tan pesada cualquiera de 
ellas que para llevarlas en andas por las calles era 
menester un ejército de nazarenos. 

IJa primera escultura representa al Señor de la 


282 JUANITA LA LARGA 

PoUinita. Jesús cabalga sobre el humilde animal^ 
y entra triunfante en Jerusalén. 

El pueblo, compuesto de gran número de na- 
zarenos, de soldados romanos y de judíos, debía, 
marchar delante de la referida imagen con palmas- 
y con grandes y frondosas ramas de olivo. 

Después, precedida de todos los ensabanados^ en- 
colchados y jumeones que se pudiese, tenía que salir 
la Cena, cuyo peso es enorme, pues consta Isu 
imagen completa de trece figuras de tamaño natu- 
ral y de la mesa, que algo pesa también y que vau 
cubierta y adornada de flores, de las más exquisitas- 
frutas que desde el otoño han podido conservarse 
hasta aquel día con el mayor esmero, y de un 
elevado y complicadísimo ramillete de dulces, don- 
de echa el resto el más listo é ingenioso de los- 
confiteros. 

En pos de la Cena, y precedida también de 
mucha gente, había de salir la Oración del Huerto, 
donde Cristo ora de rodillas; un ángel, que quiere 
estar en el aire, pero que se apoya en el ramaje de 
un olivo, ofrece á Cristo el cáliz de la amargura, y 
los discípulos yacen por tierra dormidos. 

Terminada la procesión, el señor don Andrés- 
tenía que echar el bodegón por la ventana y dar de 
cenar á los apóstoles, á los profetas, á los antiguos 
personajes bíblicos, á la plebe de Jerusalén, á los. 
nazarenos y á la guarnición romana. 

Las tres obras de escultura de que hemos hablado- 
estaban ya expuestas al público el martes, no en 
las iglesias, sino en una inmensa sala baja entapi- 
zada de rojo damasco, adornada de cornucopias,. 


JUANITA LA LARGA 283 

flores y verdura, é iluminada por la noche con 
profusión de velas de cera. 

Para cuidar de todo esto había elegido don An- 
drés á Juana la Larga, quien en los dos días del 
martes y del miércoles apenas podía salir de casa 
de don Andrés ó ir á la suya, á no ser á la hora de 
recogerse para dormir. 

El miércoles, singularmente, el trabajo de Juana 
era atroz. Ella dej)ía condimentar para toda aquella 
tropa la espléndida cena de vigilia. Habría potaje 
de garbanzos con espinacas; como principal plato 
de resistencia, bacalao en sobrehúsa; y como plato 
ligero ó de chanza delicada, una exquisita alboro- 
nia, que pudiese celebrar, si resucitase, el mismo 
famoso cocinero de Bagdad, que la inventó, dándole 
el nombre de la bella Alborán, sultana favorita del 
califa Harun Alraschid, héroe de las Mil y una 
noches^ princesa á quien dicho cocinero tuvo la 
honra de dedicarla. 

Claro está que para postre no habían de faltar 
los ineludibles pestiños y que había de abundar el 
vino para apagar la sed que causan la sal, conser- 
vada en el bacalao á pesar del remojo, y el picante 
de las mil ristras de guindillas y de cornetas que 
en tal día se consumen. 

Se esperaba además que llegase á tiempo de 
Málaga mucho cazón fresco que Juana guisaría y 
haría servir á todos, ó bien solamente á los apósto- 
les, profetas y reyes, si no llegaba cazón suficiente 
para el vulgo. 

Por último, Juana había prometido hacer un 
plato de su invención, con el que la gente menuda 


284 JUANITA LA LARGA 

se chupa por allí los dedos de gusto; plato que 
tiene la singularidad de remedar, en cuanto cabe 
en lo humano, el milagro de pan y peces, pues con 
dos docenas de huevos y media hogaza para pan 
rallado, se hartan cien hombres, gracias al sabroso 
ajilimójili en que ella rehogaba las livianas tortillas, 
después de haberlas frito, y en cuyo caldo se remoja 
el pan y se convierte en sopas que se engullen con 
deleite. Á este plato de su invención, Juana dio 
el nombre de hartabellacos. 

Prometía la cena del miércoles ser muy divertida, 
amenizándola con sus chistes un criado muy gra- 
cioso que tenía don Andrés y que hacía en todas las 
procesiones el papel de Longino, soldado fanfarrón 
y galante antes de dar la sacrilega lanzada, y ciego 
después, que persigue al lazarillo, el cual se le 
escapa y le hace en las procesiones mil burlas y 
perrerías. 

Lamentan algunas personas , pero yo no puedo 
menos de aplaudirlo en vez de lamentarlo, que el 
señor obispo haya prohibido, desde hace mucho 
tiempo, que salga en las procesiones otro personaje 
que salía antes, mil veces más cómico que Longino. 
Era este personaje José, el hijo de Jacob, porque, 
según decía el vulgo, no era ni fú ni fá. No era 
ensabanado, porque como primer ministro y favo- 
rito que había sido de Faraón, no podía vestirse 
pobremente con sábanas. Y no era tampoco encol- 
ckado, porque iba sólo con la túnica y no llevaba 
colcha ó sea manto ó capa, á ñn de indicar que la 
mujer de Putifar se había quedado con ella. El 
que hacía de José solía ser el más chusco de los 


JUANITA LA LARGA 185 

campeeinos, que aparentaba asustarse al ver mu- 
chachas bonitas en los balcones, y ya se tapaba los 
ojos para no verlas, y ya huía, haciendo contorsio- 
nes y dando chillidos. 

Menester es cootesai; que hizo muy bien el señor 
obispo en prohibir la aparición de esta figura, dado 
que sea exacto lo que se cuenta y que no se exage- 
ren los melindres y chistes del fingido casto José. 
Como quiera que ello sea, el punto se puede pasar 
por alto, porque no es de los esenciales en esta 
historia, 

Lo esencial es que Juanita tuvo que pasarse sola 
y sin su madre casi los dos días enteros y tuvo que 
esperar hasta las diez de la noche del Miércoles 
Santo para poder hablar á su madre con reposo. 

Por eso Juanita habla citado ¿ don Paco en casa 
de ella para media hora después: para las diez y 
media. 

Ahora me incumbe referir aquí, sin mis digre- 
siones, los casos memorables en que intervino 
Juanita hasta que llegó dicha hora. 



(M»A 



DON Andrés Rubio, en medio del jaleo y tras- 
torno que había en su casa, estaba tranquilo 
sin mezclarse en cosa alguna. Sus dependientes y 
■criados, con la hacendosísima Juana á la cabeza, 
cuidaban de todo y se esforzaban á porfía para que 
.sahese con el mayor lucimiento. 

Como la casa era tan espaciosa, que á no ser 
por su sencilla rustiquez y carencia de adornos 
arquitectónicos pudiera pasar por palacio, don 
Andrés, refugiado en sus habitaciones del piso 
principal, se sustraía al bullicio, y, segdn he indi- 
cado ya, estaba tranquilo. 

Entiéndase, con todo, que esta tranquilidad no 
era mental, sino corpórea. Mentalmente el cacique 
estaba agitadlsimo. 


288 JUANITA LA LARGA 

Por medio del maestro de escuela, á quien había 
hecho venir y con quien había hablado, sabía ya 
cuanto el maestro de escuela sabía. 

Don Pascual, creyendo hacer un bien á sus 
amigos, había revelado á don Andrés los celos y la 
desesperación de don Paco, causa de su fuga; lo 
que á don Paco había ocurrido en sus dos días de 
campo; el amor de Juanita, tan enamorada de él 
como él de ella, y el sentimentalismo de Juanita 
en favor de Antoñuelo y su deseo vehemente de 
salvarle, hallando los ocho mil reales- para tapar la 
boca del tendero murciano. 

Hasta aquí sabía don Pascual, y hasta aquí supo 
don Andrés, sin llegar á saber lo del pagaré ni la 
visita de Juanita á don Paco, que fueron sucesos 
posteriores y que don Pascual ignoraba. 

Don Andrés, por experiencia propia, no era muy 
inclinado á creer en la virtud de las mujeres. No 
tenía tampoco motivo alguno para hacer de Jua- 
nita una excepción honrosa. Al contrario, la jua- 
gaba desenvuelta, provocativa y educada en plena 
libertad por una madre ordinariota é ignorante, de 
la clase más baja de la sociedad y antigua pecadora 
más ó menos arrepentida. 

Como hombre á quien la elevada posición no 
venía de abolengo porque su padre y él se habían 
levantado por saber y esfuerzos sobre la plebe á 
que pertenecían, don Andrés, sin poderlo remediar, 
y más bien á causa que á pesar de su mucho 
entendimiento, tenía peor opinión de la gente me- 
nuda que aquellos que desde tiempo inmemorial, ó 
después de una larga serie de antepasados ilustres. 


JUANITA LA LARGA 289 

descuellan entre el vulgo. Suelen éstos atribuir la 
superioridad que tienen y el acatamiento que se les 
da á circunstancias dichosas; á haber nacido donde 
han nacido; é una ficción social y legal de que en 
lo íntimo de su alma no pueden jactarse. De aquí 
que sean modestos en el fondo y que por naturaleza 
consideren igual ó superior á ellos á la más ínfima 
y cuitada criatura humana. Por el contrario, don 
Andrés, como no pocas otras personas que por ellas 
mismas se encumbran, se sentía muy superior á 
cuantos prójimos le rodeaban. Y como él era ade- 
más inteUgente escrutador del valer propio, y se 
encontraba, aunque apenas osaba confesárselo, con 
no pocos defectos y vicios, no podía menos de 
atribuir ó de conceder muchísimos más á cuantas 
personas miraba en torno de él, dominándolas y 
humillándolas. 

Así predispuesto, y valiéndose de los datos que 
ya tenía, trazó don Andrés en su mente el carácter 
de Juanita y compuso á su manera la historia de 
la muchacha. 

Para explicarse el empeño que ella formaba en 
salvar al hijo del herrador, dio por cierto que había 
sido muy prematuramente su amiga. Y en el amor 
de Juanita á don Paco no vio más que el plan de 
casarse con el hombre más importante que después 
de él había en la villa. 

Ambos planes repugnaban extraordinariamente 
al cacique. Querer salvar á Antoñuelo, aunque 
Antoñuelo fuese su pariente más ó menos lejano, 
le parecía detestable y absurda aberración. Lo que 
convenía era la condenación de Antoñuelo para 

19 


290 JUANITA LA LARGA 

escarmiento de otros picaros y para seguridad y 
descanso de las personas pacíficas y honradas. Don 
Andrés había censurado siempre la compasión 
malsana que los criminales suelen inspirar en 
nuestro país y había aplaudido la impaciente seve- 
ridad con que los yankees lynchan sin escrúpulo á 
quien la justicia anda rehacia en dar el merecido 
castigo. 

El casamiento de don Paco con Juanita le parecía 
aún mayor monstruosidad. Acaso en un principio 
Juanita gustaría de don Paco, pero pronto sentiría 
la desproporción de edad, porque la de don Paco 
era triple que la de ella, de suerte que don Andrés 
preveía y deploraba proféticamente que Juanita 
acabaría por poner en ridículo al ilustre secretario 
del Ayuntamiento y por hacerle muy desgraciado. 
Por otra parte, don Andrés temblaba al pensar en 
el furor de doña Inés cuando descubriese que 
Juanita, con su hipocresía y sus embustes, la había 
estado engañando, y que, en vez de meterse monja, 
se casaba con don Paco, y daba por madrastra, á 
ella, enlazada ya con la familia más noble de toda 
aquella comarca, después de la familia del duque, 
á la hija ilegítima de una mondonguera. 

Doña Inés, si tal cosa se realizase, sería capaz 
de tener un ataque de rabia ó de estallar como una 
bomba. 

Calculaba don Andrés que él podía prestar dos 
muy importantes servicios: uno á doña Inés, impi- 
diendo que su padre la avergonzara casándose con 
una muchacha de tan ruin y humilde clase, y otro 
á don Paco abriéndole los ojos para que al fin 


JUANITA LA LARGA 291 

comprendiese que Juanita no le queria sino por 
interés, y que él no debía casarse con ella por ser 
indigna de su cariño. 

El desengaño sería cruel para don Paco, pero 
don Andrés se disculpaba la crueldad, recordando 
aquello de quien bien te quiere te hará llorar y lo 
otro de la letra con sangre entra. 

AI prestar estos dos servicios no se le ocultaba á 
don Andrés lo mucho que él se exponía. Se exponía 
por una parte á que doña Inés llegase á saber que 
él quería seducir ó había seducido á Juanita, lo 
cual enfurecería á doña Inés por dos razones: por- 
que contrariaba sus planes místicos de que Juanita 
fuese monja y porque deslucía ó manchaba el amor 
(sin duda platónico) con que el propio don Andrés 
la estaba, hacía más de siete años, complaciendo, 
tal vez poetizándole la vida, y consolándola de 
tener un marido tan perdulario. Y se exponía 
además á que don Paco no quisiese aguantar la 
lección, prescindiese de todos los favores que le 
debía y le buscase camorra. 

Don Andrés no se arredraba ante la previsión 
de un duelo. Manejaba bien la espada y la pistola, 
y don Paco no sabía de esgrima y jamás había 
tomado una pistola en la mano; pero bien podía don 
Paco, como lugareño que era y nada acostumbrado 
á perfiles y á ceremonias, perder un día la cabeza 
y rompérsela á él, porque tenía la mano pesada y 
manejaba bien el garrote, de lo cual, aunque pací- 
fico, había dado ya diversas pruebas, además de la 
que salió tan cara á Antoñuelo. 

La primera vez, huyó don Paco porque se juz- 


292 JUANITA LA LARGA 

gaba desdeñado de Juanita y razonablemente na 
podía darse por ofendido ni de que ella favoreciese 
á otro ni tampoco del amante favorecido. 

El caso era ya muy diferente, don Andrés, aun- 
que no lo sabía, sospechaba que Juanita y don 
Paco se verían ó se habrían visto y estarían de 
acuerdo. Cualquier favor, por consiguiente, que á 
él hiciera Juanita, sería una infidelidad de ésta, y 
para don Paco un agravio que probablemente no 
se resignaría á sufrir y del que resolvería tomar 
venganza. 

A pesar de tales inconvenientes, don Andrés na 
se arredraba. Se sentía picado de que á él, omni-^ 
potente en Villalegre, se le desdeñase de aquel 
modo. El mismo desdén estimulaba más su deseo. 
Hasta por amor propio quería á toda costa triunfar 
de Juanita. Ardua era la empresa, pero él no se la. 
figuraba tan ardua. Juanita había coqueteado con 
él y le había provocado. Era cierto que, cuando la. 
besó en la antesala, ella le rechazó con furia, ¿pero 
no fué acaso furia fingida porque entró don Paco y 
le vio entrar ella? Don Andrés dio por seguro que 
fué furia fingida. 

— Ya veremos — decía para sí — si me rechaza 
donde y cuando esté ella segura de que no entra- 
don Paco á interrumpirnos. 

A pesar de su momentánea rivalidad, don Andrés 
quería de corazón á don Paco, reconocía todo su 
mérito, apreciaba todos sus servicios y distaba, 
mucho de querer hacerle el menor daño. Lejos de 
eso lo que anhelaba era desengañarle en sazón j 
oponerse á su absurda boda. 


JUANITA LA LARGA 293 

De todos modos, á fin de precaverse contra el 
peligro de que don Paco no gustase de ser des- 
-engañado, y de que, en un instante de celosa locura, 
llegase al extremo de apelar al garrote, don Andrés, 
<jue de ordinario no llevaba armas, tomó un pe- 
queño revólver de seis tiros y se le guardó en la 
faltriquera. 

Antes de salir de casa, á eso de las diez de la 
mañana, habló don Andrés con el criado de mayor 
confianza y más listo que tenía. Era su secretario, 
su ayuda de cámara, su confidente favorito y al mis- 
mo tiempo su bufón, porque tenía mucho chiste: 
baste decir que hacía de Longino en las procesiones. 

Don Andrés recomendándole el más profundo 
«igilo y la mayor cautela, hubo de hablarle así: 

— Deseo y necesito tener una entrevista á solas 
•con cierta persona que de seguro no querrá venir á 
mi casa, al menos la vez primera, aunque después 
aprenda el camino y venga con gusto. Posible es 
también que dicha persona se niegue á recibirme 
«i yo directamente ó valiéndome de tí pido á ella 
que me reciba. Importa, pues, que tú te dirijas á 
la criada de dicha persona y ganes su voluntad, 
-con presentes ó como quiera que sea, para que ella 
hable con su ama y la convenza y la incline á 
•darme la cita. Quiero que esto sea en todo el día 
•de hoy ó en el de mañana, hasta las nueve de la 
noche. Durante este tiempo la ocasión es propicia y 
<3onviene no perderla. Acaso ocurra que la persona 
<jue yo pretendo me cite no se preste á confesar 
que accede á la cita y guste de aparentar que yo, 
j)or traición de su criada, entro á pesar suyo en su 


294 JUANITA LA LARGA 

casa y la sorprendo. Para que nadie se entere^ 
porque no quiero disgustar ni ofender á nadie, debe 
ser la cita y debo yo ir á ella después de anochecido. 

— ^¿Y quién es la persona que ha de citar á V. E. y 
que gasta tanto melindre? — se atrevió á preguntar 
Longino. 

— Pues la persona — contestó don Andrés bajando 
más la voz — es Juanita la Larga. 

Muy sorprendido se mostró Longino al oir esto^ 
lo cual agradó sobremanera á don Andrés, porque 
era prueba evidente del misterio y del disimula 
con que él hasta entonces había perseguido á leu 
muchacha. Cuando Longino no había sospechada 
lo más leve era indudable que nadie en el lugar lo 
sospechaba y que el secreto, hasta entonces, se 
había guardado entre don Paco, él y ella. 

Muy satisfecho Longino del encargo delicadísima 
que su señor acababa de confiarle, prometió hacer 
prodigios de destreza para que nada se divulgase y 
para que todo se lograse. Informó además á su ama 
de que Eafaela, la criada de ambas Jiíanas, á quien 
él cono/íía, era muy callada, muy lista y muy expe- 
rimentada, porque frisaba ya en los cincuenta, 
años y la había corrido en su mocedad, y si bien la 
fortuna siempre le había sido adversa, ella sabía- 
dónde le apretaba el zapato. 

— Otro gallo le cantara — dijo Longino — y na 
estaría de fregona si la fortuna no fuese tan capri- 
chosa y tan ciega. 

Terminado este coloquio, todavía antes de saUr 
de casa tuvo don Andrés otra conversación intere- 
sante. 


JUANITA LA LARGA ^ 295 

Quien habló con él fué una mujer que entraba 
á verle con frecuencia y que le traía y le llevaba 
recados de la señora doña Inés López de Boldán, 
sin duda para los negocios y obras de caridad que 
ellos trataban y hacían juntos. 

La interlocutora de don Andrés ya comprenderá 
el lector que fué Serafina. 

Venía á decirle que su ama quería hablar con él 
y que le rogaba que fuese á su casa á la hora de la 
siesta. 

Tan preocupado estaba don Andrés que, por más 
que el menor deseo de doña Inés fuese para él 
soberano mandato, se excusó de ir por la multitud 
de quehaceres que le agobiaban y sólo prometió ir 
á la tertuha por la noche. 

Para que doña Inés se entretuviese en su soledad 
ó en compañía de Juanita la Larga dio don Andrés 
á Serafina dos bellísimos libros devotos que acaba- 
ban de reimprimirse en Madrid, y que el librero Fé 
le enviaba, sabedor de las inclinaciones ascéticas y 
místicas de la señora principal de Villalegre. Eran 
estos dos libros el Tratado de la Tribulación, de 
Fray Pedro de Rivadeneira, y La Conquista del 
reino de Dios, de Fray Juan de los Angeles. 

Serafina dio á entender á don Andrés que su ama 
tenía grandísima curiosidad de saber quién había 
apaleado á Antoñuelo y por qué motivo. Y juzgando 
don Andrés que la verdad era el mejor disimulo en 
este caso, contó á Serafina, para que se lo refiriese 
á su ama, que don Paco, después de haber vagado 
por extravagancia y capricho descubrió el secuestro 
del tendero murciano, y que para libertarle y aun 


296 JUANITA LA LARGA 

para defender la propia vida tuvo que apalear al 
hijg del herrador, sin conocerle hasta después, 
porque llevaba carátula. Todo se explicaba asi con 
la misma verdad y don Andrés alejaba de la mente 
de doña Inés hasta la menor sospecha. 


XXXIX 


JUANITA, después de haber declarado su amor á 
don Paco y después de tener por seguro que no 
procesarían á Antoñuelo, se puso tan contenta y se 
aquietó de tal suerte, que desistió de todo propósito 
de venganza contra doña Inés, á pesar de lo mucho 
que doña Inés la había molido. Se arrepintió tam- 
bién de su prolongado disimulo y se propuso, sin 
retardarlo ya más que hasta el día siguiente miér- 
coles, entre diez y once de la noche, hacer público 
8U noviazgo y su futuro casamiento con don Paco. 
Hasta entonces tenía ella una vaga esperanza 
de poder preparar el ánimo de doña Inés, á fin de 
evitar su enojo; pero si esto no se lograba, Juanita 
estaba decidida, contando con la decisión de don 
Paco, á arrostrar el enojo de doña Inés y el de todo 
el mundo y á hacer su gusto casándose, aunque 
ella, su futuro y su madre tuvieran que abandonar 
por insufrible el pueblo de Villalegre, perdiendo la 
posición de que en él gozaban. 


298 JUANITA LA LARGA 

A Juana la había visto un breve instante, pero 
confiaba tan poco en su circunspección y en la 
serenidad de su juicio, que no se atrevió á decirle 
nada ni á informarla de sus proyectos, de repente 
y sin preámbulo alguno. Aguardó, pues, hasta el 
día siguiente, cuando su madre volviese ya de casa 
de don Andrés después de concluido su trabajo, i 
la hora en que había citado ¿ don Paco, para que 
él también hablase á su madre y los tres se pusie- 
sen de acuerdo. 

Entre tanto Juanita creyó prudente y decoroso 
no ver á don Paco, y violentándose le impuso la 
condición de que no la buscase ni tratase de verla. 
Juanita tenía tantos negocios que arreglar y tantas 
cosas en que pensar y que hacer, que no quería que 
por lo pronto la distrajesen de ello sus amores. 

Era Juanita devotísima de la Virgen de la Sole- 
dad y subió á la iglesia que está cerca del castillo y 
donde se venera su imagen, á darle gracias por los 
beneficios ya recibidos y á rogarle fervorosamente 
para que la fortaleciese en sus propósitos, que ella 
creía santos y buenos. 

Casi toda la gente estaba en la parte baja y llana 
de la villa. La parte alta, donde están el castillo y 
la antigua iglesia, se hallaba aquel día muy solitaria. 

Juanita oró largo rato en el templo, casi desierto. 
Al salir de él tuvo la desagradable sorpresa de en- 
contrarse con don Andrés, que la había espiado, 
que la había visto subir, que la había seguido y que 
la aguardaba á la puerta. 

Grandes fueron la desazón y el sobresalto de la 
muchacha. Aunque ella creía haber disipado todos 


JUANITA LA LARGA 299 

los recelos de don Paco y haberle inspirado con- 
fianza bastante para que no la vigilara, todavía 
temió que don Paco ó la viese en compañía de don 
Andrés ó supiese por alguien que iba en su compa- 
ñía, y aunque contra ella no formase queja, acabase 
por ofenderse de la obstinación con que don Andrés 
la perseguía y rompiese con él de una manera es- 
truendosa. 

Su desazón y sus temores se acrecentaron al ver 
que don Andrés se acercó á ella; la acompañó 
mientras bajaba la cuesta, la requebró con más 
fervor que respeto, le recordó los besos de la ante- 
sala y le hizo las más atrevidas proposiciones. 
Como don Andrés ignoraba el concierto de Juanita 
con el tendero murciano, venció su repugnancia á 
dejar impunes ciertos delitos, y entre otras ofertas 
hizo á Juanita la de dar él los ocho mil reales para 
que no fuese acusado Antoñuelo. 

— ^Ya no necesito el dinero, señor don Andrés — 
dijo Juanita. — Don Eamón ha recuperado lo que 
se le debía y ha prometido callarse. Ahora yo su- 
pHco á V. E. que me deje y no me persiga, y que 
no me ofenda proponiéndome lo que no puede ser. Y 
si V.E. no se retrae de seguirme por mi respeto, por- 
que yo se lo suplico con humildad, retráigase por 
el temor de ofender á personas que le son queridas. 

— Yo no temo que esas personas se ofendan. 

— Pues yo sí lo temo. Temo que se ofenda mi 
señora doña Inés, á quien bien quiero y á quien 
debo mil favores. Y temo más aún que se ofenda 
don Paco, quien... fuera disimulo, ya es tiempo de 
que lo sepa V. E. si no lo sabe... es mi novio. 


joo JUANITA LA LARGA 

— ¿Y cómo — dijo don Andrés — recelas tú que don 
Paco 86 escape otra vez y se vaya á vagar por esos 
andurriales? 

—Mucho me pesaría — replicó Juanita — de que 
hiciese tal cosa; pero en esta nueva ocasión no sería 
eso lo que él haría, sino algo que yo lamentaría mil 
veces más. Yo quiero 
que él y que V. E., á 
quien debe él tantos 
favores, sigan siendo 
buenos amigos. Para 
ello es indispensable 
que se reporte V. E. y 
no me falte. 

—Al contrario — dijo 
don Andrés sonriendo 
con sonrisa algo forza- 
da. — Quien me falta 
eres tú. Dame una cita 
para verte en tu casa 
á solas y ya verás como 
no te falto. Todo será 
con recato y sigilo. Nada sabrán ni don Paco ni doña 
Inés, y no tendrán de qué quejarse ni de tí ni de mí. 
Llegaban en .e«tc & la plaza, después de haber 
bajado la cuesta. Juanita, sin hacer atención á las 
últimas palabras de don Andrés y temerosa de que 
la vieran con él porque allí había mucha gente, ex- 
clamó con cierta angustia: 

— Por amor de Dios, señor don Andrés: déjeme 
V. E. en pftz, y no se comprometa ni me com- 
prometa. 



JUANITA LA LARGA 301 

DoD Andrés conoció ain duda que tenia razón la 
muchacha; cedió á su súplica, y se apartó de ella. 
Juanita volvió Bola ¿ su casa, afligidísima, des- 
corazonada y humillada al ver cuan poco respeto 
infundia. 

Era mayor su humillación al considerar que en 
aquellos días últimos hasta el idiota de don Alvaro, 
á pesar de los sofiones de que habla sido objeto, 
habla vuelto á las andadas, mostrándose con ella 
insolente y atrevido. 

Luego que entró Juanita en su cuarto, cerró los 
puños con cólera , se echó boca abajo en la cama y 
sollozó con amargura. 



J 


XL 


EBA doña Inés López de Boldán personaje de 
carácter tan enrevesado y complejo que & 
menudo me arrepiento de haberla sacado á relucir 
como ima de las dos heroínas de esta historia, por- 
que hallo difícil describirla bien y trasmitir á mis 
lectores concepto igual al que tengo formado de 
ella, investigando y dilucidando con claridad el 
móvil de sus pasiones y de sus actos. 

Ella misma, como era reflexiva y pensadora, y 
como en sus ratos de ocio, que no eran pocos, había 
leído y aprendido bastante, se afanaba por lograr el 
propio conocimiento y le encontraba harto obscuro. 

Las doctrinas de esto que llaman teosofía, noví- 
simas en Europa, aunque antiquísimas en la India, 
no habían aportado aún por Villalegre, y doña Inés 
no podía, fundándose en ellas, suponer que su ser 
íntimo constaba de siete diversos principios: pero 
doña Inés sabía que Platón daba, sobre poco más 
ó menos, tres almas á todo ser humano. Haciendo- 


304 JUANITA LA LARGA 

se, pues, platónica, se puso á sospechar que ella 
tenía tres almas. 

Confirmó su sospecha y casi la convirtió en cer- 
tidumbre el ver que, lejos de tener algo de herético 
aquel pensamiento, concordaba en cierto modo con 
la más sana y católica filosofía. 

Uno de los libros que con frecuencia y gusto leía 
doña Inés era el que escribió el iluminado y extá- 
tico varón Fray Miguel de la Fuente acerca de 
Las tres vidas del hombre. De aquí que no titubease 
doña Inés en imaginar que tenía tres vidas. Yo 
también lo imagino, y casi me atrevo á darlo por 
seguro. Sólo de esta suerte atino á entrever el tene- 
broso enigma de su figura moral y de su extraña 
condición y naturaleza. 

Había en doña Inés tres energías ó poderes dis- 
tintos, escalonados y sobrepuestos, ora de acuerdo 
los tres, ora independientes y en guerra, aunque 
formando, durante esta vida mortal, la unidad 
inseparable de su singular individuo. 

Para cada uno de estos poderes se había buscado 
doña Inés un ministro, ó si se quiere, una ministra. 
Para su alma sensual, que entendía y se empleaba 
en las cosas y negocios corpóreos y vulgares, tenía 
á Crispina, que la ponía al corriente de todos lo» 
sucesos del lugar sin elevación ni trascendencia. 
Para su alma sentimental, concupiscible, irascible 
y discursiva; para su facultad y aptitud de aborre- 
cer, amar y calcular, sobre todo en relación con lo 
temporal y visible, tenía á la discreta criada Sera- 
fina. Y para el alma pura ó ápice del alma, para la 
suprema porción del entendimiento y del afecto. 


jfüANlTA LA LARGA 305 

porción toda espiritual y divina, simple inteligencia 
ó mente, había estado doña Inés sin ministra du- 
rante largos años, hasta que por último la había 
hallado ó la había creído hallar en Juanita la Lar- 
ga, á quien tan injustamente despreció y odió de 
oídas y al verla por vez primera. 

Fué como perla que se descubre en un muladar 
y que se estima más cuando el que la descubre se 
persuade de que es fina. Fué como flor hallada en 
tieitra inculta, fuera de la cerca del huerto que se 
cultiva, y que por eso mismo sorprende y enamora 
más, celándola quien la posee por el temor de que 
la huelle j pisotee, á su paso, algún animal in- 
mundo. 

Así se comprende, en mi sentir, el amor y el 
celoso cuidado con que doña Inés miraba á Juanita, 
que era ya para ella lo más ideal de cuanto podía 
concebir en lo humano. 

Tal vez doña Inés reconocía con dolor que su 
propia alma suprema se había inficionado é impu- 
rificado un tanto por culpa de circunstancias exte- 
riores que habían hecho prevalecer y triunfar en 
varios puntos las otras dos almas, inferior y media. 
Y á fin de que no se le inficionase también el alma 
pura y superior de la amiga y ministra que había 
encontrado y que era su regalo y consuelo, quería 
doña Inés que Juanita fuese monja ó sea trasplan- 
tar la flor del campo abierto y sin defensa al huerto 
cerrado y defendido; pero como al propio tiempo se 
complacía y deleitaba con tener á Juanita cerca de 
sí, vacilaba aún y retardaba el día en que pensaba 
obligar á Juanita á retirarse al claustro. 

20 


3o6 JUANITA LA LARGA 

En el momento presente de nuestra historia, 
prevalecía en doña Inés el empeño de empujar & 
Juanita hacia el monjío. Preveía para ella peligros 
inminentes y ansiaba salvarla, aun & costa de pri- 
varse de su agradable presencia y de su dulce trato. 

Se comprenderá qué clase de peligros temía la 
señora de Boldán, si echamos una ligera ojeada 
retrospectiva y ponemos al lector en antecedentes. 

Dios me libre de ser calumniador y de pecar de 
malicioso. Quizás fuesen ponzoñosas hablillas de 
I9. malvada lengua del boticario, á lo que parece, 
acérrimo enemigo de Serafina. 

Serafina, que era también burlona y maldiciente, 
murmurando y haciendo mucha befa, había referido 
por todas partes que la hija menor del escribano, 
de cuya mala salud y ruin catadura se ha dado ya 
cuenta, estaba prendada del boticario y le deseaba 
como marido, aunque sólo fuese para no ser menos 
que su hermana mayor doña Nicolasita, la cual iba 
pronto á casarse con Pepito, el hijo del albardone- 
ro, famoso doctor en leyes. Sólo se aguardaba para 
celebrar la boda que el diputado sacase al novio un 
empleo de diez ó doce mil reales que le habían 
pedido hacía más de un año. Doña Nicolasita esta- 
ba más impaciente que nadie; echaba mil maldicio- 
nes al diputado, decía que no servía de nada y 
conspiraba para que en las próximas elecciones 
eligiesen á otro que sacase empleos con más facili- 
dad y prontitud. 

Entre tanto, ó de veras ó fingiéndolo, había en- 
fermado su hermana menor, y el boticario, que con 
permiso del médico, visitaba también y tenía bas- 


JUANITA LA LARGA 307 

tantes igualas, era quien asistía á la enfermita, y 
tenía que visitarla dos veces al día ó por lo menos 
de diario. Don Policarpo no se daba por entendido 
de la verdadera enfermedad y distaba mucho de 
querer aplicarle el conveniente remedio. La iguala 
que tenía con el escribano era de las más cuantio- 
sas del lugar: cada año cincuenta reales. Esto, no 
obstante, le parecía muy poco para pagar tanta 
visita; por lo cual, según Serafina, el boticario bus- 
caba compensación recetando mucho y obligando 
al escribano á gastar su dinero en potingues de los 
que él elaboraba en su casa. 

Yo me inclino á presumir que, ofendido el boti- 
cario por las burlas de Serafina sobre el mencionado 
negocio, divulgó contra ella lo que voy á contar 
como me lo han contado, sin responder de que sea 
verdad, exageración ó mentira. 

A lo que parece, don Alvaro Eoldán, que andaba 
antes extraviadísimo, lejos de su casa, muy á me- 
nudo en otras poblaciones, entregado á mil livian- 
dades y francachelas, y gastándose los dineros con 
doncellitas andantes que hospedaba en sus caserías, 
se había vuelto sedentario, casero, morigerado y 
mucho más económico. El picaro del boticario col- 
gaba á Serafina el milagro de esta conversión, y 
aun se atrevía á sostener que la señora doña Inés 
hacía la vista gorda y no se percataba del tal mila- 
gro, cuya comodidad y baratura no podía menos 
de celebrar en el fondo del alma. 

Como quiera que fuese, la verdad es que Sera- 
fina, que jamás notó que don Andrés persiguiese á 
Juanita, aunque si lo hubiera notado no lo hubiera 


3o8 JUANITA LA LARGA 

dicho, porque no le convenía decirlo, notó muy bien 
los atrevimientos de don Alvaro y sus persecucionea 
á Juanita, y enojada y temerosa de una usurpación 
de atribuciones, acudió á doña Inés con el soplo. 

Al principio no dio doña Inés grande importancia 
á la acusación; pero en aquellos últimos días la 
renovó Serafina con tal vehemencia é insistencia 
que doña Inés se puso sobre ascuas. Se puso como 
se pondría apasionada jardinera si viese que un 
sapo ú otro bicho feo y vicioso trataba de deshojar 
ó marchitar la planta florida que más la deleitase. 

Doña Inés estaba furiosa contra el sapo y llena 
de miedo también de que, interviniendo el diablo, 
que todo lo añasca, pudiese conseguir el sapo su 
detestable propósito. La misma inocencia de Jua- 
nita y la libertad y el abandono en que vivía, sin 
el arrimo y el consejo que suele prestar la prudencia 
de una madre, aumentaban el sobresalto de doña 
Inés. De aquí que ahora estuviera impaciente por 
consumar su sacrificio de separarse de la muchacha 
enviándola á un convento cuanto antes mejor. 


XLI 


DE harto mal talante, y á ñn de no faltar á la 
costumbre convertida ya en deber, Juanita 
acudió & casa de doña Inés para las lecturas y 
coloquios que ambas tenían á solas. 

Aquella tarde no hubo lectura, & pesar de los 
nuevos libros devotos que doña Inés habla recibido. 

La agitación de la ilustre señora no le consentía 
leer ni tratar de nada que no estuviese en inme- 
diata relación con el punto ó que no fuese el punto 
mismo que la traía tan inquieta y azorada. 

Lo que hizo doña Inés fué extremarse con Jua- 
nita en demostraciones de cariño. Ella misma se 
calificó de pastora y apellidó á Juanita inocente 
cordera, dándole* á entender, casi con lágrimas y 
con entrecortados suspiros, el fundado temor que 
la afligía de verla entre las uñas y los dientes del 
lobo. Persistiendo en su metáfora pastoril, ex- 
clamó: 

— ^Sí, hija mía; mi dolor sería inmenso si por 


3IO JUANITA LA LARGA 

imprevisión y descuido te dejase yo caer entre las 
garras de la infame bestia que anhela devorarte y 
viese el candido vellón de la cordera teñido en 
sangre y manchado con la impura baba del mons- 
truo. Es menester que yo te defienda y te ponga 
en salvo. Por mí sola no puedo vigilarte. Lo que 
puedo hacer y haré es conducirte pronto al redil, 
donde irás dócil y estarás segura. No acierto á 
encarecer, ni tú acertarás á figurarte cuan inmenso 
será mi sacrificio al separarme de tí, porque eres 
mi consuelo y mi encanto. Pero Dios quiere que 
nos separemos, y tendré que conformarme con su 
voluntad. 

Juanita, más sorprendida que asustada, abría 
mucho los ojos y no sabía qué responder ni qué 
pensar de todo aquello. Seguía silenciosa y sólo 
decía para sí: 

— ¿Qué monstruo será este que según doña Inés 
trata de devorarme? ¿Sabrá ella que don Andrés 
me persigue y me solicita, y le llamará por eso 
monstruo é infame bestia? Como quiera que ello 
sea, yo no me atrevo aún á decirle que no me da 
la gana de ir al redil y que fuera de él, y sin pas- 
tora ni nada, ya cuidaré que no me coma el lobo. 
Lo mejor, por lo pronto, es callarme y aguantar 
sus majaderías. El redil está lejos aún y ya tendré 
ocasión de sublevarme, de arrancar el cayadg de 
manos de la pastora, y hasta de sacudirle con él 
si se obstina en guiarme y en disponer de mí á su 
antojo. 

Con esta bien meditada resolución, Juanita no 
respondía sino con gruñiditos dulces y con términos 


JUANITA LA LARGA 311 

vagos á los apasionados discursos de su bella amiga 
y protectora. 

La paciencia de Juanita iba, sin embargo, ago- 
tándose. Bien podríamos asegurar que á Juanita no 
le quedaba ya paciencia ni para veinticuatro horas. 
Mucho le dolía no sacar al fin la menor ventaja de 
su sufrimiento y de su disimulo durante año y 
medio, y tener que retroceder al estado de guerra y 
á la situación en que después del sermón del padre 
Anselmo se había colocado. Por esto determinó 
sufrir aún y esperar hasta el siguiente día. 

Después de despedirse de doña Inés, á las siete 
de la noche, para volver á su casa, Juanita se 
encontró en la antesala con el señor don Alvaro, el 
cual vino hacia ella con suma galantería y le dijo: 

— Ingrata, cruel hechizo de mi vida, ¿por qué 
eres tan tonta y tan terca? Quiéreme y amánsate. 
No sabes lo que te pierdes con no quererme. 

— ^¿Qué he de perder yo, so peal? — contestó Jua- 
nita dándole un bufido, porque allí no había la 
menor razón para que ella refrenase su cólera. 

Bajó las escaleras, y antes de salir á la calle se 
encontró en el zaguán con don Andrés, que estaba 
aguardándola en acecho y que intentó retenerla 
asiendo su cintura. 

Con ligereza se escapó Juanita sin que don 
Andrés la tocara, y se puso en la calle de un 
brinco. Don Andrés la siguió. 

— Déjeme en paz V. E. — dijo ella;— no sea pesa- 
do, no sea imprudente. Mire que puede salirle mal 
este juego. 
. — ¡Hola, hola! ¿Te me vienes con amenazas? 


3W JUANITA LA LARGA 

— No son amenazas: son advertencias amistosas, 
señor don Andrés. Yo no pretendo asustarle, sino 
persuadirle de que tiene ya dueño lo que V. E. 
pretende poseer por un liviano capricho ó por el 
antojo de un mo- 
mento. 

— No quiero yo 
— replicó don 
Andrés con inso- 
lencia—privar al 
dueño de su pro- 
piedad. Imagina- 
tela como un 
hermoso jardín. 
¿Dejará de ser 
suyo y perderá el 
jardín su lozanía 
y sus primores 
porque un foras- 
tero de buen 
gusto y sigiloso 
entre en él por 
algunos momen- 
tos ó de vez en 
su verdura y de 



cuando y goce de sus flores, de 


— Señor don Andrés, el jardfn de que aquí se 
trata no tiene verduras, ni flores, sino para su amo. 
Para los demás, sin excluir á V. E., sólo tiene 
ortigas, aulagas, cadillos y cardos ajonjeros. Con 
qae así no sueñe V. E. con entrar en él para delei- 
tarse, porque se expone á quedar preso y pegado 


JUANITA LA LARGA 313 

con el ajonje, y á salir respingando, picado por las 
ortigas y todo cubierto de pinchos y de púas. 

Mientras hablaba así y mortificaba á don Andrés, 
Juanita apretaba el paso, y cuando estuvo ya cerca 
de su casa dio una carrerita, llegó á ella, abrió á 
escape con la llave que guardaba en el bolsillo y 
cerró la puerta de golpe. 

Tratando de distraer su mal humor, Juanita se 
puso á coser con precipitación, como si tuviese que 
terminar una tarea. 

Bafaela, la vieja criada, entraba y salla con 
frecuencia en la sala baja donde se hallaba Juanita; 
y abandonando la cocina dejaba ver que tenía 
mucha gana de enredar conversación con la joven. 
Le habló varias veces, pero distraída Juanita por 
sus pensamientos, sólo respondía con monosílabos, 
sin dar pábulo á la conversación, y la conversación 
espiraba. 

Bafaela se quedó una vez mirando en silencio la 
costura de la joven, y luego dijo: 

— Ay, niña, qué pena me da de verte tan afanada 
trabajando siempre! Tu madre también trabaja 
mucho. ¿Y qué ganan ustedes con esto? Muy poco. 
El trabajo de las mujeres está muy mal pagado. Es 
casi imposible el ahorro. Lo comido por lo servido. 
Vienen las enfermedades y la vejez y traen consigo 
la miseria. Entonces solemos arrepentimos de no 
haber sabido aprovechar la juventud y de haber 
desperdiciado las buenas ocasiones. 

— Veo que estás muy sentenciosa, Rafaela, — in- 
terpuso Juanita. — ¿Qué quieres indicarme con eso? 

— Pues quiero indicar que tú vives con mil 


314 JUANITA LA LARGA 

apuros, te cansas la vista y te estropeas las manos 
trabajando, y dejas que tu madre trabaje también 
como un azacán. Y todo, ¿para qué? Para vivir 
pobremente, comer mal y andar por esas calles 
hecha un guiñapo, cubierta la cabeza con un man- 
toncillo de mala muerte, cuando, si tú quisieras, 
podrías ir vestida como una reina y ser la envidia 
de las más encopetadas y ricas señoritas de este 
lugar, sin que la propia doña Inés dejara de con- 
tarse en el número de las envidiosas. 

— ¿Y cómo he de hacer yo ese milagro? — pre- 
guntó Juanita. 

— Nada hay más fácil — contestó Eafaela. — 
Estamos solas, y te hablaré sin rodeos. Hay un 
hombre, el más poderoso del lugar, que se pirra por 
tus pedazos. Con tu sandunga le tienes embobado 
y con tu desdén le tienes frito. Todo depende de tí. 
Deja de ser arisca, pronuncia una sola palabra, y 
tendrás cuanto quieras. 

Disimulando su enojo con una sonrisa, dijo en- 
tonces la muchacha: 

— ¿Y qué palabra es esa que he de pronunciar? 
¿Qué conjuro es ese que ha de poner en mis manos 
por arte mágica tan pasmosas riquezas? ¿Quién es 
el hechicero que acudirá á mi evocación y que será 
tan generoso conmigo? 

— Pues, quién ha ser niña — contestó Bafaela» 
animada al ver ó al imaginar que se recibían sin 
enojo sus insinuaciones. — Quién ha de ser sino el 
propio excelentísimo señor don Andrés Rubio? 

— ¿Y por dónde lo sabes tú? ¿Quién te enco- 
mendó que me vinieses con ese recado? 


JUANITA LA LARGA 315 

— Me lo encomendó... nada más natural... el con- 
fidente de don Andrés. Me lo encomendó Longino. 

— Ahora lo comprendo: como Longino es tan 
bromista ha querido damos una broma; porque 
supongo que no me tomará por Cristo ni pensará 
en darme una lanzada. 

— Ni lanzada ni broma. Longino te mira con el 
mayor respeto porque eres el ídolo de su señor y 
pretende con toda seriedad que recibas á su señor 
en tu santuario. 

— Pues mira, Bafaela — contestó Juanita — di á 
Longino cpn toda seriedad también, que es un 
galopín sin vergüenza, y que él y su amo se vayan 
á escardar cebollinos. 

— ^No te alteres hija; no te subas á la parra — dijo 
Bafaela al ver enojada á Juanita. — ¿Qué se pierde 
ni qué ofensa se te hace en tentar el vado? 

— Mejor será que tiente usted al diablo, tía bruja. 
Arre, fuera de aquí: móntese usted en el escobón y 
trasponga al aquelarre. 

— ^No es para tanto furor. Yo te lo proponía por 
tu bien y sin interés alguno. De desagradecidos está 
el infierno lleno. 

Bafaela se fué á la cocina refunfuñando. 

Juana volvió poco después de casa del cacique. 

Juanita siguió guardando silencio sin decirle nada 
de lo ocurrido. 

Aquella noche estuvo Juanita inquieta y desve- 
lada. Su orgullo, en su sentir humillado, le hería 
el corazón y no la dejaba dormir. ¿Con que no 
podría ella, por sí misma y libre, hacerse respetar? 
¿Sería menester acudir á don Paco para que la 


3i6 JUANITA LA LARGA 

defendiera, comprometiéndose? ¿Tendría razón doña 
Inés en aconsejarle que fuese monja? ¿Eran tan 
viles sus antecedentes que no podría ella ser esti- 
mada y acatada sino bajo la protección y tutela 
de un hombre generoso que le tendiese la mano 
y la sacase del fango en que al parecer había vi- 
vido? 

Estas y otras semejantes reflexiones atormenta- 
ban horriblemente á la muchacha y espoleaban su 
soberbia. 

Triste y ojerosa se levantó apenas fué de día. 

Dos ó tres horas estuvo cavilando, rabiando y 
formando distintos proyectos. 

Varias veces pensó en ir á ver á don Paco, á 
quien había prohibido venir á verla hasta las diez 
y media de la noche, y á quien se había propuesto 
no ver antes. Pensó contarle la insolente pretensión 
de don Andrés para que don Paco le tuviese á raya; 
pero pronto desistió de tan cobarde propósito. 

Al .fin, como Juanita era muy devota, tomó su 
mantón y se fué á rezar á la iglesia, esperando 
encontrar allí inspiración y consuelo. 

Juana se había ido ya de nuevo en casa de don 
Andrés á continuar en sus ocupaciones culinarias y 
en sus preparativos de la gran cena. 

No ya esta vez en la iglesia de la Soledad, que 
está en lo alto del cerro, sino en la nueva parroquia, 
antiguo convento de Santo Domingo, donde fué tan 
maltratada por el sermón, Juanita estuvo rezando 
fervorosamente, durante mucho tiempo. 

Al salir de la iglesia para volver á su casa, se 
encontró con Longino de manos á boca. Longino 


JUANITA LA LARGA 317 

Be acercó á ella, la saludó con socarrona finura y le 
dijo en voz baja, casi al oído: 

— ^No sea usted tan dura y tan sin entrañas. Np 
deje morir á quien se muere por usted de mal de 
amores. Déle la cita que humildemente le pide. 

Juanita dio un paso atrás como quien se aparta 
de objeto que le inspira asco y lanzó á Longino una 
mirada de soberano desprecio. 

Longino no la comprendió. 

Después, con todo el sosiego y con toda la frescu- 
ra de quien ha tomado una resolución firme y sabe 
lo que dice y lo que hace, Juanita contestó: 

— Diga usted á su amo que le aguardo esta noche, 
en mi casa á las ocho en punto. Bafaela abrirá la 
puerta. Yo estaré sola en la sala alta. 


XLH 


DON Paco pasó varias veces aquel día por la 
puerta de la casa de Juanita; pero no se 
atrevió á entrar en ella antes de la hora convenida. 

Aunque Juanita le vio, no quiso llamarle, ni 
hablarle, tal vez por temor de revelar involuntaria- 
mente cosas que quería tener calladas. 

Hasta las cuatro de la tarde estuvo sin salir de 
casa, cosiendo con la mayor tranquilidad. 

Entonces llamó á Bafaela y le dijo: 

— Oye, Kafaela: he mudado de opinión. Tus 
razones me han convencido. Esta noche recibiré al 
señor don Andrés. Ya está avisado, y creo que no 
faltará. Está á la mira tú; ábrele, si es posible, 
antes de que llame, y dile que suba á la sala alta, 
donde yo le aguardo. Tú no subirás ni acudirás, 
suceda lo que suceda. Hasta que no vuelva mi 
madre ha de parecer como si no hubiese nadie en 
esta casa sino yo y el señor don Andrés. ¿Me has 
comprendido? 


320 JUANITA LA LARGA 

— Te he comprendido y haré como lo dices — 
contestó Rafaela. 

En seguida se marchó Juanita á pasar la tarde 
con doña Inés, según tenía de costumbre. 

Con gran devoción y serenidad leyó á su madrina 
no pocas devociones y rezos propios de la Semana 
Santa en que estaban. 

Quiso en seguida doña Inés preparar y adoctri- 
nar á Juanita para el monjío , y echando mano á 
las obras del padre maestro Juan de Avila, á que 
ella era muy aficionada, le leyó, con comentarios y 
anotaciones de su cosecha, párrafos y aun capítulos 
enteros del muy edificante tratado que el mencio- 
,nado padre escribió para una monja, explanando 
profusamente aquellas palabras del santo rey David, 
que dicen: Oye, hija, é inclina tu oreja y olvida tu 
pueblo y la casa de tu madre (aquí ponía doña Inés 
madre en vez de padre para que viniese mejor á 
cuento) y codiciará el rey tu hermosura, Claro está 
que este rey era Cristo, con quien quería doña Inés 
que Juanita se desposase. 

En extremo alabó y ponderó doña Inés los ele- 
vados pensamientos de Juanita; pero añadió que 
á pesar de esos pensamientos elevados, podían 
brotar en su alma imaginaciones feas de cuyas 
importunidades y peligros debía defenderse. 

El engreimiento y la soberbia son muy malos, 
enojan mucho al cielo, y tal vez hacen que el cielo, 
para castigarnos, para humillamos ó para probar- 
nos mejor, permita que los enemigos del alma le 
den feroces ataques en la parte baja, mientras que 
su porción elevadísima se cree punto menos que 


JUANITA LA LARGA 321 

glorificada y en Íntimos coloquios y en unión estre- 
cha con lo divino. Asi Moisés, para ejemplo de esto, 
se hallaba en la cumbre del Sinaí conversando con 
el Altísimo, y la plebe entre tanto se le alborotó 
allá abajo y se puso á adorar los ídolos y se entregó 
á liviandades y torpezas. En vista de lo cual, doña 
Inés aconsejó á Juanita que desconfiase de sus 
bríos, y que no se juzgase muy aprovechada y 
segura de su poder sobre la plebe sediciosa, ni muy 
adelantada en el camino de la perfección, pues 
aunque siguiese el camino, bien podían estar em- 
boscados cerca de él y salirle al encuentro ladrones, 
que intentasen robarle la joya de la castidad. Para 
la custodia de esta joya, tanto ó más que la forta- 
leza, importan la modestia y el constante cuidado. 

Conviene no desechar el temor de perderla, y 
conviene huir del peligro, porque quien ama el 
peligro en él perece. 

Como doña Inés era muy elocuente y los puntos 
susodichos se prestan á variadas amplificaciones, 
el discurso de doña Inés, interrumpido á trechos 
por Juanita, más que para cortarle para avivarle, 
duró hasta después de las siete, que era lo que 
Juanita deseaba. 

Cercana ya la hora en que había citado á don 
Andrés, Juanita consideró indispensable hacera su 
amiga gravísimas revelaciones. 

— He oído con la debida atención — dijo la mu- 
chacha — todo lo que acabas de decirme, y te confieso 
que estoy atribulada y amedrentada. 

— ¿Y cuál es la causa, hija mía, de tu tribulación 
y de tu susto? 

21 


322 JUANITA LA LARGA 

— ^Pues... fuera vergüenza... á ti, que eres mi 
gula, debo confesártelo todo. Tus consejos y ad- 
vertencias de hoy vienen ya tarde. El engreimiento 
y la soberbia se han apoderado de mí y me han 
hecho pecar acaso mortalmente. 

— ¿Y cómo es eso? — interrumpió doña Inés, 
sorprendida y sobresaltada. 

— Te diré la verdad — contestó Juanita — Yo no 
he querido huir del peligro, sino buscarle y arros- 
trarle para triunfar de él. No he querido siquiera 
considerarle peligro y le he despreciado. Es más, 
la necia y constante amenaza me ha hecho perder 
la paciencia, y yo misma, para acabar de una vez, 
he emplazado, citado y llamado á singular combate 
al enemigo, que me tiene ya frita y harta de oir 
sus bravatas y provocaciones. 

— ^No te entiendo, explícate bien; ¿de qué brava- 
tas hablas? ¿Quién es el enemigo que te provoca? 

— Es el enemigo un caballero principal, tan 
audaz como rico, el cual entiende que no debe 
haber obstáculo que se le oponga ni voluntad que 
se le resista. 

Muy poética y elevada idea daban las palabras 
dé la muchacha del caballero su enemigo; pero doña 
Inés supuso que la elevación y la poesía eran obra 
de la imaginación de la muchacha; y despojando el 
concepto de las mencionadas cualidades, pensó 
reconocer en él, sin la menor duda, á su marido 
don Alvaro, de cuyas pretensiones estaba ya infor- 
mada por Serafina, y de cuyos atrevimientos andaba 
recelosa. Por algo á modo de pudor no excitó á 
Juanita á que pronunciase el nombre del atrevido. 


\ 
K 


JUANITA LA LARGA 323 

Ella creía saberlo sin que Juanita le pronunciara. 

Inquieta doña Inés, procuró investigar lo que 
más le importaba y dijo: 

— ¿Pero qué cita es esa á que aludes? ¿Á qué 
duelo, á qué singular combate te preparas? 

— Haré un esfuerzo — replicó la muchacha; — 
todo, todo lo sabrás, aunque me condenes por 
audaz ó me tengas por loca. El hombre de que te 
he hablado me asedia, me acosa, y viene á mí en 
la calle, en la iglesia y en tu misma casa, y me hace 
las más insolentes proposiciones. Espera deslum- 
hrarme y seducirme y que le rinda mi albedrío. La 
fatuidad con que él presume y se jacta de lograr 
todo esto me ha humillado, me ha vejado y me ha 
■ofendido. Quiero vengarme, y me vengaré. Quiero 
desengañar á ese hombre, y le desengañaré con el 
más duro desengaño. Por sí mismo y por medio de 
viles terceros se obstina en que yo le reciba á solas 
«n mi casa y me pide una cita. Cansada yo de 
negársela, sin conseguir que desista, que me respete, 
que forme de mí la opinión que debe y que me trate 
€omo se trata á una mujer honrada, he accedido á 
la cita para que venga y vea y sepa quien soy, y 
para tratarle como merece. 

— ¡Ánimas benditas! — exclamó doña Inés po- 
niéndoselas manos en la cabeza. — Tú no sabes lo 
que has hecho. Eso es aventuradísimo. Aunque 
sepas resistir, aunque no caigas en la tentación 
ni peques, ¿no ves que te expones á echar tu repu- 
tación por los suelos y á que ese malvado seductor 
te venza, y si no te vence, se vengue de tí deshon- 
rándote y suponiendo que logró lo que deseaba? 


324 JUANITA LA LARGA 

¿No adviertes cuan indecoroso es para una doncella 
conceder esas citas aun cuando sea con el fin de 
quedar en ellas triunfante? ¿Qué horrores no estará- 
él pensando de tí desde el momento en que le 
concediste la cita? Es indispensable que le envíes- 
á decir que te arrepientes y que la cita ya no tendrá- 
lugar. 

Juanita conoció que el momento era llegado en 
que tenía que echar á rodar su humildad y obe- 
diencia, declarándose independiente de su maestra^ 
y amiga y manifestando lo enérgico é indómito de 
su voluntad , que á nada ni á nadie se doblegaba. 
Puesta en pie y yendo hacia doña Inés, le dijo: 
— Tú no me conoces todavía. Yo no me arrepien- 
to ni cejo. Bueno fuera que creyese el tal señor 
que yo había tenido un momento de debilidad y 
que luego me había arrepentido. ¿No advierten 
que de ese modo me confesaba yo culpada, si na 
del delito, del conato. No, yo no soy débil. Tú te has 
empeñado en creerme cordera y soy leona. Por el 
extraño afecto que me has cobrado, me requiebras. 
y crees lisonjearme comparándome á la Sulamita 
y llamándome suave y graciosa como Jerusalén. 
Ya verás tú que también soy terrible como un 
escuadrón de caballería que carga á galope sobre 
el enemigo. 

Juanita, cerca ya de doña Inés, la fascinaba,, 
mirindola con ojos felinos, cuj'a luz roja parecía 
mezcla de fuego y de sangre. 

Luego prosiguió: 

— ¿Y qué decoro es ese al que me recomiendas 
que no falte? ¿Quién reconoce ese decoro en la mal 


JUANITA LA LARGA 325 

nacida como yo, en la hija de una mujer que lava 
mondongos y hace morcillas para ganar su sus- 
tento? Todos me menosprecian, me tratan mal y 
piensan peor de mí. Hasta ahora lo he sufrido, 
pero ya se me agotó el sufrimiento. He de ser 
atroz, si es necesario. En los mismos libros que tú 
me has hecho leer nó se ensalza sólo la servil 
mansedumbre de Ruth, sino más, si cabe, la fero- 
cidad de Judith, que degüella al capitán de los 
asirios, y la espantosa hazaña de Jahel, que atra- 
viesa con martillo y clavo las sienes de Sisara. 

Notando Juanita que doña Inés se asustaba un 
poco al verla y al oiría tan bárbaramente bíblica, 
prosiguió sonriendo: 

— Pero no te apures ni te sobrecojas. No será 
menester tocar en tales extremos: no llegará la 
sangre al río. Aunque será severa la lección que 
yo dé, no pasará á ser tragedia, y quedará en 
sainete. 

— Pero ¿qué piensas hacer, hija mía? ¿Qué 
frenesí es el tayo? — ^preguntó doña Inés muy con- 
movida y cariñosa. 

Ya lo verás si quieres — contestó Juanita. — Todo 
lo tengo pensado: mas no has de saberlo como no 
lo veas. 

—¿Y cómo? ¿Y dónde? 

— Ven conmigo á mi casa. Sólo faltan algunos 
minutos para que llegue la hora de la cita. Con tu 
presencia me infundirás valor. 

— Eso ya es otra cosa — respondió doña Inés. 

Doña Inés pensó, sin duda, en el rato de gusto 
que iba á tener contribuyendo á chasquear á don 


326 JUANITA LA LARGA 

Alvaro, que acudiría muy ufano á la cita y se 
encontraría en ella á su austera consorte. 

En efecto; si el lance pasaba así, más que tra- 
gedia sería sainete. 

Doña Inés perdió el miedo y sintió la irresistible 
tentación de ver el sainete y aun de hacer en él 
uno de los principales papeles. 

— Está bien, Juanita — dijo. — Iré en tu compañía. 
y te prestaré mi auxilio. Muy fina prueba de mi 
amistad te daré con esto, porque yo también puedo 
comprometerme. 

— Entendámonos — repuso Juanita — Yo no 
quiero tu auxilio. ¿Qué mérito tendrá entonces mi 
victoria? Tú no te comprometerás, porque te que- 
darás escondida y nadie sabrá que has estado en 
mi casa. Y tampoco te expondrás á ningún per- 
canee porque verás los toros desde el andamio. 

— Sí..., pero explícate... no me hagas ir á ciegas... 
explícate. 

— Se va á pasar la hora. Urge ir á mi casa. No 
hay tiempo para darte explicaciones ni tú las ne- 
cesitas. Ea, despáchate. Toma un mantón; échatele 
bien á la cara para que no te la vean. La gente 
anda embelesada con la procesión que probable- 
mente termina en este momento y no reparará n^ 
en tí ni en mí. 

Y hablando de esta suerte, la misma Juanita 
buscó un mantón, se le puso á doña Inés en la 
cabeza y llevándola por delante de sí, la empujó y 
la hizo andar. 

Dominada doña Inés por aquella imperiosa cria- 
tura, se dejó llevar por ella. 


JUANITA LA LASCA 3J7 

Ambas llegaron á casa de Juanita. Esta, para 
que Bafaela no viese que entraba en bu caea 
acompañada de otra persona, abrió la puerta con 
la llave que tenía en el bolsillo. 



Las doB mujeres, calladas y de puntillas, subieron 
á la sala alta. 

Faltaban ya pocos minutos para dar las ocho. 

La alcoba en que dormía Juanita no tenía más 
luz que la que entraba por un ventanillo redondo, 
abierto sobre la puerta de la alcoba que daba salida 
á la sala. En ésta, y no en la alcoba, donde no 
había espacio bastante, se lavaba, se peinaba y se 


328 JUANITA LA LARGA 

vestía Juanita todas las mañanas. En la alcoba 
apenas habla más muebles que la cama, una mesita 
de noche, un armario para vestidos y tres sillas. 

Juanita llevó á doña Inés á la alcoba. 

— Tu, subida en una silla, verás por ese venta- 
nucho todo lo que pase. Acaso tengas no poco de 
que admirarte y de que reirte. 

Dicho esto, salió Juanita de la alcoba, y dejó en 
ella á doña Inés como presa, cerrando de súbito la 
puerta y echando por fuera la llave. 

— ¿Qué haces? — exclamó doña Inés. — ¿Qué ne- 
cedad es la tuya? ¿Por qué me encierras? 

Juanita contestó riendo: 

— Te encierro para estar segura de tu neutra- 
lidad. No te quiero por aliada, sino por testigo. 
Cállate y mira. 

Doña Inés, bastante enojada, replicó todavía: 

— ^Ábreme. ¿Tendré que arrepentirme de haberme 
fiado de ti? ¿Qué burlas son estas? 

— Perdóname, perdóname — dijo Juanita con voz 
suplicante y dulce. — Tú eres mi madrina, mi pro- 
tectora, y yo no quiero ni debo burlarme de ti. No 
dudes que conviene lo que hago. Cállate por Dios. 
Ten prudencia. Mira y observa sin hablar. Cállate. 
Oigo ruido. Nuestro hombre ha entrado en casa. 
Ya sube por la escalera. Chitón. Si él sospecha que 
hay alguien ahí, darás un escándalo y harás una 
tontería. 

Doña Inés se resignó y se calló. 

Pocos segundos después entró D. Andrés Rubio 
en la sala. 



JUANITA, no se arrepentía nunca de lo que habla 
hecho, después de haberlo reflexionado bien ó 
mal; pero si su voluntad era firme y hasta terca, su 
entendimiento vacilaba y cambiaba á menudo, por- 
que sucesivamente, cuando no al mismo tiempo, 
veia el pro y el contra de todas las cosas. 

Al hallarse en presencia de don Andrés, la asal- 
taron dudas y sintió algo como remordimiento. 

—¿Hasta qué punto, pensó, me puedo permitir 
la burla que quiero hacer & este hombre, y hasta 
qué punto se la tiene merecida? ¿He sido suficien- 
temente acosada para llegar á este extremo'^ 


330 JUANITA LA LARGA 

Como si ella misma se contestase, y sin dar 
tiempo á que don Andrés dijese palabra, Juanita 
habló de esta suerte: 

— Perdóneme V. E. señor don Andrés, si le he 
atraído á mi casa con algo que puede calificarse de 
engaño. Me pidió V. E. una cita amorosa y yo se 
la he concedido... 

— Pues entonces, dijo don Andrés, no es mi per- 
dón sino infinitas gracias lo que tengo que darte. 

— Así sería, dijo la muchacha, si yo, desmintiendo 
la lealtad de mi carácter, no hubiese en esta oca- 
sión engañado á V. E. 

Don Andrés era hombre de mucha calma y de 
bastante mundo. Presumió que la muchacha quería 
hacerse valer, ir cediendo poco á poco y no decla- 
rarse desde luego vencida. Tomó, pues, una silla y 
se sentó con mucho reposo apercibiéndose á oir lo 
que la muchacha dijese y hasta á contestarle dis- 
cutiendo tranquilamente con ella. Aunque la discu- 
sión y el coloquio durasen media hora, serían el 
andante de un dúo y harían más vivo y más grato 
el allegro que vendría después. 

Echados estos cálculos y ajustando á ellos su 
conducta, don Andrés dijo: 

— Veo con sorpresa que he venido á hacer aquí 
el extraño papel de tu confesor. Te me confiesas 
desleal y engañosa. ¿Qué quieres? Feos pecados son 
esos, pero la pecadora es tan bonita que yo la per- 
donaré y la absolveré si se arrepiente. 

— De nada tengo que arrepentirme. Lo que he 
hecho, lo he hecho porque no podía por menos. 
V. E. me perseguía, me comprometía, me exponía 


JUANITA LA LARGA 331 

y se exponía á si mismo á tener un lance con mi 
novio. He sido leal y no he ocultado á V. E. que 
tengo novio y que le quiero y que por nada y por 
nadie del mundo le faltaré nunca. V. E. ha sabido 
por mi boca que ese novio mío es su amigo de toda 
la vida. Si él debe á V. E. muchos favores, también 
V. E. se los debe. Y si esto no le arredra y si no 
desiste de perseguirme y de solicitarme ¿quién es 
aquí el desleal y el engañoso: V. E. ó yo? 

— No hay de mi parte, contestó don Andrés, ni 
deslealtad ni engaño. El lazo reciente que á don 
Paco te une, bien puede desatarse con la misma 
prontitud con que se ha atado. Ni á él ni á tí os 
conviene. A él y á tí os sirvo y os valgo intervinien- 
do para que el lazo se rompa. Quizás le dolería á él 
por lo pronto, pero más tarde me lo agradecería. 
Más tarde sentiría la satisfacción de verse libre de 
un absurdo compromiso. 

— El compromiso, exclamó Juanita enojada, no 
es ni absurdo ni repentino. Hace ya cerca de dos 
años que él me ama de amor; que me respeta 
cuando todos me desdeñaban; que me trata como á 
una señora y como á una santa cuando todos me 
juzgaban una perdida; que no ha sentido vergüenza 
ni ha vacilado en ofrecerme su mano y en darme 
su nombre; que aun viéndose desdeñado por mí, ha 
seguido amándome y que me ha celado, y, creyén- 
dome pocos días há prendada de otro hombre ó 
harto liviana para concederle favores, ha faltado 
poco para que se muera de pena. ¿Qué hay pues 
de absurdo ni de repentino en este compromiso? Yo 
le quiero y sería la más ingrata de las mujeres si 


332 JUANITA LA LARGA 

no le quisiese. Yo le amo desde hace tiempo aun- 
que hasta ayer no se lo he declarado y no le he 
dicho que soy suya. Suya soy ahora, y lo seré siem- 
pre, y sería yo muy vil si sólo con el pensamiento 
y si sólo por un leve instante quebrantase la fe que 
le tengo prometida. 

— Todo eso estará muy bien. No vengo aquí á 
discutirlo contigo. Ni para que tú me lo digas ni 
para que yo lo discuta, te he pedido yo y tú me has 
concedido la cita. Yo no soy un personaje ridículo 
y tú no tienes derecho para querer hacerme objeto 
de una necia burla. 

— ^Yo estaba exasperada señor don Andrés y si 
alguna falta hubo en mí, harta disculpa tiene. Por 
mi humilde cuna, por mi baja condición social, 
todos me despreciaban, incluso V. E. Confieso que 
he querido vengarme de este desprecio, y aun con- 
vertirle en aprecio, haciendo sentir á V. E. que 
valgo más de lo que imagina. 

— Ahí está tu equivocación, Juanita; dijo don 
Andrés. Yo no he creído que te menospreciaba y 
que te humillaba al requebrarte. Sobre poco más ó 
menos tan plebeyo soy yo como tú y tan humilde 
es mi cuna como la tuya. Si tu madre se emplea en 
adobar cerdos, mi padre, antes de hacerse rico, 
como arriero y como labrador, guardó los cerdos 
en sus primeros años, porque fué porquerizo. Con 
que ya ves que nada nos debemos. Ya ves que es 
una tontería imaginar que yo te he solicitado por 
la bajeza de tu extracción. Lo mismo te hubiera 
solicitado y te hubiera perseguido, porque me ena- 
moras, aunque fueses una reina extraviada por es- 


JUANITA LA LARGA 333 

tos andurriales ó la princesa heredera del mayor 
imperio del mundo. Además tú eres libre y yo 
también lo soy. ¿A qué juramentos, & qué deberes 
hubiéramos faltado queriéndonos? ¿Me habías tú 
dado seriamente parte de tu compromiso con don 
Paco? No podría yo suponer que era una coquete- 
ría sin formalidad ni consecuencia? Desengáñate^ 
tú has querido mofarte de mí sin motivo alguno, tú 
has querido vengar en mí agravios, imaginados ó 
reales, que otros y no yo te han hecho. A decir 
verdad tú debiste enamorar al padre Anselmo y 
atraerle á esta cita si es que la cita sigue siendo de 
burla. El y no yo fué quien reprobó que te vistieses 
de seda. Lo que es yo aprobé y aplaudí el verte tan 
bien vestida. Y por mi gusto cada día estrenarías 
tú trajes mejores y más lujosos. 

Juanita se aturdió un poco con esta na esperada 
salida del señor don Andrés. 

Casi receló que él tenía razón y que ella se había 
conducido irreflexiva y arrebatadamente. 

Al fin habló así: 

— ^Yo no voy á sostener ahora que he procedido 
contra V. E. con motivo bastante. Lo que digo es 
que estaba y aún estoy fuera de mí. Nada me 
importaría que me considerasen con la obligación 
de no vestirme ni de seda, ni de lana, ni de algodón 
siquiera, srino do esparto. Lo que mo importa es- 
quo me respeten. ¿Qué segundo pecado original es 
el mío, que no hay bautismo que lave? ¿Qué 
mancha indeleble ha caído sobre mí, qu^ no hay 
nada que limpie? ¿Qué vicio innato hay en mi 
swagre del que yo no puedo purificarla? ¿Por qué 


334 JUANITA LA LARGA 

se supone tal mi flaqueza, que necesite yo refu- 
giarme en un convento para resistir las seducciones 
y los peligros del mundo? Crea V. E., señor don 
Andrés, que aunque yo tuviera vocación de monja, 
la perdería si imaginase que era para huir de 
peligros que desprecio y que me siento capaz de 
arrostrar con el mayor denuedo. 

Don Andrés se sonrió, halló graciosa y algo 
disparatada á Juanita al oiría quejarse ylamentarse 
de aquel modo, y le dijo con dulzura: 

— Pero, hija mía, con todo eso que dices sólo me 
pruebas que estás quejosa de doña Inés. Quéjate 
en hora buena y no me hagas á mí responsable. Ni 
yo quiero que te metas monja, sino todo lo contra- 
rio, ni por más que miro alrededor de tí descubro 
los peligros que te cercan. Yo no deseo que te 
vengues de doña Inés ni de nadie; pero en todo 
caso , de ella y no de mí tendrías razón para ven- 
garte. Y perdona, además, que sea franco contigo 
y que te acuse de un pecado constante y aun 
prolijo en tí: tu hipocresía tenaz. Ha tiempo que 
debiste tener el valor de no fingirte mística y devota 
si no lo eras, y de decírselo á doña Inés y no seguir 
engañándola. En tu franqueza pudo haber peligro, 
aunque tú le exagerabas; pero, ya que te jactas de 
valiente, debiste hacer cara á ese peligro sin apar- 
tarle de tí por medio de una falsía. 

Juanita se mordió los labios, se compungió un 
poco y empezó á sospechar que en vez de dar una 
lección era ella quien iba á recibirla. Pronto, no 
obstante, se repuso. La misma dureza de la acusa- 
ción le hizo ver más clara su injusticia. 


JUANITA LA LARGA 335 

Juanita no había tomado asiento como don 
Andrés. De pie se agitaba, hablaba é iba de un 
lado á otro. 

Parándose y encarándose con don Andrés, le 
dijo: 

— ¡Cuan injustamente me acusa V. E. de hipó- 
crita y de falsa! ¿Qué habla de hacer yo? La 
aprobación y el aplauso que V. E. dice que me 
daba, eran tan ocultos como inútiles; eran la 
carabina de Ambrosio. La reprobación general 
cayó sobre mí y sobre mi madre, y V. E. no 
protestó ni volvió por nosotras. Se supuso que yo 
era una perdida. Huyó la gente de mí para evitar 
el ccxitagio como si yo tuviera la peste. Hasta ese 
desventurado de Antoñuelo me insultó y me aban- 
donó. Sólo don Paco fué constante en amarme y 
en respetarme. Pero, repito, ¿qué había yo de 
Hacer? Si yo apreciaba todo el valer de don Paco, 
aún no le amaba de amor. ¿Podía yo abusar 
entonces de su caballerosidad y tomarle por marido 
y por escudo, arrastrándole conmigo al basurero en 
que todos los del lugar me habían echado? ¿Si yo 
fuese en realidad una perdida ó tuviese inclinación 
á serlo, me cree V. E. tan estúpida que ignore lo 
que valdría y lo que alcanzaría si á tal oficio me 
dedicase? Al verme- en aquel humillante aisla- 
miento, por haber querido lucir entre patanes la 
gallardía de mi persona, en vez de quedarme aquí 
y de ser hipócrita y falsa como V. E. dice, me 
hubiera ido á Madrid, á Barcelona, quien sabe si 
á París, donde se entiende lo que es hermoso y 
elegante y se paga bien cuando se pone á la venta, 


336 JUANITA LA LARGA 

y hace tiempo que viviría yo en un palacio y 
andaría en coche y gastaría en una semana más de 
lo que vale todo el caudal de V. E. bien vendido. 
¿Pues qué ventaja he sacado yo de la hipocresía de 
que V. E. me acusa? Vivir con más apuros y con 
más miseria que antes; emplear mi tiempo en oir 
discursos de doña Inés y en leer con ella libros 
devotos, y no haber logrado hasta ahora con todo 
ello, sino la amistad de doña Inés que yo apreciaría 
infinito si ella me la diese incondicionalmente y 
sin sujetarme á sus tiránicos caprichos. También 
he logrado con mi hipocresía llamar hacia mí la 
tardía atención de V. E., que ahora, y no antes, 
me aprueba y me aplaude, pero de un modo según 
el cual no quiero yo ser aprobada ni aplaudida. 

— Juanita, — dijo don Andrés, — yo no he venido 
aquí á disputar contigo. Tendrás razón en estar 
quejosa de todo el género humano, pero de mí debes 
estar menos quejosa que de nadie. Mi pecado, si 
le hubo, fué de tardanza. No volví por tí á tiempo: 
ahora estoy dispuesto á enmendarme, pero quié- 
reme. ¿No gustas tú de que te respeten? Pues yo 
también gusto de ser respetado. No debo sufrir que 
de mí hagas tu juguete. 

— ^Yo soy una chica de tan buen humor, que por 
fortuna huyo de lo trágico y 'todo lo tomo á risa. 
Y más vale así, porque mis compatricios me* han 
desesperado tanto, que si yo lo hubiese tomado más 
por lo serio, hubiera sido cosa de armarme de una 
caja de fósforos y de una lata de petróleo y de 
pegar fuego al lugar. Con que así, mejor es que yo 
tome á V. E. por juguete, que no que le pegue fuego. 


^ . JUANITA LA LARGA 337 

—Prefiero el fuego á la burla que ahora quieres 
hacer de mí. 

— Cuanto yerra al decir eso el señor don An- 
drés — dijo Juanita casi cariñosamente. ¿Por qué 
ha de tenerse por burlado un hombre de noble 
corazón, si en vez de lograr los fáciles favores y 
de gozar de las compradas caricias de una mujer 
sin vergüenza, se halla con una mujer digna y 
honrada que anhela merecer y obtener su estima- 
ción, que le brinda con su más fervorosa amistad y 
que le tiende confiadamente las manos? 

Al hablar así, con verdadera efusión, Juanita 
tendió en efecto las manos á don Andrés. Don 
Andrés las tomó entre las suyas. 

Juanita apareció entonces tan confiada y tan 
hermosa á los ojos del cacique, que éste le dijo: 

— ¿Por qué tu amistad solamente? ¿Por qué no 
tu amor? Ambos somos libres. Amándonos no 
tendremos que engañar á nadie. No tendremos que 
disimular ni que ocultar nuestro amor como un 
delito, como un robo. * 

— Eso no puede ser, yo no amo á V. E. de 
amor; — contestó Juanita. Yo amo de amor á otro 
hombre; y desprendió sus manos de las de don 
Andrés que aún las retenían. 

Durante todo este coloquio doña Inés miraba 
por la claraboya y á menudo sentía la comezón de 
^ tomar parte en él hablando desde allí, pero el temor 

de lo ridículo enfrenaba su lengua. 


22 



DON Andrés perdió entonces sn circunspección 
y su calma. No pudo contenerse más. 

— Ámame, dijo. 

Y se abalanzó á Juanita y la ciñó con fuerza 
entre sus brazos. 

Juanita recordó en aquel trance toda su antigna 
destreza en la lucha, cuando se peleaba con loe 
muchachos á brazo partido y los tumbaba en medio 
del arroyo. Ella también se abrazó á don Andrés, 
le puso la barba en el pecho, le empujó al mismo 
tiempo en sus espaldas con las manos de ella y le echó 
una zancadilla tan hábil que le derribó al suelo. 

Con maravillosa rapidez apartó Juanita sus ma- 
nos y su cuerpo del cuerpo del enemigo derribado, 
y quedó erguida sobre él con la rodilla derecha 
en tierra y con la rodilla izquierda sobre el esto- 




340 JUANITA LA LARGA 

mago y el pecho de don Andrés, donde pesaba y 
oprimía como pujante prensa de hierro. 

Con la mano izquierda había Juanita agarrado ¿ 
don Andrés por el pescuezo para que no levantase 
la cabeza y con la mano derecha tenía asido su 
siniestro brazo. 

Juanita estaba así tan guapa que se parecía,, 
aunque sin alas, al propio arcángel San Miguel 
dando una soba al diablo. 

Don Andrés la contemplaba con tal embeleso que 
apenas sentía enojo de verse vencido. Y como era^ 
hombre muy versado en fábulas y en narraciones- 
verídicas, trajo á su pensamiento, para que queda- 
sen eclipsadas por Juanita, á Pentesilea, á Clorinda^ 
y á Bradamante, y á otras mujeres heroicas que 
han florecido en el mundo, desde el Ebro, glorioso- 
por las zaragozanas, hasta el claro Termodonte, en 
cuyas fértiles orillas reinaron las amazonas. 

Por acaso se tocó don Andrés, con la diestra que 
tenía libre, en el bolsillo del chaquetón, y notó con 
amargura los dos medios inútiles, que en él traía,, 
de conquista, de ofensa y de defensa. Traía allí un 
cartucho con veinticinco onzas peluconas de Fer- 
nando VI y de Carlos III, dignas hoy por su rareza 
de figurar en el más rico gabinete de numismática. 
Y traía asimismo el revólver de seis tiros, bien 
preparado y cargado; pero como hubiera sido felo- 
nía villana emplearle contra una mujer, le dejó allí 
reposar tranquilo para mejor ocasión. 

Entre tanto, y todo esto fué en menos tiempo 
que el que yo empleo en decirlo, la mencionada 
mano libre se hizo atrevida; pero contra todo atre- 


JUANITA LA LARGA 341 

vimiento son valladar y estorbo los bríos del alma, 
y éstos valieron bien á la gallarda vencedora. 

Al sentir el insolente conato, el rubor tiñó sus 
mejillas; brillaron como ascuas sus ojos; la ira trocó 
«n espantosa su linda cara. 

Aterrorizada doña Inés, sacó la cabeza fuera del 
ventanucho y empezó á gritar; pero nadie podía 
oiría, y menos aún don Andrés que no estaba para 
oir ni ver cosa alguna. 

Juanita le apretaba el cuello con ambas manos 
haciéndole sacar tres pulgadas de lengua fuera de 
la boca, como perro jadeante. 

Harto le pesaba tener que matarle. No había 
previsto Juanita que pudiese llegar aquel extremo; 
pero, puesta en él, estaba resuelta á todo por más 
que le pesase. 

Apeando á don Andrés el ya inoportuno trata^ 
miento de V. E., le dijo: 

— ¡Eíndete ó mueres! 

Nada contestó don Andrés, porque no podía con- 
testar. Lo que hizo fué retirar la diestra atrevida. 

Aflojó entonces. Juanita el dogal que tenía echado 
al cuello del cacique y le dijo: 

— ¿Te rindes á discreción? ¿Te declaras vencido? 

— Me declaro vencido: haz de mí lo que quieras. 

— ¿Aprobarás y aplaudirás ahora que yo me case 
•con don Paco y serás en la boda su padrino? 

— ^Aprobaré, aplaudiré y seré padrino en la boda. 

— ¿Serás además constante y bondadoso amigo 
mío, sin guardarme rencor, y pagándome, como 
debes, la amistad pura que yo te profeso y la esti- 
mación con que te miro? 


242 JUANITA LA LARGA 

—Seré tu mejor amigo como lo mereces. 

Juanita entonces se levantó de un brinco, dejan- 
do libre á don Andrés, que se levantó también algo 
maltrecho, mohino y humillado por la derrota. 

Trocada así en piedad la cólera, Juanita hizo- 
esfuerzos de imaginación, y, entre candida y mali- 
ciosa, inventó desatinos para disimular ó explicar 
su triunfo. 

— No te aflijas, dijo. Lo que te pasa le hubiera, 
pasado á un jayán: al propio Goliat. No soy ya 
quien te ha vencido sino el demonio que ahogaba 
á los impuros novios ó amantes de la que fué luega 
mujer de Tobías, á fin de guardarla entera para éL 
Sin duda, don Paco, que es muy devoto de San 
Bafael, Patrono de Córdoba, halló al tal demonio,, 
en el desierto en que ha estado, y con el auxilio del 
arcángel, le desató y le envió á esta casa para que 
me defendiese. Por él estuviste, poco há, y volve-^ 
rías á estar, si de nuevo te desmandaras, muy á^ 
punto de morir ahorcado como un zorzal entre mis- 
dedos convertidos en percha. Pero no pienses mas- 
en eso. ¡Qué lástima si hubiera d^do yo, sin querer, 
un día de luto á la ya entonces mal llamada Villale- 
gre! Ahora no debemos pensar sino en el gran pla- 
cer que hay en renovar amistades después de una. 
brava batalla. Aquí no ha habido ni vencido ni 
vencedor. Digamos ambos á la vez, tú á mí y 
yo á tí: 

Valiente eres, capitán, 
y cortés como valiente; 
con tu espada y con tu trato 
me has cautivado dos veces. 


JUANITA LA LARGA 343 

— TÚ eres mi cautivo y yo quiero ser tu cautiva, 
es decir, más amiga tuya que antes. 

Y diciendo así, tendió de nuevo ambas manos á 
don Andrés, más cariñosamente y con mayor con- 
fianza que la vez primera. Luego añadió: 

— Ahora vete con Dios y vuelve por aquí dentro de 
poco, á las diez y media, para que, en presencia de 
mi madre y de varios amigos, se celebren con don 
Paco mis esponsales. 

— ^Volveré como deseas. Antes de irme te dejaré 
aquí para el rescate de mi pariente Antoñuelo, á 
quien tanto ó más que tú tengo obligación de pro- 
teger, los ocho mil reales que hay que dar al tendero 
murciano. 

— Ya está arreglado eso. No necesito los ocho 
mil reales. 

— Pues aunque no los necesites quédate con. 
ellos, y tú y don Paco contad con otros ocho mil 
más que os daré como regalo de boda. 

Dicho esto se fué don Andrés á la calle, no sin 
besar galantemente al despedirse la linda mano 
que había estado á punto de estrangularle. 

Apenas salió don Andrés, Juanita abrió la puerta 
de su alcoba, donde, como en chiquero, había esta- 
do doña Inés encerrada. Salió ésta de allí algo 
atontada y muda de espanto. Salió igualmente muy 
mansa y muy benigna, y aunque perdidas sus ilu- 
siones respecto al misticismo de Juanita, casi tan 
prendada ahora de su patente bizarría como antes 
de su misticismo, ya convertido en humo. 

De todos modos, doña Inés siguió admirando la 
virtud de Juanita, y aun formó desde allí en ade- 


344 JUANITA LA LARGA 

lante sobre su casta entereza un concepto muy 
superior al que tenemos de las antiguas heroínas 
que nos ponen por modelo las historias sagradas y 
profanas. Doña Inés, discurriendo sobre esto, pensó 
que al fin y al cabo Susana sólo tuvo que defenderse 
de dos viejos petates y no de un hombre guapo, 
rico y joven aún como el cacique. Lucrecia, á lo 
que doña Inés entendía, sucumbió aunque se mató 
después. Y en cuanto á Timoclea, tan ensalzada 
por Plutarco y á la que el macedón Alejandro con- 
cedió su admiración, todavía doña Inés tenía más 
que criticar, porque Timoclea, durante el saco de 
Tebas, no acertó á defenderse del capitán de los 
tracios, y sólo después le mató arrojándole á un 
pozo, porque aquel bárbaro le pidió dinero; de suerte 
que, si se le hubiera dado en vez de pedírsele, 
él hubiera quedado vivo y la anterior violencia 
impune. 

Razón tenía, pues, doña Inés, en seguir admi- 
rando á Juanita; en decirle, como le dijo, que se 
alegraría de tenerla por madre política; en desistir 
con gusto de que Juanita se hiciese monja para 
que no eclipsase á la Monja Alférez y fuese la 
Monja Generala, y en ofrecerle para el regalo de su 
boda la cantidad que pensaba dar para la dote de 
su monjío. 

Llamada por Juanita acudió Bafaela, que se 
quedó estupefacta y boquiabierta al ver allí á doña 
Inés, á quien acompañó á su casa. 

Doña Inés prometió volver con don Alvaro á las 
diez y media. 



CUANDO Juanita se quedó sola, se lavó la cara y 
las manos, se alisó el pelo y sacó del armario 
el famoso vestido de seda, regalo de don Paco. 

Ella habla tenido cuidado de refrescarle y de 
modificarle, dejándole ó, la moda del día. Con tela 
que tenia de sobra el corte y que ella habla guar- 
dado, se habla hecho un nuevo corpino de medio 
escote, á propósito para recepciones y tertulias. Se 
puso este vestido, se miró al espejo y quedó muy 
satisfecha encontrándose bien. 

Al volver Kafaela y al ver á Juanita vestida de 
gala, tuvo nuevo motivo de admiración. 

Juanita y la criada encendieron después los tres 
Telones que tenían, cada uno con cuatro mecheros. 

Encendieron además veinte ó veintidós velas de 
cera y lo iluminaron todo tan ricamente, que la 


346 JUANITA LA LARGA 

casa parecía aderezada para una solemne fiesta. 

A poco llegó Juana la Larga, no trastornada 
porque era sobria y prudente, pero algo sobreexci- 
tada y de buen humor por haber presidido la 
opípara cena en casa de don Andrés Rubio, cenando 
ella entre el rey David y San Pedro. 

Al ver Juana la Larga la iluminación que en su 
casa había -y cuyo fin ignoraba, receló por un 
instante que se había excedido en beber vino y 
que á causa de aquel exceso veía tantas luces. 

Pronto la tranquilizó Juanita explicándoselo todo. 

Juana se puso más contenta que unas pascuas. 

No bien dieron las diez y media, entraron casi á 
la vez todos los convidados. Eran éstos doña Inés 
y don Alvaro , don Andrés Rubio, el maestro de 
escuela don Pascual, el tendero murciano y doña 
Encamación su mujer, el padre Anselmo y don 
Paco, personaje principal de la fiesta. Venía éste 
hecho un brinquillo, muy bien afeitado y peinado, 
con la levita nueva, regalo y obra de Juanita, y en 
el ojal con la condecoración azul que ella le había 
concedido. 

Todos estaban ya informados de lo que iba á 
suceder, unos directamente por Juanita, según ya 
hemos visto, y otros por medio del maestro de 
escuela, á quien Juanita había dado el encargo de 
convidarlos. No fueron, pues, indispensables, ni 
discursos, ni explicaciones. Reinó allí muy cordial 
alegría. 

Rafaela, auxiliada por Calvete, á quien llamó 
para este fin, sirvió un delicado piscolabis. Para los 
que no habían cenado ó tenían suficiente capacidad 


füANITA LA LASGA M7 

estomacal, hubo chocolate con hojaldres y. con tor- 
tas de aceite; y para todos, mostachones, roscos y 
bizcochos de espumilla con mistela y dos ó tres 
clases de rosolis. 

Cuando cundió el regocijo y se aumentó la ani- 
mación de todos, Juanita los formó en círculo, 
asidos de las manos, y se puso á cantar con mucha 
gracia y con muy afinada y buena voz, aunque no 
había estudiado música, el célebre cantar del Conde 
de Cabra. 

Yo no quiero al Conde de Cabra, 
Conde de Cabra, ¡triste de mí! 
que á quien quiero solamente, 
solamente, es ¡ay! á ti. 

Al cantar es ¡ay! á ü, Juanita miró con ojos muy 
dulces á don Paco. Luego siguió cantando: 

Arroz con leche, 
me quiero casar 
con un guapo mozo 
de porte real. 

Y tocando con sus manos en los hombros de 
cuantos había en el corro, sin excluir al cura, que 
la miraba complacido, Juanita fué diciendo: 

— Ni con éste, ni con éste, ni con éste. 

Al llegar á don Paco , que dejó Juanita para lo 
último, dijo sino con éste, y le dio un abrazo muy 
apretado. 

Don Paco la tomó por la cintura, la chilló, la 
aupó y la levantó á pulso dos ó tres veces en el 
aire. 

Todos aplaudieron y gritaron: 

— ¡Que vivan los novios! 


348 JUANITA LA LARGA 

Anunciada ya la boda para lo más pronto posible, 
los futuros esposos fueron felicitados. 

El padre Anselmo, viendo que don Andrés y los 
señores de Boldán hacían regalos muy lucidos, 
no quiso ser menos ^ hasta donde sus recursos lo 
consintiesen. Y con el fin de que su regalo tuviese 
el significado de retractación y palinodia, prometió 
hacer venir de Madrid un lujoso corte para un 
vestido de seda. 

El maestro don Pascual estaba harto mal de 
dineros, pero tenía buenos libros, y quiso dar in- 
mediatamente, para regalo á Juanita, algunos 
tomos de la Biblioteca de Eivadeneira; entre ellos 
El Romancero General y las Comedias de Tirso, á 
cuyas heroínas era Juanita muy semejante por lo 
desenfadada y traviesa. 

Don Eamón, que traía en cartera el pagaré para 
que Juana le refrendase y pusiese en él su visto 
bueno, en vez de dar ó de prometer, recibió por lo 
pronto las veinticinco onzas peluconas , ó sean los 
ocho mil reales. Pero don Bamón se sintió estimu- 
lado á competir y hasta á vencer en generosidad 
á los otros. Dijo al oído á su mujer el prurito que 
sentía de ser generoso, y doña Encarnación tuvo 
que dominarse para no arañarle. La generosidad 
triunfó, á pesar de todo, en el corazón del tendero 
murciano. 

— ^Juanita, dijo: yo te doy dos mil reales para 
que te merques un hermoso brazalete de oro, dia- 
mantes y perlas. 

Al hablar así, don Eamón devolvió á Juanita el 
pagaré que ella había firmado. En seguida añadió: 


JUANITA LA LARGA 349 

— Según el pagaré , tú me eres deudora de diez 
mil reales, y como me has dado ocho mil, me debes 
. dos mil aún. Yo te los perdono. 

LagenerosidaddedonBamónfuésolemnizadapor 
toda la concurrencia con los más ruidosos aplausos. 

VeÍDte días después de lo que acabamos de con- 
tar se celebraron las bodas de Juanita y don Paco. 

Los mozos del lugar no prescindieron de la cen- 
cerrada que debía darse á don Paco como viudo. 

El y Juanita la oyeron cómoda y alegremente 
desde la casa y alcoba de don Paco, donde Juanita 
estaba ya, sin que hasta la una de la noche les 
molestase el desvelo que podía causar aquel ruido. 
Cesó éste at fin convirtiéndose en vivas y aclama- 
ciones, merced á la simpatía que inspiraban los 
novios y á una arroba de vino generoso y 4 bas- 
tantes hornazos y bollos que el alguacil y su mujer 
repartieron entre loa tocadores de los cencerros. 

Así don Paco se durmió al fin con reposo y 
merced al silencio, y' también se durmió Juanita, á 
la vera suya, como mansa cordera y no como fiera 
leona; suave y graciosa como Jerusalén y no te- 
rrible como un escuadrón de caballería. 



EPILOGO 


DESPUÉS de los sucesos referidos han pasado 
seis ó siete años. 
* Posible es, por más que á mí me apesadumbre, 
que los personajes principales que en esta historia 
figuran á nadie interesen; pero, como yo he tenido 
que tratar de ellos y que describir sus caracteres, 
les he cobrado bastante afición, despertando en mi 
alma curioso interés la situación y término en 
que hoy se hallan. 

Interrogado por mí el diputado novel á quien 
debo todo el relato, me ha comunicado las noticias 
que voy á transcribir como contera ó remate, 
aunque los críticos lo tachen de superfino. 

Don Paco sigue gozando de la privanza del 
cacique y gobernando en su nombre cuanto hay 
que gobernar en la villa. Juanita, casada con él, le 
adora, le mima y le ha dado dos hermosísimos 
pimpollos: una niña que se llama también Juanita 
la Larga, tercera de este nombre y apellido, y que 


352 JUANITA LA LARGA 

promete valer tanto como su madre, porque ya es 
muy linda, picotera y graciosa; y un Eicardito, 
como su abuelo materno , que es un diablejo, ágil, 
robusto y bullicioso, por lo que sus padres le 
destinan á que sea, también como su abuelo, 
oficial de caballería. 

Juanita no ha embarnecido. Está gallarda y 
bonita como siempre. Se viste de seda sin que el 
padre Anselmo la censure en sus sermones, y 
parece una princesa encantada, pues no pasan días 
por ella. Tampoco envejece don Paco, porque la 
felicidad mantiene, conserva y hasta remoza,^y él 
es feliz de veras. 

El pobre don Alvaro Eoldán es el que está muy 
averiado. Hace ya tiempo que se quedó lelo, para- 
lítico y con los dedos engarabatados. No se sabe si 
es falta de la lengua ó de algún otro órgano del 
aparato vocal, pero es lo cierto que ya no puede 
decir ni dice sino: 

— ^Ta, ta, ta, ta, ta. 

Doña Inés le cuida con esmero y cariño de 
esposa; pero como es tan moralizadora y tan con- 
cionante, le reprende á menudo con suavidad. 

Cuando, á pesar de su deplorable situación, á 
Serafina, que le cuida, la mira con ojos encandila- 
dos, y lo ve doña Inés, ésta le dice: 

— ¿Es posible, Alvarito, que no te abandone el 
demonio que te posee? ¡El vicio que huye de todo 
tu cuerpo sé te mete en la cabeza y no te deja! 
¡Da asco y vergüenza! 

— Ta, ta, ta, ta, ta, — contesta don Alvaro. 

Si por señas se queja del estómago ó del vientre 


JUANITA LA LARGA 353 

•que le muge como si tuviera allí, no una borrega, 
sino dos ó tres becerras, doña Inés exclama: 

— Si te lo tengo dicho mil y mil veces, siempre 
has sido un glotón de siete suelas, pero ya, hijo 
mío, no estás para eso. Tus fuerzas digestivas son 
muy pocas. Menester es que te moderes y que seas 
sobrio si no quieras reventar el día menos pensado. 

Y don Alvaro responde: 
— Xa, ta. Da, ta, ta. 

Calvete, que ha pasado de zagalón á ser un mozo 
muy gentil y brioso, y que es al mismo tiempo 
travieso y más malo que la quina, viendo que don 
Alvaro no puede quejarse de sus travesuras, ya que 
ni habla ni escribe, se deleita á menudo en ponerle 
furioso. 

Para ello acude á Serafina, que está muy fresca- 
<5hona y floreciente y que sigue tan regocijada como 
«n su primera juventud. En las barbas de don 
Alvaro se pone el bellaco de Calvete á retozar amo- 
rosamente con Serafina;* y don Alvaro, fuera de sí, 
con espumarajos en la boca, grita como un ener- 
gúmeno: 

— Ta, ta, ta, ta, ta. 

Y cada ta, por el tono con que don Alvaro le 
«uelta, parece un centón de blasfemias y una letanía 
de maldiciones. 

Doña Inés suele acudir entonces y dice: 
— ¿Por qué chillas tanto, diautre de hombre? Lo 
que tú padeces nada vale en comparación de la 
hiél y vinagre que dieron á Cristo. ¿Piensas tú que 
chilló nunca Job en el muladar tanto como tú 
chillas ahora? ¡Sufre y ganarás el cielo! 

23 


354 JUANITA LA LARGA 

¡Ta, ta, ta, ta, ta!, — dice don Alvaro algo 
resignado. 

Doña Inés suele también moverse á compasión 
y dice á Calvete: 

— ¡Muchacho!, haz alguna de tus chuscadas para 
que el señor se distraiga y regocije. 

Y contesta Calvete: 

— Pues si las hago á manta y el señor rabia y 
chilla más. Como está tan jaquecoso... 

Y exclama don Alvaro: 
— I Xa, ta, ta, tía, ta. 

Se cuenta en el lugar (casi no queremos creerlo) 
que cuando está don Alvaro muy mal y siente 
físicamente muchos dolores, arma tan incesante 
y fatigosa retahila de ta, ta, ta, que aburre á todo- 
el mundo, alborota la casa, y hace que doña Inés 
pierda la circunspección y la paciencia que ella 
suele recomendar, llegando una ó dos veces hasta^ 
á decir á su marido: 

— Cállate, hombre indigno, y padece por el amor 
de Dios, que no sin justo motivo te castiga. No te 
verías así si no hubieras tenido una vida tan depra^ 
vada. Y al fin yo creo que te quejas un poco de 
vicio. Tú tienes miedo porque piensas te vas á 
morir. Ya, ya; bien pesado has sido para todo y me 
parece que vas á serlo también para morirte. 

Y como don Alvaro contesta con acento muy 
triste: 

— T^, ta, ta, ta, ta; — el noble corazón de su 
esposa se enternece; y arrepentida ella de las frases- 
duras que se le han escapado, se acerca á don 
Alvaro con cariño, y para función de desagravios,, 


;J 


JUANITA LA LARGA 355 

le da an blando cogotacito, le pasa la blanca mano 
por la papada ó le pega en las narices un amoroso 
■capirotazo. 

Don Alvaro sonríe consolado, y beatificado ex- 
clama : 

— Ta, ta, ta, ta, ta. 

Así va tirando aún el ilustre descendiente, según 
pretende su ejecutoria, del más heroico de los doce 
pares. 

En cuanto á doña Inés, afirma mi amigo el 
diputado, que está hermosa y fresca todavía y que 
pudiera hacer el papel de Angélica, aunque algo 
metida en carnes. Conserva todas sus virtudes, 
incluso la prolifica, y en estos últimos años ha 
conseguido que los vastagos de su ilustte casa 
lleguen á la docena. 

El cacique permanece soltero é imperando en el 
lugar con la sabiduría y la moderación de los Anto- 
ninos en Eoma. 

La señora doña Agustina Solís y Montes de 
Allende el Agua ha sufrido con resignación algunos 
reveses de fortuna. Entre otros ha perdido un pleito 
de importancia. Sus rentas han quedado reducidas 
¿ menos de la mitad. Apenas tendrá ahora doce 
mil reales al año. La disminución de sus rentas, 
en vez de disminuir, ha aumentado sus ganas de 
casarse. Ha buscado compañía doméstica que la 
consuele. Y tal vez por no encontrar partido mejor, 
ha apechugado con el boticario don PoUcarpo, el 
cual, si bien es feo, es inteligente y tan gracioso 
que nadie debe maravillarse de que seduzca y ena- 
more con su labia á una mujer de talento. Doña 


356 JUANITA LA LARGA 

Agustina, además, se maniñesta muy ufana de 
haber vencido la repugnancia al matrimonio de tan 
pertinaz solterón, y, lo que es más transcendental,, 
de haber traído al gremio de los fieles á aquel impío 
extraviado que ahora va á misa y cumple con todos 
los preceptos. 

A lo que se presume , desde que doña Agustina^ 
empezó á mostrársele propicia, don Policarpo dis^ 
currió sobre poco más ó menos de esta suerte: 

— No se comprende ni se explica cómo, por el 
proceso evolutivo del ser, aunque haya durado- 
millones de años , por el concurso fortuito de los^ 
átomos, y por su fatal y ciego prurito y constante 
tendencia á la perfección, ha podido aparecer sobre 
nuestro* planeta , después de *prolongadísima serie 
de transformaciones, un mamífero tan primoroso y 
apetecible como doña Agustina, dotado además de 
claro entendimiento y de voluntad benigna, y con 
el portentoso don de la palabra , que le sirve para, 
transmitir las ideas más agradables en contestación 
á las que salen de mi cabeza y á las voliciones de 
mi corazón. Acrecienta lo inexplicable de este pro- 
digio, si no presuponemos una Providencia personal 
y sapientísima que todo lo dirige, el que posea aún 
el mencionado mamífero doce mil reales de renta y 
el que se vista y calce con sumo primor, elegancia 
y decoro, lo cual implica, por un lado, el desenvol- 
vimiento de la sociedad, á través de los siglos, para 
crear las leyes, para sostener la paz, para fomentar 
la agricultura y para hacer que haya herencia y 
propiedades individuales; é implica, por otro lado,, 
según se comprende muy bien cuando se estudia 


JUANITA LA LARGA 357 

la economía política, la multitud de milagros del 
comercio, de la industria, de las artes textiles, 
indumentarias y de curtido de cueros, y otras mil 
agudas invenciones, como la división del trabajo y 
como el objeto que vale por sí y representa además 
y mide con exactitud lo que valen los otros objetos, 
facilitando la circulación y los cambios, sobre todo 
si se le añade cierto descubrimiento más sutil aún, 
ó sea la virtud representativa de todo lo que vale 
por algo que por sí vale poco ó nada y que se llama 
crédito, difícil de adquirir no obstante, pues yo 
carezco de él aunque le deseo. La primera causa 
de todo lo cual es absurdo que sea el acaso sino una 
potencia suprema y anterior á todo, la cual dio el 
impulso inicial al linaje humano, le marcó el camino 
y guió con orden su marcha por la interminable 
senda del progreso. 

Esto ó algo por el estilo pensaba don Policarpo, 
y era creyente. 

En aras- de su amor á doña Agustina y de su 
renaciente fe, se cortó aquella uña maldita del 
dedo meñique , vara de virtudes de Satanás , y no 
volvió á electrizar, ni á magnetizar, ni á encender 
candiles, ni á tirar cañonazos con ella. 

Se cortó la uña como se cortan los toreros la 
coleta cuando dejan de torear y se retiran á la vida 
privada. 

Se cortó la uña, despojándose de sus fuerzas 
taumatúrgicas y teratológicas , por obra y gracia 
de las tijeras de doña Agustina, que fué la piadosa 
Dalila de este Sansón de nuevo cuño. 

Doña Agustina, sobre un fondo de raso color de 


358 JUANITA LA LARGA 

púrpura, para que resaltase mejor, colocó y guardó 
la uña, como trofeo de su victoria, en un passepar- 
tout muy bonito que colgó en su alcoba. 

Por bajo de la uña quiso poner un letrero expli- 
catorio, y rogó á don Andrés que le pusiese. Don 
Andrés que, como ya sabemos , era muy erudito y 
que asimismo era algo guasón, recordó el cambio 
glorioso de Napoleón I, en los últimos años de su 
vida , y no creyendo menos glorioso el cambio del 
boticario, le aplicó los versos de Manzoni, y escri- 
bió de buena letra por bajo de la uña y defendido 
todo por un cristal: 

cBella, inmortal, benéfica 
Fede ai trionfi avezza, 
Serivi ancor questo.» 

Juana la Larga es dichosísima al ver la felicidad 
de su hija y de su yerno: adora á sus nietecillos, 
los consiente, lo& mima y les ríe todas las gracias, 
hasta las más pesadas y olorosas. 

Para que se críen robustos , después que los ha 
amamantado Juanita, Juana los desteta con cho- 
rizo, longaniza y asadura de cerdo. 

Su actividad culinaria no decae, á pesar de su 
edad. Sigue haciendo la matanza, la carne de 
membrillo, el arrope y las frutas de sartén , en las 
casas más principales. Ha importado nuevos guisos 
en la cocina local y hasta inventado dos ó tres con 
sorpresa y general aplauso de los gastrónomos. 

El padre Anselmo está achacosillo y muy viejo, 
pero alegre y sereno con la esperanza de su tránsito 
á mejor vida. Ya no le pesa, antes se regocija, de 


JUANITA LA LARGA 359 

que Juanita no sea monja, porque la quiere mucho 
y se le cae la baba cuando la ve tan hermosa y 
cuando oye su dulce voz y sus discretas razones. 

Doña Inés, no obstante, sigue siendo su prefe- 
rida, por lo mística que es y por la mucha teología 
que sabe. 

Por último, el diputado novel ha pedido y reci- 
bido con frecuencia las noticias que de Antoñuelo 
se tienen en el lugar. Allá en el Bío de la Plata, á 
donde el cacique le obligó á que emigrase, se dedicó 
al comercio y prosperó mucho. Aunque nunca 
quiso inscribirse en el consulado, para ahorrarse 
tres ó cuatro duros, acudió con frecuencia á la 
legación pidiendo que España reclamase diplomá- 
ticamente en su favor contra mil agravios y daños 
que del Gobierno argentino había recibido, y que 
exigiese con amenazas de bombardeo que dicho 
Gobierno le diera una indemnización muy cuan- 
tiosa. Pero ni le indemnizaron de nada, ni por 
amor suyo hubo bombardeo, y él adquirió tan mala 
reputación y crédito que consideró prudente irse á» 
Cuba. Ya en la Habana, como es mozo gentil y de 
rostro blanco y sonrosado, logró cautivar el sensible 
corazón de una rica heredera, muy subidita de 
color. Casado con ella, vivió con tanta pompa y 
decoro, dando comidas y saraos y paseando en 
quitrín, acompañado de su mujer, tan ricamente 
vestida que parecía la reina de Saba, que se em- 
peñó, hipotecó los predios urbanos y rústicos y 
acabó por tener más deudas que pelos en la cabeza. 
A lo que parece, á fin de consolarse y de reme- 
diarse, se ha hecho ahora partidario de la indepen- 


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36o JUANITA LA LARGA 

dencia de la perla de las Antillas, y ya sueña con 
ser en Cuba libre un dictador como el doctor Fran- 
cia en el Paraguay ó como Bosas en Buenos Aires, 
ó un emperador, como Faustino I en Haiti, aunque 
tenga que tiznarse con hollín; ya, con más modes- 
tia, forma un plan que muchas personas creen 
desatino, aunque tal vez no lo sea. Espera que por 
filibustero y laborante, le secuestren los bienes, 
porque entonces, según dice, se irá á Nuevá-York, 
se hará ciudadano de la Gran Bepública, y, nuevo 
Coriolano español, obligará á su ingrata patria á 
darle una indemnización di primo cartello. Aunque 
tenga que ceder á los Fabricios, Cincinatos y Ca- 
tones de escalera abajo y de quinta clase, que acaso 
haya en las orillas del Potomac, las cuatro quintas 
partes de lo que se extraiga á la paciente y semi- 
forzosa longanimidad de España, siempre le que- 
dará otra quinta parte, con la cual podrá vivir 
como un príncipe en una magnífica casa de la 
Quinta Avenida. Allí brillará su morena consorte, 
que habla ya el idioma de Shakespeare y de Milton, 
como la más ilustrada talkative y funny inglesita 

De la fecunda zona, 
Que al sol enamorado circunscribe 
El vago curso, y cuanto ser se anima. 
En cada vario clima, 
Acariciada de su luz, concibe. 


FIN